Vivir al norte del norte: Norilsk, el gulag devenido en la ciudad más contaminada del mundo

Sobre la tundra helada siberiana se alzan enormes bloques de edificios de hormigón, cajas de zapatos de doce plantas, idénticas las unas a las otras. Al fondo, tapando el horizonte, enormes chimeneas expulsan un humo tóxico que cubre el cielo con un gris sucio. Los márgenes del río son un yermo mugriento cubierto de escombros y basura, y en los bosques alrededor de la ciudad sólo crecen muñones retorcidos que asoman entre la tierra muerta. Podría tratarse de una distopía, pero es el hogar de las casi casi doscientas mil personas que viven en Norilsk, a la que muchos llaman la ciudad más contaminada del planeta.

Nieve, hormigón, commieblocks, y chimeneas. Bienvenido al Ártico ruso (Maxim Blinov)

 

Ubicación de Norilsk en la Federación Rusa, trescientos kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico

Norilsk debe su existencia a los enormes depósitos de metales que hay bajo su subsuelo. Aunque se conocían desde la antigüedad, no fue hasta los años veinte cuando se apreció en toda su magnitud el enorme valor de las vetas de paladio, níquel y cobre disponibles. En los años treinta empezó su explotación, y también la construcción de la ciudad a su alrededor. Se hizo como se hacían las cosas durante el estalinismo: rápido y con mano de obra esclava. Hasta cuatrocientas mil personas, la inmensa mayoría presos políticos, pasaron por el gulag de Norilsk (llamado Norillag), con picos de setenta y cinco mil presos encarcelados simultáneamente. Las condiciones de vida en un gulag trescientos kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico eran las esperables: frío extremo, 40 días sin ver el sol cada año, temperaturas de 50 bajo cero entre diciembre y marzo, unidas a la escasez endémica de comida y a la brutalidad del sistema. Unos veinte mil prisioneros murieron durante la construcción del complejo industrial y la ciudad a su alrededor antes de que Stalin tuviera la cortesía de fallecer en 1953. Ese mismo año se le concedió a Norilsk el estatus de ciudad, en su variante de ZATO, o sea, una de las ciudades cerradas de la Unión Soviética.

Una avenida en Norilsk, con chimeneas de la factoría de níquel al fondo (Dit Zeyfert, Google)
Una de las centrales eléctricas de Norilsk, que proporciona energía a la ciudad y a la industria local (NBC)

Como solía suceder, muchos de los presos, que no tenían un lugar al que volver, se quedaron en la nueva ciudad, trabajando en aquello que conocían, esta vez a cambio de un sueldo y sin morirse de hambre. En Norilsk, como en la mayoría de las ciudades cerradas, el sueldo medio era más alto por tratarse de industrias estratégicas para el desarrollo militar o tecnológico de la Unión Soviética, y esta excepcionalidad continúa hoy, aunque el estatus de ZATO está mucho más relajado. La ciudad continuó creciendo a la par que lo hacían las necesidades de materia prima de la industria y el ejército soviéticos, y a partir de los años sesenta se levantaron abundantes brezhnevkas, los edificios de hormigón barato de diez o quince plantas que los aficionados a la arquitectura soviética solemos llamar commieblocks. Las colmenas de cemento, unidas al clima ártico y a la omnipresencia de las fábricas y plantas industriales le dan a Norilsk ese aspecto de brutalismo polar que la hace simultáneamente repulsiva e irresistible.

Una mujer pasea un carrito de bebé entre los edificios no del todo bien conservados de Norilsk (The Guardian)
Define «espacio liminal» (Clarín)

Es sabido que las autoridades soviéticas no ponían especial cuidado en evaluar el potencial impacto ecológico y sanitario de sus decisiones, como muestran los casos de Chernóbil o el Mar de Aral. Norilsk no fue una excepción a la norma, y se priorizó la producción sobre las consecuencias para el entorno, incluyendo en «entorno» la población encargada de dicha producción. La mayor empleadora de la ciudad, y la única fuente de toda su riqueza, es Nornickel, empresa que produce el 11% del níquel y el 40% del paladio a nivel mundial. Además de liderar esas dos estadísticas, también está en el top 10 de empresas más grandes de Rusia y de productores mundiales de cobre. Y hace podio en producción de platino. La extracción de esos minerales estratégicos viene con un precio, que históricamente han pagado los residentes de Norilsk con una esperanza de vida notoriamente más baja que la ya de por sí reducida del resto del país (en tiempos, hasta diez años) y con tasas de algunos cánceres que duplican las del total de Rusia. En cuanto al medio ambiente, Norilsk ha sido históricamente la ciudad que más emisiones de dióxido de azufre ha lanzado a la atmósfera en todo el planeta, provocando, entre otras cosas, la deforestación completa de los alrededores de la localidad a través de la lluvia ácida.

La noche es oscura y alberga horrores (All That’s Interesting)
El horror es oscuro y alberga noches (Elena Chernyshova, BBC). Sí, es el mismo bloque 17 de más arriba

No hay carreteras o ferrocarriles que unan Norilsk con el resto de Rusia; aquello está tan aislado que los locales se refieren al resto del país como «el continente». Las únicas vías de tren disponibles en la ciudad son para que Nornickel pueda llevar lo que extrae del subsuelo al puerto más próximo, a trescientos kilómetros de allí. Para llegar a Norilsk hace falta usar el aeropuerto, o un buque rompehielos. Como suele ser habitual en cualquier ciudad ártica, durante el invierno la mayor parte de las actividades públicas, si no todas, se realizan en interiores, primero por los cuarenta bajo cero del exterior, y segundo por la ausencia de luz solar. Tampoco ayuda el olor a azufre que se escapa de las plantas de Nornickel, agravado de tanto en tanto por los derrames de diésel o de productos químicos que tiñen el río de rojo. Pese a ello, o seguramente debido a ello, los habitantes de la ciudad muestran un peculiar orgullo de pertenencia, y la mayoría de la gente tiende a quedarse allí, en vez de huir a la menor oportunidad. En parte por los sueldos, pero también por la sensación de vivir en las fronteras de la civilización, una especie de salvaje oeste glacial, oscuro y sucio donde sólo los más resistentes pueden sobrevivir.

Más humo que en una presentación de Aston Martin (Sky News)
Un oso ligeramente famélico junto a una mina a las afueras de Norilsk. Su habitat natural está cientos de kilómetros al norte y al este de la ciudad (Irina Yarinskaya)

En los últimos años, y después de un derrame de veinte millones de litros de gasóleo en 2020, la situación ha mejorado respecto a los peores años de contaminación. El dueño de Nornickel, que es también uno de los tipos más ricos de Rusia, prometió invertir para reducir las emisiones tóxicas de las factorías. Pero nadie nunca ha protestado en la ciudad. Para los trabajadores de la empresa (la única empresa), la vida es más sencilla de lo que sería fuera de la ciudad. Piso gratis, jubilación a los 50 y médicos a cargo del presupuesto corporativo. El humo, el olor, el frío y la oscuridad (que en verano son meses y meses sin ver una sola estrella) son un precio más que aceptable para disfrutar de unas condiciones de vida que en otros lugares del Ártico que no han sido bendecidos por la presencia de metales raros son sólo un sueño.

Norilsk desde arriba, durante la interminable noche invernal (NYT)
La Siberia de hormigón (Zupagrafika)

Fuentes y más info: NYT, BBC, El Mundo (2), Sky News, Gateway to Russia, Radio Free Europe, The Guardian, El Periódico, The Barents Observer, Time.

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La coincidencia más grande de todos los tiempos. Mira que Rusia es grande

Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras

Y si todavía tienes ganas de más, para eso me encargaron escribir HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA; más de un centenar de historias como esta narradas con el mismo tono serio y académico que caracteriza este lugar. Incontables horas de entetenimiento y diversión para toda la familia. Ideal para leer en el baño mientras haces la descomición, en el bus mientras acudes a tu odioso puesto de trabajo o en una tumbona en una playa de las Maldivas, país del cual se habla en el libro. YO NO SÉ QUÉ MÁS NECESITAS PARA COMPRARLO. COMPRA MI LIBRO. 

Minaritorishima, la isla donde acaba Japón

Tokio es enorme; el área metropolitana más grande del mundo abarca una superficie de más de trece mil kilómetros cuadrados y aloja a más de treinta millones de personas. Pero Tokio acaba mucho más allá de lo que uno pudiera imaginar. Acaba tan lejos que, de hecho, su extremo oriental ya ni siquiera está en Asia, sino en Oceanía, a casi dos mil kilómetros de la capital. El lugar donde termina Tokio y también Japón es una isla desierta en mitad de ninguna parte que, sin embargo, podría llegar a cambiar la economía mundial.

La isla más aburrida del mundo podría convertirse en la más interesante

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Canal de Elbląg, donde los barcos se suben al tren

Un canal recorre la planicie polaca entre los lagos Jeziorak y Druzno. Con algo más de ochenta kilómetros de largo, es una de las muchas obras hidráulicas esparcidas por la geografía europea, como el Canal de Midi francés o el de Caledonia escocés. Pero tiene algo que lo hace no sólo especial sino único en su clase. Por cinco veces a lo largo de su ruta los barcos que lo recorren tienen que abandonar la seguridad del agua y lanzarse a un trayecto antinatural por tierra. Hoy en Fronteras, el Calan de Elbląg y los barcos sobre raíles.

Más perdido que un barco en un trigal (Canal de Elblag)

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El vuelo trasatlántico más improbable, que existe por los balleneros de hace dos siglos

El Aeropuerto Internacional T.F.Green es el más grande de Rhode Island, lo cual no significa mucho, teniendo en cuenta que Little Rhody es el estado más pequeño de la Unión, y con diferencia. Con apenas cuatro mil kilómetros cuadrados de superficie, es tan pequeño que incluso figuraría en la cola de la lista entre las provincias españolas. Lógicamente su aeropuerto no se encuentra entre los más transitados de EE.UU., algo que a lo que no ayuda la existencia de Boston Logan, con diez veces más pasajeros y apenas a 80 kilómetros de distancia. Pero Providence tiene algo de lo que ninguna otra ciudad en el país puede presumir: vuelos directos a Cabo Verde. Para mayor extrañeza, el vuelo hasta Isla de Sal y Praia es el único vuelo trasatlántico desde Providence, y también es el único vuelo a América del Norte desde Cabo Verde. ¿Por qué existe este vuelo tan raro? Por los balleneros.

Ascendiendo de Cabo a Cabo Primero (Ryan Taylor | Planespotters)

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Un buzón que es un barril, y cartas que cruzan el mundo sin sello. Bahía de correos, la oficina postal más rara del mundo

En unas semanas se cumplirán dos décadas del fallecimiento de Harriet, la tortuga que, según una leyenda probablemente apócrifa, Charles Darwin se llevó de las Islas Galápagos y que acabó sus días en un zoológico de Brisbane, en Australia. Harriet murió con 175 años, treinta más de los que llevaba publicado en aquella época El origen de las especies, el libro por el que se conoce a su presunto captor. Pero todos ellos, libro, tortuga e incluso Darwin, eran más jóvenes que la oficina postal de las Islas Galápagos, que no sólo es la más vieja del continente, sino la más extraña del mundo, porque no funciona con sellos, sino con esperanza y buena voluntad.

El buzón más peculiar que verás nunca (Serena Tang | Flickr)

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Ubari, los lagos del mar de arena

El Mar de Arena de Ubari no se llama así por casualidad. Es una extensión de dunas del tamaño de Lituania donde nunca llueve y nada puede crecer. Decenas de miles de kilómetros con un único asentamiento, la ciudad que le da nombre a esa sección del Sáhara, y que es también la ciudad más meridional de Libia. Lo cual tiene su mérito porque hay literalmente cientos de miles de kilómetros cuadrados de territorio libio más al sur. Pero es lo que tienen los desiertos, que están ídem. Son solo arena y sol, salvo cuando de repente, sin motivo alguno, aparece un lago en el fondo de una duna, rodeado de cantidades ingentes de nada en absoluto. Es aún más asombroso cuando hay veinte de ellos, esparcidos a decenas de kilómetros los unos de los otros. Hoy, en Fronteras, los lagos de Ubari

Una lágrima cayó en la arena, ay en la arena cayó una lágrima (WML)

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Viaje a todos los Chipres. Capítulo 4: La ciudad fantasma

Tierra de Nadie | Los vestigios de la metrópoli | El país que no existe

Los balcones del hotel se asoman a la playa. Decenas de cuadrículas idénticas repartidas en las doce plantas de la torre disfrutan de unas inmejorables vistas sobre el mar Mediterráneo. Bajo ellas, las sombrillas, los pedalos y la arena fina completan una postal idílica de unas vacaciones estivales. Salvo por el detalle de que hace más de medio siglo que nadie se asoma al balcón, ni en ese edificio ni en cualquiera de los centenares de ellos que hay esparcidos a lo largo de kilómetros y kilómetros de playa. Lo que en julio de 1974 era uno de los mayores complejos vacacionales de Europa, en agosto de ese mismo año se convirtió en la ciudad abandonada más grande del mundo. Y así ha mantenido durante, por ahora, cincuenta y dos años.

Είμαι θρύλος. O sea, Soy leyenda.

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San Pedro y Miquelón, el último reducto de Francia en América del Norte

El verano de 1948 fue intenso y acalorado en la isla de Terranova, al menos en lo político. Junto con un buen pedazo de la Península del Labrador, los habitantes del llamado Dominio de Terranova votaron dos veces para escoger su futuro. Podían decidir quedarse como una parte más del Imperio Británico, declarar la independencia o unirse a la confederación, es decir a Canadá. Escogieron la tercera opción y Terranova y Labrador es hoy la décima provincia canadiense. Terranova es la cuarta isla más grande de Canadá y la décimo sexta del mundo, pero justo al lado de sus cien mil kilómetros cuadrados de superficie, a menos de veinte kilómetros de sus costas, dos islas no votaron en aquellos plebiscitos. No eran parte de Canadá ni tampoco del Imperio Británico, y hoy siguen sin serlo. Es la minúscula comunidad de San Pedro y Miquelón, cinco mil habitantes que son los últimos franceses de Norteamérica.

La bandera de San Pedro y Miquelón es una pesadilla para cualquier vexilólogo, pero no hemos venido a juzgar a nadie, ¿vale?

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Viaje a todos los Chipres. Capítulo 3: El país que no existe

Tierra de Nadie | Los vestigios de la metrópoli

A pocos kilómetros de Nicosia la autopista enfila hacia el norte. El área metropolitana de la ciudad, que concentra más de la cuarta parte de la población del país, se extiende a ambos lados de la carretera. Polígonos industriales y zonas residenciales se suceden junto al asfalto, pero los ojos no se desvían del frente. No sólo porque, bueno, es la manera correcta de conducir, sino porque al fondo, en las colinas tras la capital, se vislumbra la que probablemente es la bandera más grande del mundo. Ochenta mil metros cuadrados, ocho hectáreas/campos de fútbol sobre la ladera de una montaña, visibles desde toda Nicosia y sus alrededores. El símbolo de la República Turca del norte de Chipre, el país que (casi) nadie reconoce.

Sutiles, los turcos, vaya que sí

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Hotel Esperanza: Los refugios para náufragos de las islas subantárticas de Nueva Zelanda

Hubo una época en la que el mundo estaba cosido por las rutas marítimas, barcos que partiendo desde Europa o América llegaban a todos los puntos cardinales, atravesando océanos infinitos y jugándose la vida en cada singladura. Los protagonistas de aquel embrión de la globalización eran marinos, gente experimentada y temerosa de Dios, pero sobre todo del mar, un lugar inhóspito y traicionero que se tragaba las vidas de cientos de personas cada año, gente de la que nunca se volvía a saber nada, engullida por el mismo océano que les permitía ganarse la vida. Si había un lugar en el mundo que necesitaba de los marinos para sobrevivir y para estar conectado al resto del planeta, ese eran las antípodas. Nueva Zelanda era una colonia increíblemente aislada y remota, a meses de viaje de la metrópoli; para ellos, y para Australia, los barcos eran un cordón umbilical que les permitía seguir unidos al resto del mundo. Por eso, para incrementar un poco las posibilidades de supervivencia de los marinos que iban y venían del extremo más alejado del mundo, Nueva Zelanda construyó una red de refugios y cabañas en las islas desiertas de la región subantártica. Un lugar donde los náufragos pudieran sobrevivir hasta que llegara la ayuda. El Hotel Esperanza.

Refugios en la Isla Enderby, una de las islas del Archipiélago de las Auckland, en 1888 (Museo de Nueva Zelanda). Nótese el letrero escrito a mano en el tejado del refugio de la izquierda: «Sólo para náufragos»

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