Chutar desde Croacia y marcar gol en Bosnia. Estadios de fútbol en dos países.

Un domingo cualquiera el FK Partizan de Kostajnica juega como local en la cuarta división de la liga de fútbol de la República Srpska. Unas pocas docenas de espectadores animan con cierta desgana a los jugadores locales mientras fuman un cigarrillo tras otro con los codos apoyados en las barandillas de un costado del campo. La hierba no está demasiado cuidada y los uniformes blanquinegros del once local lucen manchas de barro como testimonio. En un momento dado, un jugador visitante interrumpe el avance del ataque local despejando con un fuerte chut. La pelota sale por la banda y pasa por encima de la verja del campo. El utillero del equipo, un cincuentón curtido tras media vida en las categorías inferiores yugoslavas primero y serbobosnias después, masculla una maldición y se levanta del banquillo. La precaria economía del club no permite que se pierda material, así que le tocará ir a por él. Se dispone a salir del banquillo cuando recuerda algo. Del bolsillo lateral de una bolsa de deportes con los colores del equipo saca su pasaporte. Porque para ir a buscar la pelota tendrá que ir al extranjero. Bienvenidos al campo de fútbol de Kostajnica, donde se puede chutar desde un país y marcar gol en otro.

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Foto del estadio del FK Partizan Kostajnica, tomada desde la banda bosnia. Al fondo, Croacia.

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Cataluña, la república inexistente

Salvo que usted, amable lector, haya estado en una cueva sin acceso a Internet en las últimas 72 horas, a estas alturas ya conocerá la noticia de la semana, del mes y posiblemente una de las del año (en España, de la década y de lo que va de siglo XXI): El Parlamento catalán declaró el pasado viernes la independencia de Cataluña respecto del reino de España. A lo largo de la última década en este blog se ha hablado de numerosos estados sin reconocimiento, englobados en la categoría de “Lugares que no existen“. Lo que el que escribe estas líneas nunca pudo imaginar es que iba a vivir en uno de ellos.

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Portadas internacionales tratando tanto la declaración de independencia de Cataluña como la intervención del gobierno español en la autonomía catalana. Desde la primera a la segunda pasaron cinco horas. 

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Me quedo con tu matrícula: un viaje alrededor del mundo a través de las placas de los coches

Las matrículas de los vehículos pertenecen a esa categoría de objetos que son simultáneamente burocráticos y sugerentes, como las pantallas de destinos de los aeropuertos o la señalización geográfica de las autopistas. Una matrícula es en esencia un objeto puramente administrativo, cuya utilidad es identificar un vehículo determinado y a su dueño, certificar que la maquinaria del Estado ha dado su visto bueno para su circulación. Pero también es más que eso. Un automóvil extranjero es como un pedacito de otro país circulando por nuestros caminos. Cruzarse con un coche, una moto, o una autocaravana con una matrícula extranjera nos evoca el recorrido que habrá realizado el vehículo desde su hogar hasta la calle donde lo vemos aparcado o el cruce donde nos lo topamos. Nos inspira preguntas y nos sugiere itinerarios, y más cuanto más lejano es el país de procedencia del vehículo.

Una furgoneta marca Toyota matriculada en Iowa y fotografiada en Sitges (Barcelona)

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La guerra del cerdo: el cochino que pudo cambiar la Historia de EE.UU.

La mañana del 15 de junio de 1859 había amanecido soleada en la isla de San Juan. Una leve bruma empañaba el horizonte pero por lo demás era un día fresco y claro de principios de verano. El granjero Lyman Cutlar estaba paseando por sus propiedades, como hacía casi cada día, vigilando que las ratas no se comieran sus cultivos y arrancando hierbajos aquí y allá, cuando un gruñido captó su atención. Se acercó al lugar de donde provenía el ruido y se sobresaltó al descubrir a un gran cerdo negro comiéndose sus patatas. Al granjero Cutlar se le oscureció la visión al ver a un enorme cochino comiéndose los tubérculos que con tanto cariño había cuidado; y sin pensarlo dos veces agarró la escopeta que llevaba colgada al hombro, entrecerró los ojos con furia y le pegó un tiro al gorrino, que murió en el acto. Dos meses después y como consecuencia directa de aquel disparo, dos mil quinientos soldados y cinco barcos de guerra se preparaban para luchar a sangre y fuego por la isla. Esta es la historia de la conocida como Guerra del Cerdo o Pig War.

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Encima de zamparse las patatas va y se ríe.

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Crímenes en el hielo: ¿qué pasa cuando se comete un delito en la Antártida?

La Antártida es el único continente del planeta sin población nativa. Únicamente unos pocos miles de investigadores residen allí durante el verano austral, y la cifra se ve reducida a menos de un millar cuando llega el invierno. Podría pensarse que la criminalidad en la Antártida es nula, teniendo en cuenta que los que allí residen son gente con una preparación excepciónal. Por supuesto, sería un error. En la Antártida también se producen crímenes. Robos, peleas, agresiones y hasta un asesinato. ¿Quién se encarga legalmente de perseguir y castigar a los culpables de un delito en la Antártida, un continente que no pertenece a ningún país?

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Vista aérea de la Base Amudsen-Scott, junto al Polo Sur. Un criminal no tiene muchos sitios donde huir, teniendo en cuenta que el asentamiento humano más próximo está a más de mil kilómetros de allí. 

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Sesenta grados sur. Las islas de la desolación

El Tratado Antártico, que entró en vigor en 1961, blinda todas las tierras emergidas al sur del paralelo 60 contra las pruebas de armamento de cualquier tipo (específicamente el nuclear, pero no sólo ese) y declara la libertad absoluta de investigación científica en todo el territorio antártico. También, ya de paso, declara a la Antártida y territorios adyacentes como Tierrra de Nadie, congelando cualquier reclamación territorial al sur del paralelo sesenta y prohibiendo reclamaciones posteriores. Además del gigantesco territorio helado cuya forma nos es tan reconocible existen unos pocos cientos de islas afectadas por el tratado. Adicionalmente, hay una serie de islas, islotes y peñascos al norte del paralelo sesenta considerados como subantárticos. Estos territorios al norte y al sur del límite del Tratado Antártico suelen ser lugares entre poco y nada habitados, con climas que oscilan entre lo desagradable y lo repugnante y con flora y fauna de lo más entretenida, además de historias convulsas y, también,  interesantes. Hoy daremos una vuelta por las islas de la desolación. Bienvenidos al paralelo sesenta sur. Y alrededores.

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La tarta del Ártico

En agosto de 1953, el buque de la Guardia Costera Canadiense C.D. Howe depositó en un desolado rincón de isla de Ellesmere a seis familias Inuit procedentes de la Península del Labrador. Unos días antes otras tantas familias habían desembarcado 200 kilómetros al suroeste, en la Isla de Cornwallis. Los inuit fueron llevados hasta allí por el gobierno canadiense, y dejados en medio de una zona deshabitada del tamaño de la Península Ibérica, mil kilómetros por encima del Círculo Polar Ártico, supuestamente con herramientas, víveres y pieles de caribú suficientes para pasar el invierno y aclimatarse a su nuevo hogar. Sobre el papel, la razón del traslado era evitar la dependencia de los servicios sociales de los inuit, aliviar la sobrepoblación de los asentamientos del Labrador y retornar a los inuit a su estilo de vida tradicional. Sobre el papel, el traslado fue voluntario. La realidad, según los inuit, era bastante distinta: el traslado fue forzoso, los inuit acudieron engañados y el motivo del traslado no era otro que usar a los inuit como banderas humanas para reforzar la soberanía de Canadá sobre el gigantesco y casi completamente deshabitado Archipiélago Ártico en un contexto histórico, la guerra fría, en el que todo temor parecía estar justificado.

Resolute Bay 1954

El asentamiento inuit actualmente conocido como Resolute, en 1954,  un año después del traslado (fuente

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