Tierra de Nadie | Los vestigios de la metrópoli
A pocos kilómetros de Nicosia la autopista enfila hacia el norte. El área metropolitana de la ciudad, que concentra más de la cuarta parte de la población del país, se extiende a ambos lados de la carretera. Polígonos industriales y zonas residenciales se suceden a ambos lados del aslfalto, pero los ojos no se desvían del frente. No sólo porque, bueno, es la manera correcta de conducir, sino porque al fondo, en las colinas tras la capital, se vislumbra la que probablemente es la bandera más grande del mundo. Ochenta mil metros cuadrados, ocho hectáreas/campos de fútbol sobre la ladera de una montaña, visibles desde toda Nicosia y sus alrededores. El símbolo de la República Turca del norte de Chipre, el país que (casi) nadie reconoce.

En el resto del mundo, incluida la República de Chipre, llaman «Turkish Occupied Zone» a todo lo que hay al norte y al Este de la Línea Verde, pero en el cartel de la carretera reza Kuzey Kıbrıs Türk Cumhuriyeti, o sea República Turca del Norte de Chipre. Antes de mirarnos los pasaportes, el aduanero nos dirigió amablemente a la garita de la aseguradora, donde por una módica cantidad (veinte euros) adquirimos cobertura a terceros para las siguientes 72 horas. Ese hecho, bastante mundano, es relativamente novedoso. Hasta hace un par de años los coches de alquiler de Chipre tenían terminantemente prohibido cruzar al otro lado de la zona desmilitarizada, y para recorrer el norte hacía falta alquilarse otro vehículo allí. Ahora es perfectamente normal circular con matrícula chipriota (del sur) más allá de Nicosia (del norte), pero hay que tener en cuenta un par de detalles. Cualquier seguro del sur no sirve de nada en el norte. Y para solventar cualquier problema que surja en el norte, hay que regresar físicamente con el coche al sur. A efectos prácticos, y para la Entrerprise Rent-a-car, Chipre del Norte podría estar perfectamente en la Galaxia de Andrómeda.

A lo largo de la semana que pasamos en Chipre cruzamos la frontera con el norte al menos cinco veces en cada sentido. Lo que más nos llamó la atención fue lo increíblemente amables que eran los oficiales turcochipriotas, y también la mayoría de los chipriotas a secas. He cruzado muchas fronteras y aduanas, y es la única donde no sólo me han tratado con amabilidad sino con una sonrisa. «Adios y viva España», nos dijeron en una aduana griega que cruzamos en coche. En otra, turca, la aduanera, una veinteañera que podría haber ganado Miss Nicosia sin cambiarse el uniforme, nos enseñó como decir palabras bonitas en turco para las chicas. Flirtear en una frontera, específicamente en una no reconocida internacionalmente, en una ciudad dividida, entrando a un territorio en disputa a través de una zona desmilitarizada que sólo hace dos años dejó de estar llena de minas, bueno, no estaba en nuestros planes. Lo normal en un control de pasaportes es que el aduanero parezca sospechar que somos delincuentes peligrosos buscados por la Interpol; en Chipre nos hicieron sentir como si llevaran toda la vida esperándonos y estuvieran encantados de husmear en nuestro pasaporte biométrico. No nos lo esperábamos, e hizo subir varios puntos nuestra estima del país. De los países.


Nuestra primera impresión de Chipre del Norte se redujo a las dos o tres horas que pasamos en el lado turco de Nicosia. La ciudad, la única capital dividida del mundo, está partida en dos incluso desde antes de la guerra de 1974. El norte de Nicosia se convirtió en un enclave turcochipriota después del episodio de masiva violencia intercomunal de diciembre de 1963 conocido como Navidades Sangrientas, y que también dio origen a la Línea Verde dentro de la ciudad. Más de treinta mil turcos fueron expulsados de sus casas y acabaron mudándose a alguno de los numerosos enclaves étnicos que había tanto al norte como al sur de la isla. La invasión turca de 1974 provocó a su vez la huída de ciento cincuenta mil grecochipriotas del norte de la isla, donde suponían el 80% de la población, e, inmediatamente después, la marcha de sesenta mil turcochipriotas hacia el norte. Nicosia quedó como ciudad dividida por una finísima línea de Tierra de nadie, que en algunos puntos tiene la anchura de una pared de ladrillo, y en la mayoría, la de una calle.


Lo primero que se encuentra uno nada más cruzar la frontera en la calle Ledra es un bazar. Por supuesto. Lo que más se vende allí es ropa de marca falsificada, hasta el punto de que en la aduana chipriota hay carteles especificando que se registrarán las bolsas en busca de falsificaciones. Lo segundo que más se vende es tabaco, que cuesta aproximadamente la mitad que en el sur de la isla. En el centro de la ciudad está la Mezquita de Santa Sofía, que, como la de Estambul, solía ser una Catedral hasta que los musulmanes tomaron la ciudad. En el caso de la capital chipriota, sucedió en 1571, tras la primera invasión otomana. El interior de una catedral convertida en mezquita se hace raro a los ojos del occidental acostumbrado a la abundancia artística y al derroche imaginativo de nuestras catedrales. La sobriedad musulmana, que prohíbe la representación humana con motivos religiosos, se impone en el interior gótico de techos elevadísimos. El guardia de la puerta nos preguntó de dónde éramos. «Ah, españoles. ¡Turcos y españoles pueblos hermanos!». Unos días antes un misil Patriot guiado por tropas españolas había interceptado un dron iraní camino de Turquía y los españoles éramos vistos con aún mejores ojos de lo habitual.


La carretera que bordea la Bahía de Famagusta es una sucesión de hoteles, complejos vacacionales de lujo y torres de apartamentos, la inmensa mayoría de ellos levantados en lo que hasta hace cuatro años era mitad de la nada. Un farallón de cemento que se extiende a lo largo de decenas de kilómetros frente a una playa virgen, no sólo por la época del año, sino porque en general, casi nadie va allí. Nos lo cuenta el dueño de un bar de carretera en el que paramos a desayunar una tortilla de cuatro huevos y el enésimo café turco del viaje. El bar es una concesión gubernamental, y aunque no nos da detalles, entendemos que está más que subvencionada. En el último lustro y debido a la guerra de Ucrania y a las sanciones internacionales, una parte no pequeña del dinero que acababa en Rusia ha fluido hasta Chipre del Norte, concentrándose en el ladrillo. La República Turcochipriota tiene poco más de trescientos mil habitantes, pero existen más de dos docenas de empresas de construcción y más de un centenar de promotoras inmobiliarias. Por ochenta mil euros uno se puede comprar un apartamento en primera línea de playa. No es casualidad que la totalidad de los carteles en las urbanizaciones en construcción estén en inglés y los precios, a menudo, en libras esterlinas.


Sólo estuvimos dos noches alojados en Chipre del Norte, pero queríamos ver todo lo que pudiéramos del país, así que decidimos ir al punto donde literalmente se acaba. El Cabo Apostolos Andreas está en el extremo noreste de la isla, justo al final de la Península de Karpaz, ese larguísimo dedo de territorio que apunta a la frontera entre Siria y Turquía. La carretera estaba recién asfaltada, pese a que el tráfico en la península, que está espectacularmente despoblada, es prácticamente nulo, sobre todo desde el momento en que se deja atrás Rizokarpasso, el último lugar habitado, a treinta kilómetros del final de la isla. Fuimos dejando atrás paisajes de esos que te dejan sin aliento y kilómetros y kilómetros de playas vírgenes, tan intactas como podían estarlo durante el medievo, hasta que alcanzamos la entrada del Parque Nacional de Karpaz, un área natural protegida que abarca el extremo norte de la península, y que incluye el Monasterio de Apostolos Andreas, un conocido lugar de peregrinación para los ortodoxos griegos (el «Lourdes chipriota») que tras la invasión permaneció abandonado durante casi medio siglo. Hace un par de años la ONU impulsó su restauración, que están pagando a medias entre los griegos y los turcos. Pero la región protegida no existe por el monasterio, sino por el habitante más famoso de la región: el burro chipriota.


Una autocaravana con matrícula del cantón suizo de Lucerna se detuvo a nuestro lado mientras nos hacíamos fotos junto a la cancela del parque. El matrimonio que viajaba en ella estaba en pleno año sabático y habían decidido recorrerse todo el camino entre su ciudad y Bangkok a lo largo de trece o catorce meses. Chipre del Norte era el país número 15 de su periplo, pero el único del que no habían encontrado una bandera para pegar en la parte trasera del vehículo. Cosas de los países no reconocidos. La mayoría de los burritos que habitan esta parte de Chipre son descendientes de los que abandonaron los granjeros griegos durante la invasión de 1974, y están más que acostumbrados a la presencia humana, y a que les ofrezcan zanahorias y manzanas desde la ventanilla del coche. nosotros no teníamos así que nos ignoraron, pero los suizos venían extremadamente preparados y dieron de comer a todos los animales que encontraron. La carretera empeoraba cada vez más hasta convertirse en un camino rural lleno de agujeros, pero decidimos seguir adelante porque, he repetido muchas veces esta frase, hemos venido a jugar. Al final del camino nos esperaba una piedra indicando el final de la isla, unos pocos burros más, y una gata bien alimentada y extremadamente cariñosa. Desde allí hay sólo cien kilómetros hasta la costa siria.


Regresamos a la civilización y nos dirigimos a una de las ciudades más turísticas de Chipre del Norte y de toda la isla: Kyrenia. Por el camino volvimos a encontrarnos más de un centenar de urbanizaciones en construcción. No he encontrado cuánto dinero ha entrado en el ladrillo norchipriota en el último lustro pero dudo que baje de las decenas de miles de millones de euros. Kyrenia, o Girne en turco, es un lugar que lleva tantos años siendo relevante que ya aparecía en la Tabula Peutingeriana, la Guía Michelín del Imperio Romano, datada alrededor del siglo V de nuestra era. Su primera mención conocida, sin embargo, es casi un milenio más antigua, en el Periplo de Pseudo Escílax, un manual náutico de la circunnavegación del Mediterráneo procedente del siglo III antes de Cristo. Milenios de historia griega llegaron a su fin en 1974, cuando tres cuartas partes de los habitantes de la ciudad fueron expulsados o huyeron. Fueron sustituídos por refugiados del sur de la isla o por turcos del continente, pero el puerto no ha perdido un solo gramo de su sabor mediterráneo, y la localidad tiene una vida nocturna animadísima, incluso un jueves de marzo. La orilla del mar está plagada de casinos para rusos y turcos, con el gusto estético esperable, pero por suerte sólo en el interior. Por fuera el paseo marítimo podría estar en cualquier lugar entre el Algarve y el Peloponeso. Después de pagar un sobreprecio monumental por un par de cervezas regresamos a nuestros cuarteles al sur de la isla


Durante un par de días nos alojamos en el interior de las murallas de Famagusta, en un apartamento del tamaño aproximado de la península de Anatolia de que nos costó el equivalente a un par de shawarmas en un puesto callejero. Creo que en toda mi vida habré conocido a dos o tres personas más amables que el dueño del lugar, el tipo más encantador que me he echado a la cara en años de viajes. Nacido en Chipre e hijo de chipriotas, nos explicó cómo funciona el país a la hora de salir de él. Como es sabido, a la República Turcochipriota sólo la reconoce un país: Turquía. Al acabar la guerra de 1974 Ankara incorporó la zona ocupada de la isla a su propia organización territorial, con el rechazo del resto del mundo. En 1983 Chipre del Norte proclamó su independencia, y el número de reconocimientos jamás ha pasado de uno. La moneda del país y su prefijo telefónico son los de Turquía, país que, por cierto, mantiene entre treinta y cuarenta mil soldados en la isla, aproximadamente un 7% de la población total. Pese a compartir el prefijo +90, las redes de telefónia turcochipriotas no son una extensión de las turcas. El pasaporte de Chipre del Norte únicamente sirve para Turquía, pero, y esto no lo sabíamos cuando llegamos allí, todas las personas que residían en Chipre en 1974 y sus descendientes tienen, por defecto, nacionalidad chipriota, y son, por tanto ciudadanos de la Unión Europea. Excepto los colonos turcos, que son unos ciento y pico mil, el resto de ciudadanos turcochipriotas puede ir tranquilamente a Chipre (del sur) y volar a donde quiera con su DNI chipriota, que a simple vista es indistinguibe del del norte. Así que todos los ciudadanos de Chipre del Norte tienen o bien la nacionalidad chipriota o bien la turca. El único cuidado que hay que tener es no entrar a la isla por una zona y salir por la otra.

Según se ponía el sol la voz del muecín resonaba por el centro de Famagusta. Estábamos dando un paseo y visitando la mezquita, también una ex catedral reconvertida en el siglo XVI. Justo ante la puerta principal se encontraban las mesas colocadas para el tradicional Iftar, la ruptura del ayuno comunitaria que se celebra cada día durante el Ramadán. Numerosas personas estaban ya sentadas allí con sus bandejas, esperando a que terminara el Maghrib, el cuarto de los rezos diarios del Islam. Javi y yo nos miramos y nos preguntamos si nos dejarían comer, especialmente teniendo en cuenta el aspecto obvio de guiris que calzamos. Nos pusimos a la cola y efectivamente nadie nos preguntó nada. Respondimos cortesmente alhamdulillah mientras nos servían y nos sentamos mezclados con la muchedumbre. Nosotros no habíamos ayunado, obviamente, pero la merienda (eran poco más de las seis y media de la tarde) nos sentó fenomenal. Y, por qué no decirlo, también subió un poco nuestra estima hacia el país.

Un día antes, regresando de nuestro viaje al santuario de asnos del extremo oriental de la isla, habíamos parado a comer en un restaurante en mitad de la nada, junto al mar, en el que aparte de dos ancianos tomando café, éramos los únicos clientes. Convenientemente interrogados, nos enteramos de que los dos paisanos eran grecochipriotas, y el dueño del restaurante y el resto del personal, kurdos. ¿Y qué hacían allí, en ese rincón paradisíaco en un extremo del mundo? Pues… vivir su vida. «Aquí nunca hemos tenido problemas por ser de dónde somos». Habíamos dado con dos de los 300 grecochipriotas que aún viven en el Norte, casi todos ellos en el pueblo de Rizokarpasso. Lo cierto es que, pese a sus bienintencionadas declaraciones, aparentemente los grecochipriotas han tenido todos y cada uno de los problemas posibles; al finalizar la invasión eran unos veinte mil: la mayoría huyeron en los primeros años de control turco entre persecuciones y discriminaciones, y sus casas fueron ocupadas por refugiados provenientes del sur. Pero a nosotros, de nuevo, nos trataron con una hospitalidad y una amabilidad exquisita. He tenido la misma sensación otras veces, especialmente en los Balcanes, donde los españoles somos siempre bien recibidos en cualquier parte. Hay dos comunidades que se odian, pero que vistas desde fuera se parecen mucho, y en lo que más se parecen es en la hospitalidad al extraño.

Hace algo más de veinte años se celebró un referéndum cuya aprobación podría haberlo cambiado todo. El 24 de abril de 2004 la población adulta de los dos países fue llamada a las urnas para ratificar el plan de la ONU para la reunificación de la isla, patrocinado por Kofi Annan y los gobiernos griego, turco y británico. El plan contemplaba la creación de una confederación entre los dos estados, con un único gobierno federal y una única nacionalidad. Los turcochipriotas lo aprobaron con un 65 % de los votos, pero tres cuartas partes de los chipriotas lo rechazaron entre otras cosas por entender que les otorgaba demasiado poder a los colonos turcos, empezando por la nacionalidad. Una semana después Chipre entraba en la Unión Europea, pero no como una República Unida sino como una isla dividida. Y así sigue hoy. No sólo no hay ninguna solución en el horizonte, sino que cada vez es más difícil imaginar una. Mientras tanto en una isla a caballo entre Europa y Asia se puede visitar y admirar un país que para el resto del mundo no es tal cosa, pero al que muchos cientos de miles de personas llaman hogar.

Dedicamos nuestra última mañana en Famagusta a visitar las ruinas de Salamina, una ciudad-estado fundada más de un milenio antes de Cristo. El lugar fue el escenario de una batalla naval entre griegos y persas en el siglo V antes de nuestra era, pero no es esa batalla naval de Salamina entre griegos y persas del siglo V antes de nuestra era sino otra. Otras, de hecho. Simultáneamente a la lucha en el mar se desarrollaban fieros combates en tierra. En ambos casos ganaron los griegos, frente a una coalición de chipriotas, persas y cilicios. Hoy quedan unas ruinas moderadamente conservadas, que visitamos bajo el azote durísimo del viento del sur. Pero las ruinas de Salamina no son, ni de lejos, las más visitadas de Famagusta, y quizá tampoco las más interesantes. Y allí es donde iremos en la cuarta parte de estas crónicas: La ciudad fantasma.

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2 respuestas a “Viaje a todos los Chipres. Capítulo 3: El país que no existe”