Tokio es enorme; el área metropolitana más grande del mundo abarca una superficie de más de trece mil kilómetros cuadrados y aloja a más de treinta millones de personas. Pero Tokio acaba mucho más allá de lo que uno pudiera imaginar. Acaba tan lejos que, de hecho, su extremo oriental ya ni siquiera está en Asia, sino en Oceanía, a casi dos mil kilómetros de la capital. El lugar donde termina Tokio y también Japón es una isla desierta en mitad de ninguna parte que, sin embargo, podría llegar a cambiar la economía mundial.
La isla más aburrida del mundo podría convertirse en la más interesante
En unas semanas se cumplirán dos décadas del fallecimiento de Harriet, la tortuga que, según una leyenda probablemente apócrifa, Charles Darwin se llevó de las Islas Galápagos y que acabó sus días en un zoológico de Brisbane, en Australia. Harriet murió con 175 años, treinta más de los que llevaba publicado en aquella época El origen de las especies, el libro por el que se conoce a su presunto captor. Pero todos ellos, libro, tortuga e incluso Darwin, eran más jóvenes que la oficina postal de las Islas Galápagos, que no sólo es la más vieja del continente, sino la más extraña del mundo, porque no funciona con sellos, sino con esperanza y buena voluntad.
El verano de 1948 fue intenso y acalorado en la isla de Terranova, al menos en lo político. Junto con un buen pedazo de la Península del Labrador, los habitantes del llamado Dominio de Terranova votaron dos veces para escoger su futuro. Podían decidir quedarse como una parte más del Imperio Británico, declarar la independencia o unirse a la confederación, es decir a Canadá. Escogieron la tercera opción y Terranova y Labrador es hoy la décima provincia canadiense. Terranova es la cuarta isla más grande de Canadá y la décimo sexta del mundo, pero justo al lado de sus cien mil kilómetros cuadrados de superficie, a menos de veinte kilómetros de sus costas, dos islas no votaron en aquellos plebiscitos. No eran parte de Canadá ni tampoco del Imperio Británico, y hoy siguen sin serlo. Es la minúscula comunidad de San Pedro y Miquelón, cinco mil habitantes que son los últimos franceses de Norteamérica.
La bandera de San Pedro y Miquelón es una pesadilla para cualquier vexilólogo, pero no hemos venido a juzgar a nadie, ¿vale?
A pocos kilómetros de Nicosia la autopista enfila hacia el norte. El área metropolitana de la ciudad, que concentra más de la cuarta parte de la población del país, se extiende a ambos lados de la carretera. Polígonos industriales y zonas residenciales se suceden junto al asfalto, pero los ojos no se desvían del frente. No sólo porque, bueno, es la manera correcta de conducir, sino porque al fondo, en las colinas tras la capital, se vislumbra la que probablemente es la bandera más grande del mundo. Ochenta mil metros cuadrados, ocho hectáreas/campos de fútbol sobre la ladera de una montaña, visibles desde toda Nicosia y sus alrededores. El símbolo de la República Turca del norte de Chipre, el país que (casi) nadie reconoce.
Hubo una época en la que el mundo estaba cosido por las rutas marítimas, barcos que partiendo desde Europa o América llegaban a todos los puntos cardinales, atravesando océanos infinitos y jugándose la vida en cada singladura. Los protagonistas de aquel embrión de la globalización eran marinos, gente experimentada y temerosa de Dios, pero sobre todo del mar, un lugar inhóspito y traicionero que se tragaba las vidas de cientos de personas cada año, gente de la que nunca se volvía a saber nada, engullida por el mismo océano que les permitía ganarse la vida. Si había un lugar en el mundo que necesitaba de los marinos para sobrevivir y para estar conectado al resto del planeta, ese eran las antípodas. Nueva Zelanda era una colonia increíblemente aislada y remota, a meses de viaje de la metrópoli; para ellos, y para Australia, los barcos eran un cordón umbilical que les permitía seguir unidos al resto del mundo. Por eso, para incrementar un poco las posibilidades de supervivencia de los marinos que iban y venían del extremo más alejado del mundo, Nueva Zelanda construyó una red de refugios y cabañas en las islas desiertas de la región subantártica. Un lugar donde los náufragos pudieran sobrevivir hasta que llegara la ayuda. El Hotel Esperanza.
Refugios en la Isla Enderby, una de las islas del Archipiélago de las Auckland, en 1888 (Museo de Nueva Zelanda). Nótese el letrero escrito a mano en el tejado del refugio de la izquierda: «Sólo para náufragos»
Cuando una potencia colonial abandona un territorio, siempre quedan restos de su presencia. El idioma es el más común, pero también las infraestructuras, las instituciones o las costumbres. Por eso en la India tienen tantos trenes, en Malta hablan inglés y en Pakistán juegan al críquet. En algunos casos raros, el Imperio Británico dejó incluso su bandera en sus ex colonias, casos de Australia, Nueva Zelanda, Fiyi o Tuvalu. Pero en el caso de Chipre, las huellas de la metrópoli fueron más allá. El Reino Unido, después de 80 años de gobierno sobre la isla, se marchó dejando no sólo un cacao considerable entre turcos y griegos, sino varios pedazos de terrorio soberano, totalmente bajo control británico. Son Akrotiri y Dekelia, los vestigios coloniales de Chipre.
Ubicación de los territorios soberanos de Akrotiri (arriba) y Dekelia en la isla de Chipre
La policía de fronteras chipriota revisó nuestros pasaportes y la documentación del coche de alquiler. Después de introducir nuestros datos en el ordenador nos los devolvió con una sonrisa. «Buen viaje», nos dijo en español. «Efjaristós«, respondimos al unísono. Al otro lado de la garita nos esperaba una carretera vacía, escoltada por kilómetros y kilómetros de verjas y alambres de espino. De vez en cuando, un cartel indicaba la prohibición de hacer fotos y de detenerse. Parecía una carretera normal, pero allí estábamos, de facto, en medio de ninguna parte. En territorio de ningún país. En ese tramo de carretera, y en cientos de kilómetros cuadrados a ambos lados de ella, no rigen las leyes de ningún estado. Bienvenidos a la Línea Verde, la frontera que no existe.
«Haz turismo invadiendo un país», cantaban los Celtas Cortos allá por 1990. Menos de un par de décadas antes, un millonario norteamericano había decidido que puestos a hacer turismo, qué mejor que ir a un país al que nadie hubiera ido nunca antes. ¿Y cómo se puede hacer algo así, en un mundo que ya ha sido explorado y cartografiado por completo? Pues inventándose un país, claro. Y eso fue lo que hizo: buscar una isla desierta y fundar su propia nación, basada en los principios libertarios de libertad económica, política y personal, una utopía sin impuestos ni subsidios, donde todos los intercambios son voluntarios. Y duró exactamente siete meses.
La mayor parte de Minerva está bajo treinta centímetros de agua en el mejor de los casos (Kia Koropp)
Poco se podían imaginar en el pueblo almeriense de Laujar de Andarax que las andanzas de uno de sus hijos predilectos acabarían dando forma a uno de los conflictos territoriales más complejos del siglo XXI, sobre todo porque Pedro Murillo Velarde nació allí a finales del siglo XVII. Y sin embargo así es. Velarde se metió a misionero y acabó en Filipinas, donde en 1734 publicó el mejor mapa del archipiélago hasta la época, que se conoce precisamente como Mapa de Velarde. Casi tres siglos después ese mapa fue uno de los que utilizó el gobierno del país para defender su postura en una disputa, la del Mar de China Meridional, que involucra a al menos seis países y cuyas ramificaciones se extienden mucho más allá de su área geográfica, hasta llegar hasta la lucha por la primacía mundial en el próximo siglo.
Guardacostas filipinos y chinos se enfrentan en el Mar de China Meridional (Reuters)
Un ferry une cada media hora el puerto de La Valeta con el de Birgu, a la que en italiano y desde el Sitio de Malta se conoce como Vittoriosa. Las callejuelas de Birgu, Bormla (Cospicua en italiano) y Senglea forman lo que conjuntamente se denomina las Tres Ciudades, que concentraban la mayor parte de la actividad económica de la isla antes de la fundación de La Valeta. No es un lugar «imprescindible» según las guías de viaje maltesas, pero sí extremadamente recomendable, especialmente en un día laborable y soleado de invierno, cuando las calles residenciales aparecen vacías salvo por sus habitantes y dueños, que son pocos. En el extremo de Vittoriosa está el Fuerte de San Ángel (Forti Sant’Anglu), reconstruido tras el asedio, y hoy sede de museos y exposiciones. En la otra punta del pueblo, está el Museo de Malta en guerra. En la península contigua (Senglea) está el Fuerte de San Miguel (Forti San Mikiel), el único de los tres que sobrevivió a los turcos. A las afueras de Bormla, es decir, a medio kilómetro del puerto, están las murallas de la Cottonera, las fortificaciones levantadas en el siglo XVII para proteger la ciudad y el puerto. El paseo por las Tres Ciudades es un recorrido por la historia de Malta y sus guerras, desde la llegada de los Hospitalarios hasta los bombardeos nazis durante la II Guerra Mundial, cuando según los malteses, la isla se convirtió en «el lugar más bombardeado de la Tierra».
Malta tiene un malcapasos… que le ayuda al colazón