Wittenoom, la ciudad que desapareció de los mapas

Bienvenidos a Wittenoom, Australia, donde el cielo es de un azul límpido y cristalino, los paisajes son sobrecogedores y el aire te puede matar. Que Wittenoom es un lugar maldito puede probarse con un par de datos escogidos cuidadosamente: En 1989 el periodista australiano Ben Hill publicó un libro sobre el pueblo cuyo subtítulo era “Los dos mil condenados a morir”. En 2006 el gobierno de Australia Occidental anunció que Wittenoom sería desconectado por la fuerza de la red eléctrica general, las carreteas de acceso dejarían de recibir mantenimiento, su nombre sería borrado oficialmente de todos los mapas, ocultado en todas las señales de tráfico y eliminado de cualquier registro oficial, como si nunca hubiera existido. Pensará el incauto lector que allí no vive nadie y que nadie nunca querría visitar un lugar así, y se equivocará en ambas suposiciones. Media docena de personas llama “casa” a Wittenoom y varios miles más visitan cada año el lugar, en una especie de turismo de lo lúgubre. Pero ¿por qué este lugar, a dieciséis horas en coche de la gran ciudad más cercana, y a simple vista en nada diferente de cualquier otro sumidero polvoriento del Outback, es tan siniestramente especial? Por el amianto. El asesino azul.wittenoom_primary

Señal de advertencia a las afueras de Wittenoom, donde se indican los peligros del Amianto Azul para la salud (fuente).

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El Principado del Outback: Hutt River

La Ogilvie Road es una polvorienta pista de grava de poco más de un par de metros de ancho que avanza flanqueada por arbustos en interminables rectas donde uno nunca llega a ver el final hasta que se lo encuentra como si acabaran de ponerlo allí mismo. La única distracción para la vista son unos cuantos eucaliptos a ambos lados de la carretera; circulamos en los kilómetros finales del Bush, el nombre que los australianos le dan coloquialmente a lo que queda entre la costa y el desierto que ocupa casi toda la superficie del continente, el Outback. Pero lo cierto es que no hay mucha diferencia entre este paisaje y el del desierto australiano, ambos son igualmente áridos e inquietantes. Desde este lugar en mitad de la nada Perth, la capital de Australia Occidental, queda a casi siete horas en coche, y Sídney, a tres días de viaje en tren. Nada quiebra la desolación del terreno salvo un cartel en el que se nos indica que acabamos de cruzar un límite internacional. Es sorprendente teniendo en cuenta que Australia no tiene fronteras internacionales, pero este país posee una infinidad de rarezas, y acabamos de entrar en una: el Principado de Hutt River.

Hutt River1© Dilettantiquity | Flickr

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Libros: los sótanos del mundo

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Los sótanos del mundo. Ander Izagirre. Elea Argitaletxea, Bilbao, 2005

La literatura de viajes es un género difícil. Un viaje es emocionante, como puede atestiguar cualquiera que se haya pasado sin dormir la noche antes de la partida, las tripas reconcomidas por los nervios y la expectación, pero salvo excepciones, raramente las experiencias vividas justifican rellenar trescientas páginas con lo sucedido. Sin embargo hay algo que podemos denominar “la mirada del viajero” que convierte un viaje en muchos, porque no sólo se viaja en el espacio sino también en el tiempo. El viajero, cuando llega a un lugar, se empapa de la geografía, de la historia y de las gentes que lo habitan o que dejaron allí su huella. Y eso es lo que convierte un relato de viajes en literatura en su más amplia expresión. Es lo que ha hecho Ander Izagirre en este libro. Literatura con mayúsculas.

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Los quince territorios más despoblados de la Tierra

En algún momento de los últimos meses la Tierra alcanzó los siete mil millones de habitantes, una cifra que multiplica más o menos por cuatro la que había cuando se hundió el Titanic, y por dos la cifra de de 1970. El planeta se llena y va a seguir haciéndolo en las próximas décadas, pero la distribución de la población no es ni remotamente equitativa por la superficie terrestre. Hay zonas donde es imposible dar un paso sin pisar a alguien (pongamos las piscinas públicas de Tokio o el Metro de Barcelona) y territorios donde podrías caminar semanas sin ver una sola persona. Territorios vacíos, o casi, zonas vírgenes, desoladas, completamente ajenas al trajín humano. El paraíso para cualquier misántropo. Hoy, en Fronteras, los territorios más despoblados del planeta Tierra.

No, si mal no se vive, lo malo es cuando me quedo sin tabaco o tengo que ir a pedirle sal al vecino

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La columna en el desierto

Lo bueno que tiene el desierto australiano es que hay muchas cosas que ver, lo malo es que esas cosas están muy lejos entre sí. Alice Springs es la ciudad más grande del desierto, con sus veintipico mil habitantes, que suponen el 12% de la población del Territorio del Norte, un inmenso páramo de millón y medio de kilómetros cuadrados habitado por doscientas mil personas. El aeropuerto de Alice Springs, sin embargo, recibe anualmente más de seiscientos mil pasajeros, de los cuales una buena parte acudirán posteriormente a Uluru, también conocida como Ayers Rock, el pedrusco gigante en mitad de la nada que es, probablemente el icono más conocido de Australia y, de largo, la atracción más concurrida del Outback. Pero un poquito más cerca de la ciudad también se pueden encontrar formaciones curiosas. A 130 kilómetros al sur de Alice Springs (algo más de 150 por carretera, o algo semejante a una carretera) se encuentra Chambers Pillar, o la Columna de Chambers, un pilar de 350 millones de años de antigüedad y más de cincuenta metros de alto hecho de la misma arenisca que Uluru y destacando casi igual sobre el desierto de alrededor. La Columna es, de lejos, lo más alto en centenares de kilómetros a la redonda y sólo la aplastante fama de Ayers Rock (unida a su ubicación en mitad de la nada) impide que sea, al menos, un poco más conocida.

La Columna de Chambers al amanecer (clic en la imagen para ampliar). © ian47au

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Una Gran Duna Roja

Birdsville, en el estado australiano de Queensland, es uno de esos pueblos remotos, aislados, solitarios y, en general, muertos de asco tan típicos del Outback. Se encuentra situado justo junto a la frontera con Australia Meridional, a doscientos y pico kilómetros del pueblo más cercano. Un hotelito, una pista de aterrizaje, un bar y cien habitantes son todo lo que Birdsville tiene que ofrecer al ocasional visitante. Dicho visitante puede llegar por una de los caminos desérticos más largos del Outback, la llamada Birdsville Track, 517 kilómetros de polvoriento camino sin asfaltar. Según Google Maps, se tardan unas 16 horas en recorrer esa distancia, y Google Maps es extremadamente optimista. Una joyita de sitio. El condado de Diamantina, donde se asienta el pueblo, posee la espectacular cifra de 319 habitantes, repartidos en una extensión de 93.000 kilómetros cuadrados. Tocan a trescientos kilómetros cuadrados por barba. Birdsville se encuentra en el limite oriental del Desierto de Simpson, una región del tamaño de Uruguay (176.000 km²) completamente deshabitada. No existen carreteras que crucen el desierto, salvo precarios caminos abiertos en los años sesenta y setenta en la búsqueda de yacimientos de gas. Uno de esos caminos es el llamado French Line, una pista de arena de cuatrocientos kilómetros de longitud que cruza el desierto de este a oeste en la que no hay nada salvo espectaculares paisajes. Y dunas. Muchas dunas. Muchísimas dunas. Como mil doscientas dunas, que discurren de norte a sur en el desierto a lo largo de cientos de kilómetros y que permanecen estables gracias a la vegetación que crece en ellas. Desde Birdsville, la primera de todas es también la más alta. La duna llamada Nappanerica (no sé si hay muchas dunas en el mundo con nombre propio, la verdad), que debido a sus más de cuarenta metros de alto y su color rojizo es conocida como Big Red. La Gran Duna Roja.

Big Red, o Nappanerica. Una inmensa duna con nombre propio. (© Garry Schlatter, de Vision&Imagination; se puede ver más grande aquí)

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En mitad de la nada (II)

Hace unos cuantos años, tantos que las Spice Girls aún no habían sacado su primer disco, tuve la suerte o la desgracia de viajar en tren con relativa frecuencia entre Madrid y Andalucía. En aquellos años el AVE (el tren de Alta Velocidad Español, para los lectores del otro lado del Atlántico) estaba recién inaugurado, pero el resto de la red de ferrocarriles, y especialmente en Andalucía, dejaba mucho que desear. Por esa razón pasé horas y horas en uno de esos pueblos cuya única función es servir de cruce de caminos. Aquel lugar se llamaba Bobadilla-Estación, y, pese a estar relativamente cerca de un pueblo grande como Antequera, a mis ojos se aparecía tan perdida y desolada como una aldea de la Mongolia rural (ayudaban bastante los 40 grados a la sombre que azotaban la localidad en los meses de verano). En el pueblo apenas había un lugar de interés: el Bar y pensión Pepe, abrevadero para viajantes decorado con un escudo del Real Madrid de unos seis metros de alto en su fachada. Un sitio de gente decente. Más allá todo era polvo y desolación. Toda esta introducción egonostálgica viene a cuento porque la entrada de hoy inaugura una serie sobre esta clase de lugares. Pueblos perdidos en el desierto, estaciones de tren dejadas de la mano de Dios, regiones del tamaño de continentes y con la población de barrios medianos. Pero sobre todo, sitios donde vive gente.

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Una carretera pelín aislada en la Península del Labrador, en Canadá.

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