Un canal recorre la planicie polaca entre los lagos Jeziorak y Druzno. Con algo más de ochenta kilómetros de largo, es una de las muchas obras hidráulicas esparcidas por la geografía europea, como el Canal de Midi francés o el de Caledonia escocés. Pero tiene algo que lo hace no sólo especial sino único en su clase. Por cinco veces a lo largo de su ruta los barcos que lo recorren tienen que abandonar la seguridad del agua y lanzarse a un trayecto antinatural por tierra. Hoy en Fronteras, el Calan de Elbląg y los barcos sobre raíles.
Los balcones del hotel se asoman a la playa. Decenas de cuadrículas idénticas repartidas en las doce plantas de la torre disfrutan de unas inmejorables vistas sobre el mar Mediterráneo. Bajo ellas, las sombrillas, los pedalos y la arena fina completan una postal idílica de unas vacaciones estivales. Salvo por el detalle de que hace más de medio siglo que nadie se asoma al balcón, ni en ese edificio ni en cualquiera de los centenares de ellos que hay esparcidos a lo largo de kilómetros y kilómetros de playa. Lo que en julio de 1974 era uno de los mayores complejos vacacionales de Europa, en agosto de ese mismo año se convirtió en la ciudad abandonada más grande del mundo. Y así ha mantenido durante, por ahora, cincuenta y dos años.
A pocos kilómetros de Nicosia la autopista enfila hacia el norte. El área metropolitana de la ciudad, que concentra más de la cuarta parte de la población del país, se extiende a ambos lados de la carretera. Polígonos industriales y zonas residenciales se suceden junto al asfalto, pero los ojos no se desvían del frente. No sólo porque, bueno, es la manera correcta de conducir, sino porque al fondo, en las colinas tras la capital, se vislumbra la que probablemente es la bandera más grande del mundo. Ochenta mil metros cuadrados, ocho hectáreas/campos de fútbol sobre la ladera de una montaña, visibles desde toda Nicosia y sus alrededores. El símbolo de la República Turca del norte de Chipre, el país que (casi) nadie reconoce.
Cuando una potencia colonial abandona un territorio, siempre quedan restos de su presencia. El idioma es el más común, pero también las infraestructuras, las instituciones o las costumbres. Por eso en la India tienen tantos trenes, en Malta hablan inglés y en Pakistán juegan al críquet. En algunos casos raros, el Imperio Británico dejó incluso su bandera en sus ex colonias, casos de Australia, Nueva Zelanda, Fiyi o Tuvalu. Pero en el caso de Chipre, las huellas de la metrópoli fueron más allá. El Reino Unido, después de 80 años de gobierno sobre la isla, se marchó dejando no sólo un cacao considerable entre turcos y griegos, sino varios pedazos de terrorio soberano, totalmente bajo control británico. Son Akrotiri y Dekelia, los vestigios coloniales de Chipre.
Ubicación de los territorios soberanos de Akrotiri (arriba) y Dekelia en la isla de Chipre
La policía de fronteras chipriota revisó nuestros pasaportes y la documentación del coche de alquiler. Después de introducir nuestros datos en el ordenador nos los devolvió con una sonrisa. «Buen viaje», nos dijo en español. «Efjaristós«, respondimos al unísono. Al otro lado de la garita nos esperaba una carretera vacía, escoltada por kilómetros y kilómetros de verjas y alambres de espino. De vez en cuando, un cartel indicaba la prohibición de hacer fotos y de detenerse. Parecía una carretera normal, pero allí estábamos, de facto, en medio de ninguna parte. En territorio de ningún país. En ese tramo de carretera, y en cientos de kilómetros cuadrados a ambos lados de ella, no rigen las leyes de ningún estado. Bienvenidos a la Línea Verde, la frontera que no existe.
Lo han vuelto a hacer. No contentos con disponer de la frontera más bizarra del planeta, los ayuntamientos de Baarle-Hertog (belga) y Baarle-Nassau (holandés) han decidido instalar un columpio infantil exactamente sobre ella, permitiendo al usuario, infantil o no, cruzar el límite internacional treinta o cuarenta veces por minuto, algo que probablemente merece una mención en el libro Guiness de los récords. La instalación se une así a la multitud de atractivos turísticos que ofrece(n) la(s) localidade(s) a los visitantes, especialmente a los amantes de las curiosidades geográficas como el que suscribe y como los que, supongo, estáis leyendo esto.
Hay muchas maneras por las que un país puede llegar a existir. Generalmente a través de procesos de siglos, guerras, revoluciones, pactos y tratados internacionales. Pero hay otros países que aparecen simplemente por pura casualidad. Y es fue el caso de la República de Cospaia, un pueblecito italiano que durante más de cuatrocientos años existió sin que nadie le molestara, y que apareció por un error de interpretación en un tratado internacional. Uno de los estados más pequeños, más extraños y probablemente más absurdos de la historia humana, y por lo tanto, uno de los más divertidos.
Un ferry une cada media hora el puerto de La Valeta con el de Birgu, a la que en italiano y desde el Sitio de Malta se conoce como Vittoriosa. Las callejuelas de Birgu, Bormla (Cospicua en italiano) y Senglea forman lo que conjuntamente se denomina las Tres Ciudades, que concentraban la mayor parte de la actividad económica de la isla antes de la fundación de La Valeta. No es un lugar «imprescindible» según las guías de viaje maltesas, pero sí extremadamente recomendable, especialmente en un día laborable y soleado de invierno, cuando las calles residenciales aparecen vacías salvo por sus habitantes y dueños, que son pocos. En el extremo de Vittoriosa está el Fuerte de San Ángel (Forti Sant’Anglu), reconstruido tras el asedio, y hoy sede de museos y exposiciones. En la otra punta del pueblo, está el Museo de Malta en guerra. En la península contigua (Senglea) está el Fuerte de San Miguel (Forti San Mikiel), el único de los tres que sobrevivió a los turcos. A las afueras de Bormla, es decir, a medio kilómetro del puerto, están las murallas de la Cottonera, las fortificaciones levantadas en el siglo XVII para proteger la ciudad y el puerto. El paseo por las Tres Ciudades es un recorrido por la historia de Malta y sus guerras, desde la llegada de los Hospitalarios hasta los bombardeos nazis durante la II Guerra Mundial, cuando según los malteses, la isla se convirtió en «el lugar más bombardeado de la Tierra».
Malta tiene un malcapasos… que le ayuda al colazón
Viajar fuera de temporada tiene sus inconvenientes. El tiempo, principalmente. Eso y que dos tercios de la infraestructura turística estén cerrados. Pero también tiene sus ventajas obvias. El precio, claro. Subirse a un avión por la mitad de lo que cuesta un taxi. Pagar por una noche de hotel lo mismo que por un par de menús Big Mac. Pero sobre todo la sensación de estar viendo el lugar en su esencia real, no el escaparate que se muestra a los turistas entre mayo y septiembre. Los turistas lo somos todo el año, pero viajar en enero a un destino clásico de sol y playa otorga una sensación de privilegio, producto de, bueno, algo tan sencillo como tener lugares increíbles casi para uno solo. Así que un miércoles de enero nos subimos al Ryanair más próximo y nos plantamos por primera vez en Malta, el penúltimo de los países de la Unión Europea que me faltaban por tachar de la lista. Pocos países me han sorprendido tanto para bien.
31 de agosto de 1939, ocho de la tarde. En la estación de radio alemana de Gleiwitz, muy cerca de la frontera con Polonia, tres técnicos trabajan, charlan y fuman, compartiendo un rato con un agente de policía que pasaba de visita. Repentinamente, cinco hombres vestidos con uniformes del ejército polaco irrumpen en la emisora y encierran a todo el mundo en el sótano. Encuentran un micrófono y leen un comunicado en polaco en el que llaman al ataque contra Alemania y los alemanes. De fondo se escuchan disparos. Pero no hay nadie que pueda oponer resistencia. En pocos minutos, los asaltantes se marchan. Uno de ellos, aparentemente, ha muerto en el ataque; su cadáver tiroteado aparece junto a la puerta del recinto. La prensa alemana es contundente: Polonia ha invadido Alemania. Adolf Hitler da la orden: a las cinco de la mañana del día siguiente las tropas nazis invaden a sus vecinos polacos. La segunda guerra mundial acaba de comenzar en Europa, usando como excusa el asalto a la estación de radio. Pero en realidad ese ataque no existió. Fue todo una farsa, una excusa para dar inicio al conflicto más sangriento de la historia de la humanidad.