Hotel Esperanza: Los refugios para náufragos de las islas subantárticas de Nueva Zelanda

Hubo una época en la que el mundo estaba cosido por las rutas marítimas, barcos que partiendo desde Europa o América llegaban a todos los puntos cardinales, atravesando océanos infinitos y jugándose la vida en cada singladura. Los protagonistas de aquel embrión de la globalización eran marinos, gente experimentada y temerosa de Dios, pero sobre todo del mar, un lugar inhóspito y traicionero que se tragaba las vidas de cientos de personas cada año, gente de la que nunca se volvía a saber nada, engullida por el mismo océano que les permitía ganarse la vida. Si había un lugar en el mundo que necesitaba de los marinos para sobrevivir y para estar conectado al resto del planeta, ese eran las antípodas. Nueva Zelanda era una colonia increíblemente aislada y remota, a meses de viaje de la metrópoli; para ellos, y para Australia, los barcos eran un cordón umbilical que les permitía seguir unidos al resto del mundo. Por eso, para incrementar un poco las posibilidades de supervivencia de los marinos que iban y venían del extremo más alejado del mundo, Nueva Zelanda construyó una red de refugios y cabañas en las islas desiertas de la región subantártica. Un lugar donde los náufragos pudieran sobrevivir hasta que llegara la ayuda. El Hotel Esperanza.

Refugios en la Isla Enderby, una de las islas del Archipiélago de las Auckland, en 1888 (Museo de Nueva Zelanda). Nótese el letrero escrito a mano en el tejado del refugio de la izquierda: «Sólo para náufragos»

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República de Minerva, la utopía libertaria que duró medio año

«Haz turismo invadiendo un país», cantaban los Celtas Cortos allá por 1990. Menos de un par de décadas antes, un millonario norteamericano había decidido que puestos a hacer turismo, qué mejor que ir a un país al que nadie hubiera ido nunca antes. ¿Y cómo se puede hacer algo así, en un mundo que ya ha sido explorado y cartografiado por completo? Pues inventándose un país, claro. Y eso fue lo que hizo: buscar una isla desierta y fundar su propia nación, basada en los principios libertarios de libertad económica, política y personal, una utopía sin impuestos ni subsidios, donde todos los intercambios son voluntarios. Y duró exactamente siete meses.

La mayor parte de Minerva está bajo treinta centímetros de agua en el mejor de los casos (Kia Koropp)

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El Atolón de Johnston y la guerra contra las hormigas locas que escupen ácido

«Hormigas locas amarillas» no es la clase de denominación taxonómica que deja demasiadas dudas respecto a la ferocidad de una especie. Desde luego es mucho más descriptiva que Anoplolepis gracilipes. La hormiga amarilla es el caballo de Atila del reino animal, una especie invasora que provoca el caos y el colapso ecológico allí donde llega. Y suele llegar a muchos sitios, generalmente en los mismos barcos en los que lo hacen los humanos. Así que cuando aparece en un lugar que se ha pasado aislado siglos o milenios, pongamos una isla en lo más remoto del Océano Pacífico, suele provocar resultados catastróficos. Y eso fue lo que sucedió en el Atolón Johnston en el año 2010. Lo que siguió fue una guerra sin cuartel para erradicarlas de la isla. Una batalla desigual que sólo podía acabar de una manera: el genocidio fórmico.

Parece un portaaviones inamovible porque es exactamente eso (Reddit)

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La oficina de correos bajo el mar que es completamente operacional

Cuando empecé a viajar regularmente hace unos años, adquirí la costumbre de enviar postales a algunos de mis amigos, generalmente con un chiste o juego de palabras digno de engrosar el código penal del país desde el que la enviaba. Una vez envié postales desde la única oficina de correos bajo tierra del mundo, en las cuevas de Postojna, en Eslovenia. Pero lo que hay en la isla de Mele supera cualquier lugar extraño desde el que yo haya enviado, o incluso recibido una postal. En Vanuatu se encuentra la única oficina de correos del mundo bajo el agua. A tres metros de profundidad, rodeada de aguas cristalinas y de peces de colores. Con sus horarios de apertura y cierre y su trabajador de Vanuatu Post echando horas tras el mostrador.

Aquí, sufriendo (Getty)

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Despegar en 2026, aterrizar en 2025. Los vuelos de nochevieja que volarán al pasado

Cuando Carl Cox lo hizo en la nochevieja de 1999 los vuelos que cruzaban la línea de cambio de fecha eran pocos, y menos aún los que lo hacían la última noche del año, pero en el cuarto de siglo que ha pasado desde entonces el tráfico aéreo internacional se ha multiplicado por cuatro, y ahora los vuelos que despegan un día para aterrizar el día anterior son una ocurrencia cotidiana. Y en la nochevieja de 2025 tenemos nada menos que dos docenas de vuelos que despegarán el 1 de enero de 2026 y aterrizarán a tiempo de comerse las uvas una segunda vez. Y son estos:

Mapita realizado con el vuejuno pero efectivo Great Circle Mapper

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La noche de los dos milenios: el DJ que celebró dos fiestas de nochevieja en 24 horas en dos continentes distintos

Para los no iniciados, Carl Cox es una leyenda dentro del mundo de la música electrónica. Nacido en Inglaterra en 1962, a finales de los noventa era considerado unánimemente uno de los mejores DJs del mundo, si no el mejor. La revista DJMag le había colocado en lo alto de su famosísimo Top100 en 1996 y en 1997, y en el segundo escalón del podio los dos años siguientes. La nochevieja de 1999 se recordará por muchas cosas, especialmente por la fiebre del milenio y por el pánico al Efecto 2000, pero para Carl Cox fue la interminable noche de en que celebró fin de año dos veces: una en Sídney y otra en Honolulu. La noche de los dos milenios.

El año 2000 marcó el inicio de la popularización de las gafas de fin de año ridículas. La tendencia debió terminar obligatoriamente en 2009 y, en todo caso, vivir un pequeño retorno en 2020 aprovechando los dos ceros, pero contra todo pronóstico han existido gafas tan innecesarias como las de 2017 o 2024 (Michael Fenichel)

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Cervantes, el pueblo australiano donde todas las calles tienen nombre español

Calle Aragón. Avenida de Segovia. Camino de Talavera. Callejón de Tarragona. Calle Madrid. Cuesta de Pamplona. Plaza de Granada. Puede parecer el callejero de una urbanización de extrarradio a las afueras de una capital de provincia, o el noménclator de un juego de mesa parecido al Monopoly, pero no. Todas y cada una de ellas existen en el más inverosímil e inesperado de los lugares: La costa de Australia Occidental. Y son un homenaje al escritor más famoso de todos los tiempos en nuestra lengua, a la que no llamamos «Lengua de Cervantes» por casualidad. Sorprendentemente, o no tanto, en realidad ese homenaje fue producto de un error. Esta es la historia de Cervantes, un pueblo de 500 habitantes a quince mil kilómetros de España donde los españoles nos podemos sentir como en casa.

Cruce de las calles Sevilla y León de Cervantes, en Australia, visto en Google Maps

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El rancho australiano que es más grande que cincuenta países

El Lago Eyre es probablemente una de las mayores exageraciones toponímicas de la geografía mundial. Llamar lago a una tierra árida y sedienta que recibe algo de humedad una vez cada varios años es toda una hipérbole. Cada medio siglo o así, la lluvia permite que el suelo seco y salado se cubra de agua hasta donde alcanza la vista, y entonces sí es un lago, pero el resto del tiempo es una parte más del desierto que le rodea. Y en ese desierto en medio del ya de por sí desértico Outback australiano, alguien fue tan audaz como para establecer un rancho, que siglo y medio más tarde es no sólo el más grande del mundo, sino el más enorme que jamás haya conocido la humanidad. Anna Creek Station, una hacienda del tamaño de Eslovenia.

Bienvenidos a Anna Creek, el rancho en mitad del desierto que tiene un ancla como símbolo porque… porque Australia

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Cada día, durante dos horas, conviven tres fechas diferentes en la Tierra

Durante el viaje a Japón que hice el año pasado llamaba cada noche a mis hijos para preguntarles por su día y contarles mis andanzas. Las nueve horas de diferencia horaria hacían que cuando yo les explicaba lo que íbamos a hacer al día siguiente, para ellos se tratara de algo que iba a suceder por la noche del mismo día. La pregunta «¿Qué día es hoy?» tiene dos respuestas posibles dependiendo de en qué lado de la Línea Internacional de Cambio de Fecha se encuentre uno, pero durante dos horas al día, las respuestas posibles no son dos, sino tres. ¿Por qué? Por Kiribati.

Kiribati es invisible en el mapa pero forja sus límites. Especialmente los cronológicos

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Del arte de ponerle nombres a los pueblos en Kiribati

Mi país favorito del mundo es Kiribati, al menos de los países en los que no he estado, y probablemente nunca estaré. Es el único país que está en los cuatro hemisferios al mismo tiempo, es el primer país en ver cada día y por tanto cada año, se inventó dos husos horarios por la cara y contrariamente a lo que cabría pensar, se pronuncia Kiribás gracias a la curiosa manera que tenemos de transcribir el idioma gilbertés. Además de todo esto, en una de sus islas tiene una sucesión de nombres absolutamente escandalosa, un crescendo toponímico absurdo que empieza fuerte y acaba en el reino de la demencia. Con todos ustedes, la isla de Kiritimati (se pronuncia Kirismás)

Leer con voz de Minion: Poland. Paris. London. BANANAAAA

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