Las últimas horas del Muro de Berlín

Siete y cuarto de la mañana. Amanece en Berlín. Los primeros rayos de sol funden la escarcha que cubre el muro que divide la ciudad, cubierto de grafitis por un lado y de policías armados hasta los dientes por el otro. En la República Democrática Alemana un grupo de soldados jóvenes recoge la basura que han lanzado desde el otro lado de la frontera. A unos pocos metros, en la Republica Federal Alemana, un jubilado pasea a su perro. Nadie lo sabe todavía, pero el día que recién nace pasará a los libros de historia y será recordado durante generaciones. Hoy es 9 de noviembre de 1989 y es el día en el que caerá el muro de Berlín

Amanecer en el Muro de Berlín, 1986 (fuente)

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Vennbahn, el carril bici belga que parte Alemania en dos

Las fronteras son las cicatrices que la Historia deja sobre la piel de la tierra“. En pocos lugares esa frase del actual ministro de Exteriores español se cumple tanto como en Europa, donde cada frontera ha sido desplazada varias veces al coste de miles de vidas por cada kilómetro arriba o abajo. Hay ocasiones en las que el concepto de frontera como cicatriz es todavía más visible: un costurón de decenas de kilómetros de largo que parte un país en varios trozos, heredado de un conflicto de hace cien años. Pero como el mundo y la historia evolucionan, sobre esa cicatriz tallada con la sangre de miles de soldados hoy pasean familias con niños en bicicleta o patinando. Hoy en Fronteras visitamos el Vennbahn, una antigua vía férrea reconvertida en carril bici que pertenece a Bélgica, incluso en los más de veinte kilómetros que recorre dentro de Alemania.

El carril asfaltado y la parte plana a ambos lados del mismo son territorio belga. El bosque a ambos lados, Alemania. Así durante más de veinte kilómetros. Lo normal.

Nótese la doble frontera en Google Maps. Haciendo zoom se puede comprobar lo exiguo del territorio belga a lo largo de todo el carril bici

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La isla de la Unión. Cómo Argentina y Uruguay llegaron a tener una frontera seca en un enclave

Uno de los puestos de mayor responsabilidad en cualquier navío del siglo XVI era el de despensero. Su labor consistía en racionar las provisiones (alimentos, agua, vino) del buque en los viajes de larga distancia, de los que en aquella época España y Portugal enviaron unos cuantos alrededor del mundo. El 8 de octubre de 1515 el expedicionario Juan Díaz de Solis partió desde Sanlúcar de Barrameda con la intención de hallar un camino entre la Península Ibérica y las Islas Molucas rodeando el continente americano. Tras cruzar el Océano y llegar a las costas brasileñas emprendieron el viaje al sur. En febrero de 1616 llegaron al estuario del Río de la Plata, siendo los primeros europeos en alcanzar el lugar. Por esas fechas el despensero de la expedición murió de fiebres, escorbuto o cualquier otra de las mil causas que mataban a los marinos a puñados. Solís decidió desembarcar en la primera isla que encontró y darle al despensero cristiana sepultura. Ese despensero se llamaba Martín García y la isla donde fue enterrado lleva su nombre. En los siguientes cinco siglos la exigua superficie del islote concentró gran parte de las historias de Argentina y Uruguay y acabó convirtiéndose en una excepcionalidad geográfica y fronteriza de primer orden, en la que a una isla de un país acaba brotándole un apéndice que legalmente pertenece a otro país.

Martín García desde el aire. No toda la tierra que se ve en la fotografía es argentina

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Dos mundos separados por 80 metros de cuerda: viaje a la frontera más corta del mundo

Vuelve Fronteras, vuelve la ilusión. En esta ocasión nuestro lector más viajero, Javier, aka Sherlock, y al que pueden seguir en Tuíter en la cuenta @DuqueDeOlivares y en Instagram en @Javier_De_Olivares, nos regala una crónica de viaje a un rincón de la geografía española que ocupa un lugar de honor en el imaginario de este su blog fronterizo. Que lo disfruten. 

Tras el tortuoso camino entre las montañas, polvoriento y exhausto, hundo los pies en la arena. El mar ruge a un lado y al otro del istmo, y observo al centinela de la fortaleza, que me mira con cara de asombro. Se levanta, y mientras avanzo hacia él, se pone en guardia y me desafía. Estoy pisando tierras árabes, y el castillo cristiano se encuentra bien defendido de un eventual ataque enemigo. No porto más armas que mi propio cuerpo, y le pregunto a gritos si me deja traspasar la cuerda que separa ambos territorios. Consulta, sorprendido de la presencia de un compatriota en estas tierras inhóspitas, y me devuelve una respuesta negativa. Cabizbajo, doy media vuelta, me aposento en la arena y me relajo escuchando el sonido del mar y contemplando el fortín, que ahora parece más inexpugnable. Parece una historia del siglo XII, pero esto no son las Cruzadas. Estamos en 2018, en pleno siglo XXI, y me encuentro en una de las fronteras más extrañas del mundo: la de Marruecos y España en el Peñón de Vélez de la Gomera.

Vista desde lejos

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Seis meses francesa, seis meses española. La Isla de los Faisanes, el enclave intermitente

Domingo, siete y media de la mañana. Una lluvia fría y desagradable barre el río Bidasoa a su paso por Irún. En la orilla sur, con los pies metidos hasta los tobillos dentro de un barro fétido y mugriento, un hombre se apoya en la rama medio podrida de un árbol intentando no caerse. Lleva unos pantalones cortos, y un polo azul eléctrico perfecto para el Paseo Marítimo de cualquier ciudad mediterránea, pero extremadamente inapropiado para una mañana lluviosa y desapacible en el País Vasco. Debajo del lodo, calza unas zapatillas deportivas de vivos colores, de nuevo perfectas para caminar tranquilamente por el paseo peatonal que discurre en la margen contraria del río, pero completamente impropias para avanzar por el fango. En un par de ocasiones, al dar un paso, la zapatilla ha amenazado con quedarse en el cieno, y sólo con esfuerzo y haciendo palanca el hombre ha conseguido evitar la desgracia. Hace dos meses que nuestro hombre planeó este viaje. Podría haber traído un chubasquero. Podría haber traído, claro, botas de agua, o al menos alguna prenda de manga larga. Podría haber hecho todo eso, pero ya es tarde para lamentarse. Diez años de espera están a punto de llegar a su fin. Hay una misión que cumplir, y una historia que contar. La de la Isla de los Faisanes.

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Ellis Island, el icono de Nueva York que realmente está en Nueva Jersey

Desde 1892 a 1924 la Isla de Ellis se convirtió en el punto donde llegaban todos los inmigrantes que aspiraban a una vida mejor en Estados Unidos. Más de doce millones de personas pasaron por allí venidos en barcos desde Europa. Isaac Asimov, Frank Capra, Rodolfo Valentino, Cary Grant o Max Factor (el de los cosméticos, sí) fueron algunos de ellos. Cien millones de estadounidenses, aproximadamente un tercio de toda la población del país, son descendientes de aquellos que entraron en el país a través de la isla. Ellis Island, por tanto, está fuertemente ligada a la historia de EE.UU, y sobre todo a la de la ciudad de Nueva York. Pero sorprendente la isla no se encuentra en Nueva York, sino en Nueva Jersey.  O al menos casi toda ella. ¿Por qué? Repasemos brevemente la historia del lugar.

Ellis Island1

Vista aérea de Ellis Island, con la Estatua de la Libertad al fondo, en 1994 (fuente)

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La desaparición del sistema de enclaves más grande del mundo

Los cuatro mil kilómetros de Frontera que comparten la India y Bangladés no sólo son uno de los límites internacionales más conflictivos del mundo, sino que además también eran hasta hace unas semanas una de las fronteras más complicadas e imposibles de dibujar del planeta. El sistema de Cooch Bihar, que abarcaba casi el 80% de todos los enclaves y exclaves internacionales del mundo, fue oficialmente desmantelado el pasado 31 de julio, permitiendo a los cincuenta mil habitantes de los enclaves dejar de vivir como apátridas. En total había 163 enclaves, 24 metaenclaves (enclaves dentro de enclaves) y el único meta-metaenclave del mundo y, que se sepa, de todos los tiempos (un trozo de India dentro de Bangladés, a su vez dentro de India y a su vez dentro de Bangladés), de los que han dejado de existir todos excepto uno, que concentraba casi a la mitad de los habitantes del complejo. Es una buena noticia, que mejora la vida de decenas de miles de personas, pero es un acuerdo que llega con cuatro décadas de retraso o más.

Mapa de mediados del siglo XX de Cooch Behar

Arriba, mapa del sistema de enclaves (clic en la imagen para ampliar). Debajo, esquema del sistema de enclaves y metaenclaves antes de su desaparición

Esquema de los enclaves de Cooch Behar

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