El Mapa de Internet

Estas líneas fueron escritas a lo largo de dieciocho días desde un ordenador portátil marca Hewlett Packard en una habitación de hospital y en la mesa del comedor de mi casa en Barcelona. Sin embargo, para que tú, amable internauta, puedas estar leyéndolas ahora, han tenido que realizar un viaje absolutamente asombroso. Muchos viajes, de hecho. Mientras este artículo tomaba forma lentamente, cada una de las 32 veces que he pulsado el botón de “Guardar borrador”, se ha puesto en movimiento la aguja del disco duro de un servidor situado en Chicago, donde tiene su datacenter principal Automattic Inc., la compañía que aloja Fronteras y otros sesenta millones de blogs y páginas web. Una vez publicada esta anotación, una copia de ella se ha transmitido a varios de los casi cuatro mil servidores de la compañía, localizados en 28 ciudades de 17 países. Cada vez que alguien ha decidido dedicar parte de su normalmente escaso tiempo libre a leerla (gracias, por cierto), las 7.847 palabras y los 48.749 caracteres de este texto, transformados en increíblemente breves parpadeos de luz de una determinada longitud de onda, han sido enviados a través de decenas de redes y miles de kilómetros de cables. Dependiendo de la ubicación física del lector estas líneas les habrán sido enviadas desde una ciudad u otra. Los lectores españoles de Fronteras (un 45% del total, por si os interesa saberlo) probablemente hayan recibido la copia almacenada en Madrid, aunque una cuarta parte de ellos leerán exactamente el mismo texto pero alojado en Ámsterdam, Londres, París o Milán. Los lectores que hayan accedido desde América del Sur (más o menos un 30%) se habrán conectado casi con total seguridad a los servidores que almacenan esta entrada en Sao Paulo, mientras que los centroamericanos habrán recibido sus bits desde Miami y los mexicanos (un 10% de los lectores) desde Dallas, Atlanta o San José, California. No concebimos Internet como algo físico y tangible, pero lo es, y mucho. Dos de las características de la Red son su descentralización y su instantaneidad, pero ni la una ni la otra lo son tanto como creemos. El componente geográfico de la Red es totalmente indisociable del mismo concepto de Internet y es, de hecho, una parte fundamental de su funcionamiento. De los mineros de bitcoin chinos a los datacenter submarinos de Microsoft, todo lo que llamamos Internet se encuentra en algún lugar o, más habitualmente, en muchos lugares a la vez. En gran medida Internet es, como decía aquel senador de Alaska, una serie de tubos, decenas de millones de kilómetros de ellos. Hoy en Fronteras vamos a esbozar un mapa de esos tubos. 

En alguno de los servidores que aparecen en este vídeo estaba alojado este blog allá por 2009 (Barry at WordPress)

Pocas historias hay más apasionantes que la del primer cable telegráfico transoceánico. Tampoco las hay mucho más relevantes en lo que supusieron para la formación del mundo tal y como lo conocemos. Una década de intentos fracasados, plagados de ruinas, desastres, retrasos y todo tipo de desgracias, hasta que por fin se consiguió reducir la distancia temporal entre América y Europa de diez días a apenas unos minutos en 1866. Aquel primer cable fue un hito tecnológico no sólo increíblemente meritorio para su época sino absolutamente crucial para la nuestra: la aparición de las comunicaciones instantáneas globales supuso un cambio de paradigma similar, si es que no más relevante, a la aparición y el desarrollo de Internet siglo y pico más tarde. De hecho, en 1998 el autor británico Tom Standage acuñó la expresión “Internet Victoriana” para referirse a la red global de comunicaciones telegráficas que se estableció en el último cuarto del siglo XIX y que abarcó los cinco continentes tras la conexión de Darwin, en Australia, con la isla hoy indonesia (entonces holandesa) de Java, en 1871, tan solo cinco años después del éxito definitivo en el Atlántico.

Mapa del primer cable telegráfico trasatlántico (clic en la imagen para ampliar)
All Red Line, mapa del sistema telegráfico británico a principios de la década de 1900, que abarcaba los cinco continentes y que fue absolutamente crucial para el mantenimento del Imperio
Las estaciones telegráficas de Heart’s Content en Terranova (arriba) y Valentia Island en Irlanda, los dos extremos del primer cable trasatlántico de la historia (Wikipedia, The Independent)

La invención del teléfono supuso un lento pero inevitable declive del telégrafo como sistema de comunicación global, aunque las llamadas intercontinentales por cable no fueron posibles hasta 1956, cuando finalizó la construcción del TAT-1, el primer cable telefónico trasatlántico, que sirvió, entre otras cosas, para la habilitación en 1963 del famoso Teléfono Rojo entre la Casa Blanca y el Kremlin, que, por cierto, no era un teléfono sino un teletipo, un sistema de fax a partir de 1986 y actualmente dos servidores seguros de email. Antes de que se tendieran los cables telefónicos en el lecho marino, la única manera de llamar a otro continente era a través de la radio, pero para cuando el cable telefónico trasatlántico fue desplegado, el telégrafo existía ya únicamente como medio para enviar telegramas de felicitación, que siguieron estando de moda unas décadas más, y para los servicios de noticias, a través de teletipos. En los ochenta llegaron por fin los cables de fibra óptica, que podemos considerar los primeros cables capaces de transportar Internet de un lado a otro del océano. Como siempre, el primero se tendió en el Atlántico norte; se trató del TAT-8, que como el lector habrá deducido, fue el octavo cable en cruzar el Océano Atlántico, en 1988. El TAT-1 era capaz de transportar simultáneamente 31 conversaciones telefónicas (y dos telegráficas). El TAT-8 podía transmitir más de cuarenta mil.

Mapa del TAT-8, primer cable con tres puntos de anclaje en tierra gracias a una bifurcación colocada estratégicamente en la plataforma continental británica (ResearchGate)
Una sección del TAT-8 expuesta en el Museo de la Ciencia de Londres. El cable permaneció operativo hasta 2002. (Science Museum)

Tender un cable transoceánico es algo bastante caro. El TAT-8 antes mencionado costó más de 330 millones de dólares de la época, unos 700 millones en dólares de 2019. Hasta 35 empresas diferentes formaron parte de su accionariado para compartir costes, entre ellas las mayores compañías globales de telecomunicaciones como Alcatel o AT&T. A partir de la segunda mitad de los noventa y coincidiendo con los inicios de la burbuja puntocom, se desató una fiebre del cable submarino con epicentro en el Océano Pacífico, que concentró casi tres cuartas partes de los más de veinte mil millones de dólares que se invirtieron entre 1999 y 2001.  Había que conectar a los miles de millones de personas que iban a tener acceso a la red en los siguientes años, mayoritariamente a través de sus teléfonos móviles. Internet, lo repetiremos muchas veces aquí, es un reflejo de la realidad socioeconómica y demográfica del mundo. La Red es geográfica.

ARPANET, la red precursora de Internet, en 1969. ARPANET era una red de ordenadores gestionada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos pensada para conectar diferentes centros académicos y maximizar la eficiencia de los recursos informáticos en una época en la que la capacidad de procesamiento costaba cientos de miles de veces más que ahora. Antes de que la red estuviera lista hubo que inventar su funcionamiento: dividiendo un mensaje en paquetes y con múltiples caminos para llegar a cada nodo. La comunicación entre nodos se hacía a través de las líneas telefónicas estándar, con una capacidad de transmisión escasa. El primer paquete de datos de la Historia se envió a las diez y media de la noche del 29 de octubre de 1969.
Este aparato de la fotografía con cierto parecido a una nevera es el Kilómetro Cero de Internet (Timeline Computer Archive). Se trata de un Procesador de Mensajes de Interfaz (IMP) Honeywell DDP-516 que fue instalado en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) en el otoño de 1969. Otros tres similares en Utah, Stanford y la Universidad del Sur de California fueron los primeros de lo que hoy en día hemos acabado llamando Internet. La habitación donde fue colocado el primer nodo de Internet es hoy un museo.
ARPANET en 1973. Cuatro años después de su creación  aproximadamente cuarenta ordenadores se habían sumado a la red, incluyendo dos instituciones en Oslo y Londres conectadas vía satélite. Para entonces se habían inventado dos de los pilares de la Internet contemporánea. El protocolo FTP para la transferencia de archivos y el correo electrónico. El Email as-we-know-it lo inventó Ray Tomilson, que desarrolló el protocolo de intercambio y el formato de las direcciones de correo, con la arroba (@) separando el nombre del usuario de la máquina en concreto a la que se conectaba. Posteriormente y con la aparición de los dominios de Internet y de la Web este formato se adaptó a todos los correos electrónicos masivos.
Internet en 1984. Durante sus primeros trece años de vida, la Red estuvo gestionada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Llegó un punto en el que el volumen de transmisiones era demasiado alto para estar centralizado y los militares decidieron descentralizar el invento. Para ello le pidieron a dos informáticos, Robert Kahn y Vint Cerf, que desarrollaran un protocolo de comunicaciones que permitiera a cualquier ordenador comunicarse con cualquier otro sin necesidad de una red centralizada. El resultado fue el conjunto de protocolos que conocemos como TCP/IP, los cimientos en los que se basan todas las comunicaciones de la Red. La adopción de TCP/IP supuso un cambio de paradigma en las comunicaciones; de repente todas las redes existentes (unas 15 por entonces, mayoritariamente de instituciones federales norteamericanas) podían interactuar entre ellas fuera cual fuese su hardware, software o ubicación; en 1990, cuando ARPANET fue desmantelada, era uno de los más de mil nodos de lo que ya se conocía como Internet.
Internet en 1993, justo antes de explotar: tráfico en los foros de Usenet, creados en 1979 y que aún existen. En 1990 el programador británico Tim Berners-Lee desarrolló el protocolo de transferencia de hipertexto o HTTP, la base de lo que llamamos la World Wide Web, o la web a secas. En el habla común los conceptos Internet y Web se solapan, pero lo cierto es que la segunda es una parte de la primera, que abarca una variedad mucho mayor de comunicaciones. Hasta 1994 las conexiones a Internet se hacían a través del Backbone, o la Espina Dorsal de Internet, una red de cables de alta velocidad mantenidos por el gobierno de Estados Unidos a la que cualquiera podía conectarse desde cualquier lugar del mundo. En ese año la administración Clinton decidió privatizarla, naciendo así la Internet que conocemos hoy.

En el año 2000 había 400 millones de personas conectadas a la red en casa o en el trabajo. En 2020 esa cifra será de casi cinco mil millones, dos terceras partes de la humanidad. Hace dos décadas la inmensa mayoría de los usuarios de la Red estaban en Estados Unidos y Europa Occidental. Hoy la mayor parte de Internet está el sureste asiático, como lo está la mayor parte de la población mundial. Para afrontar el monumental crecimiento del tráfico en la Red en los últimos veinte años las operadoras, y más tarde los proveedores de contenido, han desplegado una red de cables sumbarinos que abarca todos los continentes habitados. De hecho abarca casi todas las tierras emergidas donde vive alguien. Hay 410 cables activos que reposan en el fondo de los Océanos, totalizando alrededor del millón y medio de kilómetros. Por estos cables pasa prácticamente toda la información de Internet. Barcos especializados trabajan durante meses para tender minúsculos hilos de fibra óptica a lo largo de miles, o decenas de miles de kilómetros. Las rutas de los cables son un calco de las rutas marítimas, que no son, de nuevo, más que un reflejo de la geografía económica y la demografía del mundo. 

Cables de fibra submarinos activos y previstos para 2020. El mapamundi se puede consultar aquí: Telegeography Submarine Cable Map

 

Mapamundi de los cables submarinos, tomado de submarinecablemap.com, un mapa interactivo que permite seleccionar un cable en concreto y conocer su longitud total, año de puesta en funcionamiento, propietarios y puntos de contacto en tierra. Se puede uno pasar horas mirando cablecitos.

Cualquier cable de telecomunicaciones transporta básicamente una sola cosa: información. Y a estas alturas ya sabemos que la información es poder. No es casual que en las guerras mundiales algunas de las primeras acciones consistieran en cortar los cables submarinos de las potencias rivales. Gran Bretaña, a los pocos días de declararle la guerra a Alemania en la Gran Guerra, ya se había encargado de cortar los cinco cables que unían al país con España, Francia, Portugal y Estados Unidos, obligando a los germanos a comunicarse por radio, emisiones que la Habitación 40 podía escuchar. Mucho mejor aún que impedir la comunicación del enemigo es interceptarla, claro. Uno de los casos más exitosos de la historia del espionaje fue la llamada Operación Ivy, en la que el ejército norteamericano consiguió grabar todas las conversaciones telefónicas de la principal base naval de la Unión Soviética en el Pacífico, la de Petropavlosk. Buceadores salidos de un submarino instalaron dispositivos de grabación a cientos de metros de profundidad en el Mar de Ojotsk, y repitieron la operación una vez al mes durante ocho años para cambiar las cintas, todo sin que los rusos se percataran de que estaban siendo espiados: tal era la confianza del Kremlin en su cable submarino que ni siquiera encriptaban las conversaciones. La inteligencia que obtuvieron los estadounidenses fue clave para alcanzar los acuerdos SALT II, firmados en Viena en 1979, y que limitaron en gran medida la proliferación de misiles balísticos intercontinentales en plena guerra fría.

El aparato para grabar las conversaciones en la Operación Ivy Bells medía seis metros de largo y pesaba otras tantas toneladas. Los soviéticos descubrieron su existencia gracias a Ronald Pelton, un analista de la NSA que vendió la información a la embajada de la URSS en Estados Unidos por 37.000 dólares en 1980. Posteriormente la deserción de un agente soviético permitió a los estadounidenses conocer la identidad del agente doble. Pelton fue condenado a tres cadenas perpetuas en 1986 y fue liberado en 2015 tras 29 años en prisión. El dispositivo se exhibe hoy en el Museo de la KGB en Moscú.

Si es posible espiar lo que pasa por un cable a cientos de metros de profundidad en las aguas territoriales del enemigo, qué no será posible hacer cuando la inmensa mayoría del tráfico  de datos a nivel mundial discurre físicamente por tu territorio. En el 611 de la Calle Folsom de San Francisco está el Edificio SBC, propiedad de la compañía telefónica AT&T, la más grande de Estados Unidos. En la tercera planta se halla la Habitación 641A. En esta habitación se encuentra una estación de intercepción de la NSA, la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Durante al menos una década AT&T desvió mediante divisores de haz todo el tráfico de su fibra óptica a esa estancia para su procesamiento por parte de la inteligencia norteamericana. Hoy, tras las revelaciones de Edward Snowden en 2013, sabemos que por lo menos los metadatos de prácticamente todas nuestras actividades online (páginas que visitamos, emails, llamadas telefónicas) quedan registradas no sólo por las compañías que nos prestan el servicio sino por agencias gubernamentales de los cinco continentes a través de programas como PRISM o Tempora. También sabemos que los dueños de los cables submarinos les entregan los datos que pasan por sus redes a los servicios secretos de diferentes países. Dada la estructura de la Red, ninguno de nosotros es capaz de decidir por dónde circulan nuestros datos y al alcance de quién están. En realidad, podemos dar por sentado que todo lo que hacemos en la red, y todo lo que nuestros dispositivos hacen por su cuenta, es monitorizado por todos los gobiernos del mundo de una forma u otra a través de la infraestructura física común a todos los internautas.

La habitación 641A, una puerta anodina en un pasillo mal iluminado atestado de armarios de comunicaciones (Wikimedia Commons)
Gran Hermano del desierto. Los datos que la Agencia de Seguridad Nacional obtiene de sus programas de vigilancia masiva se almacenan en este Centro de Datos en Bluffdale, Utah. Inaugurado en 2013 y con un coste de mil quinientos millones de dólares, es uno de los más grandes del mundo. Por razones más que obvias no existen fotos de su interior, pero se supone que absolutamente todo es hecho a medida para la NSA.

Una red es una conexión entre nodos. Cada nodo puede ser un ordenador, un servidor o una impresora que te has dejado encendida en la oficina. Internet es una red cuyos nodos son otras redes. Por eso diferenciamos entre la red y la Red, con mayúscula. En inglés hay todo un debate acerca de si la palabra Internet debe escribirse como nombre común o propio. Aquí, en este blog de ustedes, se opta por lo segundo. Decíamos antes que el usuario no puede controlar por dónde circulan sus datos y por tanto al alcance de quién están. La estructura de la Red lo hace imposible salvo que uno cuente con su propio cable para enviar datos de un punto A a un punto B.  La transmisión de datos en Internet funciona a través del encaminamiento o enrutamiento. En pocas palabras: cada nodo de la Red (cada nodo es en si mismo una red, recordemos) está conectado a otros nodos y teniendo un origen y un destino es capaz de buscar la ruta más rápida u óptima para la transmisión de los datos. Las expresiones “más rápida” y “óptima”, sin embargo, no significan necesariamente lo que sugieren. Los datos recorren rutas que pueden ser absurdamente largas porque en el momento en el que se realiza la petición la ruta más corta está demasiado transitada, no está bien programada, o no está disponible por una miriada de razones. Por poner un ejemplo: un 25% de los datos entre Singapur y Bangalore, el polo de desarrollo tecnológico de la India, pasan por Europa y Estados Unidos. Sólo un 5% siguen la ruta más directa a través de los cables submarinos más cercanos. Casi la mitad del tráfico entre Hannover y Fráncfort pasa por París, como lo hace buena parte del tráfico entre Madrid y Barcelona

Los datos viajeros (Quartz)

En el mundo físico el tránsito de una red a otra se realiza en gran parte en los llamados puntos neutros, grandes infraestructuras donde las redes más importantes se conectan unas con otras de forma directa y gratuita, ahorrándose así intermediarios, costes y tiempo. La ruta que recorren los datos es una ruta virtual, pero también es física. Cada una de las líneas que componen esta anotación ha recorrido en forma de impulsos luminosos miles de kilómetros, atravesando puntos neutros en Chicago, Nueva York, Dallas, Sao Paulo, Fráncfort o Madrid antes de entregarse en la pantalla del móvil o del ordenador de los lectores. Internet nos permite el don de la ubicuidad, pero no es ni remotamente ajena al mundo físico; un punto neutro puede estar en cualquier parte, pero de forma nada sorprendente, la geografía y la demografía son determinantes para situarlos. El mapa de Internet es, al fin y al cabo, un mapa de nuestro mundo.

Edificio del Punto Neutro de Londres, conocido como Linx (UK dedcated servers)
Puntos neutros en el Cono Sur, África y el área metropolitana de Nueva York, que tiene casi los mismos que todo el continente africano (vía Internet Exchange Map)

Cuando a principios de los noventa se empezó a vislumbrar lo que Internet iba a significar para la sociedad contemporánea los medios y las compañías telefónicas elaboraron una serie de expresiones para educar al gran público y explicarles la que se les venía encima. “Ciberespacio”, “Surfear la web”, o, como ya hemos visto, “Red de redes” y “Autopistas de la información“. Esta última frase es obra de Al Gore, vicepresidente de Estados Unidos entre el 93 y el 2001, y es una metáfora un poco engañosa. Las autopistas nos sugieren anchas rutas por los que circulan vehículos. O sea, cables por los que discurren datos. Pero no es exactamente así. Las redes físicas no sólo llevan datos, también llevan otras redes. Esos datos, parpadeos de microsegundos, son también las redes que hacen Internet. Un cable puede tener un propietario pero la luz que circula por él a otro y el ancho de banda, que no es lo mismo que lo anterior, pertenecer a un tercero, y los datos codificados en esa luz, ser propiedad de otra media docena de actores. El mapa de Internet es, en realidad, un montón de mapas que se superponen física y virtualmente.

Poste indicador en Tuckerton, Nueva Jersey, indicando el recorrido de los cables de fibra óptica por el campo (Quartz)
Bolardo de plástico indicando que hay un cable de fibra enterrado debajo en Norkesville, Virginia (Wikimedia Commons)
Mural en el edificio del 32 de la Avenida de las Américas, en Manhattan (Bob Cromwell). Construido en 1930, alojó durante setenta años la infraestructura de las líneas de larga distancia de AT&T, hoy se encuentran allí centros de datos y técnicos de una buena cantidad de empresas.
Potentes ventiladores en la azotea de un centro de interconexión situado en el 50 de la Calle Hudson, en Manhattan (Peter Garritano). A la derecha de la imagen, el 32 de la Avenida de las Américas

El meme de mal gusto que te ha enviado por Whatsapp ese compañero de trabajo que se ríe muy fuerte de sus propios chistes está almacenado en alguno de los cientos de miles de servidores que Facebook tiene activos en cualquiera de los quince monumentales centros de datos que la compañía ha levantado por medio mundo, de Singapur a Suecia y de Nebraska a Irlanda. Cargar la página de inicio estándar de Facebook de un usuario cualquiera supone acceder a cientos de servidores, que manejan un par de decenas de miles de piezas separadas de datos y los entregan en la pantalla del usuario en aproximadamente un segundo. Es poco menos que un milagro devenido en vulgar por lo cotidiano. Google también dispone de una quincena de datacenters en Estados Unidos, Singapur, Taiwán, Holanda, Bélgica, Irlanda, Chile y Finlandia. En esos servidores Google almacena practicamente la totalidad de la internet pública accesible a buscadores, o sea el pequeño porcentaje de la red al que sus arañas pueden entrar sin restricciones. Petabytes de datos perfectamente indexados a los que se acceden unas cuatro millones de veces por minuto. En esos mismos sesenta segundos Youtube entrega 75.000 horas de vídeo (eso son 3.125 días, u ocho años y medio), y 300 horas más de nuevos vídeos se suben al servidor. Son cifras de una escala épica, inmanejable para los seres humanos, y que requieren ingentes cantidades de espacio y energía.

Una sala de servidores en el Data Center de Facebook en Pineville, Oregón. Los centros de datos son edificios extremadamente complejos con una enorme cantidad de requerimientos. Cuentan con sus propias subestaciones eléctricas (en algunos casos con sus propias fuentes de electricidad renovable), y el consumo de electricidad puede equivaler al de una ciudad pequeña, y los grupos electrógenos alimentados por diesel contienen cientos de miles de litros de gasóleo.
Un centro de datos de Google en Dublín (Quartz)
The World Web Map (clic en la imagen para ampliar), un mapa bastante antiguo (2007) en el que a cada país se le asigna una web o conjunto de webs basándose en su superficie. Así, Rusia, país más extenso del mundo, es Google, la web con más tráfico del mundo en aquella época). Facebook era Arabia Saudita (hoy sería Estados Unidos) y Youtube Sudán (hoy sería Canadá). Webs chinas que aparecen en Angola, Guinea-Bisaú o la República Democrática del Congo hoy figuran entre los diez primeros sitios de Internet.

Cada centro de datos necesita su propio mapa. El típico datacenter de Facebook tiene 120.000 kilómetros de fibra óptica repartidos por las instalaciones, tres veces la longitud del ecuador. Cuentan también con sistemas redundantes eléctricos y líneas de alta tensión para el monstruoso suministro de energía que requiere el funcionamiento y especialmente la refrigeración de las decenas de miles de servidores donde se guardan nuestros secretos. Tanto Google como Facebook operan en todo el mundo, y para entregar la vastísima cantidad de datos que sus miles de millones de usuarios reclaman sin cesar han tendido sus propios cables submarinos, ahorrándose compartir su autopista particular con el resto de la red. Lo mismo han hecho otros monstruos como Microsoft o Amazon: el mapa de Internet no pertenece ya en exclusiva a los operadores de telecomunicaciones tradicionales: los proveedores de contenido suponen un porcentaje lo suficientemente amplio del tráfico (más de tres cuartas partes) como para que les salga a cuenta montar sus propias rutas en el mapa, y eso es algo que probablemente influirá no poco en cómo va a ser la Internet de los próximos veinte años.

Una empleada de un centro de datos de Google revisa un servidor en un pasillo de racks
Uno de los centros de datos más avanzados del mundo se encuentra en Alcalá de Henares (Madrid). Propiedad de Telefónica, aloja los datos de instituciones estatales y empresas de primera línea, gracias a su Uptime (tiempo garantizado de disponibilidad) superior al 99,99%. Por contrato, los datos alojados allí únicamente pueden estar inaccesibles 26 minutos al año. (DCD)
Amplificador de señal en mitad de la nada en Madras, Oregón. Estas instalaciones son necesarias para las líneas de fibra de largo recorrido, puesto que la señal se degrada con la distancia (Quartz)

Por su propia concepción, Internet carece de un centro neurálgico: son decenas, quizás cientos de millones de redes conectadas entre sí de todas las formas posibles, físicas y virtuales. Existe, sin embargo, lo que llamamos la Columna Vertebral de Internet, o Backbone, en inglés. La expresión se refiere a las conexiones de alta velocidad entre los nodos más potentes de la Red (o sea, entre las redes más potentes de Internet), nexos redundantes entre redes de compañías de telecos, gubernamentales, académicas, comerciales y sin ánimo de lucro, infraestructuras enormes situadas en todo el mundo. Los cables submarinos son parte de esa columna vertebral, pero también las rutas terrestres más importantes en todo el mundo; es lo que permite que si una ruta determinada cae por cualquiera que sea el motivo, Internet siga funcionando a través de todas las demás. Cuando los proveedores de contenido empiezan a montar sus propias redes, lo que están haciendo es crear un backbone paralelo. Mañana podrían cortar media docena de cables del Océano Pacífico pero en Japón podrían seguir viendo Netflix sin el menor problema, y podrían desaparecer todos los cables de consorcios del Atlántico y los europeos acceder a Facebook sin ni siquiera darse cuenta de lo que ha sucedido. ¿A quién perjudica esto? Sobre el papel, a nadie, pero, ¿y si los proveedores de contenido se convierten en un futuro en los proveedores de Internet?

Los 6.600 kilómetros del Cable MAREA, tendido por Facebook y Microsoft y gestionado por Telefónica, es el de mayor capacidad del mundo, capaz de transmitir 160 Terabits por segundo (al cambio, treinta y tantas mil pelis en Blu Ray, cien mil millones de tuits o dos partidos del Real Madrid de Lopetegui, que eran pesadísimos). El cable también lo usa Amazon Web Services (Marketing4Ecommerce).

El abajofirmante se conectó por primera vez a Internet en un instituto público de Ronda (Málaga) en el otoño de 1996. La primera página web que visité fue la del diario deportivo Marca. Descargar una única fotografía de un jugador del Real Madrid (Roberto Carlos, para más señas) supuso cerca de diez minutos de transmisión a través de un módem analógico. También es cierto que en 1996 no se habia extendido el algoritmo de compresión Jpeg que hoy es el estándar en cualquier web, por lo que cualquier fotografía se mostraba en formato de imagen de mapa de bits (Bmp), que ocupaba entre veinticinco y cien veces más espacio en disco. Menos de diez años después de aquella agónica transmisión en el aula de informática, tres empleados de Paypal se hicieron de oro vendiendo su empresa a Google. Esa empresa era Youtube, y con su venta al gigante de Mountain View comenzó lo que podemos denominar Era del Video en Internet o Era del Zetabyte. En 2010 un 40% de todo el tráfico de Internet correspondía a servicios de vídeo). En 2020 esa cifra habrá subido hasta más allá del 80%; en las horas punta en Estados Unidos la mitad de ese porcentaje corresponde a un único servicio: Netflix. Internet, aparentemente, no es más que un gigantesco servicio de streaming de vídeo con algunos servicios auxiliares añadidos como cajeros automáticos, prensa, fotos de tu ex siendo feliz con otro o herramientas para esparcir odio como Twitter.

El cable Curie, propiedad de Google, que une su Data Center chileno con Los Ángeles para una transmisión de datos no sólo más directa sino también más segura. Google posee total o parcialmente 13 cables que suma casi un 10% del total de cable extendido a nivel mundial.

La descentralización de Internet, sin embargo, no impide que podamos encontrar un lugar al que denominar “el corazón de la red”. Un espacio físico, geográfico, por el que pasen la mayoría de los datos de la red. Ese lugar existe, y es el Condado de Loudoun, en Virginia. Hogar de más de cien descomunales datacenters, allí se encuentran las instalaciones principales de algunas de las páginas web más visitadas del mundo, como la Wikipedia. También Amazon Web Services, de muy lejos el principal proveedor de alojamiento del mundo, tiene localizados allí sus centros de datos, hasta seis en su caso. Entre la mitad y más de dos tercios de todo el tráfico de la red pasa por los millones de kilómetros de fibra óptica que recorren el subsuelo de Ashburn, Reston, Sterling y otros pueblos que hasta hace menos de medio siglo vivían de la agricultura. En una sola sala de un único centro de datos podemos encontrar los servidores que guardan tres millones de webs completas. En la última década se ha hablado mucho de “la nube”, como algo etéreo, ubicuo, casi indeterminado. La Nube, o parte de ella al menos, es un conjunto masivo de edificios extremadamente vigilados situados a lo largo de la Carretera Estatal 267 de Virginia, y están allí porque la electricidad es barata, los impuestos son bajos y la costa donde desembarcan una gran parte de los cables trasatlánticos está a un par de cientos de milas. Economía, política y geografía. Internet como espacio físico sigue necesariamente las mismas reglas que el resto de creaciones humanas.

Centros de Datos en Ashburn, Virginia (Loudoun County)

 

Mapa de puntos neutros en Ashburn, Virginia. Hay más en este recorte de apenas unas decenas de kilómetros de lado que en toda la Península Ibérica.

En 1869 se inauguró el Ferrocarril Transcontinental de Estados Unidos, una vía férrea que unía las redes existentes en las dos costas del país. La línea atravesaba tres mil kilómetros desde California hasta Council Bluffs, un pueblo de Iowa junto a la frontera con Nebraska. En ese mismo lugar, hoy, Google mantiene dos enormes centros de Datos. Facebook y Microsoft tienen también datacenters en Iowa, y ese hecho está relacionado con la vía férrea que unió las dos costas cien años antes de que se transmitiera el primer mensaje a través de la Red. En todo el mundo los cables de larga distancia tienden a discurrir junto a vías de tren y autopistas por una sencilla razón: es infinitamente más sencillo negociar con un único propietario que con los centenares de pequeños terratenientes que significaría seguir el recorrido más corto o más lógico. En otras palabras, las redes de transporte son simultáneamente redes de comunicaciones. La burbuja puntocom llevó al tendido de cables de fibra por todo el territorio, y su explosión, sin embargo, apenas ralentizó la imparable expansión del cable. Y casi todo el cable nuevo aprovechó las vías de tren y las Autopistas Interestatales. La compañía que administra la infraestructura ferroviaria en España, ADIF, opera más de 16.000 kilómetros de fibra tendida bajo las vías. La Nacional 340, la carretera más larga de España, comparte una enorme proporción de su recorrido con la Vía Heráclea, un camino establecido más de dos milenios antes de su construcción, porque en general era más barato construir sobre lo existente que trazar rutas nuevas. Internet funciona exactamente igual, porque aparte de una red de comunicaciones es una red de transporte. De transporte de información.

Centro de datos de Google en Council Bluffs, Iowa (Google). Su construcción empezó en 2007 y junto con las sucesivas expansiones han supuesto una inversión de dos mil quinientos millones de dólares
Una mina de Bitcoin en la provincia de Sichuan, China (NZ Herald). El minado de criptomonedas es una de las actividades relacionadas con Internet que más electricidad consumen. Más o menos lo mismo que un país como Ecuador. Por esa razón China, uno de los centros de minado a nivel mundial por lo barato de la electricidad y lo abundante del territorio, se está planteando muy seriamente convertirse en el primer país del mundo en prohibir el minado de Bitcoins y otras criptomonedas.

Decíamos unos párrafos atrás que en su viaje a velocidades próximas a la de la luz a través de cables, routers, conmutadores, discos duros y servidores del mundo entero, nuestros datos buscan siempre el camino óptimo, el más corto, el más rápido o el más barato; no siempre coinciden las tres cualidades. El problema es que a veces todos los caminos desembocan en sólo uno. El 28 de marzo de 2011 una mujer georgiana de 75 años estaba buscando chatarra con un azadón cuando se encontró un cable semienterrado a las afueras de su aldea. Creyendo que era de cobre, y por lo tanto que podía ganar un dinerito con él, procedió a arrancar varios trozos. El primer golpe con la azada dejó sin Internet a toda Armenia y a parte de Azerbaiyán. En aquella época Armenia estaba conectada al resto del mundo únicamente a través de un cable que discurre bajo las vías de tren entre Tiflis y Yereván, y nuestra anciana buscadora de cobre no tuvo dificultad alguna en segarlo de un certero golpe. Toda la Internet de Armenia cabía en un tubo de la anchura de una manguera de jardín.

Típica zanja para enterrar cables de fibra en las zonas rurales. Se entierran cerca de la superficie y si no se protegen pueden quedar expuestas al albur de cualquier señora con azadón (Raysense)
Mapa de la fibra óptica tendida en África (Versión interactiva en Afterfibre). Los cables en amarillo están ya en funcionamiento, los que figuran en rojo están en construcción o proyecto. Nótese el monstruoso hueco en el Sáhara. Existe comunicación entre el norte y el sur de África, pero los cables submarinos son más que suficientes para gestionar ese tráfico.

No sólo los cables terrestres se rompen. En enero de este mismo año Tonga, un archipiélago del Pacífico Sur con 100.000 habitantes que estrenó Internet en 2013, se quedó más de dos semanas sin acceso a las redes sociales después de que una tormenta provocara la rotura del cable que une el país a Fiyi y al resto del mundo. El gobierno prohibió el acceso a Facebook, Youtube, Twitter y demás dado que suponían el 80% de todo el tráfico del país, y mantuvo las islas conectadas al mundo a través de una conexión vía satélite. Un barco fue despachado en 24 horas y 18 días más tarde restableció el servicio para todo el país. Hay muy pocos rincones del mapa situados fuera del mapa de Internet, y perdón por la redundancia. Lugares tan remotos y poco poblados como Niue, Tokelau, Groenlandia, Svalbard o Tristán de Cunha cuentan con acceso a Internet de alta velocidad a través de cables submarinos. Fuera del alcance de la fibra óptica están parte de Kiribati, algún archipiélago de las islas Cook, las Islas Galápagos y poco más. Allí Internet no emerge de entre las olas sino que cae desde el cielo, gracias a una cada vez mayor red de satélites que entregan un acceso de una calidad igualmente en aumento. Aviones de línea y cruceros de recreo ofrecen ya un buen acceso a la Red a precios cada vez menores, o directamente gratis. Por 150 dólares al mes uno puede conectarse a la red y disfrutar de 10 o 20 gigas de descarga desde lugares como el Yukón, Alaska o el rincón más desolado del Outback. Para escapar de la Red es necesario un esfuerzo consciente y deliberado por eliminar nuestra IP de cualquier servidor.

Una cabina telefónica a la sombra de una antena de Internet por satélite en el archipiélago de Palmerston (Islas Cook)
Sótano en el 50 de la Calle Hudson de Manhattan. Cables de red local y cables intercontinentales entran por aquí en el edificio para conectarse unos con otros (Peter Garritano)

Los casos de Armenia o Tonga son extremos porque toda su conexión depende de un único cable, pero el mundo está lleno de ejemplos, mucho más graves, de que la descentralización de Internet, que es cierta a nivel global, no lo es tanto a nivel regional o nacional. El protocolo que hace que diferentes sistemas en la Red se entiendan entre sí a la hora de decidir por qué ruta se encaminan los datos es el Protocolo de Encaminamiento de Frontera, o Border Gateway Protocol (BGP). Este conjunto de reglas es el que usan los Sistemas Autónomos (AS, por sus siglas en inglés), que son, resumiendo, los nodos de la Red por los que los datos pasan de un lugar a otro. En total hay poco más de treinta mil AS a nivel mundial, es decir, todos los datos sin excepción pasan por alguno de esos Sistemas; en realidad es mucho peor: casi todos los AS pequeños requieren del apoyo o de la conexión a través de uno más grande. Casi el 100 % de las IPs de Internet dependen de menos un millar de AS a nivel global. Es decir, quien controla esos mil Sistemas Autónomos controla la totalidad de Internet. Dentro de un país la dependencia puede ser, y de hecho frecuentemente es, aún mayor. Al principio de la Primavera Árabe el gobierno de Egipto tomó la decisión de, literalmente, sacar de Internet a todo el país para evitar la organización de protestas callejeras. En poco más de media hora a partir de la medianoche del 27 de enero de 2011 una tras otra las compañías que daban servicio a los por entonces 20 millones de internautas egipcios fueron desapareciendo de la Red. Para lograr la desconexión casi total de Egipto del resto del mundo, bastó con cerrar los tres Sistemas Autónomos que concentran el 90% de las conexiones egipcias, y hacerlo fue ten sencillo como dejar sin luz el Punto Neutro de El Cairo. Internet también se puede apagar y encender.

Todos los cables submarinos entre Europa y Asia Oriental pasan por Egipto gracias a su situación geográfica privilegiada. El país, claro, aprovecha ese privilegio para cobrar obscenidades a las compañías propietarias de los cables. Hasta 20 millones por par de fibra (cada cable suele llevar un mínimo de tres) más un 5% de canon anual. Pero las compañías pagan así que debe resultar rentable.

Internet llega a todas partes, pero aún quedan agujeros en la Red, que coinciden casi exactamente con los agujeros de la pobreza en África y Asia. Los países con menor tasa de acceso a Internet son Eritrea, Somalia y Guinea-Bissau, con un 1, 2, y 4% de usuarios conectados a la Red, respectivamente.  Hay treinta y dos países en los que al menos cuatro de cada cinco personas no pueden conectarse a Internet. Veintiséis de ellos están en África. En doce países el número de usuarios es inferior al 10% de la población total, todos ellos en África. La pobreza extrema, la guerra y la censura gubernamental se alían para dejar a millones de personas sin acceso a la Red. 

Número DE usuarios de Internet (2017)
país internautas población Rank TASA DE ACCESO RANK
 Eritrea 66,402 5,068,831 186 1.31% 209
 Somalia 294,851 14,742,523 166 2.00% 208
 Guinea-Bisaú 73,148 1,861,283 180 3.93% 207
República Centroafricana 202,204 4,659,080 173 4.34% 206
 Burundi 607,311 10,864,245 148 5.59% 205
 Chad 968,500 14,899,994 138 6.50% 204
Sudán del Sur 1,003,542 12,575,714 136 7.98% 202
 Liberia 377,607 4,731,906 159 7.98% 203
 Comoras 69,020 813,912 184 8.48% 201
 República Democrática del Congo 7,011,507 81,339,988 66 8.62% 200

En el otro extremo a los agujeros africanos de la Red encontramos lugares donde todo el mundo, o casi todo el mundo, está conectado al resto del planeta. En lo alto de la lista nos sorprende Pitcairn, la democracia más pequeña del mundo. Sus 45 habitantes están todos ellos conectados a la Red gracias a accesos directos por satélite o por la WiFi que instaló en 2006 el Servicio Geológico de los Estados Unidos para monitorizar la actividad sísmica de la zona. Tras los descendientes del Bounty están los kelpers: en las Islas Malvinas el acceso a la red alcanza al 99% de sus tres mil habitantes; hay treinta personas en el archipiélago que no tienen cuenta en Facebook, por lo visto. Andorra, Islandia y la colonia británica de Bermuda completan el top 5 de territorios más conectados del mundo, todos con tasas superiores al 98%.

número de usuarios de internet (2017)
país usuarios población rank porcentaje rank
Pitcairn 45 45 216 100% 1
 Islas Malvinas 2,881 2,910 211 99.02% (2016) 2
 Andorra 76,095 76,965 179 98.87% 3
Bermuda 60,349 61,349 190 98.37% 4
 Islandia 329,196 335,025 164 98.26% 5
 Liechtenstein 37,201 37,922 201 98.10% 6
 Kuwait 4,053,797 4,136,528 95 98.00% 7
 Luxemburgo 570,794 583,455 149 97.83% 8
 Islas Feroe 48,097 49,290 194 97.58% 9
Aruba 102.285 105.264 176 97.17% 10

La expresión “Red de redes” es una expresión que ya sonaba sobada a principios de siglo, igual que “autopistas de la información”, pero Internet es, bueno, exactamente eso. Una infinidad de redes de todo tipo que pese a estar en diferentes países, regirse por leyes distintas o haber sido fabricadas por compañías diferentes, permiten que todos estemos conectados con todos de forma instantánea por el mero hecho de usar un protocolo común para el intercambio de datos. ¿Cómo de instantánea es esa comunicación? Ciertamente bastante, aunque “instantánea” en este caso no significa que el tiempo sea cero. Como todo el mundo sabe a estas alturas, la luz se mueve a 300.000 kilómetros por segundo en el vacío, pero en la fibra óptica su velocidad es menor y además su transformación en impulsos eléctricos al final del viaje ralentiza el proceso. Aún con esos obstáculos, un proceso típico (cargar la página de inicio de Fronteras, por ejemplo) tarda entre uno y cuatro segundos en volcar cantidades ingentes de información ante los ojos del amable lector. Para un ser humano un par de segundos no es mucho, pero para un sistema informático es un mundo, y la parte de la economía y del día a día que se basa exclusivamente en intercambios de datos entre máquinas es cada vez mayor. Pongamos como ejemplo el Trading de Alta Frecuencia o HFT, por sus siglas en inglés, y la influencia que ha tenido en la última década y pico. Se trata de un tipo de compraventa de acciones, títulos y toda clase de activos bursátiles en el que la ganancia se obtiene procesando una cantidad desmesurada de órdenes en el menor tiempo posible; la cifra está en los millares por segundo. Cada orden supone una ganancia de una fracción de una fracción de una fracción de centavo de dólar, pero al cabo del día y debido a las millones de órdenes procesadas, pues se gana uno el café. Lo esencial para que el HFT funcione es la inmediatez, pero medida no en términos humanos (segundos o décimas de segundo) sino electrónicos (milisegundos o microsegundos). Algoritmos programados especialmente para detectar acciones de terceros lanzan órdenes de compra o venta en mucho menos tiempo de lo que dura un parpadeo para adelantarse al resto del mercado. Esas acciones de terceros (otras órdenes de compra o venta) pueden venir de cualquier parte, y actuar con un par de milésimas de segundo más rápido que la competencia es exactamente lo mismo que contar con información privilegiada. En Manhattan, los precios por metro cuadrado de oficina alrededor del número 60 de la calle Hudson, el centro de comunicaciones más cercano de Wall Street, se dispararon cuando los inversores se percataron de que estar un kilómetro más cerca de la conexión a la red suponía nada menos que tres microsegundos (0,000003 segundos) de ventaja sobre la competencia. Competencia que en este caso son los ordenadores de otras empresas. Un emprendedor avispado construyó una línea terrestre de fibra óptica de 1.300 kilómetros de largo entre la bolsa de Chicago y el datacenter del Nasdaq en Nueva Jersey con el único propósito de reducir la latencia (el tiempo que tarda en ir y volver una orden entre el punto A y el punto B) de 18 a 13 milésimas de segundo, para darle una ventaja competitiva a los ordenadores de sus clientes. Después un enlace por microondas redujo ese tiempo a menos de 10 milésimas de segundo. Internet es instantánea, sí, pero como diría George Orwell, para unos es más instantánea que para otros

Mapa del cable de Spread Networks entre el mercado de Futuros de Chicago y el Centro de Datos del Nasdaq en Nueva Jersey. Suponía un ahorro de unos pocos centenares de kilómetros sobre el recorrido habitual de los datos, pero sobre todo ahorraba etapas e intercambios de red. En total el ahorro alcanzaba los 0,003 segundos.
Estación de amplificación del cable de Spread Networks. La compañía tuvo inicialmente bastante éxito pero la aparición de una red de torres de microondas redujo la latencia a menos de 10 milisegundos, dejando el cable obsoleto. Spread Networks fue vendida a Zayo Inc. en 2017 por 127 millones de dólares, algo menos de la mitad de lo que costó el cable.

Internet está hecha fundamentalmente de luz pero, desde los cables que reposan bajo miles de metros de agua en el fondo marino a las salas de servidores de los centros de datos más grandes del mundo, su existencia física se produce mayoritariamente en medio de la oscuridad. La Red pertenece a ese selecto grupo de invenciones humanas que cambian el curso de la Historia, como el motor de explosión, los antibióticos o los fertilizantes sintéticos. Para atisbar todo el impacto que la existencia de la Red de redes ha tenido en nuestras vidas probablemente habrá que esperar una generación, como hubo que esperar décadas desde la invención del teléfono hasta que se convirtió en una fuerza transformadora. Internet, físicamente, es tan fea como una nevera por detrás porque su función es la misma que la de la parte trasera de un refrigerador: dar soporte a lo que usamos. Hay cierta poesía en que objetos absolutamente anodinos y carentes de personalidad como cables, servidores, conmutadores y demás alberguen en su interior no sólo la mayor cantidad de información de la historia de la humanidad sino también su mayor explosión creativa. Pero la Internet física no son sólo esos millones de kilómetros de cable y de aparatos conectados, sino todas las personas, técnicos, programadores y demás que mantienen con vida esos templos tecnológicos contemporáneos. Internet, en realidad, está hecha tanto de silicio y fibra óptica como de carne y hueso, porque el centro de la Red, querido lector, somos tú y yo. 

Un técnico observa unos pares de cobre rodeado por kilómetros de cables en el 50 de Hudson Street, en Manhattan (Peter Garritano)

Lecturas adicionales:

Map of The Internet, en Quartz
40 Maps that explain the Internet, en Vox
The Internet, Explained, en Vox
Beneath the Cloud, exploring what the Internet is made of, en The Atlantic
Tubos (Ariel, 2012), de Andrew Blum
The Internet, a Photo Essay, de Peter Garricano
Internet-Map.net, un mapa no geográfico de la Red con las 350.000 webs más visitadas en 2014. Ahí debajo aparece este blog suyo de ustedes

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7 respuestas a “El Mapa de Internet

  1. Remo 22-abril-2019 / 3:16 pm

    Esto es un libro corto, hermano. Maravillosa lectura.

  2. Ignacio 25-abril-2019 / 9:12 am

    Magnífico! Gran trabajo, un artículo para atesorar y compartir.

  3. Copilot 26-abril-2019 / 2:38 am

    A ver, dónde estaba usted cuando tuve clases de Redes de Comunicaciones en la universidad hace un par de años? Me hubiera ahorrado por lo menos cinco clases.

  4. Alvaro Pemartin 26-abril-2019 / 7:57 pm

    BRU TAL. Asi, en dos palabras. Y ya de paso: he currado varias veces en Faklands/Malvinas asi que te cuento, si no es mucha intromisión, varias apuntes sobre “la Internet” alí. Primero, si, casi todo el mundo tiene cuenta en facebook pero que te acepten en el grupo privado de kelpers patanegra donde se chismorrea todo es sumamente complicado. Segundo, el acceso a la red es prohibitivo de caro. Vale que alli hay poco mas donde gastarse el dinero, pero sigue siendo un precio excesivo para el misero ancho de banda que ofrece el proveedor que ganó la contrata gubernamental. Eso si, algunas horas por la noche es gratis, que es cuando la gente aprovecha para bajarse las pelis. De nuevo, gracias por este regalo de blog.

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