22 de septiembre de 1979. El satélite norteamericano Vela 10 orbita silenciosamente nuestro planeta a más de cien mil kilómetros de la superficie terrestre. No necesita estar cerca para cumplir su función; de hecho, necesita cierta distancia para ser útil. Su misión, en plena guerra fría, es crucial: detectar explosiones nucleares en la superficie o en la atmósfera terrestre. Poco antes de la una de la mañana, hora de Londres, sus sensores se ponen en marcha repentinamente. Algo ha pasado: uno de los sistemas del satélite ha detectado una señal inesperada, una que coincide exactamente con otras cuarenta anteriores: el rastro inequívoco de una explosión nuclear. Empezaba así el Incidente Vela, el ensayo nuclear que nunca existió.









