48 horas en Ucrania (segunda parte)

Primera parte: Fin de semana en un país en guerra

Leópolis toma su nombre del Príncipe Lev, hijo del fundador de la ciudad, Daniel de Galicia. Lev significa León, y el original L’viv se tradujo al latín como Leopolis. Nosotros y los italianos lo adaptamos del latín, mientras que polacos y germanoparlantes denominaron a la ciudad Lwow y Lemberg. Toda esta ensalada de nombres viene a que la historia de la ciudad es, como la de casi todas partes en centroeuropa, una sucesión de reinos, batallas e imperios, que como es lógico han dejado su impronta en la trama urbana. A lo largo de los siglos Leópolis fue polaca, austríaca, ucraniana y soviética. El centro de Leópolis es heredero de la época en la que la ciudad era la capital de Galicia (no esa Galicia, la otra), especialmente la plaza del mercado, que data del siglo XIV, aunque la mayoría de los edificios, incluyendo la torre, son del XIX. Precisamente en la torre del ayuntamiento es donde ondeó por primera vez la bandera de la Ucrania independiente, en 1990, un año y medio antes de la independencia efectiva. Y allí sigue.

«Podremos admirar el original después de la victoria». En la plaza del Ayuntamiento, cuatro estatuas -Neptuno, Diana, Anfitrite y Adonis- custodiaban las cuatro esquinas del edificio. Al iniciarse la guerra, las autoridades las retiraron para evitar daños

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Fin de semana en un país en guerra: 48 horas en Ucrania

La hilera de camiones comenzaba a cinco kilómetros de la aduana. El autobús verde de dos pisos en el que viajaba había adelantado a unos cuatrocientos tráilers para cuando llegamos a la frontera. Después había llegado nuestro turno de tener paciencia. La espera había sido tan larga que una docena de los pasajeros del bus decidieron cruzar a pie y pedir un taxi al otro lado. Pero finalmente, después de lo que había parecido una eternidad, nos devolvieron los pasaportes, nuestro bus se puso en marcha y cruzamos al que sería mi país número 61, y el primero en guerra. Un cartel en cirílico me hizo ser consciente de la realidad: Ласкаво просимо в Україну. O sea: Bienvenidos a Ucrania.

This shit is getting serious…

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Prudentópolis, la pequeña Ucrania de Brasil

De la fachada de la Iglesia de San Josafat, un templo católico de la Iglesia Griega de Ucrania, cuelga la bandera amarilla y azul que representa ante el mundo al país de Europa Oriental. Las misas se celebran en ucraniano, y siguiendo el rito bizantino, como también se hace en la Catedral de la Resurrección de Kiev, la sede apostólica global de la denominación. Al otro lado de la calle, el centro parroquial luce el escudo de Ucrania, y junto a él una decena de Pysanky, los tradicionales huevos de pascua decorados propios del país. Sin embargo, en un cartel se lee Igreja de São Josafat, y en otro aparece el nombre de la calle junto al templo: Rua Marechal Floriano. Porque este lugar, Prudentópolis, está a más de once mil kilómetros de Ucrania; de hecho ni siquiera está en su mismo hemisferio. Es la pequeña Ucrania del sur de Brasil

La Iglesia de San Josafat en Prudentópolis, Paraná (Getty)

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Crónicas Bálticas. Capítulo 1: Independencia

Cuando a principios de los noventa aparecieron de repente docena y pico de países nuevos en el mapa, mi primera reacción fue pensar que habían sido bastante vagos a la hora de ponerles nombres a las cosas. Mucho –istán por aquí e –istán por allá, y luego esos tres estados minúsculos a los que parecía que habían nombrado ya por puro cansancio: Estonia, Letonia, Lituania. Tres países pequeños y poco poblados en una esquina de Europa. Desde mi rincón peninsular, a cuatro horas de avión de allí, los tres países parecían partes de un todo más grande, divididas por capricho. El Diego preadolescente no podía estar más equivocado, claro. Las Repúblicas Bálticas tienen una historia reciente común de ocupación y resistencia, pero son tres países tan distintos entre sí como puedan serlo España, Francia e Italia.

Monumento a la Libertad en el centro de Riga

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Números en el aire; el misterio de las estaciones numéricas

En la Nochebuena de 1906 los operadores de radio de algunos barcos en el Océano Atlántico Norte recibieron a través de sus auriculares algo que nadie antes había podido escuchar. Un hombre tocaba un villancico al violín; un fonógrafo reproducía una canción popular; finalmente, el mismo hombre leía algunos pasajes de la Biblia antes de dar las buenas noches y desear Feliz Navidad. Se trató de la primera retransmisión pública radiofónica de la historia; nunca antes la voz humana había sido esparcida de esa manera tan indiscriminada, para cualquiera que pudiera estar escuchando. A todos los efectos era poco menos que magia; la magia de la radio se convertiría en un lugar común en las siguientes décadas, cuando la aparición de las primeras emisoras comerciales en 1920 cambiase para siempre la manera de transmitir la información. La idea de que una voz pudiera alcanzarnos allá donde estuviéramos sin importar la distancia ni el origen era extremadamente poderosa y sugerente. De repente los seres humanos ya no estaban solos ni aislados; la música podía entrar en el salón de casa, igual que las noticias, las ideas o la comedia. Era, simplemente, mágico. Más de cien años después, la radio sigue conservando una pequeña parte de ese atractivo primigenio, casi pretecnológico, que tenía cuando nació. Pero hay un modo de devolvernos a esa época temprana de la radio, cuando las ondas hertzianas eran una fuerza misteriosa e invisible que nos transportaba más allá de nuestros límites físicos. Una manera de sentir lo mismo que aquellos operadores de radio en mitad del Atlántico cuando en vez de puntos y rayas escucharon una voz humana atravesar la oscuridad. Con un receptor de onda corta podemos escuchar a gentes situadas en la otra punta del mundo, y, todavía mejor, hablarles también. Pero a veces quien está al otro lado no acepta respuestas. En ocasiones el mensaje que nos llegará a través de las ondas será incomprensible, pero igual de evocador que las primeras emisiones radiofónicas, si no más. En todo el mundo existen emisoras de radio que sólo emiten interminables filas de números, una y otra vez. Larguísimas series de cifras carentes de sentido. Salvo que en realidad no carecen de sentido, somos nosotros que no disponemos de la clave para descifrarlas. Hoy en Fronteras, el misterio de las estaciones numéricas.

Estación numérica norteamericana captada en febrero de 2019

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Chernóbil y el paso del tiempo

El fotógrafo canadiense David McMillan viajó por primera vez a la zona de exclusión de Chernóbil en 1994, según cuenta, influido por la lectura en su adolescencia de la novela post apocalíptica On the Beach, conocida en español como La hora final. Desde entonces hasta hoy ha regresado hasta 20 veces más a la zona para documentar los efectos del paso del tiempo en las ciudades y los territorios abandonados desde el accidente de 1986. Las fotografías del mismo lugar con años o incluso décadas de diferencia muestran cómo la fuerza devastadora del tiempo reduce todo a escombros y polvo hasta hacerlo irreconocible. Exactamente igual que nos sucederá a todos nosotros, con o sin radiación.

Coches de choque, 1994
Coches de choque, 2008

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Turistas de lo oscuro

Hace unos días se cumplieron 33 años de la explosión de la central nuclear de Chernóbil. La cercana ciudad de Prípiat, donde residían los trabajadores de la central nuclear y sus familias fue evacuada 36 horas después de la catástrofe ante los altísimos niveles de radiación alcanzados. La zona contaminada fue clausurada y cerrada al público,, más de 2.500 kilómetros cuadrados en Ucrania, Rusia y Bielorrusia que fueron en su mayoría abandonados sin más y donde la naturaleza ha reclamado su lugar. Con los años Prípiat se ha convertido en la ciudad fantasma más famosa del mundo y su peligrosidad se ha reducido: hoy existen visitas guiadas diarias que salen desde Kiev y transportan a los asombrados viajeros (30.000 al año) a los estertores finales de la Unión Soviética, un parque temático del abandono donde los derrelictos comidos por el óxido se han convertido en iconos turísticos. Visite un parque de atracciones abandonado hace tres décadas y que se cae a pedazos por sólo 100 euros. El tour tiene casi tres mil reseñas en Tripadvisor y casi todas son de cinco estrellas. Así que tiene que merecer la pena.

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Un país en un suspiro: los estados independientes más breves de la Historia

Cuenta la leyenda que allá por el año 297 de nuestra era un albañil nacido en la isla dálmata de Rab emigró a Rimini para unirse a los trabajos de reconstrucción de las murallas de la ciudad. Seis años después, y tras haberse ordenado sacerdote, se instaló en el Monte Titano, donde fundó un monasterio, que con los años se expandió hasta controlar gran parte de las tierras alrededor del lugar. Aquel albañil nacido en lo que hoy es Croacia llegó a ser Santo, y las tierras alrededor del monasterio que fundó hoy llevan su nombre: San Marino. El pequeño país reclama para sí el puesto de estado más antiguo del mundo, fundado hace 1.715 años. Otros estados, sin embargo, no tuvieron la misma suerte de atravesar indemnes los siglos y desaparecieron. Algunos duraron siglos, otros años y otros, como los que vamos a ver hoy, no llegaron a durar un fin de semana.

Si parpadeas te lo pierdes

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Las lenguas amenazadas del Año Nuevo

La entrada de hoy es especial por muchas razones. Primero, porque es la última del año, obviamente. Segundo, porque es la más larga de la historia del blog. Y last but not least, porque la ha escrito el formidable Simón Perera, apasionado por las lenguas del mundo que hoy nos ofrece el mayor repaso a lenguas en peligro de extinción que se haya escrito jamás en la blogocosa en español. Espero que lo disfrutéis. Podéis seguir también esta entrada en Tuíter, en el hashtag #2017Live. ¡Feliz 2017! 

31 de diciembre de 1999. Alrededor del mediodía, comenzaba en La 2 el programa de televisión más largo que habría visto nunca: El día del Milenio. Yo y mi padre — quien para la televisión es más o menos como el aceite para el agua — nos sentábamos frente al aparato durante casi 24 horas, solo interrumpidos por la cena familiar y Ramón García y Nuria Roca dando las campanadas en la 1. Durante todo ese tiempo, seguimos cómo el año 2000 llegaba a países de todo el mundo, desde Nueva Zelanda hasta los Estados Unidos. Sí, señores, no se hace uno friqui en un día.

Años más tarde, servidor comenzó a ser lector de este genial blog que ustedes leen ahora. Es tradición lógica del mismo celebrar el Año Nuevo con un seguimiento de su entrada alrededor del mundo, desde los confines orientales de la Línea de Cambio de Fecha hasta sus confines occidentales. Pasó en 2009–2010, 2013–2014, o 2014–2015. El año pasado volvimos a tener seguimiento fronterero, esta vez por Twitter, con el hashtag #2016live.

Todo esto se fue confabulando en algún lugar de mi cerebro para inspirarme a hacer algo parecido. Recorrer el mundo a medida que llegaba un año nuevo, con un hilo conductor. Y para este hilo conductor había dos posibilidades, mis pasiones: la ciencia o la lengua.

Lo único que faltaba fue acordarme de un mapa que descubrí hace unas cuantas semanas. En él, la UNESCO concretaba la posición y el estado de todas las lenguas de cuyo peligro de desaparecer tiene constancia. Una realidad que se nos antoja lejana, en el tiempo o en el espacio, pero que no lo es tanto. De las aproximadamente 2500 lenguas en peligro, muchas se hablan cerca de casa: 128, en Europa (4, en España); y cientos, en Sudamérica.

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Las paradas de autobús, el secreto inesperado de las carreteras soviéticas

Cuando uno piensa en «arquitectura soviética» lo primero que le viene a la cabeza son grises y monótonos bloques de hormigón alineados como si fueran parte de un desfile norcoreano. Pero en la felizmente extinta URSS pueden encontrarse rincones donde la creatividad se desbordaba. No en grandes palacios de congresos o mastodónticos edificios gubernamentales sino en pequeñas marquesinas de autobús dispersas aquí y allá por todo el vasto territorio del imperio soviético. El fotógrafo canadiense Christopher Herwig descubrió este fascinante microcosmos viajando en bicicleta de Londres a San Petesburgo, allá por el año 2002. Durante la siguiente década recorrió más de treinta mil kilómetros en catorce países, de Estonia a Georgia y de Moldavia a Kirguistán, buscando esas pequeñas explosiones de imaginación en las cunetas de los caminos soviéticos.

Sovietbus6

Gagra, Abjasia (Georgia)

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