Fantasmas de hormigón: Concrete City, la utopía abandonada de Pensilvania

A principios de los años treinta el ayuntamiento de Nanticoke, Pensilvania, decidió derribar unas cuantas casas y estructuras abandonadas en mitad de un bosque de su término municipal. La empresa encargada de ello no pudo nunca cumplir el encargo de la corporación municipal: de hecho abandonaron el intento casi el primer día: después de meterle cien cartuchos de explosivos al primero del par de docenas de edificios condenados a ser demolidos, lo único que habían conseguido era hacerle unos pequeños arañazos. El hormigón con el que estaban hechas era demasiado fuerte para ser derribado. Sin embargo, eso no salvó al pueblo de su completa destrucción. Esta es la historia de Concrete City y cómo pasó de ciudad planificada a ruina comida por la vegetación.

Concrete9
Concrete City, Pensilvania (Explore PA History)

Sigue leyendo

Sathorn Unique, el rascacielos fantasma en el corazón de Bangkok

Las mejores vistas de Bangkok están en la Torre Sathorn Unique. Un rascacielos de cincuenta pisos con seiscientos apartamentos de lujo en pleno centro de la ciudad. A sus pies, decenas de locales comerciales para que se instalen las marcas más exclusivas del mundo. Sólo hay un pequeño problema: nadie ha llegado nunca a vivir allí. El edificio lleva 23 años abandonado, se cae a pedazos y es la atracción turística más disfuncional del país

Sigue leyendo

California City, la ciudad por construir

Nathan Mendelsohn tenía un plan: comprar un enorme pedazo de desierto, desbrozarlo, trazar calles y avenidas y dividirlo en parcelas para que la gente lo comprara y se fuera a vivir allí. El plan funcionó en sus primeras fases: Mendelsson se hizo con quinientos kilómetros cuadrados del desierto de Mojave a 160 kilómetros al norte de Los Ángeles, lo convirtió en municipio con el nombre de California City, trazó y nombró sus calles y empezó a vender parcelas. El único punto en el que el plan no acabó de funcionar fue el último: casi nadie se fue a vivir allí.

Screenshot_2020-01-20 This California ghost town began with utopian visions
No es el fin del mundo, pero lo puedes ver desde aquí (Chang Kim)

Sigue leyendo

Chernóbil y el paso del tiempo

El fotógrafo canadiense David McMillan viajó por primera vez a la zona de exclusión de Chernóbil en 1994, según cuenta, influido por la lectura en su adolescencia de la novela post apocalíptica On the Beach, conocida en español como La hora final. Desde entonces hasta hoy ha regresado hasta 20 veces más a la zona para documentar los efectos del paso del tiempo en las ciudades y los territorios abandonados desde el accidente de 1986. Las fotografías del mismo lugar con años o incluso décadas de diferencia muestran cómo la fuerza devastadora del tiempo reduce todo a escombros y polvo hasta hacerlo irreconocible. Exactamente igual que nos sucederá a todos nosotros, con o sin radiación.

Coches de choque, 1994
Coches de choque, 2008

Sigue leyendo

Antología de la toponimia triste

¿Quién le pone los nombres a los sitios? ¿Y por qué? La toponimia en muchas ocasiones no es más que un reflejo de la Historia. No necesariamente de la Historia del lugar, eso sí. Las Islas Salomón se llaman así porque Álvaro de Mendaña, el español que les dio su actual nombre, estaba convencido de que eran ricas como el viejo personaje bíblico. Canadá, según el investigador de la Universidad de Vermont Juan Francisco Maura, tiene su origen en la palabra española Cañada, como el estado de Montana lo tiene en la palabra Montaña. Más de veinte países, entre otros Filipinas, Colombia, las Islas Marshall, China o Kiribati, deben su nombre a una persona concreta (en los casos citados anteriormente, Felipe II, Cristóbal Colón, John Marshall, el emperador Quin y Thomas Gilbert). Siempre, o casi siempre, hay un por qué para el nombre de los lugares. Puede tratarse, como en el famoso caso de los lagos “Another Lake” y “And Another Lake”, de puro aburrimiento topográfico, o, como sucede con las islas Árticas o algunos estados de Australia, homenaje o peloteo a patrocinadores y mandatarios. A veces, sin embargo, el nombre de un lugar despierta asociaciones mentales que pueden tener o no que ver con la realidad física del territorio al que nombra. Son lugares en los mapas que nos inspiran sentimientos, bien porque los asociamos con productos culturales o leyendas (Tombuctú, Samarkanda) o, simplemente porque el nombre es la expresión de un sentimiento. Los lugares que hoy vamos a visitar se caracterizan por su toponimia alicaída, deprimente, afligida o contrita. También visitaremos lugares con nombres oscuros, siniestros o infaustos. Porque la geografía también puede ser inquietante. Sigue leyendo

Los pueblos fantasma de la Ruta 66

De los seis millones de kilómetros que cubre la red de carreteras y autopistas de Estados Unidos sin duda los más conocidos dentro y fuera de las fronteras del país son los casi cuatro mil que recorre la Ruta 66 entre Chicago y Los Ángeles. Hay varios factores que hacen de ese camino un icono de primer orden en el imaginario asfáltico occidental; los más recurrentes son los culturales. Podemos citar entre ellos Las uvas de la ira, novela de John Steinbeck galardonada con el Pulitzer y cuya adaptación cinematográfica se embolsó un par de Óscars, la obra más conocida de Jack Kerouac, En el camino, las múltiples versiones de Get your kicks on Route 66, temazo de Bobby Troupe que popularizó Nat King Cole en 1946 y que fue versionado por artistas de la talla de Chuck Berry, los Rolling Stones o Depeche Mode, o incluso una serie de televisión emitida entre 1960 y 1964 en la que un par de tipos recorrían el país viviendo aventuras de lo más curioso en su Chevolet Corvette. Pero la Ruta 66 es un icono de la cultura pop estadounidense sobre todo porque es un símbolo de cómo el país se ve a si mismo. Los Estados Unidos fueron construidos sobre la idea del Destino Manifiesto, una ideología que hoy consideraríamos emparentada con el Lebensraum nazi, pero que en el siglo XIX espoleó a cientos de miles de personas a viajar al oeste, más allá del Misisipí, para labrarse su futuro en las grandes llanuras o en la soleada California. De alguna manera, la Ruta 66 es parte del imaginario popular norteamericano por las mismas razones que la Fiebre del Oro de 1849 o el Pony Express. Es la conquista del Oeste, en este caso sin pioneros, colonos o caravanas, sino a lomos de enormes Pontiacs, Chevrolets y Oldsmobiles. EE.UU. es también el lugar donde nació la cultura del automóvil y donde ha alcanzado su máximo exponente. El road trip, el largo y a veces accidentado viaje por carretera por placer o necesidad, es un invento netamente norteamericano, y hay literalmente centenares de películas y libros cuyo argumento gira alrededor del viaje por carretera y sus visicitudes. El viaje como traslado material y simultáneamente como evolución personal es, de hecho, el protagonista de los primeros relatos de la humanidad, y el icono de la Ruta 66 entronca directamente con ellos. De haber transcurrido la Odisea en Estados Unidos, Ulises habría viajado de Los Ángeles a Fort Lauderdale en un Cadillac Eldorado descapotable de 1959.

La Ruta 66 a su paso por Amboy, California (fuente)

Sigue leyendo

Wittenoom, la ciudad que desapareció de los mapas

Bienvenidos a Wittenoom, Australia, donde el cielo es de un azul límpido y cristalino, los paisajes son sobrecogedores y el aire te puede matar. Que Wittenoom es un lugar maldito puede probarse con un par de datos escogidos cuidadosamente: En 1989 el periodista australiano Ben Hill publicó un libro sobre el pueblo cuyo subtítulo era “Los dos mil condenados a morir”. En 2006 el gobierno de Australia Occidental anunció que Wittenoom sería desconectado por la fuerza de la red eléctrica general, las carreteras de acceso dejarían de recibir mantenimiento, su nombre sería borrado oficialmente de todos los mapas, ocultado en todas las señales de tráfico y eliminado de cualquier registro oficial, como si nunca hubiera existido. Pensará el incauto lector que allí no vive nadie y que nadie nunca querría visitar un lugar así, y se equivocará en ambas suposiciones. Media docena de personas llama “casa” a Wittenoom y varios miles más visitan cada año el lugar, en una especie de turismo de lo lúgubre. Pero ¿por qué este lugar, a dieciséis horas en coche de la gran ciudad más cercana, y a simple vista en nada diferente de cualquier otro sumidero polvoriento del Outback, es tan siniestramente especial? Por el amianto. El asesino azul.wittenoom_primary

Señal de advertencia a las afueras de Wittenoom, donde se indican los peligros del Amianto Azul para la salud (fuente).

Sigue leyendo