Palmerston, la isla del fin del mundo donde todos tienen el mismo apellido

Palmerston es un atolón coralino con media docena de islotes interrumpiendo brevemente la superficie del Océano Pacífico. En medio de ellos se encuentra una laguna de aguas turquesas donde se pueden pescar magníficos ejemplares de pez loro para asarlos después debidamente espetados. Políticamente pertenece a las Islas Cook, un protectorado neozelandés en mitad del Océano Pacífico. La isla habitada más cercana, Aitutaki, está a 350 kilómetros de distancia. Rarotonga, la capital de las archpiélago, a más de 500. En Palmerston no hay aeropuerto y los hidroaviones no pueden aterrizar porque el coral es muy poco profundo. Tampoco hay un puerto donde pueda atracar un barco. Llegar allí supone al menos dos días de navegación, aunque no existe un servicio regular de pasajeros. Es un sitio, en suma, bastante remoto. Y todos los habitantes comparten el mismo apellido porque todos descienden de la misma persona.

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Palmerston es también el nombre de la única isla habitada del atolón. El lugar fue descubierto por un navío al mando del Capitán Cook en 1773; el pequeño archipiélago fue el único lugar que pisó de la entidad política que hoy lleva su nombre. De aquella el lugar estaba deshabitado aunque se encontraron lo que parecían tumbas antiguas. Como era costumbre en la época, Cook le puso al lugar el nombre de un tipo que no se acercó a menos de diez mil kilómetros de allí, un parlamentario llamado Henry Temple, segundo Vizconde de Palmerston. La isla permaneció deshabitada durante casi un siglo hasta que apareció en escena un hombre cuyo legado casi parece digno de una novela de ciencia ficción: William Marsters.

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William Marsters, contigo empezó todo 

Nacido en un rincón de Leicestershire en 1827, Marsters demostró ser un culo inquieto desde bien pronto. A los 16 años se marchó de casa a recorrer mundo en los buques de su Majestad. Tras pasar por California y Nueva Zelanda llegó a las islas del Pacífico Sur en 1856; se estableció en Tongareva, la más septentrional de las Islas Cook, donde  trabajó como carpintero naval durante un lustro. En aquella isla se casó con la hija de un miembro de la realeza local llamada Akakaingaro. Por abreviar le cambiaron el nombre a Sarah. Después se casó también con una de sus primas, llamada Tepou Tinioi. Por entonces lo que hoy llamamos Islas Cook no estaban sujetas al derecho británico (porque no eran parte del Imperio) así que pudo practicar la poligamia alegremente. En 1861 (o en 1862 o 1864 según quién cuente la historia) Marsters se instaló temporalmente en Palmerston. Una vez allí se llevó a otra prima de su primera esposa, llamada Matavia y procedió a desposarla sin mayor ceremonia, sumando ya tres esposas en su haber.

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La mayor parte de los edificios son chozas de madera con tejados de uralita. Se salvan la escuela, la iglesia y la sede del gobierno. 

Lo que iba a ser una estancia temporal se convirtió en definitiva muy pronto. Palmerston era terra nullius y no había más ley que la de Marsters. El británico polígamo dedicó los siguientes años a dos actividades principales: dejar embarazadas a sus tres mujeres y plantar cocoteros para comerciar con el aceite de coco. Con un poblado construido a base de restos de naufragios y apenas unas barcas para moverse entre los atolones, Marsters construyó el imperio más pequeño del mundo. Eran sólo media docena de islotes, pero eran todos suyos. Y siguieron siéndolo cuando el Reino Unido incorporó oficialmente las Islas Cook al Imperio Británico: en 1888 los archipiélagos se incorporaron formalmente al Reino Unido como parte de la Colonia de Nueva Zelanda. Un año más tarde William Masters recibió una licencia sobre el atolón de Palmerston que se extendía hasta 1924.

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Marsters apenas salió de Palmerston hasta su muerte en 1899, ya septuagenario. En el momento de su muerte tenía 23 hijos y 134 nietos, la mayoría de los cuales ya habían abandonado su islote natal. El final de Marsters fue terrible: después de décadas explotando los cocoteros una plaga acabó con decenas de miles de ellos y el atolón se sumió en el hambre.  Una embarcación que pasó por allí llevó ayuda y salvó a las sesenta personas que quedaban en el atolón, pero ya era demasiado tarde para el patriarca de Palmerston. El primer Marsters murió de pura inanición junto con algunos de sus hijos más jóvenes.

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No parece un mal sitio para pasar una temporada, ciertamente. 

Antes de dejar este valle de lágrimas William Marsters dejó su sucesión bien atada. Cada una de sus tres esposas oficiales (tuvo una cuarta pero por la razón que fuera no la incluyó en el testamento) recibiría una parte alicuota de la isla principal y del resto de islotes del atolón. Este arreglo se mantendría también para la descendencia de cada una de ellas, y fue respetado por las autoridades británicas. En 1901 el gobernador general de las Cook puso al hijo mayor de Marsters al frente de Palmerston y en 1924 la concesión británica se renovó por otros treinta años; cuando estas tres décadas se cumplieron, en 1954, el gobierno británico aprobó conceder la posesión de las islas a los desdendientes de Marsters, y Nueva Zelanda respetó esa decisión cuando se hizo cargo de las Cook en 1965.

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Palmerston desde lo alto

En la actualidad sólo se permite residir en el atolón a los desdendientes de William Marsters, con las lógicas excepciones de profesionales cualificados como profesores o médicos. La Palmerston Act, la ley que rige las islas, recoge el testamento de Marsters como fuente fundamental del derecho en las islas, y prohíbe el matrimonio entre miembros de la misma familia. El Consejo de gobierno de Palmerston lo forman seis personas, dos por cada una de las familias de descendientes (Matavia, Akakaingaro y Te Pou), y la alcaldía/presidencia del atolón es rotatoria entre las tres familias. Cuando hay alguna disputa en la localidad son los propios isleños los que se encargan de resolverla, salvo que se trate de un delito grave. No hay demasiados; el último caso fue un individuo que se propasó sexualmente con varios adolescentes de la isla y fue condenado a siete años de cárcel en Rarotonga.

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Una cabina de teléfono por satélite en Palmerston. La parabólica permite a los locales comunicarse con el resto del mundo y encima da sombra, qué más quieren.

La isla hoy puede ser visitada sin problemas siempre y cuando uno tenga un barco que le lleve. Obviamente en un atolón de 70 habitantes rodeado de 250 kilómetros de nada y sin aeropuerto no hay hoteles, y la tradición dicta que el primero en llegar al barco visitante será el encargado de alojar en su casa a los viajeros y de garantizarles una estancia feliz y plena, o sea de que no se mueran de hambre ni aburrimiento. A cambio el visitante se compromete a traer frutas y verduras frescas, regalos variados y el correo pendiente, que sólo se entrega cada seis meses. Y también a abstenerse de comentar la política local, que es un asunto de familia, claro. Por cierto: los Palmerstonianos se declaran orgullosos súbditos de su majestad británica, cuya foto cuelga en la escuela y en numerosos hogares del atolón: en días señalados, incluso se iza la Union Jack en la isla. No en vano Palmerston es el único lugar de las Islas Cook donde la lengua materna de sus habitantes es el inglés. Eso sí, un inglés peculiar, producto de siglo y pico de aislamiento, y que hace que el apellido Masters, con el que nació el fundador de la dinastía, se acabara convirtiendo en Marsters producto del acentazo de Leicestershire del patriarca, que heredaron sus descendientes.

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El club naútico de Palmerston. Hasta un bar tiene. Pero no venden cerveza.

La vida en la isla es la típica en un pueblito de provincias, con su pequeña escuela, su iglesia, su médico (usuario del único vehículo a motor de la isla), sus cotilleos y sus enemistades eternas que nadie sabe de dónde vienen, con la diferencia de que no hay ningún pueblo vecino con el que pelearse porque el más cercano está a dos o tres días de viaje en barco. La principal actividad es la pesca; el lugar más popular para ello se llama “Piedra de rascarme el culo”, no es broma. Hasta finales del pasado siglo la mayoría de las comodidades de la vida moderna como la electricidad o el teléfono no habían llegado al lugar, pero ahora es difícil distinguir Palmerston de cualquier otro archipiélago de las Cook. De hecho, los habitantes del atolón presumen orgullosos de ser el lugar del mundo con un mayor número de neveras y congeladores por habitante: los necesitan para guardar el pescado. La electricidad la obtienen de paneles solares financiados por Naciones Unidas, con generadores diésel de respaldo, y tanto Internet como la telefonía móvil y fija funcionan vía satélite.

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La escuela del atolón, llamada “Palmerston Lucky School”. Todas las mañanas sus alumnos recitan un juramento de fidelidad a las Islas Cook, a Palmerston y a la escuela.

El Representante de la Reina en las Islas Cook es un Marsters, de nombre Tom, que también ha sido vicepresidente del gobierno del archipielago. Pero no es el único Marsters que ha salido de Palmerston. Es más, hoy día hay algo más de un millar de personas vivas con el apellido Marsters, la inmensa mayoría viviendo en Rarotonga o en Nueva Zelanda, y todas ellas descienden del viejo loco que fundó un imperio familiar en Palmerston. Para esos cientos de personas Palmerston es el hogar ancestral, el pueblo de sus antepasados, el lugar al que peregrinar para reencontrarse con la familia.

Fuentes y más info: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11

Si te apetece leer más sobre islas raras cuya existencia desconocías:

Pitcairn, la isla de la endogamia, o como unos marinos amotinados fundaron una colonia

Los esclavos olvidados de Tromelin, o la mayor historia de supervivencia jamás contada

La tragedia de Clipperton, porque quedarse varado en una isla en mitad de la nada a veces no es buena idea.

A diez mil kilómetros de casa y sin embargo en casa: lugares que pertenecen a un país y están muy lejos de él. Como Palmerston.

 

 

 

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2 respuestas a “Palmerston, la isla del fin del mundo donde todos tienen el mismo apellido

  1. David 9-abril-2018 / 10:34 am

    Esta historia ya la había leído, en el libro “Atlas of improbable places” de Travis Elborough y Alan Horsfield. También está muy bien “Pocket Atlas of Remote Islands” de Judith Schalansky, donde entre otras, aparece la tragedia de la isla de Tromelin. Ambos los compré en la librería “Shakespeare and Company” de París, aunque están en inglés. Huelga decir que te recomiendo tanto los libros como la librería. Si quieres te mando alguna historia que te pueda interesar.

    Saludos

  2. chamavaldivieso 9-abril-2018 / 2:30 pm

    Que increíble .. pensar que el día de hoy aun se encuentran lugares así en el mundo.

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