Un canal recorre la planicie polaca entre los lagos Jeziorak y Druzno. Con algo más de ochenta kilómetros de largo, es una de las muchas obras hidráulicas esparcidas por la geografía europea, como el Canal de Midi francés o el de Caledonia escocés. Pero tiene algo que lo hace no sólo especial sino único en su clase. Por cinco veces a lo largo de su ruta los barcos que lo recorren tienen que abandonar la seguridad del agua y lanzarse a un trayecto antinatural por tierra. Hoy en Fronteras, el Calan de Elbląg y los barcos sobre raíles.

Antes de la invención del ferrocarril mover mercancías por tierra de un lugar a otro era complicado, caro y lento. A principios del siglo XIX el desarrolllo económico de Prusia Oriental hizo que la provincia se encontrara con superávits de producción que no podían llegar fácilmente al resto de mercados del reino, especialmente productos agrícolas y forestales. La principal via de transporte de la región era el río Vístula, que desembocaba en Danzig (hoy Gdansk), pero no era suficiente, y además tenía inconvenientes en forma de aranceles. ¿La solución? Construir un canal. En aquella época se excavaron los canales de Erie, Garona o Göta, auténticas obras maestras de la ingeniería del momento, y los prusianos no se iban a quedar atrás. El principal problema, sin embargo, no era otro que el gran desnivel que había que salvar a lo largo del recorrido del canal, especialmente en su tramo final. Más de cien metros de desnivel en apenas diez kilómetros, que implicaban un número elevadísimo de esclusas y un gasto que sobrepasaba con mucho cualquier presupuesto. El canal era inviable hasta que al ingeniero Georg Steenke se le ocurrió una solución no por simple menos brillante: sacar los barcos del agua.


Steenke comenzó a trabajar en el diseño del entonces llamado Oberländischer Kanal en 1837, pero las obras no comenzaron hasta 1844. La principal innovación del canal fue que, para salvar los enormes desniveles, en vez de utilizar docenas de esclusas, se construyó un sistema de planos inclinados sobre el cual se instalaron raíles. Así que los barcos, al llegar a las pochylnie (las rampas) se subían, todavía en el agua, a un vagón, que después era extraído del canal y remolcado cuesta arriba o cuesta abajo por un sistema de vías férreas impulsado por energía hidráulica. La doble vía permite que uno de los vagones haga de contrapeso del otro, como en un funicular tradicional. La infraestructura permite cargar barcos de hasta cincuenta toneladas y veinticinco metros de eslora, cifras claramente inferiores a las de otras vías fluviales, por lo que los barcos que operaron en él fueron diseñados específicamente para ello. Al llegar al final del recorrido terrestre, la embarcación se deposita de nuevo con cuidado en el agua y prosigue su navegación como si nada hasta la siguiente rampa.


El canal completo no se inauguró hasta 1880; mientras tanto, las mercancías eran cargadas en carretas y transportadas hasta el lago Druzno, desde donde llegaban al Báltico a través del río Elblag. Cuando por fin quedó completo su recorrido, los canales fluviales habían perdido su primacía frente al desarrollo cada vez más potente del ferrocarril. Se siguió utilizando para transporte local, pero su importancia estratégica fue disminuyendo con el tiempo hasta que, después de la segunda guerra mundial, todo su recorrido quedó dentro de las nuevas fronteras de Polonia. Actualmente sólo opera como atracción turística que permite recorrer todo el trazado del canal, o sólo alguna parte. El trayecto más largo dura casi cinco horas y cuesta unos cuarenta euros. Todo el conjunto ha sido declarado monumento histórico por el gobierno polaco, que es considerado una de las siete maravillas del país según el periódico más importante de Polonia. Y no es de extrañar, es una obra única en el mundo.

Fuentes y para saber más (en polaco e inglés): Wikipedia (EN), Instituto Polaco de Patrimonio, Turismo de Elblag, Atlas Obscura, página oficial del canal.
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