El hombre que cruzaba fronteras

Conocí el Hotel Arbez hace un tiempo en alguna de las múltiples páginas de friquismo fronterizo que adornan el blogroll de esta humilde bitácora. Teniendo en cuenta que Ginebra cae a apenas siete horas y media de coche de Barcelona (Madrid, por ejemplo, está a seis horas de carretera, cinco si se corre un poco y no se para, y cuatro si se es un retrasado mental con un coche de gran cilindrada) planeé cuidadosamente el viaje para realizarlo en noviembre del año pasado. El día del viaje desperté con una descomposición intestinal nivel “las aguas del Mar Rojo se cierran sobre los perseguidores de Moisés” por lo que no sólo no podía conducir siete horas, sino que ni siquiera podía plantearme salir de casa a comprar papel higiénico. Así que cancelé la expedición y esperé mejores tiempos. Hasta que hace un par de meses se alinearon los planetas y disfruté de tres días eximido de cualquier responsabilidad laboral o familiar; pensé que la ocasión la pintan calva y me lancé a recorrer fronteras. Este blog es sólo una excusa para viajar, leches. Aprovechémosla.

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-Sí, hola, Cariño, te mando la foto del sitio que he venido a ver. Sí, es una escalera. Sí, la moqueta es bastante fea y un poco mugrienta, ¡pero la frontera pasa por uno de esos escalones! Sí, me he cogido un avión y luego he conducido una hora por una carretera de montaña para ver esto. ¿Cómo, que te recuerde por qué te casaste conmigo?

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La tragedia de Clipperton

La Isla Clipperton es un pequeño atolón coralino situado en el Océano Pacífico, a unos 1.300 kilómetros al suroeste de Acapulco, en la costa mexicana. Es un islote completamente aislado; la tierra emergida más cercana está a casi mil kilómetros de allí (se trata de la Isla Socorro). Con apenas 9 kilómetros cuadrados de superficie, incluyendo la laguna interior, es un pedazo de tierra sin apenas interés de ningún tipo, tampoco humano, porque está completamente deshabitada. La soberanía sobre el atolón la ostenta Francia, formando parte de las posesiones francesas de ultramar. Pero la isla no fue siempre francesa, y tampoco estuvo siempre deshabitada. Hace cien años fue escenario de una tragedia digna de cualquier drama shakesperiano. Esta es su historia.

Vista satelital de la isla

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El hombre más solitario de la Tierra

Probablemente la persona más aislada y solitaria de la Historia haya sido Michael Collins, el astronauta de la misión Apolo 11 que permaneció en órbita alrededor de la Luna mientras Buzz Aldrin y Neil Armstrong se daban un paseo por nuestro satélite. Se calcula que llegó a estar a más de 5.500 kilómetros de sus compañeros, a la sazón los seres humanos más próximos, lo que le convirtió, durante unas horas, en el hombre más solitario de la historia, que no de la Tierra. Regresando a nuestro planeta, el título del tipo más solitario y aislado del planeta se lo lleva el último superviviente de una tribu amazónica brasileña, cuyos nombres (el del hombre y el de la tribu) se desconocen.  Se encuentra en el estado de Rondonia, y quince años después de la primera noticia sobre él, su vida sigue siendo un misterio.

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Pero ¿quién fue el primero en conquistar el Polo Norte?

¿Fue realmente Robert Peary la primera persona en pisar el Polo Norte? La respuesta es no. Durante gran parte del siglo XX se creyó que había sido él, pero lo cierto es que las pruebas que aportó de su gesta no resisten un análisis detallado. Entonces, ¿quién fue el primero en ver el Polo Norte? La respuesta sorprenderá a más de uno: Roald Amundsen (entre otros), el mismo noruego que llegó antes que nadie al Polo Sur. Nótese que he usado el verbo ver, y hasta lo he puesto en cursiva y todo. Amundsen nunca pisó el Polo Norte, pero lo sobrevoló en dirigible. Entonces, ¿cuándo demonios se pisó el Polo Norte por primera vez? En una fecha tan tardía como 1948, tres años después del final de la II Guerra Mundial y 37 años después de la conquista del Polo Sur. ¿Y quién fue el primero en llegar allí? ¿Cómo lo hizo? Eso es lo que vamos a ver hoy.

Los compañeros de expedición de Peary, supuestamente en el Polo Norte.

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La coincidencia más grande de todos los tiempos

Imaginemos la escena. Una isla deshabitada en mitad del Océano Glacial Ártico. Dos tipos que se han pasado un par de años danzando por el hielo tratando de ser los primeros humanos en visitar el Polo Norte, sin éxito. Más perdidos que el niño de El Sexto Sentido en un cementerio y con menos posibilidades de sobrevivir que un perro en un mercado de Seúl. De repente, una mañana como cualquier otra salen de su agujero en la nieve y ven a un tipo acercándose hacia ellos. ¿Visiones? ¿Delirio? ¿Es Dios y resulta que el cielo es igual de frío que el polo? No, es otro ser humano como ellos, el único en decenas de miles de kilómetros cuadrados. Y lo que es más asombroso todavía, les llama por su nombre. A veces la realidad supera la ficción con creces, y el encuentro de Fridtjof Nansen y Frederick Jackson en la Tierra de Francisco José es una de esas ocasiones.

Recreación artística basada en una foto de Nansen de las vistas habituales en la travesía ártica.

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El mundo entero ha venido al pueblo

Un día como hoy de hace nueve años (nueve años, sí) un comando de 19 terroristas asesinó a casi tres mil personas estrellando aviones en Nueva York, Washington D.C. y Pensilvania. Es algo que todos los que teníamos uso de razón en aquel día inconcebible de hace casi una década recordamos con absoluta precisión. De entre el terror y el estupor que embargó a medio mundo aquel día, hoy rescatamos una pequeña y bonita historia; la de como el pequeño pueblo de Gander, en la isla canadiense de Terranova, tuvo que afrontar la llegada de casi siete mil personas a un lugar que carecía por completo de infraestructuras para alojarlas, y de cómo los habitantes de la pequeña localidad los acogieron y les brindaron una hospitalidad que se recordaría durante mucho tiempo.

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Bienvenido a Gander (fuente)

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Un taxi parisino en Barcelona

Dice la ley de Murphy que si algo puede salir mal, saldrá mal. Se quedó corto. Puro optimismo, el de Murphy. Si algo puede salir mal, saldrá peor, y los sindicatos franceses se encargarán de estropearlo todavía más. Mi Santaesposa™ me llamó el jueves para contarme que probablemente llegaría tarde de su viaje a París por culpa de un volcán en Islandia, lo que sin duda me pareció la peor excusa de todos los tiempos. Después de consultar la prensa on line y creerme lo que estaba sucediendo, empezamos a buscar soluciones para traerla de vuelta, pero no contábamos con el carácter francés. El deporte nacional en Inglaterra es el fútbol, en Estados Unidos mirarse el ombligo y en Francia hacer huelgas en el momento más inoportuno. Los trenes franceses, que ya llevaban nueve días de huelga, siguieron parados. Así pues, sin avión, ni tren, recurrimos al autobús, con el éxito esperado. Todos los autobuses llenos durante los siguientes seis o siete días. Quedaba una última opción: alquilar un coche. Negativo. Todos los coches de alquiler en aproximadamente seiscientos kilómetros a la redonda de la capital de la France estaban ya más que alquilados, a un precio entre cinco y veinte veces el habitual. El chaos and disorder estaba ya instalado en toda Europa, y el vuelo de vuelta del viernes estaba ya cancelado veinticuatro horas antes. Así que, finalmente quedó el recurso más obvio: Parar un taxi y decirle al tío “A Barcelona, oiga. Y deprisita”.

El taxi parisino en el que regresó mi mujer, en la Avenida Diagonal. Arriba a la derecha, el luminoso del Hospital de Barcelona

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Cosas que hacer en Europa cuando estás muerto… de frío

Hay quienes dicen que llegada una edad es hora de asentar la cabeza. Decepcionémosles.

Ignacio Izquierdo. Crónicas de una cámara.

Supongamos que un bloguero cualquiera tiene un trabajo que, por regla general, implica madrugar y conducir mucho. ¿Qué es lo que haría si tiene un par de días de vacaciones? ¡Exacto! Emplearlos en madrugar más de lo normal y conducir más de lo humanamente recomendable. Si a ello le añadimos la mayor ola de frío que ha padecido Europa en décadas, ¿qué tenemos? Efectivamente, un bloguero congelado en mitad de la autopista. Aprovechando un viajecito cortesía de la empresa que me permite pagar la conexión a Internet y, por tanto, martirizar a mis lectores con esta clase de entradas, me fui a conocer dos lugares que llevaba tiempo queriendo visitar; Baarle y el trifinium del Monte Vaals. Esta es la crónica.

Hace frío, claro que hace frío. ¿Dónde creías que estabas? ¿En Florida?

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Deutsch Jahrndorf: Behind the scenes

(Hace unos días: El último pueblo del mundo libre).

Mi pasión por las fronteras comenzó hace algo menos de dos años, cuando, con mucho insomnio y un ADSL de veinte megas por toda compañía, me dediqué noche tras noche a leer la Wikipedia, saltando de tema en tema como el que picotea en un bufé libre. Desde que leí entradas como la de Vaalserberg, o la triple frontera en las cataratas del Iguazú, quise poner un pie en un trifinium. Cuando en julio mi mujer y yo organizamos las vacaciones centroeuropeas (Praga, Viena y Budapest), ya sabía perfectamente lo cerca que quedaba la triple frontera de la autopista de Bratislava a la capital húngara. Así que, tras alquilar un coche en la Hertz de Praga, emprendimos el camino hacia Hungría, con escala en tres fronteras.

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Sobre estas líneas, la frontera entre Chequia y Austria, camino de Viena. Debajo, otra vista del mismo lugar mirando hacia la República Checa, plagada de anuncios de casinos, prostíbulos y restaurantes. La zona fronteriza checa está llena de este tipo de establecimientos, además de decenas de gasolineras.

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El primer Road Trip de la historia

El concepto de Road trip, un lago viaje en coche, motocicleta o autobús por placer, necesidad, trabajo o cualquier otro motivo, es, como tantas otras cosas, un invento más o menos estadounidense. El individualismo es una de las características más acusadas de la sociedad americana, para bien o para mal, y el coche es el complemento perfecto para cualquier estadounidense medio. Hasta la aparición del automóvl, únicamente el tren garantizaba un viaje a una velocidad aceptable (digamos, superior a los treinta kilómetros por hora), y cruzar un país como Estados Unidos era prácticamente una odisea, como lo era recorrerse cuatro o cinco mil kilómetros en cualquier otra parte del mundo. La llegada del vehículo particular supuso, como hemos podido comprobar en el siglo y pico que ha pasado desde entonces, una auténtica revolución. De repente todo estaba mucho más cerca. Pero en las primeras décadas del siglo XX las carreteras pavimentadas eran escasas, también en Estados Unidos. Aún así, en 1903, un médico llamado Horatio Nelson Jackson realizó el primer viaje en coche coast-to-coast al recorrer los más de cinco mil kilómetros que separan San Francisco de Nueva York a lo largo de más de dos meses de trayecto, del que más de la mitad se hizo campo a través.

Horatio Nelson Jackson al volante de su automóvil, durante el primer road trip de la historia.

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