Ochocientos setenta y cinco kilómetros. Esa es la distancia que separa Sídney de Melbourne, y el recorrido de la primera ultramaratón de Australia. En 1983 ciento cincuenta corredores se apuntaron para correrla, entre ellos algunos de los especialistas más reputados en las distancias extremas. Atletas en su mejor momento, con preparaciones minuciosas, equipamiento específico y técnicas depuradas, se dispusieron a darlo todo durante días para llevarse los diez mil dólares de premio. Y entonces llegó Cliff Young, un granjero sesentón y desdentado, vestido con un chándal cualquiera y calzando unas botas de agua, y procedió a aplastarlos a todos.

Todos sabemos que en Australia las cosas, todas ellas, por lo general suelen ser grandes. las granjas no son la excepción. Cliff Young no se crió en el Outback, sino que era un hijo del Bush, nacido y criado en Beech Forest, al sur de Melbourne, y aún así la granja familiar tenía 810 hectáreas de superficie, en las que se cultivaban patatas, como en todas las granjas de alrededor. Para complementar los ingresos de los tubérculos, la familia Young contaba con un rebaño de dos mil ovejas. Cuando llegó la Gran Depresión Cliff era un niño, que se vio obligado a trabajar en el negocio familiar cuidando del ganado. Eran los años treinta, y todavía estaba lejos la época de las avionetas, las motos y el GPS para perseguir ovejas, así que el joven Young las perseguía a pie, corriendo decenas de kilómetros de un extremo a otro de la extensa finca, armado únicamente con unas botas de agua para cruzar charcos y ciénagas, y dosis infinitas de paciencia. Aquellos años durmiendo en una choza con su familia no le endurecieron el carácter, pero sí le hicieron desarrollar una resistencia mental sobrehumana.

La leyenda cuenta que Young se presentó a la Ultramaratón de 1983 casi por casualidad, como si fuera su primera carrera, pero lo cierto es que el granjero había hecho sus pinitos como corredor profesional en los años cincuenta, y para cuando se presentó a la carrera que le haría famoso tenía ya cierta experiencia gastando suela en carreras populares. En 1979, a los 57 años. corrió las diez millas de la Adidas Super Run de Melbourne en apenas 64 minutos, un tiempo más que respetable para un señor en la segunda mitad de la cincuentena, así que se animó a probar en la maratón de ese mismo año, que por supuesto terminó, parando el crono por debajo de las tres horas y media. En vista del éxito, siguió corriendo maratones regularmente durante los siguientes años, estableciendo una mejor marca personal justo por encima de las tres horas. Las maratones se le quedaron pequeñas, así que el siguiente paso fue intentar batir un registro extremo: el récord de las mil millas, que entonces tenía el neozelandés Ziggy Bauer en once días y veintitrés horas. Young entrenó durante meses, y abandonó a mitad de camino, con «sólo» quinientas millas recorridas. El caso es que cuando al año siguiente se plantó en la salida de la ultramaratón de Sídney a Melbourne, nuestro héroe tenía ya un bagaje extraordinario a sus espaldas.

Hay abundante literatura médica y deportiva acerca de cómo correr distancias extremas, pero Young no estaba al día en ese tema. Su forma de correr, un caminar rápido y bamboleante casi arrastrando los pies, se conoce desde entonces como el «Cliff Young Shuffle«, y aparentemente es una forma extraordinariamente eficiente de desplazarse, en términos energéticos. Cuando llegó a la línea de salida con unas botas de agua y un chándal hecho polvo, alguien se apiadó y le entregó unas zapatillas de su talla. Poco se imaginaba el buen samaritano lo que se avecinaba. La presencia de corredores de provecta edad no es infrecuente en las carreras ultramaratonianas, en las que la plenitud se alcanza generalmente alrededor de los cuarenta años, pero el bueno de Cliff se desviaba bastante de la media de edad en cualquier prueba deportiva. Nadie podía prever lo que iba a suceder a continuación, no al menos hasta la primera noche.

Existía un pacto de caballeros según el cual los corredores dormirían toda la noche, pero Young se lo saltó. Eso sí, involuntariamente. Su ayudante puso la alarma a las dos de la mañana por error, y Young, que ni se molestó en mirar el reloj y tampoco llevaba uno puesto, simplemente e levantó del saco de dormir y se puso a trotar otra vez. Al cabo de un rato se dio cuenta de que al amanecer no se le esperaba, y cuando por fin salió el sol, cinco horas más tarde, y su ayudante consiguió encontrarle, lo primero que hizo fue preguntarle por qué llevaba toda la noche corriendo. Para entonces la ventaja con el resto de corredores era ya de casi treinta kilómetros, pero en una carrera de casi novecientos, no era una distancia insalvable. El problema para los rivales es que al final la distancia en la línea de meta fue muy superior.

Siendo Australia la clase de país que es, un continente con cuatro de cada cinco kilómetros cuadrados tan inhabitables como las afueras de Chernóbil donde todos los animales son venenosos y mortales, los tipos duros arraigan rápido en el folklore popular. Y un granjero de patatas de Victoria apalizando sin miramientos a corredores profesionales en la carrera más dura del país en seguida se hizo extremadamente popular. La leyenda de Cliff Young avanzó aún más rápido que el propio atleta, y por donde quiera que pasara las multitudes se arremolinaban a su alrededor. En vista del éxito y de que su liderato no flaqueaba, el corredor decidió aplicar algo que había aprendido cuando perseguía de crío a las ovejas en la granja de sus padres: dormitar mientras corría. Así podía seguir avanzando día tras día y hora tras hora, sin detenerse ni perder un solo minuto. Sus rivales, no tan entrenados como él en las particularidades del insomnio en movimiento, se vieron obligados a la privación de sueño para no perder comba, pero aún así no pararon de ceder terreno frente a un líder que se agigantó hasta parecer indestructible.

Una muchedumbre gritona y ruidosa recibió a Cliff Young en Melbourne. Decenas de periodistas y cámaras de televisión, junto con miles de aficionados y curiosos, le acompañaron en sus últimos kilómetros antes de cruzar la línea de meta. La llegada fue retransmitida en directo por la televisión y abrió los noticiarios deportivos. Australia tenía un nuevo héroe, un hombre sencillo y modesto que había vencido con una autoridad aplastante en la carrera más endemoniadmente dura del país. Su tiempo, cinco días, quince horas y cuatro minutos, batió por dos días de diferencia el récord anterior en ese recorrido, aunque es justo decir que los seis corredores que terminaron lo hicieron por debajo de la mejor marca previa. El segundo clasificado llegó diez horas más tarde, y el medallista de bronce, con catorce horas de diferencia. Para hacerse una idea de la gesta, la carrera se corrió ocho veces más, y sólo un hombre, el griego Yiannis Kouros, consiguió completar el recorrido en menos tiempo. El pequeño detalle a tener en cuenta es que Kouros, que ganó cuatro veces la carrera pero sólo dos de ellas mejorando el tiempo del australiano, era 32 años más joven que Cliff Young, y se le considera de forma unánime como el mejor corredor de largas distancias de todos los tiempos.

La celebridad instantánea no pareció afectar demasiado al nuevo héroe australiano. Mientras se recuperaba de la carrera se enteró de que la victoria llevaba aparejada un premio de veinte mil dólares en metálico. «Yo no corro por dinero», dicen que dijo, antes de repartir el premio entre los seis corredores que habían cruzado la línea de meta. Hasta ese punto Young era un tipo desapegado a lo material. Poco después conoció a una joven de 22 años que aceptó casarse con él, aunque la diferencia de edad de cuatro décadas hizo que algunas cejas se alzaran con cierta desaprobación. Cliff volvió a correr la misma ultramaratón pero nunca consiguió acercarse a su récord personal, ni tampoco acabar entre los tres primeros. El granjero siguió corriendo como aficionado hasta bien entrado en la setentena; su última carrera, con setenta y ocho años y enfermo de cáncer, fue la Carrera de Seis Días de Colac, en la que se competía por lograr la mayor distancia en ese tiempo. Young no sólo la concluyó sino que realizó la friolera de 926 kilómetros, en una competición que ganó el ya mencionado Yiannis Kouros, probablemente el mejor ultramaratoniano de la historia. En sus últimos años dos hermanas gemelas, también atletas, se encargaron de cuidar de Cliff, hasta su muerte en de cáncer en 2003.

En Beech Forest, la ciudad natal de Cliff Young, hay un parque que lleva su nombre. Allí se encuentra un monumento en su memoria, en homenaje a su resistencia y al empeño sobrehumano que le puso a lo de dar un paso detrás de otro. No es una escultura del atleta, ni tampoco un busto. El monumento que recuerda al ultramaratoniano sénior más exitoso de la historia es una bota de agua, el calzado con el que un hombre que corrió sin dientes porque le bailaba la dentadura postiza se presentó a la mayor gesta atlética que vieron los tiempos. Young fue un hombre normal, uno como tantos, pero también fue un hombre que consiguió cosas extraordinarias. Y por eso fue tan popular, porque daba la impresión de que si él podía, cualquiera de nosotros también.

Fuentes y más info: Jot Down, ABC, Wikipedia (2), Badass of the week.
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