Dos mundos separados por 80 metros de cuerda: viaje a la frontera más corta del mundo

Vuelve Fronteras, vuelve la ilusión. En esta ocasión nuestro lector más viajero, Javier, aka Sherlock, y al que pueden seguir en Tuíter en la cuenta @DuqueDeOlivares y en Instagram en @Javier_De_Olivares, nos regala una crónica de viaje a un rincón de la geografía española que ocupa un lugar de honor en el imaginario de este su blog fronterizo. Que lo disfruten. 

Tras el tortuoso camino entre las montañas, polvoriento y exhausto, hundo los pies en la arena. El mar ruge a un lado y al otro del istmo, y observo al centinela de la fortaleza, que me mira con cara de asombro. Se levanta, y mientras avanzo hacia él, se pone en guardia y me desafía. Estoy pisando tierras árabes, y el castillo cristiano se encuentra bien defendido de un eventual ataque enemigo. No porto más armas que mi propio cuerpo, y le pregunto a gritos si me deja traspasar la cuerda que separa ambos territorios. Consulta, sorprendido de la presencia de un compatriota en estas tierras inhóspitas, y me devuelve una respuesta negativa. Cabizbajo, doy media vuelta, me aposento en la arena y me relajo escuchando el sonido del mar y contemplando el fortín, que ahora parece más inexpugnable. Parece una historia del siglo XII, pero esto no son las Cruzadas. Estamos en 2018, en pleno siglo XXI, y me encuentro en una de las fronteras más extrañas del mundo: la de Marruecos y España en el Peñón de Vélez de la Gomera.

Vista desde lejos

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Palmerston, la isla del fin del mundo donde todos tienen el mismo apellido

Palmerston es un atolón coralino con media docena de islotes interrumpiendo brevemente la  agitada superficie del Océano Pacífico. En medio del atolón se encuentra una laguna de aguas turquesas donde se pueden pescar magníficos ejemplares de pez loro para asarlos después debidamente espetados. Políticamente Palmerston pertenece a las Islas Cook, un protectorado neozelandés en mitad del Océano Pacífico. La isla habitada más cercana, Aitutaki, está a 350 kilómetros de distancia. Rarotonga, la capital de las archpiélago, a más de 500. En Palmerston no hay aeropuerto y los hidroaviones no pueden aterrizar porque el coral es muy poco profundo. Tampoco hay un puerto donde pueda atracar un barco. Llegar allí supone al menos dos días de navegación, aunque no existe un servicio regular de pasajeros. Es un sitio, en suma, bastante remoto. Y todos los habitantes comparten el mismo apellido porque todos descienden de la misma persona.

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Sobre mundos perdidos, pirámides en Australia y monstruos resucitados

La entrada de hoy nos la trae uno de los lectores más veteranos de este su fronterizo blog. Se trata de Martín Donato, a quien recordaréis porque ya apareció por aqui mezclando fútbol y países no reconocidos. Si os gustan los chistes tan malos que figuran en la lista de los 10 más buscados del FBI, podéis seguirle en Tuíter: @martindonato. De paso podéis felicitarle, puesto que hoy cumple una pila de años y lo ha querido celebrar aquí. No me hago responsable de las consecuencias que pueda tener sobre vuestra salud mental. 

Lo primero que habréis pensado tras leer el título es: “ya se le coló a Diego un fan de Iker Jiménez en el blog”. Tranquilos,no es el caso. Creo que fue Samuel Goldwyn el que dijo que una buena historia empieza con un terremoto y de ahí para arriba. Y bueno, para una vez que uno puede escribir en este, su blog de cabecera (y hasta aquí el momento señor Lobo), no es cosa de quedarse en una serie B. Aquí preferimos las superproducciones. Y si  existe algún lugar que sea el escenario  ideal para una superproducción fronteriza, tiene que estar, sin duda, en Australia. Y hacia allá viajamos. No exactamente hacia el hogar de los canguros,  Bob Hawke y  el Vegemite, sino a un lugar aún más aislado y escondido… Pero antes de que redoblen los tambores, toca contar como llegué hasta allí.

Uno, como firme partidario de que un exceso de ejercicio no es sano, tiene como deporte favorito la navegación internaútica. Especialmente, wikipédica. Allí te puedes dejar llevar por la corriente durante horas, yendo de un artículo a otro, enlazando temas en apariencia inconexos como la Guerra de los Canudos y la bruselización. Y entonces, sin saber exactamente como llegué allí… la vi. Si estoy escribiendo aquí (aparte del necesario soborno al dueño del garito y el tráfico escandaloso de influencias) es porque se me podría calificar de friki geográfico. Y como dentro de ese siniestro grupo aún se puede encontrar una vasta diversidad de parafilias, la mía seria, sin duda, las islas. Especialmente las pequeñas, las que se puedan abarcar de un solo vistazo.

Las islas son trozos de mundo hechos a escala humana, abarcables, con límites. Sirven para no sentirnos como lo que realmente somos, minúsculas motas de polvo en el tiempo y el espacio.  Supongo que todos (decidme que si, o voy a tener que pensar que soy aún más raro de lo que pensaba) hemos soñado con tener un país propio, un sitio utópico, lleno de leyes justas, felicidad y mujeres hermo… perdón, leyes justas y felicidad.  Y nada mejor para ello que una isla. Así que teniendo claro eso, que yo salive ante  una vista panorámica de las islas Sorlingas es de lo más normal del mundo… o, por supuesto. delante de ESTO.

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El pueblo donde todo el mundo vive en el mismo edificio

El edificio conocido como Begich Towers no tiene, en sí mismo, nada de especial. Es un anodino edificio de apartamentos compuesto de tres módulos, cada uno de ellos de catorce plantas de alto, pintado de color crema o tierra en su mayor parte, y que pasaría desapercibido en cualquier suburbio de extrarradio. Lo que hace especial la construcción es dónde se encuentra situada y especialmente quién vive en ella. Sobre todo porque la respuesta a ambas preguntas es la misma: Wittier, Alaska. El pueblo donde todo el mundo vive en el mismo edificio.

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Whittier, Alaska. Todo él.

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Crímenes en el hielo: ¿qué pasa cuando se comete un delito en la Antártida?

La Antártida es el único continente del planeta sin población nativa. Únicamente unos pocos miles de investigadores residen allí durante el verano austral, y la cifra se ve reducida a menos de un millar cuando llega el invierno. Podría pensarse que la criminalidad en la Antártida es nula, teniendo en cuenta que los que allí residen son gente con una preparación excepciónal. Por supuesto, sería un error. En la Antártida también se producen crímenes. Robos, peleas, agresiones y hasta un asesinato. ¿Quién se encarga legalmente de perseguir y castigar a los culpables de un delito en la Antártida, un continente que no pertenece a ningún país?

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Vista aérea de la Base Amudsen-Scott, junto al Polo Sur. Un criminal no tiene muchos sitios donde huir, teniendo en cuenta que el asentamiento humano más próximo está a más de mil kilómetros de allí. 

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Las cataratas de sangre de la Antártida

Corría el año 1911 y el científico australiano de origen británico Thomas “Grif” Taylor lideraba un pequeño grupo de exploración en la Antártida. Este grupo era parte de la famosa Expedición Terra Nova, que acabó en tragedia cuando su líder, Robert Falcon Scott, y todos los que iban con él, murieron en el viaje de regreso desde el Polo Sur, al que habían llegado apenas cinco semanas después que Roald Amudsen. Grif Taylor se encontraba explorando el glaciar que acabaría llevando su nombre cuando de repente halló ante él un espectáculo tan fascinante como aterrador: de un pequeño hueco manaba lentamente un líquido rojizo que teñía de un intenso carmesí el hielo de alrededor. Talmente parecía que el hielo estaba sangrando. Y ese fue el nombre que se le quedó al lugar: Las Cataratas de Sangre.

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Las cataratas de sangre de la Antártida (fuente). Nótese la tienda de campaña a la izquierda de la fotografía y su tamaño respecto a la cascada.

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Wittenoom, la ciudad que desapareció de los mapas

Bienvenidos a Wittenoom, Australia, donde el cielo es de un azul límpido y cristalino, los paisajes son sobrecogedores y el aire te puede matar. Que Wittenoom es un lugar maldito puede probarse con un par de datos escogidos cuidadosamente: En 1989 el periodista australiano Ben Hill publicó un libro sobre el pueblo cuyo subtítulo era “Los dos mil condenados a morir”. En 2006 el gobierno de Australia Occidental anunció que Wittenoom sería desconectado por la fuerza de la red eléctrica general, las carreteras de acceso dejarían de recibir mantenimiento, su nombre sería borrado oficialmente de todos los mapas, ocultado en todas las señales de tráfico y eliminado de cualquier registro oficial, como si nunca hubiera existido. Pensará el incauto lector que allí no vive nadie y que nadie nunca querría visitar un lugar así, y se equivocará en ambas suposiciones. Media docena de personas llama “casa” a Wittenoom y varios miles más visitan cada año el lugar, en una especie de turismo de lo lúgubre. Pero ¿por qué este lugar, a dieciséis horas en coche de la gran ciudad más cercana, y a simple vista en nada diferente de cualquier otro sumidero polvoriento del Outback, es tan siniestramente especial? Por el amianto. El asesino azul.wittenoom_primary

Señal de advertencia a las afueras de Wittenoom, donde se indican los peligros del Amianto Azul para la salud (fuente).

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