Me quedo con tu matrícula: un viaje alrededor del mundo a través de las placas de los coches

Las matrículas de los vehículos pertenecen a esa categoría de objetos que son simultáneamente burocráticos y sugerentes, como las pantallas de destinos de los aeropuertos o la señalización geográfica de las autopistas. Una matrícula es en esencia un objeto puramente administrativo, cuya utilidad es identificar un vehículo determinado y a su dueño, certificar que la maquinaria del Estado ha dado su visto bueno para su circulación. Pero también es más que eso. Un automóvil extranjero es como un pedacito de otro país circulando por nuestros caminos. Cruzarse con un coche, una moto, o una autocaravana con una matrícula extranjera nos evoca el recorrido que habrá realizado el vehículo desde su hogar hasta la calle donde lo vemos aparcado o el cruce donde nos lo topamos. Nos inspira preguntas y nos sugiere itinerarios, y más cuanto más lejano es el país de procedencia del vehículo.

Una furgoneta marca Toyota matriculada en Iowa y fotografiada en Sitges (Barcelona)

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La guerra del cerdo: el cochino que pudo cambiar la Historia de EE.UU.

La mañana del 15 de junio de 1859 había amanecido soleada en la isla de San Juan. Una leve bruma empañaba el horizonte pero por lo demás era un día fresco y claro de principios de verano. El granjero Lyman Cutlar estaba paseando por sus propiedades, como hacía casi cada día, vigilando que las ratas no se comieran sus cultivos y arrancando hierbajos aquí y allá, cuando un gruñido captó su atención. Se acercó al lugar de donde provenía el ruido y se sobresaltó al descubrir a un gran cerdo negro comiéndose sus patatas. Al granjero Cutlar se le oscureció la visión al ver a un enorme cochino comiéndose los tubérculos que con tanto cariño había cuidado; y sin pensarlo dos veces agarró la escopeta que llevaba colgada al hombro, entrecerró los ojos con furia y le pegó un tiro al gorrino, que murió en el acto. Dos meses después y como consecuencia directa de aquel disparo, dos mil quinientos soldados y cinco barcos de guerra se preparaban para luchar a sangre y fuego por la isla. Esta es la historia de la conocida como Guerra del Cerdo o Pig War.

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Encima de zamparse las patatas va y se ríe.

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Crímenes en el hielo: ¿qué pasa cuando se comete un delito en la Antártida?

La Antártida es el único continente del planeta sin población nativa. Únicamente unos pocos miles de investigadores residen allí durante el verano austral, y la cifra se ve reducida a menos de un millar cuando llega el invierno. Podría pensarse que la criminalidad en la Antártida es nula, teniendo en cuenta que los que allí residen son gente con una preparación excepciónal. Por supuesto, sería un error. En la Antártida también se producen crímenes. Robos, peleas, agresiones y hasta un asesinato. ¿Quién se encarga legalmente de perseguir y castigar a los culpables de un delito en la Antártida, un continente que no pertenece a ningún país?

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Vista aérea de la Base Amudsen-Scott, junto al Polo Sur. Un criminal no tiene muchos sitios donde huir, teniendo en cuenta que el asentamiento humano más próximo está a más de mil kilómetros de allí. 

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Sesenta grados sur. Las islas de la desolación

El Tratado Antártico, que entró en vigor en 1961, blinda todas las tierras emergidas al sur del paralelo 60 contra las pruebas de armamento de cualquier tipo (específicamente el nuclear, pero no sólo ese) y declara la libertad absoluta de investigación científica en todo el territorio antártico. También, ya de paso, declara a la Antártida y territorios adyacentes como Tierrra de Nadie, congelando cualquier reclamación territorial al sur del paralelo sesenta y prohibiendo reclamaciones posteriores. Además del gigantesco territorio helado cuya forma nos es tan reconocible existen unos pocos cientos de islas afectadas por el tratado. Adicionalmente, hay una serie de islas, islotes y peñascos al norte del paralelo sesenta considerados como subantárticos. Estos territorios al norte y al sur del límite del Tratado Antártico suelen ser lugares entre poco y nada habitados, con climas que oscilan entre lo desagradable y lo repugnante y con flora y fauna de lo más entretenida, además de historias convulsas y, también,  interesantes. Hoy daremos una vuelta por las islas de la desolación. Bienvenidos al paralelo sesenta sur. Y alrededores.

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La tarta del Ártico

En agosto de 1953, el buque de la Guardia Costera Canadiense C.D. Howe depositó en un desolado rincón de isla de Ellesmere a seis familias Inuit procedentes de la Península del Labrador. Unos días antes otras tantas familias habían desembarcado 200 kilómetros al suroeste, en la Isla de Cornwallis. Los inuit fueron llevados hasta allí por el gobierno canadiense, y dejados en medio de una zona deshabitada del tamaño de la Península Ibérica, mil kilómetros por encima del Círculo Polar Ártico, supuestamente con herramientas, víveres y pieles de caribú suficientes para pasar el invierno y aclimatarse a su nuevo hogar. Sobre el papel, la razón del traslado era evitar la dependencia de los servicios sociales de los inuit, aliviar la sobrepoblación de los asentamientos del Labrador y retornar a los inuit a su estilo de vida tradicional. Sobre el papel, el traslado fue voluntario. La realidad, según los inuit, era bastante distinta: el traslado fue forzoso, los inuit acudieron engañados y el motivo del traslado no era otro que usar a los inuit como banderas humanas para reforzar la soberanía de Canadá sobre el gigantesco y casi completamente deshabitado Archipiélago Ártico en un contexto histórico, la guerra fría, en el que todo temor parecía estar justificado.

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El asentamiento inuit actualmente conocido como Resolute, en 1954,  un año después del traslado (fuente

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El hombre que conquistó Bir Tawil para su hija

Los más veteranos de los lectores que pastan por este su humilde blog recordarán Bir Tawil, aquel pedazo de desierto entre Sudán y Egipto que, fuera de la Antártida, es el único territorio considerado Terra nullius en todo el mundo. Permanece sin reclamar puesto que  tanto Egipto como Sudán lo consideran parte del territorio del vecino, y esto es así debido a que unos kilómetros más allá hay otro territorio, con petróleo y esas cosas, que los dos países reclaman, y debido a los tratados internacionales de delimitación de fronteras que los británicos hicieron a principios del siglo XX, reclamar uno de los territorios implica necesariamente considerar el otro como parte del país vecino. Así pues, los dos países lo consideran ajeno y nadie más lo considera como propio, por lo que es tierra de nadie. Un avispado estadounidense decidió que, oye, si no es de nadie no pasa nada porque vaya uno allí y se lo apropie, y aparentemente eso es lo que ha hecho. Ir allí, proclamarlo territorio independiente y nombrar princesa a su hija. Ahí es nada.

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Jeremiah Heaton y su hija Emily, con la bandera de su principado, hecha en casa.

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La frontera terrestre entre Canadá y Dinamarca

La isla de Hans es un peñasco aislado en mitad del Canal de Kennedy, un brazo de mar que separa la isla canadiense de Ellesmere de Groenlandia. Con una superficie de unas 130 hectáreas (1,3 km2), y situada a 80º de latitud norte, es una piedra desierta sin el menor interés. Está deshabitada, no tiene recursos minerales, ni tampoco una flora o fauna reseñables. Un sitio bastante aburrido, en suma. Sin embargo, las más altas instancias diplomáticas de Canadá y Dinamarca han llevado a ese pedazo de roca a las páginas de los periódicos durante los últimos años, con declaraciones cruzadas, simbólicas tomas de posesión, clavado de banderas, barcos de guerra y demás parafernalia patriótica. Lo cierto es que, visto desde fuera, la pregunta no debería ser de quién es la isla sino para qué demonios la querría nadie. El por qué es algo que tiene que ver con muchas cosas, ninguna de las cuales se encuentra en esa roca baldía.

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La isla de Hans, un pedrusco tan aburrido como polémico

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