La hilera de camiones comenzaba a cinco kilómetros de la aduana. El autobús verde de dos pisos en el que viajaba había adelantado a unos cuatrocientos tráilers para cuando llegamos a la frontera. Después había llegado nuestro turno de tener paciencia. La espera había sido tan larga que una docena de los pasajeros del bus decidieron cruzar a pie y pedir un taxi al otro lado. Pero finalmente, después de lo que había parecido una eternidad, nos devolvieron los pasaportes, nuestro bus se puso en marcha y cruzamos al que sería mi país número 61, y el primero en guerra. Un cartel en cirílico me hizo ser consciente de la realidad: Ласкаво просимо в Україну. O sea: Bienvenidos a Ucrania.









