El cráter de Pingualuit es uno de esos lugares que parecen sacados de una novela de ciencia ficción. Un círculo casi perfecto de tres kilómetros de diámetro, en mitad de la nada ártica canadiense, y lleno del agua más pura que puede encontrarse en la naturaleza. Un lugar tan apartado del mundo que sólo fue descubierto en los años cuarenta, y tan alejado de cualquier otro sitio que para llegar allí hace falta organizar una expedición.

Corría el año 1943 cuando la tripulación de un vuelo de reconocimiento de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos observó con asombro el espectáculo extraordinario que se desplegaba bajo el fuselaje del avión. Nadie había contemplado esa visión antes, porque nadie había sobrevolado nunca la remotísima región de Quebec sobre la que se encontraban. Cuando regresaron a la base informaron del hallazgo de un enorme lago circular del que nadie tenía noticia. A partir de esa fecha, los pilotos que sobrevolaban el norte de la Península del Labrador usaron el cráter como referencia en sus vuelos. Las primeras fotos del lugar se hicieron un par de años más tarde, pero nadie se acercó por allí hasta 1950.

La primera expedición llegó hasta el cráter liderada por Friederick Chubb, un buscador de diamantes al que las fotos del lago le recordaron los volcanes extintos de África del Sur, alrededor de los que se encuentran cantidades respetables de piedras preciosas. Con él viajó un geólogo, Nigel Martin, que estaba convencido de que el fenómeno era un cráter de impacto: los restos de un asteroide que se estrelló allí siglos o milenios atrás. Por poner un contexto, quedaban treinta años para que alguien lanzara la hipótesis de un asteroide como motivo de la extinción de los dinosaurios, y cuarenta para que encontraran el lugar exacto. El caso es que los dos amigos viajaron en un hidroavión hasta el sitio, que provisionalmente se denominó «Chubb Crater».

La prensa presentó el descubrimiento como la octava maravilla del mundo; las fotografías aéreas permitieron reconstruir el origen del extrañísimo lugar. Efectivamente el geólogo Nigel Martin tenía razón. El Cráter Chubb, que ahora llamamos Pingualuit, es el testimonio en roca del impacto de un asteroide hace alrededor de un millón y medio de años. El tamaño del objeto que se estrelló allí debió estar entre los cien y los ciento veinte metros de ancho, y, aunque no provocó una extinción masiva como su primo el de Chicxulub (cien veces más grande), sí que dejó una cicatriz en la tierra tan profunda que es perfectamente visible cientos de miles de años después. Es, de hecho, uno de los cráteres de impacto mejor conservados del planeta, en parte debido al lugar donde se estrelló. Sucesivas glaciaciones apenas han erosionado la roca, y han permitido que se convierta en un testigo silencioso del clima terrestre.

Pingualuit, al que se empezó a llamar en seguida «el ojo de cristal», tiene forma de cono invertido. En su parte superior llega a los tres kilómetros y pico de ancho, mientras que en la superficie del agua la anchura es unos quinientos metros menor. La profundidad máxima del lago es de 267 metros; es uno de los lagos más profundos de Canadá, y eso es mucho teniendo en cuenta que hablamos de un país con más de dos millones de lagos. A principios del siglo XXI el servicio geológico canadiense le cambió el nombre al accidente geográfico. Los inuit de la zona conocían el lugar desde tiempo inmemorial y habían pasado ese conocimiento a través de la tradición oral. Pingualuit es la palabra en inuktituk para los granitos provocados en la piel por el frío extremo. El cráter pústula, podríamos decirle. A diferencia de aquellas, en Pingualuit se encuentra el agua más pura del mundo. Es un lago cuyo único aporte hídrico viene de las precipitaciones, y sólo pierde agua por evaporación; no hay ríos o corrientes subterráneas que entren o salgan. Así que tiene concentraciones salinas inferiores cientos de veces inferiores a las que se pueden encontrar en cualquier río o en los Grandes Lagos. Por esa misma razón, las aguas de Pingualuit son de las más transparentes del mundo, si no las que más. Y pese al aislamiento, las aguas del lago están vivas: hay una única especie de pez allí: la trucha ártica.

¿Cómo llegan los peces a un lago que no tiene fuentes conocidas de agua? Alguien o algo los puso allí; en este caso probablemente el hielo. Durante la última glaciación el norte de lo que hoy es Canadá se vio cubierto por una capa de hielo de unos tres kilómetros de grosor. El deshielo dejó el territorio cubierto por cantidades industriales de lagos, lagunas, estanques, charcas y en general cuerpos de agua, y a Pingualuit le tocó la colonia más aislada de truchas árticas que se haya conocido. Los testigos mudos de una época desaparecida miles de años antes de que los primeros hombres se acercaran por allí. Hoy el cráter se puede visitar, pero llegar hasta él no es sencillo: el pueblo más cercano está un centenar de kilómetros al este; la carretera más próxima ochocientos kilómetros al sur. Nunavik, la región quebecois en la que hallamos Pingualuit tiene casi la misma superficie que la España Peninsular (unos 450.000 kilómetros cuadrados) pero la población de una ciudad pequeña (14.000 habitantes). Normal que tardara tanto tiempo en descubrirse, y que los peces llegaran allí antes que cualquier humano.

Fuentes y más info: National Geographic, enero de 1952, BBC, Wikipedia, Toponimy Comission of Quebec, Nunavik Parks, Royal Astronomic Society of Canada, Environment Quebec.
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