Los turistas que pasan por Mosta, en la isla de Malta, se quedan maravillados con su iglesia redonda, llamada, claro, la Rotonda de Mosta. La iglesia, auténticamente monumental por su tamaño, alberga una bomba nazi que cayó sobre el edificio sin detonar, y la expone para maravilla de curiosos y visitantes. Pero la bomba nazi no es lo más extraño que puede encontrarse en la ciudad. No muy lejos de allí, junto a la carretera principal, un concesionario de Subaru permanece cerrado desde los años 90, exponiendo vehículos descatalogados hace décadas. Nunca abre, nunca hay nadie dentro, pero los coches se conservan limpios, con los neumáticos inflados y sin apenas polvo sobre ellos. Son muchos misterios en uno.
Modelos de Subaru de los 80 y 90 en un concesionario abandonado de Malta
Valle de la Muerte, California. Un desierto de diez mil kilómetros cuadrados en el que se midió hace décadas la temperatura más alta de la Tierra. Un camino tenue abierto hace siglos y sin mantenimiento desde entonces discurre entre el polvo y los guijarros, a más de ciento cincuenta kilómetros de cualquier lugar habitado. Lagartos, cactus y matorrales lánguidos son los únicos signos de vida en muchas millas a la redonda. Y de repente, en un recodo en mitad de la tierra baldía, aparece un objeto que no debería estar allí. Que no debería estar en ningún sitio, de hecho. Una bañera llena de canicas azules, con unos patitos de goma deshaciendose al tórrido sol del desierto. ¿Qué demonios hace allí un objeto así? ¿Cómo ha llegado? Y sobre todo, ¿por qué?
De la fachada de la Iglesia de San Josafat, un templo católico de la Iglesia Griega de Ucrania, cuelga la bandera amarilla y azul que representa ante el mundo al país de Europa Oriental. Las misas se celebran en ucraniano, y siguiendo el rito bizantino, como también se hace en la Catedral de la Resurrección de Kiev, la sede apostólica global de la denominación. Al otro lado de la calle, el centro parroquial luce el escudo de Ucrania, y junto a él una decena de Pysanky, los tradicionales huevos de pascua decorados propios del país. Sin embargo, en un cartel se lee Igreja de São Josafat, y en otro aparece el nombre de la calle junto al templo: Rua Marechal Floriano. Porque este lugar, Prudentópolis, está a más de once mil kilómetros de Ucrania; de hecho ni siquiera está en su mismo hemisferio. Es la pequeña Ucrania del sur de Brasil
La Iglesia de San Josafat en Prudentópolis, Paraná (Getty)
Un canal recorre la planicie polaca entre los lagos Jeziorak y Druzno. Con algo más de ochenta kilómetros de largo, es una de las muchas obras hidráulicas esparcidas por la geografía europea, como el Canal de Midi francés o el de Caledonia escocés. Pero tiene algo que lo hace no sólo especial sino único en su clase. Por cinco veces a lo largo de su ruta los barcos que lo recorren tienen que abandonar la seguridad del agua y lanzarse a un trayecto antinatural por tierra. Hoy en Fronteras, el Calan de Elbląg y los barcos sobre raíles.
Lo han vuelto a hacer. No contentos con disponer de la frontera más bizarra del planeta, los ayuntamientos de Baarle-Hertog (belga) y Baarle-Nassau (holandés) han decidido instalar un columpio infantil exactamente sobre ella, permitiendo al usuario, infantil o no, cruzar el límite internacional treinta o cuarenta veces por minuto, algo que probablemente merece una mención en el libro Guiness de los récords. La instalación se une así a la multitud de atractivos turísticos que ofrece(n) la(s) localidade(s) a los visitantes, especialmente a los amantes de las curiosidades geográficas como el que suscribe y como los que, supongo, estáis leyendo esto.
Hay muchas maneras por las que un país puede llegar a existir. Generalmente a través de procesos de siglos, guerras, revoluciones, pactos y tratados internacionales. Pero hay otros países que aparecen simplemente por pura casualidad. Y es fue el caso de la República de Cospaia, un pueblecito italiano que durante más de cuatrocientos años existió sin que nadie le molestara, y que apareció por un error de interpretación en un tratado internacional. Uno de los estados más pequeños, más extraños y probablemente más absurdos de la historia humana, y por lo tanto, uno de los más divertidos.
31 de agosto de 1939, ocho de la tarde. En la estación de radio alemana de Gleiwitz, muy cerca de la frontera con Polonia, tres técnicos trabajan, charlan y fuman, compartiendo un rato con un agente de policía que pasaba de visita. Repentinamente, cinco hombres vestidos con uniformes del ejército polaco irrumpen en la emisora y encierran a todo el mundo en el sótano. Encuentran un micrófono y leen un comunicado en polaco en el que llaman al ataque contra Alemania y los alemanes. De fondo se escuchan disparos. Pero no hay nadie que pueda oponer resistencia. En pocos minutos, los asaltantes se marchan. Uno de ellos, aparentemente, ha muerto en el ataque; su cadáver tiroteado aparece junto a la puerta del recinto. La prensa alemana es contundente: Polonia ha invadido Alemania. Adolf Hitler da la orden: a las cinco de la mañana del día siguiente las tropas nazis invaden a sus vecinos polacos. La segunda guerra mundial acaba de comenzar en Europa, usando como excusa el asalto a la estación de radio. Pero en realidad ese ataque no existió. Fue todo una farsa, una excusa para dar inicio al conflicto más sangriento de la historia de la humanidad.
Desde lejos parece un ventilador de sobremesa. Uno especialmente inmenso, que sobresale sobre el paisaje circundante como una nave alienígena que hubiera tenido un accidente. Pero es el proyecto de toda una vida. Concretamente de la vida de Józef Antos, un polaco nacido en los años treinta que soñó con un futuro en el que su país produjera toda su electricidad con el viento, y que puso manos a la obra para conseguirlo. Esta es la historia del molino de viento más inusual que haya existido sobre la faz de la Tierra, y del hombre que lo construyó.
Hay tres países en el mundo donde el sistema métrico decimal no es oficial: Liberia, Birmania y, claro, Estados Unidos. En este último país usan un sistema de medidas tradicional, basado en el Sistema Imperial británico, que desarrollaron durante las primeras etapas de la revolución industrial. No han sido pocos los intentos de implantar el sistema internacional en el país, y de uno de los últimos proviene esta auténtica rareza: la Interestatal 19, la única carretera de Estados Unidos señalizada íntegramente en kilómetros.
En España no existe un solo centímetro cuadrado de territorio que no pertenezca a algún ayuntamiento, con la única excepción de las Bárdenas Reales de Navarra, que pertenecen a la Corona Española. De hecho, la organización territorial española se basa en los municipios: Fue en 1833 cuando Javier de Burgos asignó cada municipio a una provincia determinada basándose en su distancia a la capital, con la idea de que ningún lugar estuviera a más de una jornada de distancia de su capital provincial. El territorio de un municipio puede abarcar un sólo núcleo de población o varios (generalmente los segundo), y, salvo en entornos muy urbanos, siempre incluye algo de campo. O sea de terreno sin urbanizar. Ahora bien: hay algunos términos municipales que parecen diseñados en un frenopático. Formas absurdas, enclaves múltiples, pueblos dentro de otros pueblos. Y muchas veces eso implica extremas disfuncionalidades. Hoy en Fronteras nos vamos a ver los pueblos y ciudades con las formas más raras de España.
Es un dato poco conocido fuera de la capital donostiarra, e incluso dentro, pero la bella Easo tiene tres exclaves en el resto de la provincia, algunos a varios kilómetros del resto del término municipal. El más grande de ellos, Zubieta, comparte nucleo urbano con el municipio de Usúrbil, que a su vez tiene dos pequeños enclaves dentro de Zubieta. El segundo enclave, Landarbaso, es un bosque en la ladera del monte Igoin, que quedó separado del resto de San Sebastián cuando Astigarriaga formó su propio ayuntamiento en 1987. Y el tercero, Urdaburu, está situado a más de ocho kilómetros del límite de la ciudad, casi tocando Navarra; también se encuentra deshabitado, y es producto de un deslinde de montes del siglo XVIII entre la capital y otros dos municipios.