Tierra de Nadie | Los vestigios de la metrópoli | El país que no existe
Los balcones del hotel se asoman a la playa. Decenas de cuadrículas idénticas repartidas en las doce plantas de la torre disfrutan de unas inmejorables vistas sobre el mar Mediterráneo. Bajo ellas, las sombrillas, los pedalos y la arena fina completan una postal idílica de unas vacaciones estivales. Salvo por el detalle de que hace más de medio siglo que nadie se asoma al balcón, ni en ese edificio ni en cualquiera de los centenares de ellos que hay esparcidos a lo largo de kilómetros y kilómetros de playa. Lo que en julio de 1974 era uno de los mayores complejos vacacionales de Europa, en agosto de ese mismo año se convirtió en la ciudad abandonada más grande del mundo. Y así ha mantenido durante, por ahora, cincuenta y dos años.

«¿Preferis caminar o montar en bicicleta?» La batería de preguntas y órdenes de la, por otro lado, absolutamente encantadora policía de la entrada al recinto (¿lleváis banderas en la mochila? ¿y carteles reivindicativos? Está terminantemente prohibido salirse de las zonas indicadas) concluyó con esa cuestión, y estableció así el tono de nuestra visita. Estábamos entrando en una zona militar, pero también en una atracción turística. En un kiosko a pocos metros de allí tomamos un par de mapas de la ciudad, y nos ofrecieron de nuevo alquilar unas bicicletas por cuatro euros o un patinete eléctrico por dieciséis. Decidimos pese a todo caminar, deseosos de no perdernos detalle alguno del derrelicto, que era, al fin y al cabo, una de las visitas más destacadas de nuestro viaje.


A finales de los años 50 y principios de los sesenta se desarrolla el turismo de masas, sol y playa en el sur de Europa. El nacimiento de las clases medias, la aparición de las vacaciones de una semana en los empleos y la expansión de la aviación comercial con la llegada de los primeros aviones a reacción permite que miles de trabajadores del Reino Unido, Escandinavia o Alemania viajen cada verano en busca de un clima más benigno. En la costa española, pueblos de pescadores como Benidorm o Nerja se transforman en destinos turísticos de primer orden y proceden a levantar rascacielos y complejos vacacionales para alojar a los visitantes llegados de fuera. Cuando Chipre se independiza del Reino Unido en 1960, se encuentra con abundantes británicos en la isla, una población que habla inglés en un porcentaje elevadísimo y un montón de playas vírgenes, así que procede a una turistificación tardía pero veloz. La ciudad elegida para ser el emblema turístico de la isla fue Famagusta, al sur del país. En el lugar se creó todo un distrito nuevo para alojar hoteles y apartamentos, que en apenas una década se convirtió en uno de los destinos más codiciados de toda Europa. Allí los paparazzi, otro fenómeno nacido al mismo tiempo, fotografiaron a Brigitte Bardot, Sofia Loren, Paul Newman o Elizabeth Taylor. Varosha creció hasta los cuarenta mil habitantes; miles de chipriotas tenían allí su segunda residencia, y había más de diez mil camas en los cuarenta hoteles en primera y segunda línea de mar. Un lugar feliz, de playa, de helados, de Halloumi y Moussaka junto a la arena y noches en la discoteca al aire libre. Y entonces llegó la guerra.


La invasión turca de Chipre comenzó al amanecer del 20 de julio de 1974, cinco días después del golpe de Estado patrocinado por la junta militar ateniense que acabó con el Arzobispo Makarios, presidente del país, huyendo en una aeronave británica. En cinco días las tropas turcas conquistaron Kyrenia y establecieron un corredor seguro hasta el norte de Nicosia. Los turistas fueron rápidamente evacuados de Varosha, pero los cuarenta mil grecochipriotas de Famagusta permanecieron en sus casas. Las hostilidades se detuvieron durante tres semanas, aprovechadas por los turcos para enviar cantidades ingentes de refuerzos, que los griegos no pudieron contrarrestar. Mientras en la ONU las conversaciones de paz se sucedian, los dos ejércitos se preparaban para la reanudación de los combates, que llegaría el 14 de agosto. En menos de 24 horas las tropas turcas llegaron a Famagusta, propiciando la huída de todos sus habitantes, incluidos los de Varosha. El ejército británico envió a sus unidades del enclave de Dekelia para ayudar con la evacuación de emergencia. Fue todo tan rápido que la gente se fue con lo puesto, dejando incluso platos a medio comer en la mesa, además de todas sus posesiones. Pensaban que podrían regresar más adelante, pero casi ninguno de ellos lo hizo jamás.


Tras el alto el fuego del día 18 de agosto, Varosha quedó dentro de la Línea Verde, la zona desmilitarizada bajo control de Naciones Unidas, mientras que el resto de Famagusta se transformó en Gazimagusa, su nombre en turco. Turquía no tenía intención de conquistar Varosha, donde no había un solo turco, pero al encontrársela vacía los soldados turcos procedieron a sellar el distrito y a prohibir su entrada a cualquier persona ajena a sus tropas, con la excepción de algunos soldados de Naciones Unidas. Sin mantenimiento, los edificios empezaron a decaer rápidamente, y de forma cada vez más obvia la naturaleza fue reclamando el territorio. El asfalto se cuarteó, el hormigón empezó a deshacerse y el viento y la lluvia rompieron cristales e inundaron sótanos. Y a eso se sumó el saqueo, claro. Cualquier cosa de valor en los miles de apartamentos y hoteles vacíos fue robada en los primeros meses de abandono. Mobiliario, electrodomésticos, ropa, básicamente todas las posesiones de los chipriotas que habían huido pasaron a manos turcas. Con los años no quedó prácticamente nada de valor en el interior de los edificios, despojados incluso de sus instalaciones de fontanería y electricidad. Durante décadas apenas unos pocos privilegiados y algún que otro explorador urbano muy atrevido pudieron acceder a los seis kilómetros cuadrados de territorio que el ejército turco había sellado en 1974. El gobierno turcochipriota mantuvo el enclave como moneda de cambio para conseguir concesiones del sur, pero nunca pudo utilizarlo.



Los primeros civiles accedieron a Varosha en 2017; inicialmente sólo se permitía el acceso a nacionales turcos o turcochipriotas. A partir de 2020 y tras una visita del presidente de Turquía, la ciudad fantasma se abrió al público como algo parecido a un museo al aire libre. El recorrido no permite la entrada a ningún edificio, ni tampoco salirse de las calles principales, asfaltadas recientemente, y que contrastan con el hormigón comido por los hierbajos de las calles laterales. Aproximadamente un 10% de la superficie del complejo es accesible para los turistas, que pueden recorrer los siete kilómetros de calles abiertas al público a pie, en bicicleta, en un patinete eléctrico o incluso en un carrito de golf con guía. Es perfectamente legal, nos explicaron en la entrada, ir a la parte de la playa accesible desde el interior, extender una toalla y tomar el sol o bañarse, bajo la atenta mirada de decenas de esqueletos vacíos de hormigón. Es el epítome del turismo oscuro.



A los chipriotas que tuvieron que huir y a sus descendientes, sin embargo, no les resulta en absoluto divertido. La apertura al público de la ciudad fantasma escondía también el inicio de su uso por parte del ejército turco. En la calle principal del resort no dejan de pasar camiones y furgonetas, que vienen de Famagusta y se dirigen hacia quién sabe dónde. No es difícil atisbar que en el interior del distrito hay edificios renovados recientemente, que por lógica sólo pueden estar bajo control del ejército. Los antiguos propietarios de los apartamentos y los edificios, y sus herederos, esperaban recuperar algún día sus propiedades, pero cada día que pasa es más difícil. No sólo porque las propiedades en cuestión se están cayendo a pedazos, sino porque Turquía se niega a reconocerlas en primer lugar. Por todo el recinto abundan los carteles de propaganda en los que se explica que en realidad toda Varosha pertenecía a Evkaf, una institución otomana que gestionaba (y gestiona) las donaciones y la caridad en Chipre del Norte. Según los documentos que muestran al público, todo el territorio de Varosha fue una donación al Evkaf en el siglo XVI y por lo tanto no puede ser vendido, cedido o donado otra vez, no importa cuantos siglos o milenios pasen. Hay varias resoluciones de la ONU prohibiendo explícitamente la rehabilitación de Varosha y su repoblación. Los argumentos de Turquía legalmente no tienen ningún sentido, pero la guerra no suele ir de quién tiene razón, sino de quién tiene más tanques para imponer su relato.



El acceso a Varosha es libre y gratuito todos los días; en invierno cierra a las cinco y en verano a las siete; algunos días abre hasta las ocho. En el interior, además del puesto de alquiler de bicicletas, hay dos bares, uno de ellos junto al mar, bien surtido de cervezas locales y de importación. Para los habitantes de Famagusta, es el equivalente de un parque público. Van allí a pasar el día, a hacer deporte o a pasear. Grupos de adolescentes juegan y ríen por las calles, a la sombra de los rascacielos abandonados mientras los guiris como nosotros fotografían las ruinas y los recuerdos de decenas de miles de personas. Desde el cierre de Prípiat, Varosha es la ciudad visitable en ruinas más grande del mundo, y una de sus atracciones turísticas más disfuncionales. Las cifras oficiales hablan de medio millón de visitantes al año. Es obvio que el objetivo a largo plazo es reurbanizar y restaurar un resort turístico que estuvo entre los más codiciados de Europa; la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa.



La primera vez que se habló de Varosha en este lugar quedaba casi una década para que los primeros civiles accedieran, y se hablaba de que el lugar llevaba treinta y cuatro años abandonado. Es decir, hace dieciocho años que apareció por aquí:
Las fronteras de Chipre (III): la ciudad abandonada
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Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
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18 años de aquella entrada, que habré leído hace bastante menos, pero seguramente siga siendo hace al menos 8 años. Que eso es 2018, da miedo.
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