Un cagajón con vistas: viaje a los retretes más exóticos del mundo

Un ser humano adulto medianamente constituido expulsa cada año alrededor de 100 kilos de heces. Eso suele ser más de lo que pesa el productor de los susodichos excrementos. La gestión de semejante montón de bosta ha ha evolucionado desde el agujero en el suelo hasta los retretes japoneses, con toda una gama intermedia de letrinas, excusados y evacuatorios de todo tipo. Hoy en Fronteras nos vamos a dar un paseo por algunos de los más exóticos y fascinantes. Porque la escatología y la geografía no están reñidas.

El retrete de los campos de lava islandeses

Es sabido que Islandia produce casi toda su energía a través de fuentes renovables, principalmente geotérmicas. Su situación en mitad de la Dorsal Atlántica hace que el país contenga más de 200 volcanes y 600 fuentes de agua termal. En un paraje volcánico bastante desolado podemos encontrar la más peculiar de ellas. Se trata de una ducha conectada directamente a un manantial subteráneo que proporciona agua caliente todo el año a los turistas que  visitan la zona. Junto a ella se encontraba el retrete más raro de Islandia, un inodoro amarillo colocado allí por un anónimo hace unos años, quizá como instalación artística. Hace unos meses fue retirado y en su lugar apareció un lavabo, para que no se perdiera la imagen surrealista del lugar.

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Quién te cerrará los ojos: los Últimos de Filipinas del campo español

Un 60% de los más de ocho mil municipios españoles tiene menos de 1.000 habitantes. De estos, cuatro quintas partes están por debajo de los quinientos, y aproximadamente un tercio por debajo de los cien empadronados. Las cifras reales en muchos casos son aún menores, pues es común estar inscrito en un lugar y residir en otro durante los meses de invierno. A esas cifras hay que añadirle una aún más inquietante: hay más de tres mil pueblos abandonados en España. La emigración del campo a la ciudad es una tendencia global que se puede observar en casi cualquier país del mundo y en España, como en el resto de occidente, es muy acusada desde los años cincuenta. El problema en España es que arrastra desde tiempo inmemorial una despoblación crónica: a diferencia de nuestros inmediatos vecinos europeos, España siempre ha tenido la población muy concentrada en ciertas zonas, fundamentalmente la costa y Madrid. Todo lo que hay en medio es, a efectos demográficos, un erial con densidades de población escandinavas. Soria, Teruel y Cuenca combinadas tienen el tamaño de Dinamarca, pero su población conjunta no alcanza la del centro de Copenhague.  Para encontrar casos semejantes en el resto de Europa nos tenemos que ir a latitudes árticas, y a veces ni eso. Las Islas Feroe tienen cuatro veces más densidad de población que Soria, el doble que Zamora y, en general, más que 16 provincias españolas. El éxodo rural no ha hecho más que acentuar algo que viene de antiguo. 

Exodo Rural
Éxodo Rural, de José Ángel Álvarez Gala

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El hombre que perseguía patitos de goma

El 10 de enero de 1992 el buque portacontenedores Ever Laurel se vio atrapado en una tempestad más violenta de lo normal en mitad del Océano Pacífico. Su ruta entre Hong Kong y Seattle se vio azotada por olas de diez metros de alto y vientos huracanados de más de 150 km/h, que sacudieron al enorme paquebote (330 metros de eslora, 104.000 toneladas de peso máximo) hasta tal punto que en un momento dado dos columnas de seis contenedores rompieron sus enganches y se precipitaron al mar. En uno de esos contenedores viajaban empaquetados 28.800 animales de plástico de vivos colores, juguetes infantiles para bañera fabricados en China; una cuarta parte de ellos eran patos amarillos, pero también había castores rojos, ranas verdes y tortugas azules. El punto donde cayeron los contenedores (44ºN, 178º E) estaba a varios miles de kilómetros de distancia de cualquier lugar emergido, no digamos ya habitado. Los animalitos de goma quedaron entonces a merced de las corrientes marinas y de las brutales tormentas que habían provocado su caída al océano. Un año después, unos cuantos centenares de ellos aparecieron en las costas de Sitka, en Alaska, un lugar donde están acostumbrados a recoger de entre los guijarros de la playa todo tipo de objetos escupidos por el mar. Pero la cosa no acabó ahí. Los juguetes de baño aparecieron en las Aleutianas, en Canadá, en Hawái, en las costas del Estado de Washington e incluso en el estado de Maine, al otro lado del continente. Los patitos de plástico viajaron miles de kilómetros en mar abierto y al final, diez años más tarde, cambiaron la vida de un hombre: Donovan Hohn.

Ruta seguida por los animalitos de plástico desde su caída al mar en 1992 hasta su aparición en las costas británicas en 2007, la última registrada (Wikimedia Commons)

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La última parada: las evanescentes áreas de descanso de las carreteras de EE.UU.

El viaje por carretera ocupa un lugar central dentro de la cultura popular norteamericana en el siglo XX. Como rito de paso al superar la adolescencia, por trabajo o simplemente como puro esparcimiento, desde los años cincuenta en adelante recorrer las inmensas distancias que cubren las carreteras de EE.UU. se convirtió en costumbre y a veces necesidad. A ello contribuyó mucho la creación del Sistema Interestatal de Carreteras impulsada por el presidente Eisenhower. Con las carreteras y los viajeros aparecieron algunos de los elementos más reconocibles de la cultura de carretera norteamericana: moteles, cafeterías, estaciones de servicio y, claro, áreas de descanso.

Organ, Nuevo México

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Las paradas de autobús, el secreto inesperado de las carreteras soviéticas

Cuando uno piensa en “arquitectura soviética” lo primero que le viene a la cabeza son grises y monótonos bloques de hormigón alineados como si fueran parte de un desfile norcoreano. Pero en la felizmente extinta URSS pueden encontrarse rincones donde la creatividad se desbordaba. No en grandes palacios de congresos o mastodónticos edificios gubernamentales sino en pequeñas marquesinas de autobús dispersas aquí y allá por todo el vasto territorio del imperio soviético. El fotógrafo canadiense Christopher Herwig descubrió este fascinante microcosmos viajando en bicicleta de Londres a San Petesburgo, allá por el año 2002. Durante la siguiente década recorrió más de treinta mil kilómetros en catorce países, de Estonia a Georgia y de Moldavia a Kirguistán, buscando esas pequeñas explosiones de imaginación en las cunetas de los caminos soviéticos.

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Gagra, Abjasia (Georgia)

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Libros: los sótanos del mundo

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Los sótanos del mundo. Ander Izagirre. Elea Argitaletxea, Bilbao, 2005

La literatura de viajes es un género difícil. Un viaje es emocionante, como puede atestiguar cualquiera que se haya pasado sin dormir la noche antes de la partida, las tripas reconcomidas por los nervios y la expectación, pero salvo excepciones, raramente las experiencias vividas justifican rellenar trescientas páginas con lo sucedido. Sin embargo hay algo que podemos denominar “la mirada del viajero” que convierte un viaje en muchos, porque no sólo se viaja en el espacio sino también en el tiempo. El viajero, cuando llega a un lugar, se empapa de la geografía, de la historia y de las gentes que lo habitan o que dejaron allí su huella. Y eso es lo que convierte un relato de viajes en literatura en su más amplia expresión. Es lo que ha hecho Ander Izagirre en este libro. Literatura con mayúsculas.

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Allí donde se cruzan las líneas imaginarias

Una de las mejores cualidades de Internet, en su más amplia definición, es que es difícil sentirse solo. No importa cuán específica sea tu afición y cuán minoritaria puedan parecer las obsesiones de uno, siempre hay otra gente, un buen puñado de ella, con similares intereses. Este blog es un ejemplo de ello. Seis años y medio escribiendo de límites territoriales y sitios raros en mitad de la nada y cada día lo lee más gente (vamos a razón de casi cuatro mil visitas diarias, lo que supone que cada mes lee este blog casi la misma gente que en todo el primer año de vida de Fronteras ¡Viva y bravo!). Autobombo aparte, una de las consecuencias directas del enunciado anterior es que no importa cuán geek o friki seas, siempre habrá alguien mucho más geek que tú. Y las fronteras no son una excepción. Cuando empecé a escribir este vuestro blog fronterizo descubrí gente que viajaba cientos de kilómetros para recorrer un tramo de límite internacional en mitad de un bosque, o apasionados de los límites municipales. Yo mismo he hecho alguna cosa así, en realidad. Pero todos nosotros, gente como Ishosholoza, que convenció al guía de su autobús para cruzar ilegalmente la frontera del Congo, gente como Sherlock, que se juega una estancia en una cárcel rusa sólo para llamarme desde una triple frontera, o yo mismo, que estuve a punto de morir congelado mientras trataba de hallar el camino al punto más alto de los Países Bajos habiendo aparcado el coche en Alemania, todos nosotros, digo, quedamos como auténticos principiantes, pequeños aprendices, lamentables aspirantes al lado de la gente que hace el Degree Confluence Project.

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¿Qué señaliza exactamente esa bandera? Luego os cuento

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