Tormentas de fuego: cuando todo arde

La noche del 8 de octubre de 1871 fue, con toda probabilidad, una de las peores de la historia de la por entonces joven nación estadounidense. En un periodo de apenas unas horas, y sin aparente conexión entre sí, media docena de descomunales incendios azotaron las orillas de los lagos Míchigan y Hurón, provocando una enorme mortandad y calcinando hasta los cimientos docenas de pueblos. El más conocido de ellos fue el incendio de Chicago, que redujo a cenizas diez kilómetros cuadrados de ciudad y dejó sin hogar a casi un tercio de sus trescientos mil habitantes, además de matar a tres centenares de personas. Sin embargo, el incendio más letal no se produjo en el centro de una ciudad llena de gente sino en un remoto bosque apenas habitado. Dos mil personas murieron en el incendio de Peshtigo, un pueblecito maderero de Wisconsin, una tragedia que casi siglo y medio más tarde todavía figura como el incendio con mayor número de víctimas de la historia de Estados Unidos. La explicación a por qué un incendio forestal pudo dejar semejante reguero de cadáveres en media docena de localidades diferentes es un fenómeno que en inglés se conoce como firestorm: la tormenta de fuego.

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Una tormenta ígnea o tormenta de fuego es lo que sucede cuando un incendio es tan vasto y potente que deja de ser un hecho físico para convertirse en un fenómeno meteorológico. El proceso es tan sencillo como devastador: las llamas calientan el aire sobre ellas, y éste asciende. Eso deja hueco para aire frío situado fuera del incendio, que llena, en medio de grandes vientos, el hueco que va dejando el aire caliente que asciende. A su vez la nueva remesa de aire se calienta, asciende y el proceso se repite una y otra vez, convirtiendo el incendio y el aire sobre él en una gigantesca chimenea de varios kilómetros de alto. El permanente aporte de oxígeno al incendio hace que las llamas cada vez sean más poderosas y altas y la temperatura cada vez sea más elevada. Si hay suficiente combustible el proceso se acelera y se intensifica, pudiendo alcanzarse vientos de doscientos kilómetros por hora y temperaturas de dos mil grados centígrados en el interior de la tormenta. Y si la cosa se va de madre de verdad y el área en llamas es tan grande que sobrepasa la superficie de algunas naciones independientes la tormenta ígnea se convierte, literalmente, en un ciclón de fuego.

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Tormenta de fuego formando su propio sistema meteorológico, en el incendio de Tillamook, Oregón, en 1933. En 20 horas ardieron 1.100 kilómetros cuadrados (110.000 hectáreas, aproximadamente dos veces la superficie de la ciudad de Madrid).

La tormenta de fuego perfecta es la que se produce en un bosque. En un bosque grande. En las tormentas ígneas el foco del incendio tiende a permanecer estático, puesto que los vientos que genera son radiales, van de fuera del incendio hacia adentro (y luego hacia arriba, dando como resultado llamas de más de un kilómetro de altura). Pero eso no significa que el incendio no pueda extenderse. Las  temperaturas de horno crematorio del centro de la tormenta ígnea desecan cualquier cosa que haya a menos de cien metros a la redonda, y a veces directamente les pegan fuego a distancia, así de intenso es el calor que se desprende. Además, miles de brasas y chispas caen sobre esa zona desecada y caliente alrededor del ojo de la tormenta. Si le añadimos al cóctel un poco de viento, no muy fuerte. que concentre las brasas y los chispazos inicialmente hacia una zona concreta, tenemos el escenario perfecto para la devastación. Y exactamente eso fue lo que sucedió en Peshtigo.

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¿Qué aspecto tiene una tormenta ígnea? Uno nada agradable. La que golpeó Peshtigo consistía en un muro de llamas de ocho kilómetros de ancho y un kilómetro y medio de alto avanzando a ciento cincuenta kilómetros por hora y ardiendo a más de 800 grados centígrados, en cuyo interior se registraban vientos de más de doscientos kilómetros por hora. Se había formado al unirse varios pequeños incendios forestales en un único frente, que, gracias a la madera compactada y los gases almacenados en las serrerías dispersas por los bosques de la Bahía de Green Bay y a la extrema sequedad ambiental, produjo el mayor incendio forestal del que había registros hasta el momento (ardieron casi un millón de hectáreas, o diez mil kilómetros cuadrados, sólo en el estado de Wisconsin). La tormenta ígnea afectó a una pequeña área en Peshtigo y sus alrededores, pero provocó una auténtica matanza.

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Plano de Peshtigo. Fue realizado pocos meses antes del incendio. Debajo, extensión de los incendios en Wisconsin y Michigan en la zona de Green Bay. 

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Para saber cómo es una tormenta de fuego por dentro nos tenemos que remitir a los testimonios de los escasos supervivientes. La descripción que da uno de ellos nos permite hacernos una idea: “El incendio tardó en llegar menos de lo que se tarda en decir estas palabras”. Sencillamente los habitantes de la ciudad estaban tranquilamente en sus casas y, un segundo más tarde, todo el pueblo estalló en llamas simultáneamente. Y en mitad de un estruendo ensordecedor: “Era cómo si un trueno inmenso se hubiera unido al sonido del mar rompiendo contra las rocas”. La gente salió de sus casas, pero sólo había un refugio, el río que compartía el nombre con el pueblo. Y hacia allí se dirigieron todos, personas y animales. Muy pronto el río se convirtió en un maremágnum de familias, cabezas de ganado, caballos y perros, todos ellos chillando y luchando por no hundirse. La mayoría no consiguieron salir de allí. No es una escena agradable. Pasaron horas hasta que fue seguro abandonar el río. Durante esas horas, y cito a otro superviviente, “las llamas parecían extenderse por el río tal y como lo hacían por el suelo; el aire estaba lleno de llamas, o tal vez el propio aire estaba en llamas”. Otro testigo describió lo que vivieron en el agua como “estar bajo un techo de fuego”. Pero lo que sucedía mientras tanto fuera del río era bastante peor. La gente corría desesperada para huir de las llamas, pero sus propias ropas se incendiaban por el calor, sin necesidad de contacto físico con el fuego, y en ocasiones eran ellos mismos los que entraban en combustión. En Peshtigo murieron entre 800 y 1.200 de sus 1.700 habitantes, y un número indeterminado, no inferior a 400, en los pequeños asentamientos de los alrededores. La cifra total pudo llegar tranquilamente a los dos mil muertos. Hubo 350 cadáveres que nadie reclamó por la sencilla razón de que todas las personas que conocían habían muerto en el mismo incendio.

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Dos escenas del incendio de Peshtigo, tal y como las imaginaron artistas posteriormente

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El panorama la mañana posterior al incendio iba mucho más allá de lo desolador. Ni un sólo edificio del pueblo había quedado en pie. Las calles de Peshtigo y los alrededores de la localidad estaban tapizadas de cadáveres calcinados. En algunos claros en el bosque se hallaron grandes grupos de personas. Todas muertas. No por el calor o el fuego, ni asfixiadas por el humo. Murieron porque el incendio a su alrededor era tan potente que simplemente consumió todo el oxígeno disponible. No había manera de ir a buscar ayuda. Todos los caminos estaban bloqueados por troncos carbonizados y cadáveres de animales. La mayoría de los supervivientes tenían terribles quemaduras en la piel pero también en los pulmones. El escenario es muy parecido al que describió John Hershey en su descomunal reportaje sobre las horas posteriores a la caída de la bomba de Hiroshima. Y es lógico, porque en Hiroshima también hubo una tormenta ígnea. Y no sólo en Hiroshima. Una tormenta de fuego es un fenómeno extremadamente infrecuente, pero durante la Segunda Guerra Mundial se convirtió casi en una costumbre.

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Un mural en el museo dedicado al incendio que existe actualmente en Peshtigo. Debajo, monumento funerario a las centenares de víctimas del incendio. 

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La estrategia aérea de Gran Bretaña durante la II Guerra Mundial se centró en un momento dado en destruir ciudades en la retaguardia alemana. No sólo para perjudicar la producción y la economía de guerra, sino para desmoralizar, o directamente matar a los trabajadores de las fábricas que mantenían en marcha la maquinaria de guerra alemana. No se anduvieron con remilgos, ciertamente. Los bombardeos británicos sobre Alemania causaron medio millón de muertos civiles; nunca fueron daños colaterales, desde el principio la intención declarada de los británicos era provocar el mayor daño posible entre la población civil alemana. Cito a Bombardero Harris, el encargado de diseñar la estrategia británica:

El propósito de [los bombardeos] debe ser inequívocamente definido como la destrucción de las ciudades alemanas, la muerte de los trabajadores alemanes y la quiebra de la vida civilizada en toda Alemania. […] La destrucción de los hogares, las instalaciones públicas, los transportes y las vidas, la creación de un problema de refugiados en una escala sin precedentes y la quiebra de la moral tanto en el frente como en la retaguardia mediante el terror a los bombardeos ubicuos son los propósitos aceptados y declarados de nuestra política de bombardeos. No son daños colaterales de intentos de destruir fábricas.

Y para ello nada mejor que una buena tormenta de fuego. Si un fenómeno así podía matar a dos mil personas en un bosque semideshabitado, ¿qué podría hacer en una ciudad, con una densidad de población cientos de veces superior? La respuesta podemos resumirla en dos nombres: Hamburgo y Dresde.

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Lo que quedó de Wessel tras borrar los bombaderos británicos el 97% del área construida. Debajo, las ruinas del centro de Colonia, en abril de 1945 (clic en las fotos para ampliar) 

Cologne Cathedral stands undamaged while entire area surrounding it is completely devastated. Railroad station and Hohenzollern Bridge lie damaged to the north and east of the cathedral. Germany, April 24, 1945. T4c. Jack Clemmer. (Army) NARA FILE #: 111-SC-206174 WAR & CONFLICT BOOK #: 1337

 Después de unos cuantos bombardeos las autoridades británicas llegaron pronto a la conclusión de que las bombas, por si solas, podían destruir edificios pero no barrios, podían herir, pero no matar a una ciudad. Para hacer daño de verdad, para provocar el pánico y la absoluta desmoralización de los alemanes, lo que realmente funcionaba era un incendio. Cuanto más grande mejor. Cuanto más apocalíptico más eficaz. Y se dedicaron a estudiar la mejor manera de incendiar las ciudades alemanas. Los aliados americanos les hablaron de Peshtigo y su tormenta de fuego, muy probablemente, y cómo había reducido un pueblo a cenizas en apenas unos minutos. Buscando un efecto similar gran parte de los bombardeos se realizaron sobre el centro de las ciudades, no porque contuvieran industria o armamento, sino porque ardían bien. Eran edificios antiguos, con vigas de madera, pesadas cortinas, muebles macizos, recias puertas, cosas que en general se dejan quemar fácilmente si se aplica la receta adecuada. Y los británicos obtuvieron esa receta, desde luego. El bombardeo típico consistía en dejar caer bombas de cinco toneladas sobre los edificios (las famosas “revientamanzanas”) para destrozarlos y dejar su estructura de madera al descubierto. Y sobre esa herida sangrante dejar caer centenares de bombas incendiarias de fósforo. Si la concentración de bombas era la conveniente y las condiciones meteorológicas acompañaban, se producía la tormenta de fuego. Y en Hamburgo fue donde la estrategia británica alcanzó su perfección.

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Un Lancaster británico sobre Hamburgo

La Operación Gomorra empezó el 24 de julio de 1943, pero alcanzó su cenit la madrugada del día 27. Esa noche, 787 aviones británicos, en una hilera de 130 kilómetros de largo que tardó más de media hora en pasar por encima de la ciudad, dejaron caer varios miles de toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre el centro de ésta. Las condiciones meteorológicas, inusualmente secas y calurosas, la ausencia de parte del cuerpo de bomberos local (ocupado en apagar los incendios provocados por la aviación aliada en Hannover) y la puntería de los bombarderos aliados, que dejaron caer varias decenas de miles de bombas sobre un área de apenas 4 kilómetros cuadrados, provocaron la ansiada tormenta ígnea. El desarrollo de la conflagración fue tan brutal como cabe imaginar. Vientos de 250 kilómetros por hora arrancaban a las personas de las aceras y las arrojaban contra las llamas. Temperaturas de 800 grados centígrados literalmente derretían el asfalto y a cualquiera que se encontrara sobre él. Llamas de trescientos metros de alto reducían a cenizas edificios y parques.

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Los esqueletos arquitectónicos de Hamburgo, semanas después del bombardeo

El incendio calcinó 21 kilómetros cuadrados de ciudad y destruyó más de 17.000 edificios, provocando la muerte de todos sus habitantes. La inmensa mayoría de las víctimas perecieron asfixiadas, atrapadas en sótanos y refugios bajo el incendio, que consumía vorazmente todo el oxígeno disponible. Más de 42.000 personas murieron en el bombardeo, treinta mil de ellas asfixiadas. Fue la matanza de civiles más grande de toda la Historia, aunque ese penoso récord tardaría poco más de dos años en ser superado, y varias veces. Sólo apagar todos los rescoldos del monstruoso incendio llevó un mes. El rescate de las decenas de miles de cuerpos se prolongó durante meses. Los prisioneros de guerra encargados de la tarea contaban que los muertos parecían dormidos; filas y filas, montones y más montones de gente dormida que no despertaría jamás. Intactos, sin heridas ni quemaduras, pero muertos. Refugio tras refugio encontraban cien, trescientos, quinientos seres humanos dormidos. Era demasiado. Los presos, franceses, rusos, holandeses o norteamericanos sólo podían llevar a cabo su cometido bajo los efectos del alcohol y de las amenazas de muerte.

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La devastación. Descripción gráfica

El bombardeo más conocido de la II Guerra Mundial, Hiroshima y Nagasaki aparte, fue el de Dresde, donde, se dijo, murió más gente que en Hiroshima. No es verdad. Murió la mitad de gente que en Hamburgo (22.500 personas según una investigación pagada por el ayuntamiento de la propia ciudad), pero la propaganda nazi del primer momento, que habló de doscientos mil muertos, caló hondo en el imaginario popular. Sobre todo porque la guerra en Europa acabó muy poco después y ya lleva décadas abierta la discusión sobre si era necesario o útil destruir hasta los cimientos la ciudad, cuya relevancia como objetivo militar era menor, cuando además a la guerra le quedaba más bien poco tiempo. Es una discusión compleja, poliédrica y repleta de matices que sigue abierta.

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Famosísima foto de las ruinas de Dresde desde el tejado del ayuntamiento

Pero Hamburgo y Dresde no fueron las únicas ciudades destruidas por la tormenta de fuego. San Petesburgo, por entonces conocida como Leningrado, perdió cuatro mil habitantes en un único raid de la aviación nazi que provocó una tormenta ígnea. En Alemania, Kessel, Darmdstat, Pforzheim, Duisburgo y Essen también fueron arrasadas por la tormenta de llamas, provocando cifras de fallecidos de cinco cifras. En todos los casos el objetivo fue el centro de las ciudades y sus habitantes, en todos los casos la tormenta de fuego fue provocada, y fueron ensayadas nuevas técnicas para maximizar el daño, para convertir un incendio en un infierno del que nada ni nadie pudiera escapar. Pforzheim sufrió, en un único bombardeo, el mayor porcentaje de muertos de toda la guerra: casi un tercio de sus habitantes (18.000 de los 60.000) murieron calcinados, reventados o asfixiados. Dos tercios de las víctimas eran mujeres. Una cuarta parte del total, niños. Ni siquiera Hiroshima o Nagasaki alcanzaron cifras similares. Pero sí que fue en Japón donde se produjo el bombardeo más letal de todos los tiempos. Y no fue nuclear, sino convencional.

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La muerte llovió del cielo… 

La II Guerra Mundial fue atroz en todos los sentidos y en magnitudes desconocidas hasta entonces. Estados Unidos tenía planes para la invasión terrestre de Japón, y en ellos figuraba el bombardeo incendiario y sistemático de todas las grandes ciudades japonesas. Y como sus hermanos británicos con Alemania, tampoco tuvieron excesivos remilgos. Sin contar Hiroshima y Nagasaki, 350.000 personas fueron abrasadas por los bombardeos incendiarios del ejército norteamericano en Japón. La cifra es atroz, pero lo más aterrador es que un tercio de ellos perecieron en una sola noche, la del 9 de marzo de 1945. En apenas una hora 334 B-29 descargaron 1.665 toneladas de bombas sobre el centro de Tokio; la mayor parte de ese tonelaje eran bombas incendiarias de racimo, ingenios que a cien metros del suelo se se dividían en un par de docenas de pequeñas esferas de Napalm, las cuales se incendiaban cinco segundos después de tocar el suelo. Los primeros aparatos norteamericanos marcaron el área a bombardear con una gigantesca X llameante. Los que vinieron detrás simplemente dejaron caer su carga alrededor de ésta. El resultado del bombardeo no pudo ser más aterrador. 41 kilómetros cuadrados de Tokio fueron borrados por las llamas. Las fotos realizadas tras los bombardeos en Europa muestran ruinas humeantes, esqueletos arquitectónicos, montañas de escombros. En Tokio, donde la gente vivía en casas construidas con papel y madera, no quedó nada, una planicie baldía y cubierta de cadáveres carbonizados. Unos 88.000 según los cálculos más conservadores, 125.000 según los estudios más recientes. 125.000 muertos es prácticamente la mortalidad conjunta de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, en Tokio no hubo una tormenta de fuego.

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Imágenes de Tokio varias semanas después de los bombardeos.

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La noche de la masacre de Tokio hacía un viento moderado y por eso la gigantesca conflagración no se convirtió en una tormenta de fuego propiamente dicha, aunque el resultado en la práctica fuera el mismo: vientos huracanados, llamas imposibles de apagar, temperaturas abrasadoras. Pero otras ciudades japonesas sí que sufrieron el fenómeno. Osaka (4.000 muertos), Aomori (2.000) o Kobe (9.000) estuvieron entre ellas. La última tormenta de fuego de la II Guerra Mundial se desató en Hiroshima, justo debajo de Little Boy, la primera (y penúltima hasta hoy) bomba atómica utilizada en una guerra. La descomunal detonación fue acompañada de temperaturas próximas a la de la superficie del sol, lo que provocó el incendio de todo el área aledaña a la destruida por la explosión. Muchos de los que sobrevivieron a la explosión murieron después abrasados por el incendio. En total murieron 90.000 personas, la mitad de ellas el primer día, y el resto durante los meses siguientes, producto de las espantosas heridas, quemaduras y enfermedades provocadas por la bomba.

Hiroshima antes

Hiroshima, antes y después del 6 de agosto de 1945.

Hiroshima después

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La cifra total de víctimas de las tormentas de fuego en la II Guerra Mundial está en el rango de los centenares de millar (la de muertos civiles en bombardeos estratégicos está por encima del millón de seres humanos). Lo sucedido en las ciudades alemanas o japonesas hace que aquel incendio en Peshtigo pareciera una hoguera sin importancia. Lo más inquietante no es sólo que las tormentas de fuego fueran estudiadas minuciosamente con el objetivo de recrearlas deliberadamente contra poblaciones civiles, sino que además esto lo hicieran los que ganaron la guerra en el bando de las democracias. ¿Era necesario? ¿Fue útil? ¿Fue un crimen de guerra? Son preguntas muy difíciles de contestar, y el debate, como decía antes, lleva setenta años abierto. Otro hecho reseñable es cómo la vergüenza de los alemanes por los infinitos genocidios y atrocidades cometidos por el nazismo impidió que cuajara elresentimiento contra los norteamericanos y británicos por las masacres de Dresde o Hamburgo, y la siguiente generación simplemente lo ve como Historia Antigua, al contrario de lo que pasó en Japón, donde los genocidios del Ejército Imperial son minimizados o incluso negados y sin embargo se rememora Hiroshima cada año. La pregunta, de todos modos, es ¿se tendrá que enfrentar algún ser humano de nuevo a una tormenta de fuego?

Lecturas recomendadas:

Firestorm at Peshtigo, Denise Guess y William Lutz. Nueva York, 2003.

El Indendio. Alemania bajo los bombardeos. Jörg Friedrich, Barcelona, 2003

Sobre la historia natural de la destrucción. W.G. Sebald, Barcelona, 2003

Among the dead cities. AC Grayling, Londres, 2006

Hiroshima. John Hearsey, Barcelona, 2009

El Hundimiento. Hamburgo, 1943. Hans Erich Nossack. Segovia, 2010

12 thoughts on “Tormentas de fuego: cuando todo arde

  1. tucumano 28-septiembre-2015 / 8:04 am

    Interesante entrada y buenas preguntas las del final. Simplemente la conclusión es que en la guerra nadie gana, todos perdemos.

    Es sabido que jamás hubo guerra entre dos democracias, es por ello que la mejor garantía para que estas vergüenzas no vuelvan suceder es luchar para que cada vez haya mas democracia en el mundo frente a la barbarie. ¿Lo lograremos?

      • Anuro Croador 29-septiembre-2015 / 6:40 pm

        De todas formas, estás hablando de 1898, mucho menos probable que haya guerras entre democracias en el siglo XXI.

  2. Ojiplatense 29-septiembre-2015 / 2:52 pm

    Quizá Dresde fuera “necesario” desde un punto de vista estratégico militar… Como laboratorio de perfeccionamiento. Si en el futuro no se repite es porque es posible que haya técnicas mejores, lo que debería inquietarnos aún más.
    Realmente el coste humano (e incluso el económico) compensa el haber “ganado”? Creo que si en el futuro me toca ir a una guerra diré: tomen señores, mi fusil. Una bota encima de la cabeza o incluso la muerte, pueden ser una liberación si en el otro plato de la balanza ponemos los costes de haber menos-perdido. Creo que mi familia piensa igual, así que no tendría la tentación dentro de la cabeza de proteger, si no a mi, al menos a ellos. Tampoco proteger a la muy bien vendida idea de la Madre Patria: el suelo es solo suelo y ,por lo que se ve, los que lo gestionan se diferencian en pocas cosas. Es posible que ninguna, que la diferencia esté más que en el porqué en el cómo.
    Sabiendo estas tácticas militares, que desconocía hasta leer este blog, ya no se me hace raro que haya gente que quiera ir a morir a Marte

    • fzuntsu 4-octubre-2015 / 4:12 am

      No amo mi patria.
      Su fulgor abstracto
      es inasible.

      José Emilio Pacheco

    • Arturo 27-octubre-2015 / 9:00 pm

      Yo también pensaba así …. hasta qué vi lo que pueden hacer los hermanos ‘Serbios’ a sus hermanos ‘Bosnios’. Si fuera bosnio no sé si me hubiera podido quedar en mi casa o ir huyendo a otra y a otra y a otra… O si fuera cristiano o kurdo en Siria o Irak hoy en día no sé si mi postura sería huir a la siguiente ciudad y la siguiente… o tratar de defender mi casa.

      Desde luego, las cosas no son tan simples como a veces nos gustaría

  3. Necomail 29-septiembre-2015 / 3:43 pm

    Enhorabuena por el artículo me parece genial. Sobretodo las preguntas y la conclusión final.
    Con tu permiso lo compartiré en redes sociales.

  4. santaklaus 29-septiembre-2015 / 4:18 pm

    Son más baratas unas cuantas cedrillas que todo ese arsenal de superbombas modernas guiadas e inteligentes. Y hacen igual de daño.

  5. Kassel 30-septiembre-2015 / 8:01 am

    Permiteme una correccion, una de las ciudades alemanas bombardeadas es Kassel, no Kessel

  6. octubre47 30-septiembre-2015 / 8:12 am

    Felicitaciones!!! Muy didáctico y estupendamente instructivo.
    Creo que a la reflexión final le falta la palabra “intencionada”. Quedaría así:
    “¿se tendrá que enfrentar algún ser humano de nuevo a una tormenta de fuego intencionada?”

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