Los últimos territorios que fueron comprados en el mundo

El pasado 17 de agosto, en pleno desierto noticioso estival, nos desayunamos con la noticia de que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, había propuesto a miembros de su equipo la compra de Groenlandia. No era la primera vez que un presidente norteamericano se planteaba dicha adquisición, ya lo hicieron en 1946 y la respuesta danesa también fue negativa. El interés estratégico de Estados Unidos (o de cualquier otro país, ya puestos) en Groenlandia es evidente en plena batalla por el Ártico y sus recursos, pero la razón última por la cual un presidente de Estados Unidos filtra una información así es asunto de los trumpólogos y otros comentaristas políticos. En 2019 es difícil, por no decir imposible, transferir la soberanía de un país a otro simplemente entregando un cheque con el suficiente número de ceros. Las compras de tierra son habituales (una empresa de Corea del Sur posee la mitad de la tierra cultivable de Madagascar, por ejemplo), pero los intercambios de territorios por dinero contante y sonante son algo del pasado. Tanto es así que hace más de sesenta años de la última vez que sucedió, y ha sucedido menos de una decena de veces en los últimos dos siglos. Repasemos la lista de los últimos territorios que trasladaron su soberanía a cambio de un puñado de billetes

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Españita, Pitorreal y Anal Abajo: topónimos americanos reales que nos inspiran y nos hacen soñar

Cuentan las crónicas que en pleno franquismo se llevó a cabo en las cortes españolas un debate acerca del sistema educativo. El ministro José Solis, conocido como “la sonrisa del régimen” defendió allí su programa conocido “más gimnasia y menos latín”. En un momento dado se preguntó en voz alta para qué servía el latín, y la respuesta de un catedrático de universidad allí presente no se hizo esperar: “Por de pronto, señor ministro, para que a Su Señoría, que ha nacido en Cabra, le llamen egabrense y no otra cosa”. Igual que los romanos dejaron su impronta en la toponimia española los españoles hicieron lo propio en América. Y así por ejemplo encontramos un lugar en México con un nombre que recuerda que la madre patria es, por superficie, mucho más pequeña que sus antiguas colonias: Españita, en el estado de Tlaxcala. Y partiendo de este lugar con este maravilloso nombre nos vamos a recorrer el loco mundo de la toponimia americana.

La entrada de hoy no se publica aquí sino en Magnet, así que ya estáis tardando en volar para leerla allá. Pitorreal, Españita, Tetillas y otros lugares con nombres maravillosos. 

 

La edad de todas las fronteras del mundo

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A través de Reddit y de Mapas Milhaud me llega esta genialidad de mapa (comentarios del autor aquí) que refleja la fecha de constitución, creación o trazado de todas las fronteras del mundo (que no de su entrada en vigor como frontera internacional). Recomiendo hacer clic en el mapa  para ampliar la imagen y pasar un rato entretenido curioseando. Las fronteras no son más que las cicatrices que deja la Historia sobre los mapas, así que resulta revelador estudiar la antigüedad de esas líneas no tan imaginarias. De un primer vistazo lo que salta a la vista es lo siguiente: la inmensa mayoría de las fronteras existentes hoy en día fueron trazadas a partir de 1800. Todas las fronteras, antiguas y modernas, son un invento, pero es que además la mayoría son un invento reciente; el concepto de frontera como lo conocemos hoy va íntimamente ligado a la aparición de los Estados-Nación. Vamos a hacer zoom en algunas regiones:  Sigue leyendo

Las lenguas amenazadas del Año Nuevo

La entrada de hoy es especial por muchas razones. Primero, porque es la última del año, obviamente. Segundo, porque es la más larga de la historia del blog. Y last but not least, porque la ha escrito el formidable Simón Perera, apasionado por las lenguas del mundo que hoy nos ofrece el mayor repaso a lenguas en peligro de extinción que se haya escrito jamás en la blogocosa en español. Espero que lo disfrutéis. Podéis seguir también esta entrada en Tuíter, en el hashtag #2017Live. ¡Feliz 2017! 

31 de diciembre de 1999. Alrededor del mediodía, comenzaba en La 2 el programa de televisión más largo que habría visto nunca: El día del Milenio. Yo y mi padre — quien para la televisión es más o menos como el aceite para el agua — nos sentábamos frente al aparato durante casi 24 horas, solo interrumpidos por la cena familiar y Ramón García y Nuria Roca dando las campanadas en la 1. Durante todo ese tiempo, seguimos cómo el año 2000 llegaba a países de todo el mundo, desde Nueva Zelanda hasta los Estados Unidos. Sí, señores, no se hace uno friqui en un día.

Años más tarde, servidor comenzó a ser lector de este genial blog que ustedes leen ahora. Es tradición lógica del mismo celebrar el Año Nuevo con un seguimiento de su entrada alrededor del mundo, desde los confines orientales de la Línea de Cambio de Fecha hasta sus confines occidentales. Pasó en 2009–2010, 2013–2014, o 2014–2015. El año pasado volvimos a tener seguimiento fronterero, esta vez por Twitter, con el hashtag #2016live.

Todo esto se fue confabulando en algún lugar de mi cerebro para inspirarme a hacer algo parecido. Recorrer el mundo a medida que llegaba un año nuevo, con un hilo conductor. Y para este hilo conductor había dos posibilidades, mis pasiones: la ciencia o la lengua.

Lo único que faltaba fue acordarme de un mapa que descubrí hace unas cuantas semanas. En él, la UNESCO concretaba la posición y el estado de todas las lenguas de cuyo peligro de desaparecer tiene constancia. Una realidad que se nos antoja lejana, en el tiempo o en el espacio, pero que no lo es tanto. De las aproximadamente 2500 lenguas en peligro, muchas se hablan cerca de casa: 128, en Europa (4, en España); y cientos, en Sudamérica.

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Diez personas que vivieron en un aeropuerto (primera parte)

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El antropólogo francés Marc Augé definió en cierta ocasión los aeropuertos como no-lugares, sitios de paso, meros trámites, tránsitos obligatorios pero insípidos, neutros, que nada aportan al que los visita. Englobaba en la misma categoría las habitaciones de hotel, las autopistas, los supermercados y en general esos lugares rutinarios que cruzamos sin detenernos camino de nuestro verdadero destino, sea el que sea. Los aeropuertos son un espacio donde centenares de miles de historias individuales convergen a diario, ignorándose mutuamente. Para la mayoría, la estancia en el aeropuerto es una obligación engorrosa, agravada con las cada vez más estrictas medidas de seguridad. Para otros un aeropuerto sigue siendo una aventura, una oportunidad de ver y hacer algo distinto, un sitio capaz de provocar mariposas en el estómago. Para algunos elegidos el aeropuerto es su lugar de trabajo, su obra, su oficina. Y para unos cuantos desafortunados, el aeropuerto es su casa, el lugar donde duermen, o incluso donde viven todo el día. Las razones que pueden llevar a alguien a residir de forma permanente o temporal en un aeropuerto van desde lo risible hasta lo trágico. Hoy vamos a repasar las historias de diez de estas personas.

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Nuestros vecinos se llaman igual que nosotros (primera parte)

Las fronteras son líneas imaginarias cuya traslación al mundo real puede ir desde una línea sobre el asfalto de un carril bici hasta una muralla de cientos de kilómetros de largo custodiada por soldados armados hasta los dientes. En cualquier caso, toda frontera es una agresión, es una división artificial cuyo absurdo es sólo superado por su necesidad. Una línea trazada sobre un mapa divide el mundo entre nosotros y ellos, entre aquí y allí. Pero en muchas ocasiones, aquí y allí son lo mismo, un todo que, por circunstancias de la historia y la política, ha devenido en pedazos separados por una o varias líneas. Cuando eso sucede, sin embargo, la toponimia puede ser empecinada y recordarnos que a ambos lados de la raya la realidad es la misma. Y esto es lo que vamos a ver hoy: lugares, regiones, provincias, países que por esos caprichos que tienen la historia y la geografía, se llaman exactamente igual a uno y otro lado de la frontera internacional.

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Hoy vamos a ir más allá de esto  Sigue leyendo

Fierros bajo el agua: Tijuana y el Pinche Muro (por Sherlock)

La entrada de hoy es obra de Sherlock, viejo conocido de este blog (tan viejo que le debo una entrada desde 2008) que tiene el tiempo libre suficiente como para irse a California y el cuajo necesario para convencer a alguien de cruzar la frontera internacional más transitada del mundo con el único objetivo de ver una verja enorme en una playa. Hace falta más gente así, hombre ya.
Un europeo está acostumbrado a las fronteras. En una entidad como Europa, con tantos estados, micro estados, pseudo estados, colonias y supra-meta-entidades-vete-a-saber-qué, cualquiera que viaje a cualquier punto puede cambiar varias veces de país e INTUYE, DEDUCE que ahí debe de haber una frontera: ese río que atraviesas, lo alto de un puerto, la linde de ese campo…A lo que un europeo no está acostumbrado es a ver, a sentir una frontera hecha por el hombre, para dividir al hombre y para delimitar claramente dos mundos distintos. No, al menos, desde 1989. Yo he viajado al muro. Al pinche muro, que dicen aquí. Y he visto una playa partida en dos, un mundo partido en dos que parte en mil pedazos miles de esperanzas. Welcome to Tijuana.
Tijuana