Trenes rigurosamente sosegados. El placer de viajar despacio

Hace exactamente veinte años que vine a vivir a Barcelona. Mi primer trabajo fue de comercial, al igual que todos los que han venido después. Mi primera época en la ciudad la pasé trabajando para una compañía telefónica que hace ya una década que desapareció. Tardé seis meses en sacarme el carné de conducir, así que durante ese medio año acudí a todas las reuniones en transporte público, y como a menudo mis visitas eran muy lejos de Barcelona, acabé recorriéndome la práctica totalidad de la extensión de la red de Cercanías de la provincia. Siempre hubo una línea que me llamó mucho la atención: Hospitalet-La Tour de Carol, una línea de Cercanías tan atípica que acaba no ya en otra provincia sino en otro país. Durante veinte años pensé que sería divertido recorrerla en toda su extensión, y este verano me animé. Y luego, por qué no, seguimos más allá. En un tren aún más lento. Porque, como decía el poeta, a veces lo más importante del viaje no es el destino, sino el camino. Y la compañía.

¿Alguna vez habíais visto un grafitti desde atrás?

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Estado Libre de Gollete, la micronación producto de un error de cálculo

El humor alemán tiene la misma buena fama que la gastronomía británica o la ingeniería india. Pero hay que reconocerles que a veces tienen cierta gracia. Esta es una historia de entreguerras y los conceptos «Alemania» y «humor» en esa época no se llevaban del todo bien, pero digamos que es una excepción. En 1918 Alemania inauguró su tradición de perder guerras mundiales. Como consecuencia y tras la firma del Tratado de Versalles, las potencias vencedoras decidieron ocupar una parte del país, concretamente la orilla oriental del Rin, lo que conocemos en castellano como Renania. Británicos, belgas, franceses y norteamericanos se repartieron zonas de influencia al oeste del río. Centrándose en una ciudad, trazaban una circunferencia en el mapa: todo lo que quedara dentro del círculo, quedaba bajo su control. Americanos y franceses no se percataron de un detallito: sus zonas de ocupación no se superponían, lo que dejaba un pedazo de territorio entre ambas. Un territorio que no tenía conexión con el resto de la Alemania sin ocupar y que por tanto, quedó completamente aislado. Y debido a que las zonas de ocupación aliadas eran circulares, la silueta de esta tierra de nadie adoptó la forma del cuello de una botella: El Estado Libre de Gollete.

Estado Libre de Gollete: El Mapa (fuente)

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Los Olvidados de la Isla de San Pablo

Los siete guardianes vieron como el barco se marchaba con el resto del personal que había trabajado en la isla con ellos durante los últimos meses. Se quedaban al cuidado de un peñasco minúsculo en mitad del Océano Índico, a miles de kilómetros de cualquier lugar habitado, con la idea de preparar las instalaciones, ahora vacías, para el largo invierno austral. Era marzo de 1930, y les dijeron que en un par de meses regresarían a por ellos. Pero no lo hicieron. Los siete guardianes quedaron abandonados a su suerte en mitad de la más absoluta de las nadas. Hoy en Fronteras: Los Olvidados de la Isla de San Pablo.

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Por qué existe Mónaco

La mayoría de los países caben enteros en una foto desde el satélite, pero Mónaco se puede retratar en toda su integridad desde la colina más próxima con una cámara sin gran angular. Con una superficie total de dos kilómetros cuadrados cabría íntegro en el Central Park neoyorquino, y siete veces en la Casa de Campo de Madrid. Es, además, el país con la renta per cápita más alta del mundo y también el que tiene un coste de la vida más alto, y uno de los pocos con una fuerza laboral muy superior a su propia población. Hay mucho que hablar de Mónaco, pero la primera pregunta de todas es: ¿Por qué demonios existe? ¿Por qué no es un pueblo más de Francia?

Frontera de Mónaco y Francia a vista de Google. Desde el fondo sur del Estadio Luis II hasta el extremo norte del país hay 3 kilómetros. En su punto más estrecho, Mónaco tiene 300 metros de ancho

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Veintisiete horas en un avión

Desde la ventanilla del avión la Tierra parece girar más rápido. A doce kilómetros del suelo las ciudades son pequeñas manchas bidimensionales en una infinita superficie monocromática, las cordilleras parecen de juguete y el azul del cielo lo invade todo. En el aire la vida está en pausa: el interior de un avión es el no-lugar por excelencia, un espacio anónimo donde las normas que rigen a ras de suelo han quedado momentáneamente suspendidas. El viajero está yendo del punto A al punto B, pero no está en ninguno de los dos. A es el pasado y B es el futuro, pero durante unas cuantas horas, no hay ninguna de las dos cosas, sólo un cilindro metálico a doce kilómetros del suelo con sus propias reglas, usos y costumbres.

Nuestra casa durante más de un día. Nótese la bandera francesa con la iluminación

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Pandemia. Cuando volvieron las viejas fronteras y aparecieron otras nuevas

Toda frontera es por definición arbitraria y en general supone una agresión al territorio donde se encuentra, un hachazo que divide el mundo en «nosotros» y «ellos». Son necesarias y lo seguirán siendo mucho tiempo, pero no dejan de ser molestas. La pandemia provocada por el Covid-19 provocó el regreso de las fronteras internas de la Comunidad Europea, algo que no sucedía a esta escala desde mediados de los 90. Un cuarto de siglo de relajación fronteriza había propiciado una serie de facilidades limítrofes que desaparecieron de la noche a la mañana, dejando un reguero de multas, ciudadanos enfadados e historias curiosas. Repasemos algunas

Frontera francoespañola en Irún, cerrada por la crisis del Coronavirus (cortesía de Itziar Sistiaga y Virginia Gil)

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Esperanza y luz en la cima de la montaña más fotografiada de Europa

En la frontera entre Suiza e Italia está el Monte Cervino, conocido a menudo por su nombre en alemán: Matterhorn. Con casi 4.500 metros de alto, su silueta piramidal destaca tanto sobre el resto de la cordillera alpina y resulta tan fotogénica que los suizos lo consideran uno de sus símbolos nacionales. A sus pies se encuentra el pueblo de Zermatt, un paraíso para esquiadores y montañeros, que estos días ha decidido promocionarse de una manera muy especial: convirtiendo la cima del Matterhorn en una pantalla de proyección que difunda esperanza al mundo.

Un proyector ilumina la cima del Matterhorn, en Suiza, con la palabra "Esperanza" (#Hope)
#Esperanza, el mensaje proyectado en el Monte Cervino el pasado 6 de abril (© Gabriel Perren)

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Vieja Zelanda, Vieja York y otros Viejos de los Nuevos

Hace unos años instalamos un mapamundi con dibujitos en la pared del cuarto de mi hijo mayor. Sobre cada país aparece su bandera y, si cabe, algún monumento típico. La Torre Eiffel, la Sagrada Familia, un guardia montado del Canadá, cosas así. Un buen día Diego Jr. me hizo la pregunta que todo padre teme: «Papá, si hay una Nueva Zelanda, ¿dónde está la vieja?». Y eso es lo que vamos a ver hoy.

Vieja Zelanda

El primer nombre europeo para Nueva Zelanda fue «Staates Land»; se lo puso en 1642 el holandés Abel Tasman, a quién recordarán de otras islas australes como Tasmania, y homenajea al Parlamento Neerlandés. Los cartógrafos que dibujaron los primeros mapas de las islas unos pocos años más tarade, sin embargo, escogieron el nombre de Nueva Zelanda en homenaje a la provincia de Zelanda, una de las doce que hoy componen el país.

Mapa de la provincia de Zelanda, al suroeste de los Países Bajos

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De cómo el Coronavirus provocó el vuelo comercial más largo del mundo

No hace falta explicar que la crisis del Covid-19 es un hecho histórico que probablemente marcará de forma profunda la práctica totalidad de nuestras vidas los próximos años, o décadas. Desde la política internacional hasta la economía pasando por las relaciones interpersonales todo cuanto conocemos va a cambiar, no necesariamente para bien. Pero si hay algún sector donde el Coronavirus ha provocado una hecatombe sin precedentes ese es el de la aviación de pasajeros. La mayor parte de las aerolíneas ha reducido su número de vuelos entre un 70% y un 90%, mientras que otras han ido más allá y han suspendido la totalidad de sus operaciones. Entre ellas, por ejemplo, titanes de la talla de Ryanair o Emirates. En España el tráfico aéreo se ha reducido un 89% respecto a las mismas fechas del año pasado, y la situación a nivel mundial es tan atroz que a las aerolíneas les cuesta encontrar sitio para almacenar sus aviones esperando tiempos mejores. De este apocalipsis aéreo lo único que podemos rescatar, el clavo ardiendo al que agarrarnos, es la aparición, completamente inesperada, del vuelo más largo del mundo.

Lufthansa Naranja
Decenas de aviones de fuselaje ancho de Lufthansa (Airbus 330 y 340) esperan almacenados en las pistas de rodaje del aeropuerto de Fráncfort, el 23 de marzo (Sybille Petersen / Airliners)

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El Puente Aéreo de Berlín, el milagro del aire

Entre 1940 y 1945 las fuerzas aéreas de Estados Unidos y Gran Bretaña, con una pequeña y tardía colaboración francesa, bombardearon 363 veces la capital de la Alemania nazi. Setenta mil toneladas de bombas, veinte mil muertos, más de millón y medio de refugiados y un tercio de la ciudad reducida a escombros humeantes fueron el resultado de las operaciones de los tres países aliados entre 1940 y 1945, sobre todo en los últimos doce meses antes del final de la guerra. Tres años después de esa fecha cientos de aviones de las fuerzas aéreas de los mismos tres países que arrasaron sistemáticamente Berlín aterrizaban diariamente en la ciudad y eran recibidos como héroes salvadores por la población civil, la misma población civil que había sufrido durante un lustro la dureza despiadada de los bombardeos. Este hecho por si solo es ya sorprendente, pero el por qué de ese repentino afecto a los aliados occidentales es todavía más asombroso; se trató de un milagro de la logística, la planificación y sobre todo la voluntad. Un milagro que conocemos como el Puente Aéreo de Berlín.

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Berlineses observan el aterrizaje de una avión en el aeropuerto de Tempelholf, en 1948 (USAF)

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