Los túneles submarinos de las Islas Feroe

El sistema de carreteras de las Islas Feroe no parecería a simple vista demasiado interesante. Situadas a una distancia parecida de Islandia, Noruega y las escocesas Islas Shetland, sus poco más de cincuenta mil habitantes se distribuyen en 17 islas habitadas, concentrando las dos más pobladas unos dos tercios de la cifra total de faroeses, que ascienden a casi el 98% si añadimos a la cuenta las cinco siguientes islas en la lista de las más pobladas. Sumémosle a la escualidez demográfica el terreno irregular y montañoso, el clima desapacible con doscientos días de lluvia al año, generalmente acompañada de fuertes vientos y, en general, el hecho de estar a trasmano de todo, y tendremos un lugar con pésimas comunicaciones por carretera. Sólo que en realidad no es así. Las carreteras de las Feroe serían la envidia no ya de cualquier otro archipiélago o isla con una población similiar sino de muchos países enteros. Acompáñame, querido lector, en este viaje a las profundidades feroesas.

Hvannasundstunnilin (túnel de Hvannasund), casi tres kilómetros de carril único sin ningún tipo de iluminación

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Casey, el pequeño pueblo de las cosas grandes

El road trip, el largo viaje por carretera por placer u obligación, es un invento norteamericano; aunque en 1913 se estableció la primera carretera transcontinental (la Lincoln Highway), no fue hasta los años 3o cuando comenzó a ser posible viajar de forma relativamente rápida (menos de dos semanas) entre ambas costas, y hasta después de la II Guerra Mundial cuando el concepto se popularizó. Entre 1945 y 1960 el número de automóviles circulando por las carreteras de Estados Unidos se multiplicó por tres, pasando de 25 a 75 millones, y en una época en la que el Sistema de Interestatales no existía o estaba todavía en pañales, la mayoría de las carreteras  eran de un carril por sentido y cruzaban el downtown de pueblos y ciudades. Muchos lugares intentaron agarrar su parte del pastel del incipiente turismo instalando todo tipo de atracciones que llamaran la atención del viajero para así animarle a detenerse un rato y dejarse unos dólares. Así aparecieron lo que en inglés llaman Roadside Attractions o iconos de carretera, esculturas, edificios, muñecos gigantes o cualquier cosa que haga que el señor y la señora Smith detengan su coche, liberen a los niños del asiento trasero y se dejen unos pocos billetes allí. Si hay un lugar donde esa clase de expresión artística profundamente kitsch ha alcanzado su máxima expresión es Casey, Illinois.

La mecedora más grande del mundo junto a carteles indicadores del resto de récords mundiales (fuente)

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Vennbahn, el carril bici belga que parte Alemania en dos

Las fronteras son las cicatrices que la Historia deja sobre la piel de la tierra“. En pocos lugares esa frase del actual ministro de Exteriores español se cumple tanto como en Europa, donde cada frontera ha sido desplazada varias veces al coste de miles de vidas por cada kilómetro arriba o abajo. Hay ocasiones en las que el concepto de frontera como cicatriz es todavía más visible: un costurón de decenas de kilómetros de largo que parte un país en varios trozos, heredado de un conflicto de hace cien años. Pero como el mundo y la historia evolucionan, sobre esa cicatriz tallada con la sangre de miles de soldados hoy pasean familias con niños en bicicleta o patinando. Hoy en Fronteras visitamos el Vennbahn, una antigua vía férrea reconvertida en carril bici que pertenece a Bélgica, incluso en los más de veinte kilómetros que recorre dentro de Alemania.

El carril asfaltado y la parte plana a ambos lados del mismo son territorio belga. El bosque a ambos lados, Alemania. Así durante más de veinte kilómetros. Lo normal.

Nótese la doble frontera en Google Maps. Haciendo zoom se puede comprobar lo exiguo del territorio belga a lo largo de todo el carril bici

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Los pueblos fantasma de la Ruta 66

De los seis millones de kilómetros que cubre la red de carreteras y autopistas de Estados Unidos sin duda los más conocidos dentro y fuera de las fronteras del país son los casi cuatro mil que recorre la Ruta 66 entre Chicago y Los Ángeles. Hay varios factores que hacen de ese camino un icono de primer orden en el imaginario asfáltico occidental; los más recurrentes son los culturales. Podemos citar entre ellos Las uvas de la ira, novela de John Steinbeck galardonada con el Pulitzer y cuya adaptación cinematográfica se embolsó un par de Óscars, la obra más conocida de Jack Kerouac, En el camino, las múltiples versiones de Get your kicks on Route 66, temazo de Bobby Troupe que popularizó Nat King Cole en 1946 y que fue versionado por artistas de la talla de Chuck Berry, los Rolling Stones o Depeche Mode, o incluso una serie de televisión emitida entre 1960 y 1964 en la que un par de tipos recorrían el país viviendo aventuras de lo más curioso en su Chevolet Corvette. Pero la Ruta 66 es un icono de la cultura pop estadounidense sobre todo porque es un símbolo de cómo el país se ve a si mismo. Los Estados Unidos fueron construidos sobre la idea del Destino Manifiesto, una ideología que hoy consideraríamos emparentada con el Lebensraum nazi, pero que en el siglo XIX espoleó a cientos de miles de personas a viajar al oeste, más allá del Misisipí, para labrarse su futuro en las grandes llanuras o en la soleada California. De alguna manera, la Ruta 66 es parte del imaginario popular norteamericano por las mismas razones que la Fiebre del Oro de 1849 o el Pony Express. Es la conquista del Oeste, en este caso sin pioneros, colonos o caravanas, sino a lomos de enormes Pontiacs, Chevrolets y Oldsmobiles. EE.UU. es también el lugar donde nació la cultura del automóvil y donde ha alcanzado su máximo exponente. El road trip, el largo y a veces accidentado viaje por carretera por placer o necesidad, es un invento netamente norteamericano, y hay literalmente centenares de películas y libros cuyo argumento gira alrededor del viaje por carretera y sus visicitudes. El viaje como traslado material y simultáneamente como evolución personal es, de hecho, el protagonista de los primeros relatos de la humanidad, y el icono de la Ruta 66 entronca directamente con ellos. De haber transcurrido la Odisea en Estados Unidos, Ulises habría viajado de Los Ángeles a Fort Lauderdale en un Cadillac Eldorado descapotable de 1959.

La Ruta 66 a su paso por Amboy, California (fuente)

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El puente sobre el Estrecho de Bering, la utopía de las infraestructuras.

Faro, Portugal. Algún momento del futuro. En una rotonda a las afueras de la ciudad, un coche eléctrico autónomo deja paso a uno de las viejas tartanas a gasoil manejadas por seres humanos que todavía circulan por las carreteras del país. En la rotonda, unos carteles indican las distancias a ciudades portuguesas y españolas. Huelva, 111 km. Lisboa, 278 km. Porto, 549 kilómetros. Madrid, 719 km. Sin embargo un letrero recién instalado destaca sobremanera sobre los demás en tamaño, pero también en la capacidad de provocar sorpresa y admiración a los conductores y pasajeros. Reza así: Nova Iorque (EUA), 24.375 km.

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Cuando cruzar la frontera supone una semana y 150 km de cola

Desde el aire la imagen es de las que corta la respiración. Rodeados por el desierto y la desolación, una hilera de gigantescos camiones cubiertos de polvo y cargados hasta los topes se extiende hacia el horizonte en ambos sentidos de la exigua carretera. Una pequeña muchedumbre hormiguea entre las enormes máquinas para atender las necesidades más básicas de los conductores. El atasco parece no tener inicio ni fin, se diría que el atasco es por si mismo una civilización independiente en la que sus miembros pueden nacer, crecer, enamorarse y morir sin salir del embotellamiento, como en el famosísimo cuento de Cortázar. Podría ser la escena de un drama post-apocalíptico, pero la realidad es más prosaica. Se trata de varios miles de camioneros mongoles atrapados en uno de los peores atascos de tráfico de la historia.

El atasco más grande del mundo, en el desierto del Gobi, en Mongolia

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Me quedo con tu matrícula: un viaje alrededor del mundo a través de las placas de los coches

Las matrículas de los vehículos pertenecen a esa categoría de objetos que son simultáneamente burocráticos y sugerentes, como las pantallas de destinos de los aeropuertos o la señalización geográfica de las autopistas. Una matrícula es en esencia un objeto puramente administrativo, cuya utilidad es identificar un vehículo determinado y a su dueño, certificar que la maquinaria del Estado ha dado su visto bueno para su circulación. Pero también es más que eso. Un automóvil extranjero es como un pedacito de otro país circulando por nuestros caminos. Cruzarse con un coche, una moto, o una autocaravana con una matrícula extranjera nos evoca el recorrido que habrá realizado el vehículo desde su hogar hasta la calle donde lo vemos aparcado o el cruce donde nos lo topamos. Nos inspira preguntas y nos sugiere itinerarios, y más cuanto más lejano es el país de procedencia del vehículo.

Una furgoneta marca Toyota matriculada en Iowa y fotografiada en Sitges (Barcelona)

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