Dos mundos separados por 80 metros de cuerda: viaje a la frontera más corta del mundo

Vuelve Fronteras, vuelve la ilusión. En esta ocasión nuestro lector más viajero, Javier, aka Sherlock, y al que pueden seguir en Tuíter en la cuenta @DuqueDeOlivares y en Instagram en @Javier_De_Olivares, nos regala una crónica de viaje a un rincón de la geografía española que ocupa un lugar de honor en el imaginario de este su blog fronterizo. Que lo disfruten. 

Tras el tortuoso camino entre las montañas, polvoriento y exhausto, hundo los pies en la arena. El mar ruge a un lado y al otro del istmo, y observo al centinela de la fortaleza, que me mira con cara de asombro. Se levanta, y mientras avanzo hacia él, se pone en guardia y me desafía. Estoy pisando tierras árabes, y el castillo cristiano se encuentra bien defendido de un eventual ataque enemigo. No porto más armas que mi propio cuerpo, y le pregunto a gritos si me deja traspasar la cuerda que separa ambos territorios. Consulta, sorprendido de la presencia de un compatriota en estas tierras inhóspitas, y me devuelve una respuesta negativa. Cabizbajo, doy media vuelta, me aposento en la arena y me relajo escuchando el sonido del mar y contemplando el fortín, que ahora parece más inexpugnable. Parece una historia del siglo XII, pero esto no son las Cruzadas. Estamos en 2018, en pleno siglo XXI, y me encuentro en una de las fronteras más extrañas del mundo: la de Marruecos y España en el Peñón de Vélez de la Gomera.

Vista desde lejos

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Seis meses francesa, seis meses española. La Isla de los Faisanes, el enclave intermitente

Domingo, siete y media de la mañana. Una lluvia fría y desagradable barre el río Bidasoa a su paso por Irún. En la orilla sur, con los pies metidos hasta los tobillos dentro de un barro fétido y mugriento, un hombre se apoya en la rama medio podrida de un árbol intentando no caerse. Lleva unos pantalones cortos, y un polo azul eléctrico perfecto para el Paseo Marítimo de cualquier ciudad mediterránea, pero extremadamente inapropiado para una mañana lluviosa y desapacible en el País Vasco. Debajo del lodo, calza unas zapatillas deportivas de vivos colores, de nuevo perfectas para caminar tranquilamente por el paseo peatonal que discurre en la margen contraria del río, pero completamente impropias para avanzar por el fango. En un par de ocasiones, al dar un paso, la zapatilla ha amenazado con quedarse en el cieno, y sólo con esfuerzo y haciendo palanca el hombre ha conseguido evitar la desgracia. Hace dos meses que nuestro hombre planeó este viaje. Podría haber traído un chubasquero. Podría haber traído, claro, botas de agua, o al menos alguna prenda de manga larga. Podría haber hecho todo eso, pero ya es tarde para lamentarse. Diez años de espera están a punto de llegar a su fin. Hay una misión que cumplir, y una historia que contar. La de la Isla de los Faisanes.

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Ellis Island, el icono de Nueva York que realmente está en Nueva Jersey

Desde 1892 a 1924 la Isla de Ellis se convirtió en el punto donde llegaban todos los inmigrantes que aspiraban a una vida mejor en Estados Unidos. Más de doce millones de personas pasaron por allí venidos en barcos desde Europa. Isaac Asimov, Frank Capra, Rodolfo Valentino, Cary Grant o Max Factor (el de los cosméticos, sí) fueron algunos de ellos. Cien millones de estadounidenses, aproximadamente un tercio de toda la población del país, son descendientes de aquellos que entraron en el país a través de la isla. Ellis Island, por tanto, está fuertemente ligada a la historia de EE.UU, y sobre todo a la de la ciudad de Nueva York. Pero sorprendente la isla no se encuentra en Nueva York, sino en Nueva Jersey.  O al menos casi toda ella. ¿Por qué? Repasemos brevemente la historia del lugar.

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Vista aérea de Ellis Island, con la Estatua de la Libertad al fondo, en 1994 (fuente)

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La desaparición del sistema de enclaves más grande del mundo

Los cuatro mil kilómetros de Frontera que comparten la India y Bangladés no sólo son uno de los límites internacionales más conflictivos del mundo, sino que además también eran hasta hace unas semanas una de las fronteras más complicadas e imposibles de dibujar del planeta. El sistema de Cooch Bihar, que abarcaba casi el 80% de todos los enclaves y exclaves internacionales del mundo, fue oficialmente desmantelado el pasado 31 de julio, permitiendo a los cincuenta mil habitantes de los enclaves dejar de vivir como apátridas. En total había 163 enclaves, 24 metaenclaves (enclaves dentro de enclaves) y el único meta-metaenclave del mundo y, que se sepa, de todos los tiempos (un trozo de India dentro de Bangladés, a su vez dentro de India y a su vez dentro de Bangladés), de los que han dejado de existir todos excepto uno, que concentraba casi a la mitad de los habitantes del complejo. Es una buena noticia, que mejora la vida de decenas de miles de personas, pero es un acuerdo que llega con cuatro décadas de retraso o más.

Mapa de mediados del siglo XX de Cooch Behar

Arriba, mapa del sistema de enclaves (clic en la imagen para ampliar). Debajo, esquema del sistema de enclaves y metaenclaves antes de su desaparición

Esquema de los enclaves de Cooch Behar

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Bélgica, 1915. La alambrada de la muerte

El 28 de julio de 1914 comenzaba oficialmente la I Guerra Mundial, conocida entonces como la Gran Guerra, y de la que se dijo, oh la inocencia, que sería la guerra que acabaría con todas las demás guerras. Apenas una semana después las tropas alemanas procedieron a invadir Bélgica, con la idea de rodear al grueso del ejército francés, estacionado en la frontera germana y avanzar sin excesiva resistencia hacia París. Bélgica era oficialmente neutral y tenía respaldo de los británicos pero a los alemanes les importó más bien poco y la invadieron igualmente. Los belgas resistieron como pudieron, que aunque no fue mucho sirvió para que los franceses reorganizaran sus tropas, y para el mes de octubre ya tenían a los boches ocupando la práctica totalidad del país. Los alemanes se comportaron como cafres (guerra y alemanes: mala mezcla) y se entregaron con indisimulado entusiasmo al noble arte del pillaje, el saqueo y las masacres de civiles, en lo que se denominó a efectos propagandísticos “La violación de Bélgica“. Los belgas procedieron a huir masivamente a la vecina Holanda, que permanecería neutral durante la guerra. Para evitarlo, Alemania construyó una de las infraestructuras menos conocidas y más novedosas de una guerra que fue pródiga en novedades: La Alambrada de la Muerte.

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Dibujo representando el horror de la alambrada de la muerte, publicado en julio de 1915 (fuente)

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La tumba de Solimán Schah, el enclave que podría desencadenar una guerra

El pasado día 27 de marzo Turquía se levantó con la noticia del veto que su gobierno había impuesto a Youtube, prohibiendo el acceso al servicio de alojamiento de vídeos desde todo el territorio turco. La razón del veto era la publicación de unas conversaciones privadas entre mandos de alto nivel del ejército turco en las que, entre otras cosas, se discutía la posibilidad de organizar una operación de falsa bandera para intervenir en la guerra civil siria. La operación que se planteaba era fingir un ataque por parte de fuerzas sirias contra la tumba de Solimán Schah, un lugar de altísimo valor simbólico para los turcos, y que tiene la particularidad de que pese a ser un territorio controlado por Turquía (como atestiguan los soldados que lo custodian y las banderas que ondean en el monumento) se encuentra en Siria, a más de treinta kilómetros de la frontera turca.

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La tumba de Solimán Schah, a orillas del río Eúfrates (fuente)

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El niño que iba a la escuela escoltado por el ejército

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La foto sobre estas líneas muestra a un chico de doce años acudiendo a la escuela en bicicleta. El chico se llama Erwin Schabe, y en la foto se le ve con apariencia despreocupada, dando un paseo por el campo. Una típica estampa veraniega de no ser por la tanqueta del ejército británico que le escolta en su recorrido. Media docena de soldados y un vehículo armado para acompañar a un preadolescente a la escuela. ¿Por qué? Baste decir lo siguiente: la imagen está tomada en Berlín, en 1961.

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