Las dos capitales nacionales más cercanas del mundo están una frente a la otra

Tres veces por semana un Boeing 737 de Asky Airlines despega del Aeropuerto Internacional de Maya-Maya. Siguiendo el procedimiento, el comandante de la aeronave esconderá el tren de aterrizaje del avión a los pocos segundos de que las ruedas se separen del suelo y comenzará un ascenso vertiginoso. Si el destino fuera cualquier otro, el ascenso se prolongaría hasta alcanzar al menos los 30.000 pies, pero nuestro Boeing cesa abruptamente de ganar altitud cuando alcanza los cinco mil pies, aproximadamente unos cinco minutos después de despegar. En ese punto, vira al sur, cruza los mil metros de ancho del río que baña tanto su ciudad de origen como la de destino  y comienza un suave descenso que le permitirá tomar tierra apenas nueve o diez minutos después de haber despegado, en esta ocasión en el Aeropuerto de N’Dijili. Nuestro avión ha despegado de una capital nacional y ha aterrizado en otra, en menos tiempo del que se tarda en pedir un café en el aeropuerto. Bienvenidos a Brazzaville y Kinsasha, las capitales más próximas del mundo.

Trayecto entre Brazzaville y Kinshasa. Entre los dos aeropuertos hay apenas 27 kilómetros. Se trata del vuelo internacional más corto del mundo.

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Brexit: El marrón de la frontera irlandesa

La catástrofe producto de la necedad colectiva que conocemos popularmente como Brexit ha llegado por fin a la fase de discutir qué hacer con la frontera irlandesa. A priori es un dilema francamente difícil de resolver. Los quinientos kilómetros de frontera entre las dos Irlandas son actualmente una línea en el mapa mucho más que una barrera física. Cientos de carreteras y caminos la cruzan sin ningún tipo de indicación, salvo, en algunos casos, una advertencia del cambio de unidades de medida de velocidad de millas a kilómetros por hora. Pero en la mayoría de los casos, ni eso. El Brexit supone que Irlanda del Norte, como el resto del país, se encuentre fuera de la Unión Europea, y por lo tanto de la Unión Aduanera y el Mercado Común, mientras que la República de Irlanda permanecerá en todas esas instituciones, algo que, necesariamente, supone la existencia de una frontera exterior de la Unión Europea, una expresión neutral que suele ocultar durísimas condiciones para los que están en el lado malo de la línea, como bien saben en Bielorrusia o Marruecos. Bajo la apariencia de los intereses comunes (una frontera cuanto menos rigurosa mejor) se esconden una serie de incompatibilidades básicas que hacen de la raya irlandesa un puzzle casi irresoluble.

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Frontera entre las dos Irlandas (fuente)

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Bélgica, 1915. La alambrada de la muerte

El 28 de julio de 1914 comenzaba oficialmente la I Guerra Mundial, conocida entonces como la Gran Guerra, y de la que se dijo, oh la inocencia, que sería la guerra que acabaría con todas las demás guerras. Apenas una semana después las tropas alemanas procedieron a invadir Bélgica, con la idea de rodear al grueso del ejército francés, estacionado en la frontera germana y avanzar sin excesiva resistencia hacia París. Bélgica era oficialmente neutral y tenía respaldo de los británicos pero a los alemanes les importó más bien poco y la invadieron igualmente. Los belgas resistieron como pudieron, que aunque no fue mucho sirvió para que los franceses reorganizaran sus tropas, y para el mes de octubre ya tenían a los boches ocupando la práctica totalidad del país. Los alemanes se comportaron como cafres (guerra y alemanes: mala mezcla) y se entregaron con indisimulado entusiasmo al noble arte del pillaje, el saqueo y las masacres de civiles, en lo que se denominó a efectos propagandísticos “La violación de Bélgica“. Los belgas procedieron a huir masivamente a la vecina Holanda, que permanecería neutral durante la guerra. Para evitarlo, Alemania construyó una de las infraestructuras menos conocidas y más novedosas de una guerra que fue pródiga en novedades: La Alambrada de la Muerte.

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Dibujo representando el horror de la alambrada de la muerte, publicado en julio de 1915 (fuente)

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Si Escocia vota Sí

El 18 de septiembre de 2014 será un día que aparecerá en los libros de Historia. No sabemos aún cómo, pero es seguro que no es un día más en el calendario. Más de cuatro millones de escoceses (y de ciudadanos de otros países residentes en Escocia, a partir de los 16 años) están llamados a decidir el futuro de su país en un referéndum sobre la independencia cuyo resultado, sea el que sea, traerá cola durante años, no sólo en el Reino Unido, sino en toda Europa. Hay varios cientos de miles de análisis al respecto, pero aquí se va a tratar la vertiente geográfica del asunto. ¿Qué pasaría si Escocia vota Sí?

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El puente internacional más corto del mundo

La Frontera de Estados Unidos y Canadá entre Nueva York y Ontario recorre durante unas cuantas decenas de kilómetros el Río San Lorenzo (Saint Lawrence) en la zona conocida como las Mil Islas o Thousand Islands. En este lugar los agrimensores británicos y norteamericanos que trazaron la frontera allá por el siglo XIX decidieron que la línea de separación de ambos países no tocara tierra y zigzagueara entre las islas, dejando a un lado o a otro de la frontera los distintos islotes y peñascos que componen el archipiélago fluvial. La frontera discurre, supuestamente, entre dos islas extremadamente cercanas conocidas con el nombre de Islas Zavikon. En la isla mayor de las dos se encuentra un domicilio privado, cuyo jardín trasero se encuentra en el islote más pequeño. Entre ambos pedazos de Tierra existe un pequeño puente, que es presentado a los turistas como el puente internacional más corto del mundo.

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Zavikon Island (clic para ampliar) y su presunto puente internacional.

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En este local se juega (pero sólo hasta la raya)

Wendover es un pueblecito de poco más de un millar de habitantes al oeste del estado de Utah sin demasiado atractivo más allá de su histórico aeródromo, en el que se entrenó la tripulación del infausto Enola Gay, el avión que tiró a Little Boy sobre Hiroshima provocando el final de la II Guerra Mundial y algo así como ciento y pico  mil muertos entre la población civil japonesa. Como decía, Wendover no tiene mucho interés, pero si uno camina unos pocos cientos de metros hacia el oeste y cruza una línea blanca pintada en el suelo ya no estará en el aburrido Wendover, sino en el dinámico, luminoso, crápula y depravado West Wendover, donde el juego está en marcha las 24 horas del día y tocan a un casino por cada 800 habitantes. La línea que nuestro imaginario paseante ha cruzado no es otra que la frontera entre Utah y Nevada, la que separa el juego legal del prohibido, la prostitución de la prohibición. Pero esa raya pintada en el suelo tiene muchos más significados. La economía, las costumbres y hasta la hora oficial se ven afectados por esa línea no precisamente imaginaria.

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La frontera entre Utah y Nevada en Wendover (© Hazboy)

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Cuando había dos Alemanias – Un recorrido por la frontera interalemana

El Muro de Berlín fue la representación de la frontera como distopía, el lugar y el momento donde se aunaron todos los temores y todas las realidades siniestras asociadas al cruce de una frontera internacional. La sensación de peligro, de fin de lo conocido, de asomarse a otro mundo; el alambre de espino, los perros, las torres de vigilancia, el cemento, el zumbido incesante de los generadores eléctricos que mantenían iluminada La Zona. Pero el Muro era una pequeña parte de la mucho más vasta frontera interalemana, que separaba dos mundos, el capitalista y el comunista, el democrático y el totalitario, nosotros y ellos, y que trazaba una descomunal cicatriz de norte a sur hasta darse de bruces con Checoslovaquia. El Muro de Berlín era impresionante, pero como ese muro había centenares de kilómetros de frontera fortificada mucho menos conocidos, donde murió mucha más gente y que causó muchos más traumas.

Un helicóptero sobrevolando la frontera interalemana (fuente). Nótense los dos muros, el exterior (la frontera real) y el interior (el único que conocían los alemanes orientales). Clic en la imagen para ampliar

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