Antología de la toponimia triste

¿Quién le pone los nombres a los sitios? ¿Y por qué? La toponimia en muchas ocasiones no es más que un reflejo de la Historia. No necesariamente de la Historia del lugar, eso sí. Las Islas Salomón se llaman así porque Álvaro de Mendaña, el español que les dio su actual nombre, estaba convencido de que eran ricas como el viejo personaje bíblico. Canadá, según el investigador de la Universidad de Vermont Juan Francisco Maura, tiene su origen en la palabra española Cañada, como el estado de Montana lo tiene en la palabra Montaña. Más de veinte países, entre otros Filipinas, Colombia, las Islas Marshall, China o Kiribati, deben su nombre a una persona concreta (en los casos citados anteriormente, Felipe II, Cristóbal Colón, John Marshall, el emperador Quin y Thomas Gilbert). Siempre, o casi siempre, hay un por qué para el nombre de los lugares. Puede tratarse, como en el famoso caso de los lagos “Another Lake” y “And Another Lake”, de puro aburrimiento topográfico, o, como sucede con las islas Árticas o algunos estados de Australia, homenaje o peloteo a patrocinadores y mandatarios. A veces, sin embargo, el nombre de un lugar despierta asociaciones mentales que pueden tener o no que ver con la realidad física del territorio al que nombra. Son lugares en los mapas que nos inspiran sentimientos, bien porque los asociamos con productos culturales o leyendas (Tombuctú, Samarkanda) o, simplemente porque el nombre es la expresión de un sentimiento. Los lugares que hoy vamos a visitar se caracterizan por su toponimia alicaída, deprimente, afligida o contrita. También visitaremos lugares con nombres oscuros, siniestros o infaustos. Porque la geografía también puede ser inquietante. Sigue leyendo

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Setenta temas que probablemente bailaste en los noventa (séptima parte)

Esta es una recopilación siempre en marcha de una de las obsesiones enfermizas del autor de este blog: la música dance de los noventa. Para leer las entregas anteriores pincha en los correspondientes enlaces:

Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 4 | Parte 5 | Parte 6 |

61.- U96 – Love sees no colour (1993)

U 96 son un grupo alemán de música electrónica fundado en Hamburgo en 1991. Su primer y mayor éxito, Das Boot, fue una versión del tema de los créditos de la película de 1981 del mismo nombre. El submarino de esa película es del tipo U96, y de ahí el curioso nombre del proyecto. A lo largo de su carrera han tocado todos los palos de lo electrónico; algunos de sus temas recuerdan a los primeros de Kraftwerk y otros a lo peor de los Aqua. Este está más cerca de lo segundo, pero la influencia de lo experimental es bien visible. O audible. Love Sees No Color, como decíamos, es el conato más eurodancero de los hamburgueses y llegó al top 10 de media docena de países, además de ser distribuido en muchos recopilatorios de fin de año. U96 siguen en activo; en junio de este mismo año han lanzado al mercado su último disco: Reboot.

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El verdadero aspecto de la línea internacional de cambio de fecha

En una buena parte de los mapamundis y los globos terráqueos suele indicarse la Línea Internacional de Cambio de Fecha (International Date Line o IDL, por abreviar): la frontera imaginaria entre un día y el anterior. Pese a su denominación como Internacional, la IDL en realidad no es fruto de un acuerdo internacional, como sí lo es el Meridiano de Greenwich. La Conferencia del Meridiano, celebrada en Washington D.C. en 1884, fue el evento en el que se decidió tomar como referencia para la longitud (y por tanto para la hora oficial) el meridiano que pasa por el observatorio de Greenwich.  La creación del Meridiano de Greenwich o Meridiano 0 implicó automáticamente dibujar un Antimeridiano, o Meridiano 180. Ese meridiano 180 sería también la IDL, algo que venía muy bien puesto que la mayoría de su recorrido transcurre sobre el agua y cuando toca tierra lo hace sobre lugares escasamente habitados. Ahora bien: cada país es soberano para fijar su hora y fecha oficiales, así que la IDL realmente existente es la suma de las horas oficiales de todos los países y territorios que se encuentran a su alrededor y que son, cada uno de ellos por separado, los que deciden dónde y por tanto cuándo termina o comienza el día.

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Reventando la burbuja puntocom

Todos los años el diario español El Mundo escoge una “persona del año”, un “enemigo del año” y una “ciudad del año”. En 1994 la ciudad del año fue “Internet”, así, en general. Hace 24 años Amazon ni siquiera existía, pero ya estaba bastante claro que la red de redes, las autopistas de la información y todos los topicazos que se repetían incesantemente, iban a formar una parte importante de nuestras vidas. Pocos años más tarde se desarrolló un fenómeno conocido como la burbuja puntocom (del inglés dot-com bubble) que consistió, básicamente, en una locura generalizada que hizo afluir toneladas de dinero hacia empresas de Internet sin tener demasiado en cuenta minucias como la viabilidad real de la empresa o la capacidad de generar beneficios a corto o medio plazo. O de generar beneficios a secas. O de no ser un sumidero de dólares. Fue una época en la que parecía que absolutamente todo iba a pasar por Internet, y que cualquier dólar o euro invertido en una empresa cuyo nombre acabara en .com sería multiplicado por cifras nunca vistas, y en muy poco tiempo. CEOs presuntamente millonarios de 23 años abundaban por doquier, y empresas que no eran más que una dirección postal y un Power Point con letras de colorinchis obtenían millones de dólares en financiación. El estallido de la burbuja dejó un reguero de cadáveres en forma de quiebras, subastas, dramas judiciales y miles de millones de dólares en la basura. Hoy veremos algunos de los casos más famosos y espectaculares.

Cotización del NASDAQ (el índice tecnológico de la Bolsa de Nueva York) entre 1994 y 2008. Entre los años 99 y 2000 duplicó su valor; un año más tarde había caído a los valores del 99. Entre 2002 y 2003 se mantuvo en los valores de 1997. No se volvieron a alcanzar los valores de abril del 2000 hasta mayo de 2015

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Los pueblos fantasma de la Ruta 66

De los seis millones de kilómetros que cubre la red de carreteras y autopistas de Estados Unidos sin duda los más conocidos dentro y fuera de las fronteras del país son los casi cuatro mil que recorre la Ruta 66 entre Chicago y Los Ángeles. Hay varios factores que hacen de ese camino un icono de primer orden en el imaginario asfáltico occidental; los más recurrentes son los culturales. Podemos citar entre ellos Las uvas de la ira, novela de John Steinbeck galardonada con el Pulitzer y cuya adaptación cinematográfica se embolsó un par de Óscars, la obra más conocida de Jack Kerouac, En el camino, las múltiples versiones de Get your kicks on Route 66, temazo de Bobby Troupe que popularizó Nat King Cole en 1946 y que fue versionado por artistas de la talla de Chuck Berry, los Rolling Stones o Depeche Mode, o incluso una serie de televisión emitida entre 1960 y 1964 en la que un par de tipos recorrían el país viviendo aventuras de lo más curioso en su Chevolet Corvette. Pero la Ruta 66 es un icono de la cultura pop estadounidense sobre todo porque es un símbolo de cómo el país se ve a si mismo. Los Estados Unidos fueron construidos sobre la idea del Destino Manifiesto, una ideología que hoy consideraríamos emparentada con el Lebensraum nazi, pero que en el siglo XIX espoleó a cientos de miles de personas a viajar al oeste, más allá del Misisipí, para labrarse su futuro en las grandes llanuras o en la soleada California. De alguna manera, la Ruta 66 es parte del imaginario popular norteamericano por las mismas razones que la Fiebre del Oro de 1849 o el Pony Express. Es la conquista del Oeste, en este caso sin pioneros, colonos o caravanas, sino a lomos de enormes Pontiacs, Chevrolets y Oldsmobiles. EE.UU. es también el lugar donde nació la cultura del automóvil y donde ha alcanzado su máximo exponente. El road trip, el largo y a veces accidentado viaje por carretera por placer o necesidad, es un invento netamente norteamericano, y hay literalmente centenares de películas y libros cuyo argumento gira alrededor del viaje por carretera y sus visicitudes. El viaje como traslado material y simultáneamente como evolución personal es, de hecho, el protagonista de los primeros relatos de la humanidad, y el icono de la Ruta 66 entronca directamente con ellos. De haber transcurrido la Odisea en Estados Unidos, Ulises habría viajado de Los Ángeles a Fort Lauderdale en un Cadillac Eldorado descapotable de 1959.

La Ruta 66 a su paso por Amboy, California (fuente)

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Aussie Wiener, el pene que se podía ver desde el espacio

Cuando Google Maps apareció en nuestras vidas en 2005 lo primero que hicimos todos fue buscar nuestro barrio para husmear. Después nos pusimos a recorrer mundo sin movernos del sillón reclinable de Ikea, descubriendo lugares fascinantes desde el aire. Y luego aparecieron los bromistas que se dedicaban a dibujar formas descomunales que sólo podían ser vistas desde el aire. Como las líneas de Nazca pero en cutre salchichero. Lo de salchichero, por cierto, viene que ni pintado para nuestra visita de hoy, que se puede contemplar aquí en todo su esplendor:

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Coober Pedy, el pueblo bajo tierra

Hace unos años la fotógrafa Tamara Merino se encontraba en Australia viajando con su novio  por carretera entre las ciudades de Adelaida y Alice Springs. En un momento dado uno de los neumáticos de su automóvil dijo basta y procedió a pincharse en mitad de alguna de las rectas infinitas y polvorientas que atraviesan el Outback. Cualquier lector versado en asuntos australianos sabe lo que eso supone. El desierto central de Australia, que ocupa prácticamente todo lo que está a más de 100 kilómetros de la costa, es un lugar inhóspito, insufriblemente caliente y desesperantemente vacío. A trancas y barrancas llegaron por fin a un pueblo donde solicitar ayuda, pero no vieron a nadie. Estaban en un lugar que todos los mapas indican como habitado pero no había ningún paisano a la vista, ni apenas construcciones humanas. En mitad de un paisaje lunar con miles de pequeños montículos de piedras del tamaño de un ser humano adulto hasta donde alcanzaba la vista. Vieron entonces los letreros. “Underground bar“, “Underground church“. Y encontraron pasadizos subterráneos que llevaban a pequeñas cuevas cerradas con puertas. De manera inesperada para ellos se habían topado con Coober Pedy, el pueblo subterráneo de Australia.

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Iglesia ortodoxa de Coober Pedy

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