Tokio es enorme; el área metropolitana más grande del mundo abarca una superficie de más de trece mil kilómetros cuadrados y aloja a más de treinta millones de personas. Pero Tokio acaba mucho más allá de lo que uno pudiera imaginar. Acaba tan lejos que, de hecho, su extremo oriental ya ni siquiera está en Asia, sino en Oceanía, a casi dos mil kilómetros de la capital. El lugar donde termina Tokio y también Japón es una isla desierta en mitad de ninguna parte que, sin embargo, podría llegar a cambiar la economía mundial.

La primera vez que alguien vio la isla de Minamitorishima fue en una fecha tan tardía como 1694. Andrés de Arriola, a la sazón capitán del Galeón de Manila, la bautizó como Sebastián López, pero el nombre no cuajó. Nadie desembarcó en el lugar, que se sepa, hasta que en 1886 lo hizo el explorador japonés Shinroku Mizutani, que la llamó, ejem, Mizutani. Míralo él qué modesto. Estados Unidos intentó reclamar la isla a través de la Guano Act, que le otorgaba la posesión y soberanía de cualquier pedazo de tierra emergido y deshabitado en cualquier lugar, pero quien finalmente se la quedó fue el Imperio Japonés, que le dio su nombre actual en 1889. «Isla de los pájaros del sur». Muy poético todo. El gobierno japonés decidió poner el islote bajo control administrativo de la prefectura de Ogasawara, que pertenece a su vez a Tokio, otorgándole así a la capital japonesa su territorio más lejano y haciéndola bicontinental. Minamitorishima está increíblemente lejos de cualquier parte. Desde la isla y en cualquier dirección no hay ninguna tierra en más de mil kilómetros. Está rodeada de más de tres millones de kilómetros cuadrados de nada en absoluto. El punto más próximo en Japón es precisamente la capital, situada a casi dos mil kilómetros de distancia. La isla en sí no tiene ningún interés: con poco más de un kilómetro cuadrado y medio de superficie apenas permite pequeños cultivos de papayas o cocos, y no hay nada interesante en su superficie. Ahora bien, a su alrededor la cosa cambia. Y mucho

En 1935 se construyó una pista de aterrizaje en la isla, algo que sería útil unos años más tarde tras los luctuosos sucesos de Pearl Harbour y lo que siguió. La Armada japonesa instaló una guarnición con setecientas personas en el islote, que los americanos bombardearon unas cuantas veces, pero sin intentar nunca tomarla. Total, para qué. La isla se mantuvo aprovisionada durante toda la guerra gracias a un canal construido a través de la masa coralina, a través del cual accedían los submarinos japoneses. Finalmente el destacamento se entregó al primer destructor estadounidense que se aproximo por allí, un par de semanas después de la rendición nipona. La isla no volvería completamente a control japonés hasta mediados de los años noventa, cuando EE.UU. transfirió la operativa de la estación meteorológica y la pista de aterrizaje al gobierno de Tokio. Las instalaciones continuaron funcionando hasta 2009, cuando fueron desmanteladas y la isla quedó básicamente vacía. Pero bajo el coral del pequeño triángulo se esconde uno de los mayores tesoros contemporáneos.

La soberanía sobre el islote le otorga a Japón doscientas millas náuticas (unos 370 kilómetros) de Zona Económica Exclusiva a su alrededor. Aproximadamente 430.000 kilómetros cuadrados ininterrumpidos. Eso es mucha pesca, pero sobre todo mucho fondo marino. Y es ahí, seis mil metros bajo la superficie y a casi 250 kilómetros de la isla, donde se ha encontrado uno de los mayores depósitos de tierras raras del mundo. Las investigaciones desde 2013 hasta hoy han ido desvelando lo que se encuentra en el fondo del mar: elevadas cantidades de yterbio, europio y disprosio, además de miles de toneladas de cobalto y níquel. Un auténtico tesoro, especialmente en un mundo que está transicionando hacia lo eléctrico y necesita cada día más cantidades de todo eso. Actualmente el principal proveedor del planeta es China, que disfruta de un casi monopolio en la distribución de tierras raras: un 95% de todas ellas proceden del gigante asiático. Así que el hallazgo es una magnífica noticia para Japón, y seguramente también para sus aliados. Por lo que pudiera suceder, y de manera oficialmente no relacionada con este tema, el gobierno nipón ha anunciado el traslado de varias baterías de misiles antibuque al islote. «Para probarlos». Porque aunque la isla es legalmente suya, las leyes se defienden mejor cuanta más potencia de fuego hay delante de ellas.

Fuentes y más info: The Japan Times, Nikkei, Wikipedia, Yahoo, Daily Galaxy, South China Morning Post, Ogasawara Village .
Si te gustó esta historia, probablemente también te resultarán entretenidas estas otras:
Seis ciudades en dos continentes, la primera vez que Minamitorishima apareció aquí
El Atolón de Johnston y la guerra contra las hormigas locas que escupen ácido
Palmerston, la isla del fin del mundo donde todos tienen el mismo apellido
La Pirámide de Ball y los bichos horribles que se creían extintos pero no
Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
Y si todavía tienes ganas de más, para eso me encargaron escribir HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA; más de un centenar de historias como esta narradas con el mismo tono serio y académico que caracteriza este lugar. Incontables horas de entetenimiento y diversión para toda la familia. Ideal para leer en el baño mientras haces la descomición, en el bus mientras acudes a tu odioso puesto de trabajo o en una tumbona en una playa de las Maldivas, país del cual se habla en el libro. YO NO SÉ QUÉ MÁS NECESITAS PARA COMPRARLO. COMPRA MI LIBRO.








