Sobre mundos perdidos, pirámides en Australia y monstruos resucitados

La entrada de hoy nos la trae uno de los lectores más veteranos de este su fronterizo blog. Se trata de Martín Donato, a quien recordaréis porque ya apareció por aqui mezclando fútbol y países no reconocidos. Si os gustan los chistes tan malos que figuran en la lista de los 10 más buscados del FBI, podéis seguirle en Tuíter: @martindonato. De paso podéis felicitarle, puesto que hoy cumple una pila de años y lo ha querido celebrar aquí. No me hago responsable de las consecuencias que pueda tener sobre vuestra salud mental. 

Lo primero que habréis pensado tras leer el título es: “ya se le coló a Diego un fan de Iker Jiménez en el blog”. Tranquilos,no es el caso. Creo que fue Samuel Goldwyn el que dijo que una buena historia empieza con un terremoto y de ahí para arriba. Y bueno, para una vez que uno puede escribir en este, su blog de cabecera (y hasta aquí el momento señor Lobo), no es cosa de quedarse en una serie B. Aquí preferimos las superproducciones. Y si  existe algún lugar que sea el escenario  ideal para una superproducción fronteriza, tiene que estar, sin duda, en Australia. Y hacia allá viajamos. No exactamente hacia el hogar de los canguros,  Bob Hawke y  el Vegemite, sino a un lugar aún más aislado y escondido… Pero antes de que redoblen los tambores, toca contar como llegué hasta allí.

Uno, como firme partidario de que un exceso de ejercicio no es sano, tiene como deporte favorito la navegación internaútica. Especialmente, wikipédica. Allí te puedes dejar llevar por la corriente durante horas, yendo de un artículo a otro, enlazando temas en apariencia inconexos como la Guerra de los Canudos y la bruselización. Y entonces, sin saber exactamente como llegué allí… la vi. Si estoy escribiendo aquí (aparte del necesario soborno al dueño del garito y el tráfico escandaloso de influencias) es porque se me podría calificar de friki geográfico. Y como dentro de ese siniestro grupo aún se puede encontrar una vasta diversidad de parafilias, la mía seria, sin duda, las islas. Especialmente las pequeñas, las que se puedan abarcar de un solo vistazo.

Las islas son trozos de mundo hechos a escala humana, abarcables, con límites. Sirven para no sentirnos como lo que realmente somos, minúsculas motas de polvo en el tiempo y el espacio.  Supongo que todos (decidme que si, o voy a tener que pensar que soy aún más raro de lo que pensaba) hemos soñado con tener un país propio, un sitio utópico, lleno de leyes justas, felicidad y mujeres hermo… perdón, leyes justas y felicidad.  Y nada mejor para ello que una isla. Así que teniendo claro eso, que yo salive ante  una vista panorámica de las islas Sorlingas es de lo más normal del mundo… o, por supuesto. delante de ESTO.

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El orden de entrada en 2015, país por país

Y se acaba el año, una vez más. Se extingue 2014, amanece 2015, los caricaturistas de todo el mundo hacen la misma maldita viñeta con el año que finaliza representado por un anciano y el año que comienza personificado en un bebé, repasamos los propósitos que hicimos al iniciarse 2014 y comprobamos como hemos incumplido todos ellos, y lo que es peor, que ya por la segunda semana de febrero sabíamos que iba a ser así. Llega 2015, decíamos. Pero, obviamente, no llega a todos los lugares al mismo tiempo. De hecho hay países en los que celebrarán la entrada en 2015 mientras en otros puntos de la Tierra aún es 30 de diciembre. Y fieles a la tradición de cada año y a nuestra vocación de servicio público, y dado que ha habido cambios relevantes respecto a la situación del año pasado, vamos a repasar el orden de entrada en 2015, país por país.

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La tarta del Ártico

En agosto de 1953, el buque de la Guardia Costera Canadiense C.D. Howe depositó en un desolado rincón de isla de Ellesmere a seis familias Inuit procedentes de la Península del Labrador. Unos días antes otras tantas familias habían desembarcado 200 kilómetros al suroeste, en la Isla de Cornwallis. Los inuit fueron llevados hasta allí por el gobierno canadiense, y dejados en medio de una zona deshabitada del tamaño de la Península Ibérica, mil kilómetros por encima del Círculo Polar Ártico, supuestamente con herramientas, víveres y pieles de caribú suficientes para pasar el invierno y aclimatarse a su nuevo hogar. Sobre el papel, la razón del traslado era evitar la dependencia de los servicios sociales de los inuit, aliviar la sobrepoblación de los asentamientos del Labrador y retornar a los inuit a su estilo de vida tradicional. Sobre el papel, el traslado fue voluntario. La realidad, según los inuit, era bastante distinta: el traslado fue forzoso, los inuit acudieron engañados y el motivo del traslado no era otro que usar a los inuit como banderas humanas para reforzar la soberanía de Canadá sobre el gigantesco y casi completamente deshabitado Archipiélago Ártico en un contexto histórico, la guerra fría, en el que todo temor parecía estar justificado.

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El asentamiento inuit actualmente conocido como Resolute, en 1954,  un año después del traslado (fuente

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La frontera terrestre entre Canadá y Dinamarca

La isla de Hans es un peñasco aislado en mitad del Canal de Kennedy, un brazo de mar que separa la isla canadiense de Ellesmere de Groenlandia. Con una superficie de unas 130 hectáreas (1,3 km2), y situada a 80º de latitud norte, es una piedra desierta sin el menor interés. Está deshabitada, no tiene recursos minerales, ni tampoco una flora o fauna reseñables. Un sitio bastante aburrido, en suma. Sin embargo, las más altas instancias diplomáticas de Canadá y Dinamarca han llevado a ese pedazo de roca a las páginas de los periódicos durante los últimos años, con declaraciones cruzadas, simbólicas tomas de posesión, clavado de banderas, barcos de guerra y demás parafernalia patriótica. Lo cierto es que, visto desde fuera, la pregunta no debería ser de quién es la isla sino para qué demonios la querría nadie. El por qué es algo que tiene que ver con muchas cosas, ninguna de las cuales se encuentra en esa roca baldía.

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La isla de Hans, un pedrusco tan aburrido como polémico

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Las quince islas desiertas más grandes de la Tierra

Según diversos estudios acerca de la psicología y la sexualidad masculinas, una de las fantasías eróticas más recurrentes entre los varones occidentales es quedarse varado en una isla desierta con la mujer de sus sueños o, mejor todavía, con varias mujeres. En el imaginario colectivo, una isla desierta es un lugar medianamente paradisíaco, con sus palmeritas, sus playas de arena blanca y fina y sus cocoteros de los que obtener leche fresca cuando uno lo desee. Bueno, pues siento decepcionaros. Ni una sola de las islas que hoy vamos a visitar siquiera se parece a esa isla desierta ideal. Si uno aterrizara en ellas con la mujer de sus sueños, probablemente fallecería junto con ella en menos tiempo del necesario para que alguien los echara de menos en casa. Hoy vamos a repasar la lista de las islas desiertas más grandes del mundo.

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Si estás pensando en esto… vete olvidando. 

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Los esclavos olvidados de Tromelin

La historia de hoy es triste, como cualquier historia donde alguien se queda abandonado en una isla desierta. Pero es más triste de lo habitual, porque aquellos que la protagonizan llegaron allí contra su voluntad, y fueron abandonados por quienes prometieron ayudarles. En ocasiones la vida no vale nada más que lo que alguien esté dispuesto a pagar por un semejante. Esta es la historia de los náufragos de Tromelin.

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Vista aérea de la Isla de Tromelin

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Rockall, la piedra donde termina Europa

El 21 de septiembre de 1955, un helicóptero de la Marina Británica aterrizó en un minúsculo islote en mitad del Océano Atlántico Norte y depositó allí a tres militares y un científico, que procedieron a izar una Union Flag y a fijar con cemento una placa según la cual  tomaban posesión del lugar en nombre de Su Majestad La Reina Isabel II. El tamaño de la isla donde habían aterrizado superaba por poco el de una pista de baloncesto. 31 metros de largo por 25 de ancho, y era notablemente escarpado; en su punto más alto alcanzaba los 21 metros. La tierra habitada más cercana estaba en las costas de las Hébridas Exteriores, a más de 350 kilómetros de distancia. En definitiva, el lugar era un peñasco en mitad de la nada oceánica. ¿Para qué demonios quería el Reino Unido una roca enorme completamente aislada? Esta es la historia de Rockall, la piedra donde termina Europa.

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