Nueve países que cambiaron de nombre en el último siglo

El viernes pasado visitamos trece capitales que cambiaron de nombre a lo largo de los siglos XX y XXI. Los motivos para el cambio solían ser peloteo al líder de turno, cambios de régimen o el final de la colonización. Hoy vamos a hacer un pequeño viaje por países que no cambiaron el nombre de su capital, o no sólo, sino de toda la nación. Para hacerlo breve, he incluído únicamente los que cambiaron de nombre siendo ya independientes; es decir, no he incluido a las colonias que cambiaron de nombre al independizarse porque se entiende que la existencia del estado como tal comienza con la independencia. Así que nos lanzamos de cabeza al proceloso mundo de la toponimia nacional.

Siam –> Tailandia (1948)

No se sabe muy bien de dónde viene el nombre de Siam; posiblemente del Sánscrito o el chino. Los tailandeses de a pie siempre han llamado a su país Muang Thai, o sea, «Tierra de los Tai», que viene a significar exactamente lo mismo que Tailandia. Sin embargo desde el siglo XVI en adelante y por influencia de los primeros europeos en la zona (los portugueses) en el extranjero se conoció al país como Siam, y ese era el nombre que se usaba en la documentación oficial, hasta que en la primera mitad del siglo XX un gobierno con un fuerte componente nacionalista decidió renombrar al país como Tailandia de manera oficial para dejar claro que es el país de los Tai y de nadie más.

Fuentes 1, 2

Sellos de antes y después del cambio de nombre

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Trece capitales nacionales que cambiaron de nombre en el último siglo

Los nombres de los lugares pueden tener una significación meramente geográfica o administrativa (Villanueva, Capital City, cosas así), pero lo habitual es que por si mismos pretendan explicar alguna historia, normalmente mucho más emparentada con el mito que con la realidad, algo que comparte con esa forma literaria que solemos llamar «Historia», con mayúscula. Así pues, los nombres de los sitios tienen su importancia dentro del orden de las cosas, y un cambio político o social puede conllevar también el cambio de nombre de una ciudad. También la aparición de resentimientos u odios contra otros países: en Australia docenas de lugares cambiaron de nombre durante la I Guerra Mundial por ser demasiado germánicos. También pasó en Canadá. La casa de Windsor, la monarquía reinante en Gran Bretaña y otros 16 países, era conocida hasta 1917 como Casa de Sajonia-Coburgo y Gotha. La guerra cambió muchos nombres, además de muchos mapas. El caso más reciente de cambio de nombre se dio la semana pasada, y es el de la capital de Kazajistán, conocida hasta ahora como Astaná, pero que antes tuvo al menos otros dos nombres. En el último siglo más de una docena de capitales nacionales han cambiado de nombre, por muchas y diferentes razones, relacionadas generalmente con cambios de régimen o cultos a la personalidad.

Kristiana –> Oslo (1925, Noruega)

Oslo se llamó así hasta 1624 cuando un incendio destruyó gran parte de la ciudad. Noruega por entonces era parte de Dinamarca y el rey danés Christian IV ordenó su reconstrucción y el cambio de nombre a su mayor gloria. Posteriormente Dinamarca le cedió el territorio noruego a Suecia hasta que en 1905 el país se independizó. Entre medias Christiania empezó a escribirse Kristiania porque así son las lenguas, raras en su evolución. En 1924 se celebró el tercer centenario de la ciudad y se decidió que llevar en la capital el nombre de un monarca extranjero no era buena idea, así que se retornó al nombre original de la capital.

(Fuentes, 1, 2)

Oslo (La Vanguardia), la ciudad donde un café cuesta el salario medio de dos meses en España

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Pongamos que hablo de Madriz

No hay un consenso generalizado acerca de cómo pronunciamos los madrileños  el nombre de nuestra ciudad, que es también el de la provincia. En opinión de este bloguero que habla de sí mismo en tercera persona la manera más común es «Madrí», sin consonante final. «Hala Madrí», gritamos enloquecidos cada vez que ganamos una Champions. Una buena parte de catalanes, valencianos y baleares usa la forma «Madrit», que a los capitalinos les hace mucha gracia. Y existe una tercera variante, que el lector agudo ya habrá deducido por el título de esta anotación, que es «Madriz», usada por una parte no desdeñable de la población madrileña, pero también por los oriundos de las provincias y regiones limítrofes. Esta última variante plantea un problema desde el punto de vista geográfico, y es que a diferencia de Madrí o Madrit, Madriz sí existe. Y es donde vamos a pasar los próximos dos o tres párrafos.

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Los cuatrifinios de Cantabria

La entrada de hoy nos viene otorgada por Nacho Martínez, conocido en el submundo tuitero como @Nachoviedo_M, que pese a ser asturiano como su propia arroba indica, nos trae una entrada de lo más cántabro, y que contiene una cosa maravillosa llamada «Mojón Intermunicipal», de la que desde ahora nos declaramos fanses. Que ustedes disfruten este pequeño viaje a las fronteras más cotidianas.


Partimos de que soy el tipo de persona que sabe lo que significa «cuatrifinio», probablemente por dedicar mi tiempo libre desde hace varios años a vicios extraños y cuestionables tales como leer cierto tipo de blogs. Pero como tenemos la Wikipedia a mano, utilizaremos su definición: En geografía, un cuatrifinio, cuadrifinio, tetrafinio, cuatripunto, cuadripunto o tetrapunto es un punto de la Tierra donde se tocan cuatro regiones distintas. Esto sería aplicable desde países hasta habitaciones de una casa, pero la división administrativa de la que hablaremos hoy es el municipio. Sin embargo, para entrar en calor habría que mencionar los cuatrifinios más importantes. A nivel internacional, el único (casi) cuatrifinio que existe está entre Zambia, Zimbabwe, Namibia y Botsuana. El problema es que, además de caer en medio de un río (el Zambeze) está muy cogido con pinzas, como bien quedó explicado en este mismo blog.

Sin embargo, no puede haber discusión acerca de cuál es el cuatrifinio por excelencia, el más famoso del mundo: las cuatro esquinas de Estados Unidos, que separan los estados de Utah, Colorado, Arizona y Nuevo México. Por supuesto, también tiene su correspondiente reportaje aquí, y de propina se presenta el que existe en Canadá, de reciente creación (1999).

Por razones que no vienen al caso, el adicto a Google Earth que escribe ve muchas fronteras a lo largo del día. Muchas quiere decir muchas. Y claro, uno se tira horas examinando cartografía y termina fijándose en los recovecos, enclaves, exclaves, trifinios y cuatrifinios que se le vienen a la vista. Y encontré uno. Y luego vi otra convergencia de líneas que podría ser otro. Y otro, y otro más… y claro, como decimos en Asturias, ya me empezó a picar el niki. Así que allá va un análisis de los (supuestos) cuatrifinios cántabros, refutados o confirmados hasta cierto punto. Sobre el mapa se señala dónde caen:

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Bailando con mil personas alrededor del mundo

¡Viernes! Y como todos los viernes (mentira, uno de cada treinta o por ahí) toca vídeo de viajes. Hoy revisitamos a un viejo conocido de este vuestro blog fronterizo. Hace algo más de un par de años conocimos a Matt Bray, un youtuber cuyo leit motiv es completar una serie de «cosas-que-debes-hacer-una-vez-en-la-vida». Una de esas cosas, que fue la que le trajo por aquí, era grabarse bailando con cien personas a lo largo de Estados Unidos. Si no viste el vídeo en su día, querido lector, aquí te lo dejo de nuevo.

Bueno, pues han pasado dos años y tres cuartas partes de ese tiempo nuestro querido Matt se lo ha pasado dando tumbos por el mundo, de Francia a Japón y de Australia a Perú. Y por supuesto ha bailado ante la cámara. Y desde luego, no lo ha hecho sólo. Tras grabarse en docenas de lugares haciendo el canelo, he aquí el maravilloso resultado.

Insisto en que cualquier mongolada similar por parte de los escasos pero inmerecidos lectores de este vuestro blog etcétera será siempre bien recibida. ¡Feliz finde!

El Metro más corto del mundo

Para los estándares occidentales, Serfaus es un pueblito bastante pequeño y no menos remoto. Situado a mil quinientos metros de altitud, sus millar de habitantes tiene que viajar hora y media si quieren llegar a la ciudad digna de tal nombre más cercana, Innsbruck. A simple vista no parece un lugar donde podamos encontrar un sistema de Metro, pero resulta que sí. Tiene uno. El más pequeño del mundo.

La estación de «Iglesia» en el metro de Serfaus

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Antología de la toponimia triste

¿Quién le pone los nombres a los sitios? ¿Y por qué? La toponimia en muchas ocasiones no es más que un reflejo de la Historia. No necesariamente de la Historia del lugar, eso sí. Las Islas Salomón se llaman así porque Álvaro de Mendaña, el español que les dio su actual nombre, estaba convencido de que eran ricas como el viejo personaje bíblico. Canadá, según el investigador de la Universidad de Vermont Juan Francisco Maura, tiene su origen en la palabra española Cañada, como el estado de Montana lo tiene en la palabra Montaña. Más de veinte países, entre otros Filipinas, Colombia, las Islas Marshall, China o Kiribati, deben su nombre a una persona concreta (en los casos citados anteriormente, Felipe II, Cristóbal Colón, John Marshall, el emperador Quin y Thomas Gilbert). Siempre, o casi siempre, hay un por qué para el nombre de los lugares. Puede tratarse, como en el famoso caso de los lagos «Another Lake» y «And Another Lake», de puro aburrimiento topográfico, o, como sucede con las islas Árticas o algunos estados de Australia, homenaje o peloteo a patrocinadores y mandatarios. A veces, sin embargo, el nombre de un lugar despierta asociaciones mentales que pueden tener o no que ver con la realidad física del territorio al que nombra. Son lugares en los mapas que nos inspiran sentimientos, bien porque los asociamos con productos culturales o leyendas (Tombuctú, Samarkanda) o, simplemente porque el nombre es la expresión de un sentimiento. Los lugares que hoy vamos a visitar se caracterizan por su toponimia alicaída, deprimente, afligida o contrita. También visitaremos lugares con nombres oscuros, siniestros o infaustos. Porque la geografía también puede ser inquietante. Seguir leyendo

Setenta temas que probablemente bailaste en los noventa (séptima parte)

Esta es una recopilación siempre en marcha de una de las obsesiones enfermizas del autor de este blog: la música dance de los noventa. Para leer las entregas anteriores pincha en los correspondientes enlaces:

Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 4 | Parte 5 | Parte 6 | Parte 8 | Parte 9 | Parte 10 |

61.- U96 – Love sees no colour (1993)

U 96 son un grupo alemán de música electrónica fundado en Hamburgo en 1991. Su primer y mayor éxito, Das Boot, fue una versión del tema de los créditos de la película de 1981 del mismo nombre. El submarino de esa película es del tipo U96, y de ahí el curioso nombre del proyecto. A lo largo de su carrera han tocado todos los palos de lo electrónico; algunos de sus temas recuerdan a los primeros de Kraftwerk y otros a lo peor de los Aqua. Este está más cerca de lo segundo, pero la influencia de lo experimental es bien visible. O audible. Love Sees No Color, como decíamos, es el conato más eurodancero de los hamburgueses y llegó al top 10 de media docena de países, además de ser distribuido en muchos recopilatorios de fin de año. U96 siguen en activo; en junio de este mismo año han lanzado al mercado su último disco: Reboot.

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El verdadero aspecto de la línea internacional de cambio de fecha

En una buena parte de los mapamundis y los globos terráqueos suele indicarse la Línea Internacional de Cambio de Fecha (International Date Line o IDL, por abreviar): la frontera imaginaria entre un día y el anterior. Pese a su denominación como Internacional, la IDL en realidad no es fruto de un acuerdo internacional, como sí lo es el Meridiano de Greenwich. La Conferencia del Meridiano, celebrada en Washington D.C. en 1884, fue el evento en el que se decidió tomar como referencia para la longitud (y por tanto para la hora oficial) el meridiano que pasa por el observatorio de Greenwich.  La creación del Meridiano de Greenwich o Meridiano 0 implicó automáticamente dibujar un Antimeridiano, o Meridiano 180. Ese meridiano 180 sería también la IDL, algo que venía muy bien puesto que la mayoría de su recorrido transcurre sobre el agua y cuando toca tierra lo hace sobre lugares escasamente habitados. Ahora bien: cada país es soberano para fijar su hora y fecha oficiales, así que la IDL realmente existente es la suma de las horas oficiales de todos los países y territorios que se encuentran a su alrededor y que son, cada uno de ellos por separado, los que deciden dónde y por tanto cuándo termina o comienza el día.

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Reventando la burbuja puntocom

Todos los años el diario español El Mundo escoge una «persona del año», un «enemigo del año» y una «ciudad del año». En 1994 la ciudad del año fue «Internet», así, en general. Hace 24 años Amazon ni siquiera existía, pero ya estaba bastante claro que la red de redes, las autopistas de la información y todos los topicazos que se repetían incesantemente, iban a formar una parte importante de nuestras vidas. Pocos años más tarde se desarrolló un fenómeno conocido como la burbuja puntocom (del inglés dot-com bubble) que consistió, básicamente, en una locura generalizada que hizo afluir toneladas de dinero hacia empresas de Internet sin tener demasiado en cuenta minucias como la viabilidad real de la empresa o la capacidad de generar beneficios a corto o medio plazo. O de generar beneficios a secas. O de no ser un sumidero de dólares. Fue una época en la que parecía que absolutamente todo iba a pasar por Internet, y que cualquier dólar o euro invertido en una empresa cuyo nombre acabara en .com sería multiplicado por cifras nunca vistas, y en muy poco tiempo. CEOs presuntamente millonarios de 23 años abundaban por doquier, y empresas que no eran más que una dirección postal y un Power Point con letras de colorinchis obtenían millones de dólares en financiación. El estallido de la burbuja dejó un reguero de cadáveres en forma de quiebras, subastas, dramas judiciales y miles de millones de dólares en la basura. Hoy veremos algunos de los casos más famosos y espectaculares.

Cotización del NASDAQ (el índice tecnológico de la Bolsa de Nueva York) entre 1994 y 2008. Entre los años 99 y 2000 duplicó su valor; un año más tarde había caído a los valores del 99. Entre 2002 y 2003 se mantuvo en los valores de 1997. No se volvieron a alcanzar los valores de abril del 2000 hasta mayo de 2015

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