Por no haber, no hay ni peces, y eso que tiene más océano a su alrededor que cualquier otro punto sobre la superficie del Planeta Tierra. Es un lugar tan remoto e inaccesible que su ubicación real no se conoció hasta hace treinta años, y es probable que lo hayan visitado muchas menos personas que las que han paseado por la superficie de la Luna. Es la definición perfecta y redonda de «en mitad de la nada», un lugar donde nunca pasa nada ni nadie, aunque, eso sí, ocasionalmente se estrella allí una nave espacial. Es, claro, el Punto Nemo.
Nada por aquí, nada por allá. O sea, por nadar no va a ser.
Leópolis toma su nombre del Príncipe Lev, hijo del fundador de la ciudad, Daniel de Galicia. Lev significa León, y el original L’viv se tradujo al latín como Leopolis. Nosotros y los italianos lo adaptamos del latín, mientras que polacos y germanoparlantes denominaron a la ciudad Lwow y Lemberg. Toda esta ensalada de nombres viene a que la historia de la ciudad es, como la de casi todas partes en centroeuropa, una sucesión de reinos, batallas e imperios, que como es lógico han dejado su impronta en la trama urbana. A lo largo de los siglos Leópolis fue polaca, austríaca, ucraniana y soviética. El centro de Leópolis es heredero de la época en la que la ciudad era la capital de Galicia (no esa Galicia, la otra), especialmente la plaza del mercado, que data del siglo XIV, aunque la mayoría de los edificios, incluyendo la torre, son del XIX. Precisamente en la torre del ayuntamiento es donde ondeó por primera vez la bandera de la Ucrania independiente, en 1990, un año y medio antes de la independencia efectiva. Y allí sigue.
«Podremos admirar el original después de la victoria». En la plaza del Ayuntamiento, cuatro estatuas -Neptuno, Diana, Anfitrite y Adonis- custodiaban las cuatro esquinas del edificio. Al iniciarse la guerra, las autoridades las retiraron para evitar daños
La hilera de camiones comenzaba a cinco kilómetros de la aduana. El autobús verde de dos pisos en el que viajaba había adelantado a unos cuatrocientos tráilers para cuando llegamos a la frontera. Después había llegado nuestro turno de tener paciencia. La espera había sido tan larga que una docena de los pasajeros del bus decidieron cruzar a pie y pedir un taxi al otro lado. Pero finalmente, después de lo que había parecido una eternidad, nos devolvieron los pasaportes, nuestro bus se puso en marcha y cruzamos al que sería mi país número 61, y el primero en guerra. Un cartel en cirílico me hizo ser consciente de la realidad: Ласкаво просимо в Україну. O sea: Bienvenidos a Ucrania.
Cuando compré el billete de avión a Bratislava dejé para más adelante decidir qué hacer después de visitar la capital eslovaca, porque, por más que la ciudad sea muy agradable y merezca mejor suerte, no da para una semana de turismo. En seguida descubrí la existencia de un vuelo interno a Kosice, la segunda ciudad del país, que en poco más de una hora y por la módica cantidad de 19,95 € me transportaría a la que, dicen, es también la ciudad más bonita de Eslovaquia. Así que después de un par de noches en la capital, agarré mis bártulos y me trasladé al lejano oriente del país.
La catedral de Košice, tras la estatua de Julius Jakoby, un pintor local de principios del siglo XX
La capital eslovaca es el patito feo de Centroeuropa. Viena está a una hora de coche, Budapest a dos, y Praga a tres. Todos los circuitos europeos abarcan dos de esas tres ciudades, y a veces las tres, relegando a Bratislava una excursión de un día en el mejor de los casos, o en el más habitual, un desvío para comer en el trayecto entre alguno de los vértices del triángulo mágico centroeuropeo. Los eslovacos, de hecho, tienen fama de ariscos con el turista por esa razón. Así que decidí que la ciudad, y el país, bien merecían una visita, que aunque breve, tuviera al menos algo más de enjundia que un área de servicio entre dos fronteras.
El Castillo de Bratislava junto a la bandera eslovaca
Existe una estación de tren alemana que durante medio siglo exigió el pasaporte para subirse al tren hacia cualquier otro lugar del mismo país. Los pasajeros que subían y bajaban del convoy lo hacían escoltados por el ejército, y tenían terminantemente prohibido salirse del estrecho camino que llegaba a la estación desde el pueblo más próximo. La instalación da servicio a un pueblo alemán y la vía que llega hasta allí empieza y termina en Alemania, pero la estación no está en Alemania, sino en Polonia. Hoy conoceremos la historia de Krzewina Zgorzelecka, la estación de tren en el país equivocado.
La estación, en Polonia, vista desde Alemania (nótese el cartel azul con el nombre del lugar tras el marcador fronterizo polaco) (Robot8A, Wikimedia)
Los turistas que pasan por Mosta, en la isla de Malta, se quedan maravillados con su iglesia redonda, llamada, claro, la Rotonda de Mosta. La iglesia, auténticamente monumental por su tamaño, alberga una bomba nazi que cayó sobre el edificio sin detonar, y la expone para maravilla de curiosos y visitantes. Pero la bomba nazi no es lo más extraño que puede encontrarse en la ciudad. No muy lejos de allí, junto a la carretera principal, un concesionario de Subaru permanece cerrado desde los años 90, exponiendo vehículos descatalogados hace décadas. Nunca abre, nunca hay nadie dentro, pero los coches se conservan limpios, con los neumáticos inflados y sin apenas polvo sobre ellos. Son muchos misterios en uno.
Modelos de Subaru de los 80 y 90 en un concesionario abandonado de Malta
Lo bueno, y lo malo, de un eclipse total de sol es que es una de esas experiencias que no puede comprenderse salvo que se vivan. No hay fotos o vídeos que le hagan justicia a lo que ven los ojos ni a lo que siente el cuerpo. Es algo tan completamente único que después de vivirlo una única vez es perfectamente comprensible que exista una raza especial de lunáticos llamada «cazadores de eclipses«. La conversión por unos minutos del Sol en una bola negra es lo más próximo a un milagro, a una señal divina, que se puede experimentar sin ser creyente. Y yo lo vi en un pueblo que ya ha pasado a la memoria y al diálogo privado de mi familia. Un pueblo con el mejor nombre de toda la Meseta española. Cuzcurrita de Río Tirón.
Ochocientos setenta y cinco kilómetros. Esa es la distancia que separa Sídney de Melbourne, y el recorrido de la primera ultramaratón de Australia. En 1983 ciento cincuenta corredores se apuntaron para correrla, entre ellos algunos de los especialistas más reputados en las distancias extremas. Atletas en su mejor momento, con preparaciones minuciosas, equipamiento específico y técnicas depuradas, se dispusieron a darlo todo durante días para llevarse los diez mil dólares de premio. Y entonces llegó Cliff Young, un granjero sesentón y desdentado, vestido con un chándal cualquiera y calzando unas botas de agua, y procedió a aplastarlos a todos.
El uno de marzo de 1872 el gobierno federal de Estados Unidos declaró nueve mil kilómetros cuadrados en la esquina noroeste de Wyoming como zona de especial protección; el nombre utilizado para denominarla, National Park, pasó a la historia, y hoy Yellowstone es considerado el Parque Nacional más antiguo del mundo. Un siglo y medio más tarde, por todo el planeta existen más de tres mil lugares con esa denominación (seiscientos de ellos en Australia), pero hay uno que concentra buena parte de los récords: el más grande, el menos visitado, el menos poblado, el que está más al norte y el que ocupa más superficie del territorio al que pertenece, entre otros. Y no está en Australia, en Estados Unidos, o en África. Se trata, claro, del Parque Nacional del Noreste de Groenlandia.