Nueva Caledonia, ¿el miembro 194 de la ONU?

Empecemos por el final: probablemente no. Y ahora recapitulemos. Hoy domingo 4 de noviembre (todavía era  3 de noviembre en parte de Europa y en América cuando han abierto las urnas) se celebra en el territorio francés de Nueva Caledonia un referéndum de independencia, el primero legal en el mundo desde el de Escocia en 2014. Este referéndum se pactó con Francia hace ahora un año, pero tiene sus raíces en el acuerdo de Numea, firmado hace dos décadas, y que otorgó al archipiélago su estatus actual de “colectividad especial”, un grado de autonomía dentro de la Francia de Ultramar donde el gobierno local dispone de casi todos los poderes atribuidos a un Estado, siendo las excepciones defensa, justicia y moneda. El acuerdo de Numea, por su parte, fue la consecuencia del pacto del Hotel Matignon de 1988, negociados entre partidarios y detractores de la independencia. Ese pacto fue el modo que se encontró de ponerle fin a una situación extremadamente tensa, con ocasionales ramalazos de violencia muy grave, como la toma de rehenes de ese mismo año que acabó con 21 muertos, la mayoría de ellos secuestradores.

Tanto la bandera francesa como la canaca son oficiales en Nueva Caledonia. Este pastiche de ambas es el que utiliza la FIFA para representar a la selección de fútbol local en las competiciones internacionales.

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Quién te cerrará los ojos: los Últimos de Filipinas del campo español

Un 60% de los más de ocho mil municipios españoles tiene menos de 1.000 habitantes. De estos, cuatro quintas partes están por debajo de los quinientos, y aproximadamente un tercio por debajo de los cien empadronados. Las cifras reales en muchos casos son aún menores, pues es común estar inscrito en un lugar y residir en otro durante los meses de invierno. A esas cifras hay que añadirle una aún más inquietante: hay más de tres mil pueblos abandonados en España. La emigración del campo a la ciudad es una tendencia global que se puede observar en casi cualquier país del mundo y en España, como en el resto de occidente, es muy acusada desde los años cincuenta. El problema en España es que arrastra desde tiempo inmemorial una despoblación crónica: a diferencia de nuestros inmediatos vecinos europeos, España siempre ha tenido la población muy concentrada en ciertas zonas, fundamentalmente la costa y Madrid. Todo lo que hay en medio es, a efectos demográficos, un erial con densidades de población escandinavas. Soria, Teruel y Cuenca combinadas tienen el tamaño de Dinamarca, pero su población conjunta no alcanza la del centro de Copenhague.  Para encontrar casos semejantes en el resto de Europa nos tenemos que ir a latitudes árticas, y a veces ni eso. Las Islas Feroe tienen cuatro veces más densidad de población que Soria, el doble que Zamora y, en general, más que 16 provincias españolas. El éxodo rural no ha hecho más que acentuar algo que viene de antiguo. 

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Éxodo Rural, de José Ángel Álvarez Gala

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Macedonia (posiblemente) se llamará Nueva Macedonia (y todos la seguiremos llamando Macedonia)

Como es sabido por cualquier espectador de Eurovisión, Macedonia no se llama así, o al menos nadie la reconoce con ese nombre. El nombre oficial del país en Naciones Unidas y en la mayoría de las organizaciones supranacionales es una cosa horrenda llamada FYROM, o Former Yugoslav Republic of Macedonia, que en español vendría a ser ARYM, Antigua República Yugoslava de Macedonia. La constitución del país, sin embargo, establece que el nombre es República de Macedonia, y todo el mundo, fuera de ambitos oficiales, llama al país “Macedonia”, sin cosas raras delante. La razón de esta dislocación entre el nombre oficial, el nombre real y el nombre por el que el resto del mundo les conoce hay que buscarla justo al otro lado de la frontera sur del país: en Macedonia. La de Grecia.

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Brexit: El marrón de la frontera irlandesa

La catástrofe producto de la necedad colectiva que conocemos popularmente como Brexit ha llegado por fin a la fase de discutir qué hacer con la frontera irlandesa. A priori es un dilema francamente difícil de resolver. Los quinientos kilómetros de frontera entre las dos Irlandas son actualmente una línea en el mapa mucho más que una barrera física. Cientos de carreteras y caminos la cruzan sin ningún tipo de indicación, salvo, en algunos casos, una advertencia del cambio de unidades de medida de velocidad de millas a kilómetros por hora. Pero en la mayoría de los casos, ni eso. El Brexit supone que Irlanda del Norte, como el resto del país, se encuentre fuera de la Unión Europea, y por lo tanto de la Unión Aduanera y el Mercado Común, mientras que la República de Irlanda permanecerá en todas esas instituciones, algo que, necesariamente, supone la existencia de una frontera exterior de la Unión Europea, una expresión neutral que suele ocultar durísimas condiciones para los que están en el lado malo de la línea, como bien saben en Bielorrusia o Marruecos. Bajo la apariencia de los intereses comunes (una frontera cuanto menos rigurosa mejor) se esconden una serie de incompatibilidades básicas que hacen de la raya irlandesa un puzzle casi irresoluble.

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Frontera entre las dos Irlandas (fuente)

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Cuando cruzar la frontera supone una semana y 150 km de cola

Desde el aire la imagen es de las que corta la respiración. Rodeados por el desierto y la desolación, una hilera de gigantescos camiones cubiertos de polvo y cargados hasta los topes se extiende hacia el horizonte en ambos sentidos de la exigua carretera. Una pequeña muchedumbre hormiguea entre las enormes máquinas para atender las necesidades más básicas de los conductores. El atasco parece no tener inicio ni fin, se diría que el atasco es por si mismo una civilización independiente en la que sus miembros pueden nacer, crecer, enamorarse y morir sin salir del embotellamiento, como en el famosísimo cuento de Cortázar. Podría ser la escena de un drama post-apocalíptico, pero la realidad es más prosaica. Se trata de varios miles de camioneros mongoles atrapados en uno de los peores atascos de tráfico de la historia.

El atasco más grande del mundo, en el desierto del Gobi, en Mongolia

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Cataluña, la república inexistente

Salvo que usted, amable lector, haya estado en una cueva sin acceso a Internet en las últimas 72 horas, a estas alturas ya conocerá la noticia de la semana, del mes y posiblemente una de las del año (en España, de la década y de lo que va de siglo XXI): El Parlamento catalán declaró el pasado viernes la independencia de Cataluña respecto del reino de España. A lo largo de la última década en este blog se ha hablado de numerosos estados sin reconocimiento, englobados en la categoría de “Lugares que no existen“. Lo que el que escribe estas líneas nunca pudo imaginar es que iba a vivir en uno de ellos.

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Portadas internacionales tratando tanto la declaración de independencia de Cataluña como la intervención del gobierno español en la autonomía catalana. Desde la primera a la segunda pasaron cinco horas. 

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