Cuando volar era una aventura. Las primeras rutas de larga distancia de la aviación comercial

En marzo de 2018 la compañía Qantas, aerolínea de bandera australiana, inauguró la primera ruta aérea sin escalas entre Europa y Australia con un vuelo que conecta los aeropuertos de Londres Heathrow y Perth, en la costa oeste del continente. Diecisiete horas en el aire en un asiento de comodidad francamente discutible no parece el mejor de los planes, pero si comparamos eso con la travesía casi interminable de los primeros vuelos intercontinentales resulta que es poco menos que un milagro. Volar largas distancias hace tres cuartos de siglo era, aparte de carísimo, una aventura que podía poner a prueba la paciencia de cualquiera, pero sobre todo era un desafío técnico, logístico y personal de primera magnitud. Los pilotos eran poco menos que héroes o estrellas del rock, y cruzar el mundo en avión requería casi tantas escalas como horas en el aire.

De Inglaterra a la India en 7 días con Imperial Airways, la aerolínea británica (Mary Evans Picture Library)

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El Mapa de Internet

Estas líneas fueron escritas a lo largo de dieciocho días desde un ordenador portátil marca Hewlett Packard en una habitación de hospital y en la mesa del comedor de mi casa en Barcelona. Sin embargo, para que tú, amable internauta, puedas estar leyéndolas ahora, han tenido que realizar un viaje absolutamente asombroso. Muchos viajes, de hecho. Mientras este artículo tomaba forma lentamente, cada una de las 32 veces que he pulsado el botón de “Guardar borrador”, se ha puesto en movimiento la aguja del disco duro de un servidor situado en Chicago, donde tiene su datacenter principal Automattic Inc., la compañía que aloja Fronteras y otros sesenta millones de blogs y páginas web. Una vez publicada esta anotación, una copia de ella se ha transmitido a varios de los casi cuatro mil servidores de la compañía, localizados en 28 ciudades de 17 países. Cada vez que alguien ha decidido dedicar parte de su normalmente escaso tiempo libre a leerla (gracias, por cierto), las 7.847 palabras y los 48.749 caracteres de este texto, transformados en increíblemente breves parpadeos de luz de una determinada longitud de onda, han sido enviados a través de decenas de redes y miles de kilómetros de cables. Dependiendo de la ubicación física del lector estas líneas les habrán sido enviadas desde una ciudad u otra. Los lectores españoles de Fronteras (un 45% del total, por si os interesa saberlo) probablemente hayan recibido la copia almacenada en Madrid, aunque una cuarta parte de ellos leerán exactamente el mismo texto pero alojado en Ámsterdam, Londres, París o Milán. Los lectores que hayan accedido desde América del Sur (más o menos un 30%) se habrán conectado casi con total seguridad a los servidores que almacenan esta entrada en Sao Paulo, mientras que los centroamericanos habrán recibido sus bits desde Miami y los mexicanos (un 10% de los lectores) desde Dallas, Atlanta o San José, California. No concebimos Internet como algo físico y tangible, pero lo es, y mucho. Dos de las características de la Red son su descentralización y su instantaneidad, pero ni la una ni la otra lo son tanto como creemos. El componente geográfico de la Red es totalmente indisociable del mismo concepto de Internet y es, de hecho, una parte fundamental de su funcionamiento. De los mineros de bitcoin chinos a los datacenter submarinos de Microsoft, todo lo que llamamos Internet se encuentra en algún lugar o, más habitualmente, en muchos lugares a la vez. En gran medida Internet es, como decía aquel senador de Alaska, una serie de tubos, decenas de millones de kilómetros de ellos. Hoy en Fronteras vamos a esbozar un mapa de esos tubos. 

En alguno de los servidores que aparecen en este vídeo estaba alojado este blog allá por 2009 (Barry at WordPress)

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El hombre que perseguía patitos de goma

El 10 de enero de 1992 el buque portacontenedores Ever Laurel se vio atrapado en una tempestad más violenta de lo normal en mitad del Océano Pacífico. Su ruta entre Hong Kong y Seattle se vio azotada por olas de diez metros de alto y vientos huracanados de más de 150 km/h, que sacudieron al enorme paquebote (330 metros de eslora, 104.000 toneladas de peso máximo) hasta tal punto que en un momento dado dos columnas de seis contenedores rompieron sus enganches y se precipitaron al mar. En uno de esos contenedores viajaban empaquetados 28.800 animales de plástico de vivos colores, juguetes infantiles para bañera fabricados en China; una cuarta parte de ellos eran patos amarillos, pero también había castores rojos, ranas verdes y tortugas azules. El punto donde cayeron los contenedores (44ºN, 178º E) estaba a varios miles de kilómetros de distancia de cualquier lugar emergido, no digamos ya habitado. Los animalitos de goma quedaron entonces a merced de las corrientes marinas y de las brutales tormentas que habían provocado su caída al océano. Un año después, unos cuantos centenares de ellos aparecieron en las costas de Sitka, en Alaska, un lugar donde están acostumbrados a recoger de entre los guijarros de la playa todo tipo de objetos escupidos por el mar. Pero la cosa no acabó ahí. Los juguetes de baño aparecieron en las Aleutianas, en Canadá, en Hawái, en las costas del Estado de Washington e incluso en el estado de Maine, al otro lado del continente. Los patitos de plástico viajaron miles de kilómetros en mar abierto y al final, diez años más tarde, cambiaron la vida de un hombre: Donovan Hohn.

Ruta seguida por los animalitos de plástico desde su caída al mar en 1992 hasta su aparición en las costas británicas en 2007, la última registrada (Wikimedia Commons)

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Sobre mundos perdidos, pirámides en Australia y monstruos resucitados

La entrada de hoy nos la trae uno de los lectores más veteranos de este su fronterizo blog. Se trata de Martín Donato, a quien recordaréis porque ya apareció por aqui mezclando fútbol y países no reconocidos. Si os gustan los chistes tan malos que figuran en la lista de los 10 más buscados del FBI, podéis seguirle en Tuíter: @martindonato. De paso podéis felicitarle, puesto que hoy cumple una pila de años y lo ha querido celebrar aquí. No me hago responsable de las consecuencias que pueda tener sobre vuestra salud mental. 

Lo primero que habréis pensado tras leer el título es: “ya se le coló a Diego un fan de Iker Jiménez en el blog”. Tranquilos,no es el caso. Creo que fue Samuel Goldwyn el que dijo que una buena historia empieza con un terremoto y de ahí para arriba. Y bueno, para una vez que uno puede escribir en este, su blog de cabecera (y hasta aquí el momento señor Lobo), no es cosa de quedarse en una serie B. Aquí preferimos las superproducciones. Y si  existe algún lugar que sea el escenario  ideal para una superproducción fronteriza, tiene que estar, sin duda, en Australia. Y hacia allá viajamos. No exactamente hacia el hogar de los canguros,  Bob Hawke y  el Vegemite, sino a un lugar aún más aislado y escondido… Pero antes de que redoblen los tambores, toca contar como llegué hasta allí.

Uno, como firme partidario de que un exceso de ejercicio no es sano, tiene como deporte favorito la navegación internaútica. Especialmente, wikipédica. Allí te puedes dejar llevar por la corriente durante horas, yendo de un artículo a otro, enlazando temas en apariencia inconexos como la Guerra de los Canudos y la bruselización. Y entonces, sin saber exactamente como llegué allí… la vi. Si estoy escribiendo aquí (aparte del necesario soborno al dueño del garito y el tráfico escandaloso de influencias) es porque se me podría calificar de friki geográfico. Y como dentro de ese siniestro grupo aún se puede encontrar una vasta diversidad de parafilias, la mía seria, sin duda, las islas. Especialmente las pequeñas, las que se puedan abarcar de un solo vistazo.

Las islas son trozos de mundo hechos a escala humana, abarcables, con límites. Sirven para no sentirnos como lo que realmente somos, minúsculas motas de polvo en el tiempo y el espacio.  Supongo que todos (decidme que si, o voy a tener que pensar que soy aún más raro de lo que pensaba) hemos soñado con tener un país propio, un sitio utópico, lleno de leyes justas, felicidad y mujeres hermo… perdón, leyes justas y felicidad.  Y nada mejor para ello que una isla. Así que teniendo claro eso, que yo salive ante  una vista panorámica de las islas Sorlingas es de lo más normal del mundo… o, por supuesto. delante de ESTO.

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Diez personas que vivieron en un aeropuerto (segunda parte)

Para leer la primera parte de esta entrada, pincha aquí

5.22px-Flag_of_Russia.svgZahra Kamalfar – 10 meses – Aeropuerto de Moscú Sheremetyevo (Rusia)

Tras ser encarcelada por manifestarse contra el régimen iraní, Zahra Kamalfar se escapó del país a principios de 2006 aprovechando un permiso, junto con sus dos hijos. Con documentos falsos conseguidos por su familia voló a Moscú y de allí a Fráncfort, con la idea de trasladarse a Canadá, donde tenían familia. Sin embargo, las autoridades alemanas detectaron sus falsos pasaportes y la familia fue devuelta a Rusia. Tras encerrarlos unas semanas en un hotel moscovita las autoridades rusas trasladaron a los tres al aeropuerto y trataron de devolverla a Irán pero una campaña de apoyo popular y la intervención del Alto Comisionado de la ONU para los refugiados permitieron finalmente cancelar la repatriación, con Kamalfar y sus hijos ya en el aeropuerto. Durante diez meses esperaron en la zona de tránsito de Sheremetyevo, hasta que en marzo de 2007 finalmente las autoridades canadienses le concedieron el asilo político y pudo volar a Vancouver.

Fuentes: 1, 2, 3, 4

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Zahra Kamalfar y sus dos hijos, en el aeropuerto de Moscú-Sheremetyevo (fuente)

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Diez personas que vivieron en un aeropuerto (primera parte)

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El antropólogo francés Marc Augé definió en cierta ocasión los aeropuertos como no-lugares, sitios de paso, meros trámites, tránsitos obligatorios pero insípidos, neutros, que nada aportan al que los visita. Englobaba en la misma categoría las habitaciones de hotel, las autopistas, los supermercados y en general esos lugares rutinarios que cruzamos sin detenernos camino de nuestro verdadero destino, sea el que sea. Los aeropuertos son un espacio donde centenares de miles de historias individuales convergen a diario, ignorándose mutuamente. Para la mayoría, la estancia en el aeropuerto es una obligación engorrosa, agravada con las cada vez más estrictas medidas de seguridad. Para otros un aeropuerto sigue siendo una aventura, una oportunidad de ver y hacer algo distinto, un sitio capaz de provocar mariposas en el estómago. Para algunos elegidos el aeropuerto es su lugar de trabajo, su obra, su oficina. Y para unos cuantos desafortunados, el aeropuerto es su casa, el lugar donde duermen, o incluso donde viven todo el día. Las razones que pueden llevar a alguien a residir de forma permanente o temporal en un aeropuerto van desde lo risible hasta lo trágico. Hoy vamos a repasar las historias de diez de estas personas.

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El hombre que visitó todos los países del mundo sin subirse a un solo avión

El vídeo que veis sobre estas líneas muestra al aventurero británico Graham Hughes grabándose un segundo en todos y cada uno de los países del mundo (más unos cuantos lugares que no cuentan como nación independiente, caso de las Feroe o Escocia). El viaje, que duró más de tres años, le llevó a los 193 países miembros de la ONU, a los que sumó la Ciudad del Vaticano, los Territorios Palestinos, el Sáhara Occidental, Taiwán y los cuatro países constituyentes de Gran Bretaña, totalizando 201 países o territorios visitados. Y todos ellos sin tomar un solo avión.  Sigue leyendo