«No te preguntes por qué; pregúntate en cambio: ¿por qué no?». Podría ser una frase motivacional más, sacada de algún libro donde alguien se ha llevado el queso de otra persona, o de algún post de Linkedin escrito por ChatGPT, pero yo me acordé del adagio mientras miraba asombrado en la cima de una montaña búlgara un mamotreto abandonado gris, horrendo, gigantesco y sobre todo, completa, total y absolutamente inncesario. El Monumento de Buzludja, el ovni de hormigón.
No hay en el mundo una ciudad más icónica que la capital francesa, ni tampoco más reconocible a simple vista. De la Torre Eiffel a la pirámide del Louvre, la ciudad está llena de lugares emblemáticos famosos en todo el orbe, e incluso sus típicos edificios de apartamentos, las casas Haussmann, son perfectamente identificables de un vistazo, con sus techos abuhardillados de pizarra y sus paredes de color crema. Pero a las afueras de París, en los banlieus que los cuarenta millones de turistas anuales suelen ignorar, hay todo un universo de viviendas sociales, iglesias y edificios públicos que parecen sacados de una película de ciencia ficción, y que son objeto de peregrinaje para los adictos al cemento y al hormigonazo. Hoy, en Fronteras, París Brutal.
¿Quiere que hablemos de las enseñanzas de nuestro maestro Le Corbusier?
31 de agosto de 1939, ocho de la tarde. En la estación de radio alemana de Gleiwitz, muy cerca de la frontera con Polonia, tres técnicos trabajan, charlan y fuman, compartiendo un rato con un agente de policía que pasaba de visita. Repentinamente, cinco hombres vestidos con uniformes del ejército polaco irrumpen en la emisora y encierran a todo el mundo en el sótano. Encuentran un micrófono y leen un comunicado en polaco en el que llaman al ataque contra Alemania y los alemanes. De fondo se escuchan disparos. Pero no hay nadie que pueda oponer resistencia. En pocos minutos, los asaltantes se marchan. Uno de ellos, aparentemente, ha muerto en el ataque; su cadáver tiroteado aparece junto a la puerta del recinto. La prensa alemana es contundente: Polonia ha invadido Alemania. Adolf Hitler da la orden: a las cinco de la mañana del día siguiente las tropas nazis invaden a sus vecinos polacos. La segunda guerra mundial acaba de comenzar en Europa, usando como excusa el asalto a la estación de radio. Pero en realidad ese ataque no existió. Fue todo una farsa, una excusa para dar inicio al conflicto más sangriento de la historia de la humanidad.
El Desierto del Sáhara. Un océano de dunas hasta donde alcanza la vista. Absolutamente nada se alza del suelo más de medio metro en decenas de kilómetros a la redonda. Sobre la arena, se levanta una estructura circular antigua, una fortaleza, o tal vez un palacio. Quizás una simple parada para caravanas. Los nómadas bereberes que habitan la zona le llaman Ksar Draa. ¿Quién lo construyó? ¿Cuándo? ¿Y para qué? Esas son tres de las preguntas que, a día de hoy, no tienen respuesta. Hoy, en Fronteras, las ruinas más misteriosas del Sáhara.
El 29 de septiembre de 1707 una flota de quince barcos partió de Gibraltar con destino a Plymouth. Después de tres semanas de viaje se encontraban a las puertas del Canal de la Mancha; el tiempo empeoró a toda velocidad, convirtiéndose en una sucesión de tempestades con ráfagas de viento impredecibles y una visibilidad prácticamente nula. El 22 de octubre se produjo el desastre. Cuatro barcos de guerra se estrellaron contra los esal sur de las Islas Sorlingas y se hundieron con toda su tripulación. Mil quinientos marinos se ahogaron en el lugar, que se convirtió en el escenario de la segunda peor catástrofe de la marina británica hasta entonces. Para evitar que aquello volviera a suceder, la monarquía decidió que en aquellas rocas inhóspitas, remotas y solitarias tendría que construirse un faro. El faro más aislado del mundo.
En los años del cambio de siglo Viena era lo que podríamos llamar the place to be, el lugar en el que había que estar para ser alguien en cualquier campo. En la ciudad estuvieron viviendo Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, los compositores Johann Strauss y Gustav Mahler, los pintores Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, y también tres figuras claves en la historia del siglo XX: Hitler, Stalin y Trotski. En medio del florecimiento cultural, filosófico y político que se dio en la capital del Imperio Austrohúngaro en los años anteriores a la primera guerra mundial, no es de extrañar que naciera también un estilo artístico y arquitectónico propio: la Secesión; la variante austríaca del modernismo que conquistó Europa durante la Belle Epoque. Sin embargo, el edificio más bonito de la ciudad no es un palacio, ni la ópera, ni la residencia de algún burgués. Ni siquiera el café donde Franz Sacher inventó la tarta que lleva su nombre. La construcción más singular de la antigua capital de un imperio es de lo más prosaico: una incineradora de basuras.
Prometo que eso es lo que digo que es y no un castillo de Disneylandia
Habíamos dejado el relato en el punto exacto en el que mis pantalones se convirtieron en una versión en miniatura del Río Ganges. Al día siguiente, ya con mi ropa limpia y seca, di un largo paseo por el bulevar junto al Caspio, mientras el sol derretía la nieve que todavía se acumulaba en los rincones. Subí en funicular hasta la base de las Torres Flamígeras y di un paseo por los memoriales de las diferentes guerras. Es inquietante, y asombroso, cómo cada país cuenta la historia no de manera diferente, sino incompatible. En el metro había carteles denunciando «el genocidio de los azeríes» en la guerra del Karabaj; en el palacio de los Shirvanshás un diagrama explicaba cómo los armenios genocidaron a un montón de azerbayanos durante la primera guerra mundial. Como sucede en Turquía, hablar públicamente contra la versión oficial es delito. Concluí mi paseo disfrutando de las imponentes vistas de la ciudad en una explanada de mármol donde la nieve y el hielo todavía no se habían derretido del todo, y mantener el equilibrio era ciencia-friccion. Mis zapatillas de caminar del Decathlon, con su suela lisa como un folio, se me antojaron bastante inadecuadas mientras una y otra vez resbalaba sobre el suelo, arriesgando el ridículo y la integridad física.
Este pollo dijo llamarse Yuri y ser de Kazajistán. Me pidió que le hiciera una foto y se la enviara por Whatsapp. Le hice la foto y se fue sin darme su número de teléfono. Yuri, si me lees, espero que te guste
El desierto de Mojave no tiene extremos. El desierto es un extremo en sí mismo. La temperatura más alta jamás medida en el Planeta Tierra se dio allí. 57 grados a la sombra, suficiente para matar a un ser humano en un par de horas expuesto al sol despiadado. Por las noches, sin embargo, la cosa cambia. Incluso en verano la temperatura puede caer por debajo de los veinte grados, y en invierno se han medido temperaturas de diez bajo cero. Desde hace unos años, además, por la noche el desierto no es un lugar tan solitario. En la oscuridad infinita una luz brilla más que todas las estrellas. Se trata de un faro, el faro más inesperado y más raro del mundo, a 160 kilómetros de la costa más cercana. El faro del desierto
Honestamente, lo de «romana y mora» se puede decir de casi todo el país. Entre unos y otros controlaron buena parte de la Península Ibérica durante más de un milenio, y es difícil pegarle una patada a una piedra y que no te salga un acueducto. Pero claro, eso lo pienso desde la Torre de la Calahorra, construida por los musulmanes y que se alza en un extremo del Puente Romano sobre el Guadalquivir, mientras observo desde la distancia la Mezquita. Quiero pensar que Machado concibió su verso precisamente pensando en este punto. Dicho lo cual: el Puente Romano de Córdoba en realidad no es tal cosa. Es medieval. En España a cualquier puente anterior al siglo XVII se le llama romano por defecto. Y la mezquita tampoco es una mezquita sino una catedral. Hemos sido engañados. Pero qué más da. Dos días antes estaba en la Alhambra, así que mantenía un ritmo de un Patrimonio de la Humanidad cada 48 horas.
En mitad de un anodino prado de Europa del Este se alza un monumento de piedra blanca de dos metros y medio de altura. La parte superior tiene tres caras, y en cada una de ellas se puede ver un escudo y una fecha: 4 de junio de 1920. Ese día en particular y a mil quinientos kilómetros de allí, en París, se firmó el Tratado de Trianon, que tras la I Guerra Mundial dividió el Reino de Hungría en varios pedazos, dos de los cuales fueron entregados a Rumanía y Serbia. Los escudos de los dos países, junto con el de la propia Hungría, son los que adornan el monumento, conocido como Triplex Confinium y que indica el punto exacto donde las tres fronteras se cruzan. Tres milllones de húngaros quedaron fuera de las fronteras del reino de Hungría en 1920, y hoy sus descendientes se extienden por Transilvania en Rumanía y por Vojvodina en Serbia. La huella del Reino de Hungría no sólo permanece en la lengua y la cultura, también en la expresión artística. Cien años después de aquel tratado, tres ciudades en un radio de tres horas de viaje en coche comparten urbanismo y arquitectura, en una unidad separada por la geografía pero cohesionada por el arte. Concretamente, el art-nouveau.
Trifinio entre Hungría, Serbia y Rumanía, visto desde este último país