El Mar de Arena de Ubari no se llama así por casualidad. Es una extensión de dunas del tamaño de Lituania donde nunca llueve y nada puede crecer. Decenas de miles de kilómetros con un único asentamiento, la ciudad que le da nombre a esa sección del Sáhara, y que es también la ciudad más meridional de Libia. Lo cual tiene su mérito porque hay literalmente cientos de miles de kilómetros cuadrados de territorio libio más al sur. Pero es lo que tienen los desiertos, que están ídem. Son solo arena y sol, salvo cuando de repente, sin motivo alguno, aparece un lago en el fondo de una duna, rodeado de cantidades ingentes de nada en absoluto. Es aún más asombroso cuando hay veinte de ellos, esparcidos a decenas de kilómetros los unos de los otros. Hoy, en Fronteras, los lagos de Ubari

Donde hoy hay un océano de arena, hace unos pocos cientos de miles de años había un lago, una masa de agua enorme del tamaño de un país. Unos cien mil kilómetros cuadrados de lago, producto de un clima mucho más benévolo con lluvias frecuentes. La cuenca endorreica (sin salida al mar) recibía las aguas de ríos y arroyos, que permitieron el florecimiento de sociedades y pueblos a su alrededor, comunidades de cazadores-recolectores que encontraban comida y refugio en las orillas. Pero el clima cambió notoriamente al final del pleistoceno y el lago se secó, dejando, eso sí, un enorme sistema interconectado de aguas subterráneas que ha llegado hasta nosotros a través de decenas de milenios de clima seco y árido, y cuyos restos visibles son los lagos de Ubari


La lista más fácil de memorizar del mundo es la de los ríos de Libia. Tiene un total de exactamente cero; característica que comparte con otros países desérticos como Yibuti o las monarquías del golfo. De todos los países apotámicos (palabro que acabo de inventarme) Libia es el más grande, de hecho. La ausencia de corrientes de cualquier tipo explica la salinidad de los lagos de Ubari, sometidos a intensísimas sesiones de evaporación por el insufrible sol del Sáhara y con periodos de sequía que pueden llegar a durar décadas. Sus aguas llegan a ser cinco veces más saladas que las del océano; más o menos como el Mar Muerto. Pese a ello, alrededor de los lagos la vida bulle. La presencia inaudita de agua en un océano de arena que abarca hasta donde alcanza la vista permite que crezcan árboles y plantas y que sobrevivan algunos animales. Y mosquitos, claro.


En la región de Ubari hay unos veinte lagos repartidos por una superficie de alrededor de siete mil kilómetros cuadrados. Hay cuatro o cinco cuerpos de agua principales y el resto lo que podríamos llamar estanques satélites. Todos ellos están conectados por un sistema de acuíferos subterráneos bajo la arena del desierto y la roca madre que permite que no se sequen por completo pese a las temperaturas inhumanas, el sol perenne y la ausencia de lluvias y de cualquier otro aporte líquido. El más famoso de ellos, y uno de los más grandes, es el Gaberoun. A su alrededor crece un oasis que en su día sostuvo un par de tribus de beduínos. Sobrevivían a base de los pequeños crustáceos que pescaban en las orillas del lago, pero el agua no podían bebérsela, y tenían que buscarla excavando hasta encontrar el acuífero que mantiene con vida a las palmeras. En los años 80 todos ellos fueron trasladados a un pueblo al sur de allí, pero sus casas de barro cocido siguen en pie, al otro lado de un campamento para turistas que todavía de vez en cuando recibe visitantes llegados desde Trípoli, ansiosos de contemplar una joya única, testamento de una época muy anterior a la existencia del hombre mismo.


Fuentes, info y más fotos: Wildman Life, Amusing Planet, Wikipedia (2), Diario del viajero. Hay un vídeo magnífico de hace una década de Doe Discovery que merece dedicarle el cuarto de hora que dura:
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Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
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