Curiosidades y rarezas de los husos horarios (segunda parte)

(Para leer la primera parte, pincha aquí)

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Mapamundi con todas las zonas horarias (clic para ampliar MUCHO)

El primer lugar del mundo en ver cada nuevo día es el archipiélago de las Islas de la Línea, que pertenece a Kiribati, y también Samoa durante el verano austral, pero, ¿cuál es el último? Hay dos respuestas para esta pregunta. Por un lado están Niue, un territorio que pertenece a Nueva Zelanda, y la Samoa Americana, una dependencia de Estados Unidos, situados ambos en la zona horaria UTC-11, es decir, 25 horas por detrás de Kiritimati y el resto de las islas del huso horario +14. Se da el caso de que las dos Samoas, la americana y la independiente, están separadas por apenas ciento cincuenta kilómetros de mar, pero por 25 horas de diferencia horaria, lo que permite, por ejemplo, celebrar el año nuevo en dos días consecutivos. Más allá están las Islas Howland y Baker, dos islotes bajo soberanía norteamericana situados en la zona horaria -12, la última del mundo, pero deshabitados desde 1942, cuando fueron bombardeados por la aviación japonesa en la II Guerra Mundial. Estados Unidos posee territorios en muchos husos horarios, pero hay un lugar que, en teoría, los tiene todos: la Antártida.

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Zonas horarias en la Antártida. La zona roja es Terra Nullius, o sea no reclamada por nadie, y por convención se le asigna la hora del meridiano de Greenwich.

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Curiosidades y rarezas de los husos horarios (primera parte)

Pese a lo que pudiera pensarse, en el mundo hay bastantes más de 24 zonas horarias. Es más, entre la primera y la última por orden cronológico hay más de 24 horas de diferencia. En total son 39 zonas horarias oficiales diferentes, más alguna no oficial, con un recorrido total de 26 horas. Es decir, la diferencia horaria entre el lugar más avanzado cronológicamente (el primer en entrar en cada nuevo día) y el lugar más rezagado es de 26 horas. Ligeramente antiintuitivo teniendo en cuenta que un día dura 24 horas, pero así es el extraño mundo de la hora oficial.

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Mapamundi de los husos horarios (clic para ampliar)

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El puente internacional más corto del mundo

La Frontera de Estados Unidos y Canadá entre Nueva York y Ontario recorre durante unas cuantas decenas de kilómetros el Río San Lorenzo (Saint Lawrence) en la zona conocida como las Mil Islas o Thousand Islands. En este lugar los agrimensores británicos y norteamericanos que trazaron la frontera allá por el siglo XIX decidieron que la línea de separación de ambos países no tocara tierra y zigzagueara entre las islas, dejando a un lado o a otro de la frontera los distintos islotes y peñascos que componen el archipiélago fluvial. La frontera discurre, supuestamente, entre dos islas extremadamente cercanas conocidas con el nombre de Islas Zavikon. En la isla mayor de las dos se encuentra un domicilio privado, cuyo jardín trasero se encuentra en el islote más pequeño. Entre ambos pedazos de Tierra existe un pequeño puente, que es presentado a los turistas como el puente internacional más corto del mundo.

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Zavikon Island (clic para ampliar) y su presunto puente internacional.

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¿Felices Fiestas? No en mi país

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El mapa sobre estas líneas (clic en la imagen para ampliar) refleja todos los países del mundo donde la Navidad no es un festivo de caracter público. Resulta sorprendente comprobar cómo la Navidad, siendo una fiesta eminentemente cristiana, se celebra de forma masiva alrededor del mundo, incluso en países donde las religiones cristianas son marginales, como la India, Bangladés o Indonesia. En total hay 34 países que no consideran festivo el  día de Navidad, entre ellos China, Japón, Turquía o Israel. Eso quiere decir que hay centenar y medio largo de naciones que sí lo consideran festivo, lo que lo convierte en el día festivo más compartido del planeta.

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Preferiblemente huérfanos. Pony Express, el primer servicio de mensajería urgente de la Historia

En 1859 un anuncio publicado en la prensa ofrecía trabajo como jinete para una compañía con el tedioso nombre de Central Overland California and Pike’s Peak Express Company. En el se podía leer lo siguiente:

SE BUSCAN: Jóvenes delgados y resistentes, de menos de 18 años. Deben ser expertos jinetes y estar dispuestos a arriesgar la vida a diario. Preferiblemente huérfanos

El empleo era para ser jinete en la ruta del Pony Express, probablemente la más recordada y mítica de toda la historia del Oeste Americano. Con base en Saint Joseph, una ciudad de Misuri limítrofe con Kansas, la compañía se comprometía a enlazar con Sacramento (la capital de California) en diez días o menos, es decir, quince días menos que las diligencias vigentes por aquel entonces. El Pony Express es una de las leyendas más perdurables del Viejo Oeste, aquella época fascinante en la que una nación se inventaba a sí misma.

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En este local se juega (pero sólo hasta la raya)

Wendover es un pueblecito de poco más de un millar de habitantes al oeste del estado de Utah sin demasiado atractivo más allá de su histórico aeródromo, en el que se entrenó la tripulación del infausto Enola Gay, el avión que arrojó Little Boy sobre Hiroshima acelerando el final de la II Guerra Mundial y dejando ciento y pico  mil muertos entre la población civil japonesa. Como decía, Wendover no tiene mucho interés, pero si uno camina unos pocos cientos de metros hacia el oeste y cruza una línea blanca pintada en el suelo ya no estará en el aburrido Wendover, sino en el dinámico, luminoso, crápula y depravado West Wendover, donde el juego está en marcha las 24 horas del día y tocan a un casino por cada 800 habitantes. La línea que nuestro imaginario paseante ha cruzado no es otra que la frontera entre Utah y Nevada, la que separa el juego legal del prohibido, la prostitución de la prohibición. Pero esa raya pintada en el suelo tiene muchos más significados. La economía, las costumbres y hasta la hora oficial se ven afectados por esa línea no precisamente imaginaria.

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La frontera entre Utah y Nevada en Wendover (© Hazboy)

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Otros diez pueblos que deberían cambiar de nombre pero ya

  10.- Kagada, Japón

Kagada (en japonés 利田) es un barrio de la ciudad de Gyōda, en la prefectura de Saitama, a unos sesenta kilómetros al norte de Tokio. Es fácil sospechar que su nombre no es más que la transcripción fonética que algo que en japonés significa «el colibrí bate sus alas sobre los cerezos en flor con el Monte Fuji al fondo» o algo similar. Aparentemente existe una compañía que toma su nombre del barrio. Tal vez se dediquen a fabricar papel higiénico…

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Mi primera frontera

Ubiquémonos. Anno Domini MMVI, o sea 2006, cosa de año y medio antes de que este blog suyo de ustedes empezara a existir. Hacía unos siete meses que me había trasladado a Barcelona desde mi Madrid natal. Por si se lo preguntan, sí, había una mujer detrás de la mudanza. Y sí, me casé con ella. Algún lector veterano tal vez se acuerde el post en un terrible inglés que publiqué por aquel entonces. A lo que iba. Cuando llegué a Barcelona obtuve mi primer contrato laboral decente, que incluso superaba en un par de docenas de euros el mileurismo en doce pagas, y que me permitía no sólo comer y pagar una habitación en un piso compartido con una médico rumana adicta a los bikinis, un latin lover argentino y un diseñador gráfico de Vic, sino además lujos tales como cenar fuera de vez en cuando o ir de vacaciones con Easyjet a un Bed&Breakfast londinense o a algún tugurio en el antiguo Berlín Este. A cambio, eso sí, el trabajo me exigía tener un coche. Bueno, en realidad no me lo exigían. Pero era un trabajo de comercial para empresas por toda Cataluña, y durante seis meses las había pasado bastante canutas yendo a lugares tan exóticos como Sant Quirze del Besora o Sant Pere de Nosedonde usando sólo transporte público y algún taxi ocasional. Y uno no sabe lo que es el tercer mundo hasta que no ha viajado en las Rodalies de Barcelona. Hacen que Burundi parezca Singapur. El caso es que a los seis meses de llegar a la Ciudad Condal me compré un coche. Antes tuve que pasar el engorroso trámite de suspender dos veces el examen de conducir, pero esa es otra (aburridísima) historia. Ya estamos la mayoría de los protagonistas de esta narración. Yo, el trabajo y mi flamante coche nuevo. Falta la frontera.

Habría tenido mucho sentido que este fuera mi coche, pero no es el caso

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Lo que queda de Plymouth

Vista aérea de Montserrat (© Mardis)

Montserrat es uno de esos peñascos caribeños que el Reino Unido mantiene como Territorio de Ultramar tras colonizarlo allá por el siglo diecisiete. Es una isla verdaderamente minúscula, con apenas cien kilómetros cuadrados de superficie y tan sólo cinco mil habitantes, que forma parte de la exigua lista de la ONU de territorios por descolonizar. Su capital de jure es Plymouth, aunque hace década y media que nadie vive allí. En Plymouth sólo quedan cenizas y escombros de lo que un día fue una ciudad de varios miles de personas, que vieron como casi de la noche a la mañana su pequeño mundo quedaba completamente arrasado. Plymouth hoy sólo existe en la memoria de los que la conocieron, y la ciudad y sus alrededores son un páramo inhabitable.

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Tu mapa me suena (parecidos razonables geográficos)

El otro día, atormentado por la culpa que me invade cuando estoy tres o cuatro semanas sin publicar, y ante la perspectiva de que septiembre transcurriera plácidamente en toda su integridad sin yo haber lanzado al mundo una sola línea en este su blog fronterizo (algo que podría provocar horribles ataques de ansiedad entre mis innumerables lectores), publiqué una entrada bastante breve comparando las siluetas del Lago Míchigan y Suecia, que son divertidamente parecidas. La idea, como no tardó en adivinar uno de los lectores más veteranos de este blog, la tomé de un libro que recomiendo desde ya a todos los amantes de la geografía recreativa (y si estás leyendo este blog tienes muchas papeletas para serlo): Un mapa en la cabeza, de Ken Jennings. El caso es que pregunté si a alguien se le ocurría alguna más, y vaya que sí. El mundo es raro y la geografía caprichosa, y es fascinante cómo regiones que obviamente no tienen nada que ver entre sí son terriblemente parecidas. Ahí van unas cuantas:

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