No hay en el mundo una ciudad más icónica que la capital francesa, ni tampoco más reconocible a simple vista. De la Torre Eiffel a la pirámide del Louvre, la ciudad está llena de lugares emblemáticos famosos en todo el orbe, e incluso sus típicos edificios de apartamentos, las casas Haussmann, son perfectamente identificables de un vistazo, con sus techos abuhardillados de pizarra y sus paredes de color crema. Pero a las afueras de París, en los banlieus que los cuarenta millones de turistas anuales suelen ignorar, hay todo un universo de viviendas sociales, iglesias y edificios públicos que parecen sacados de una película de ciencia ficción, y que son objeto de peregrinaje para los adictos al cemento y al hormigonazo. Hoy, en Fronteras, París Brutal.

A tres cuartos de hora en coche de la pirámide del Louvre está Villa Savoye, uno de esos iconos blancos de líneas limpias que pone tontorrones a los arquitectos. Una de las obras más conocidas de Le Corbusier, sirvió sobre todo para establecer los llamados cinco puntos de la arquitectura moderna, que fueron evolucionando hasta converger en la Unité d’habitation de Marsella: una mole de cemento que pretendía trasaladar el concepto gafapasta de Villa Savoye a un mamotreto para millar y medio de personas. Spoiler: no salió del todo bien. El caso es que a partir de aquello, se extendió por toda Europa un estilo arquitectónico basado en el hormigón a la vista, en francés, que todo suena mucho mejor, béton brut. Y de ahí el nombre del invento: brutalismo. Que es un nombre que le viene perfecto, porque pocas cosas más brutales que la arquitectura cementérea, gris y despiadada con la que a partir de los años cincuenta los arquitectos de toda Europa empezaron a poblar los suburbios de las capitales del continente.

Una vez establecido el material, se trataba de jugar con las formas. El hormigón, pese a lo que pueda parecer mirando las colmenas soviéticas de Europa del Este o de las afueras de Barcelona, permite cierta flexibilidad con la geometría, no todo tienen que ser paralelepípedos. Véanse, si no, la oficina de correos de Skopke, un engendro que exuda maldad por todos sus cementéreos poros, o los spomeniks yugoslavos, con su profusión de imaginería abstracta tallada en puro hormigonazo con la misma delicadeza que un tanque soviético invadiendo Budapest. Así que los arquitectos de toda Europa (sobre todo los británicos, pero no sólo) buscaron nuevas maneras de decorar los edificios que les encargaban. La mayoría eran bloques de viviendas sociales, porque los gobiernos permitían libertades artísticas y arquitectónicas que las promotoras privadas preferían mantener a una distancia prudencial. Al fin y al cabo, los usuarios finales del producto, es decir, sus habitantes, tampoco podían quejarse demasiado.

Nuestra primera parada de la mañana, después de abandonar la caja de zapatos con ventanas en la que nos alojábamos, fue Les Damiers, un conjunto residencial de cuatro edificios de entre doce y veintitrés plantas en el barrio de La Défense. Construidos en 1976, y a diferencia de la mayoría de nuestras visitas de aquel día, Les Damiers fueron concebidos como viviendas de lujo para altos ejecutivos que trabajasen en el barrio financiero de París. Por esa razón, se decidió que los apartamentos tendrían todos luz solar y una terraza, en algunos casos dándole al edificio una apariencia piramidal. La construcción se realizó con bloques de hormigón amontonados, que le dieron el aspecto y su nombre (damiers es damero, el tablero del ajedrez), aunque si hubieran sido construidos en nuestra época todos le llamaríamos «Los edificios Lego» o «Ikea de hormigón».


Los altos ejecutivos, sin embargo, decidieron vivir en otros lugares menos cementéreos y grises, y Les Damiers quedó para clasemedieros acomodados y otras clases sociales no tan pudientes, pero acordes con la riada de dinero que se movía por el barrio, rodeado pronto de rascacielos. La vida en el lugar era apacible, con restaurantes, tiendas, guarderías y hasta una biblioteca. Hasta que llegó el ayuntamiento a cargárselo todo. En 2007 la comuna de Courbevoi, a la que pertenece el complejo, decidió que iba a permitir que unos rusos construyeran dos rascacielos de ochenta plantas y trescientos y pico metros de alto. Como no había ningún solar disponible que permitiera semejantes monstruos, el alcalde determinó que los edificios tendrían que ser construidos donde se encontraban Les Damiers. El detalle sin importancia de que allí viviera gente (unas dos mil personas) no detuvo la decisión de los mandatarios municipales, que ofrecieron un par de cacahuetes y un botón a cada orgulloso propietario a cambio de su residencia.


Sorprendentemente los habitantes del lugar estaban menos preocupados por el desarrollo inmobiliario de la comuna y más por tener un sitio donde dormir que no fuera un cajero automático, así que trasladaron a los juzgados sus preocupaciones. El proceso de expropiación, desalojo y reubicación de los habitantes de los edificios duró catorce años, y sólo abarcó a los residentes de dos de las construcciones del complejo. Los últimos residentes fueron expulsados en 2021, y por fin se puso fecha a la demolición. Lástima que para entonces los promotores rusos hubieran quebrado. Así que los edificios se quedaron vacíos y, lógicamente, fueron pasto de okupas, drogadictos, delincuentes, traficantes y otras gentes de mal vivir, que degradaron la vida del barrio, convertido en un refugio para maleantes. Un fuerte aplauso para el alcalde. En la cara. Con una tapa de alcantarilla.


Abandonamos La Défense y sus torres brillantes de camino a otras torres no menos brillantes, pero mucho más, digamos, coloridas. Apenas nos llevó quince minutos en nuestro Fiat 500 de alquiler llegar hasta Nanterre, justo junto al límite municipal con la comuna de Puteaux, cuyo nombre pobló de gozosos chistes el resto de la mañana, para disfrute de N. que, de manera tan entusiasta como insensata, había decidido acompañarme en este tour de force hormigonáceo. En la avenida de Pablo Picasso se encuentran las Torres Aillaud, llamadas así por el arquitecto encargado, Emille Aillaud. El otro nombre que se les conoce es Tours Nuages, o Torres de las Nubes, por la forma y la decoración de las fachadas exteriores, llenas de formas curvas y orgánicas, y coloreadas como si fueran eso mismo, nubes. En total son dieciocho torres de entre doce y treinta y nueve plantas, con más de 1.600 apartamentos en total, donde hoy residen más unas cinco mil personas.


Al igual que Les Damiers, las nubecillas de hormigón de Nanterre son un producto de los años setenta. Construidas como viviendas sociales para paliar la creciente escasez de lugares donde vivir, hoy son un barrio esencialmente poblado por árabes y subsaharianos y sus descendientes. Como suele pasar con los edificios de protección social, el mantenimiento de los edificios es caro, especialmente teniendo en cuenta que los residentes no suelen pagar cantidades elevadas, o cantidad alguna, por vivir allí. En unos edificios recubiertos de millones de teselas de colores y con ventanas curvas de formas inusuales, la degradación es todavía más rápida. En 2023 se aprobó un plan de remodelación y reconversión que permitirá recuperar algunas de las torres, demoler otras, y transformar el resto en espacios de ocio, oficinas, o centros sociales.


Las Tores Aillaud no parecen exactamente nubes, y no dejan de ser una fumada arquitectónica de primer orden, pero es cierto que evitan el aspecto brutal del hormigón, gracias a las pequeñas piezas de cerámica de dos por dos centímetros que recubren la mayor parte de su superficie exterior. Cuentan que cuando llueve o está nublado, los edificios se disuelven en el tiempo meteorológico, como un pulpo en una roca. El rato que estuvimos por allí (un par de horas, yo fotografiando y N. dibujando) no nos pareció un lugar especialmente conflictivo, pero hace unos años las torres fueron el epicentro de unos disturbios que hicieron arder media Francia. Por todo el complejo abundan las pintadas de «Justice pour Nahel», que protestan por la muerte de Nahel Merzouk, un delincuente juvenil de 17 años al que la polícia disparó a bocajarro cuando intentó saltarse un control de tráfico en la periferique parisina. El chico, descendiente de argelinos, vivía en las torres, y allí fue donde comenzó el incendio social que en los siguientes diez días calcinó cinco mil vehículos, diez mil cubos de basura y unos doscientos edificios. Los disturbios salvajes parecen ser una tradición en Francia (cada pocos años hay unos, los últimos este mismo mes de octubre), y casi todos nacen en los bainlieus, los barrios periféricos de París donde la mayoría de la población es de origen extranjero.


Guyancourt es una pequeña ciudad de veinte mil habitantes a treinta kilómetros al suroeste de la Torre Eiffel, más o menos. Es un suburbio bastante anodino, tranquilo y residencial, que no tiene nada especialmente reseñable. Mejor dicho, no lo tenía hasta que a principios de los noventa el arquitecto español nacido en Samarcanda Manuel Núñez Yanowsky decidió construir las columnas más innecesariamente recargadas de la historia reciente. En una calle con el apropiado nombre de Frank Lloyd Wright, dos edificios residenciales a ambos lados de un parque están sostenidos por cariátides. Y no unas caríatides cualesquiera, sino reproducciones gigantes de la Venus de Milo, que cargan sobre sus hombros desnudos el peso de cuatro pisos de apartamentos.




Como el lector habrá deducido, los años setenta fueron una década de expansión urbana en la capital francesa y especialmente en sus alrededores. Las primeras oleadas de inmigrantes y franceses retornados desde las colonias necesitaban un sitio donde dormir y mirar el móvil mientras hacían sus necesidades, así que el estado francés construyó o promovió abundantes viviendas. En algunos casos, construyeron ciudades enteras. Fue el caso de las Villes Nouvelles, o ciudades planificadas, de las que se construyeron cinco en la periferia parisina. Una de ellas fue Saint-Quentin-en-Yvelines, que se levantó alrededor del municipio de Motigny-Le-Bretonneux. Y fue justo allí donde se le encargó a otro arquitecto catalán que levantara el enésimo conjunto de viviendas sociales: Les Arcades du Lac, obra de Ricardo Bofill.



Contrariamente a su nombre, y pese a estar construido con piezas de hormigón prefabricado, el lugar no da arcadas. De hecho es bastante idílico, muy próximo a una utopía decimonónica. Y por eso mismo, tan entretenido como ver crecer un geranio en slow motion. Las arcadas del lago representan un jardin geométrico, pero en vez de plantas, hecho con cemento. Gracias al tinte marrón y a cierto buen gusto no parece aquello un gulag kazajo sino simplemente el decorado de una ucronía en la que los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial. La parte más conocida y fotografiada, llamada el acueducto e inspirada, dicen, en el ídem de Segovia, se extiende hacia el interior del lago, haciendo que los balcones asomen justo sobre el agua. El sueño de cualquier turista británico.


Nos encontraremos de nuevo a Bofill más adelante, pero ahora regresemos a Pablo Picasso. Las torres de colores estaban en una avenida con su nombre, y lo mismo sucedió con nuestra siguiente parada en la ruta del hormigón. Desde las Arcadas del Lago hasta la Comuna de Créteil hay unos tres cuartos de hora en coche. Con sus cien mil habitantes es una de las diez ciudades más pobladas de la Isla de Francia, y aloja una de las urbanizaciones más, digamos, sorprendentes de todo el país. Desde lejos Les Choux de Créteil parecen un puñado de coliflores, aunque no le deben su nombre popular (las coles) a eso, sino a los vegetales que se cultivaban en el terreno donde están levantados. Las hojas de la coliflor, que de cerca parecen bañeras de cemento, son en realidad las terrazas de los apartamentos, colocadas estratégicamente para dar acceso al exterior, pero que dada su forma curva y por tanto horriblemente incompatible con cualquier mobiliario del Ikea, mayoritariamente se utilizan como trasteros.



Una cosa que me gusta de los arquitectos posmodernistas es cómo juegan con las palabras para justificar sus idas de pinza. De hecho juegan aún más con las palabras que con los materiales. En el caso que nos ocupa, Gérard Narval, a quien le fue concedido el privilegio de llevar al mundo real sus masturbaciones intelectuales con cargo al erario público, explicó que su intención era ser «más austero en los sólidos pero al mismo tiempo flexible y vegetal en las formas», que es una manera muy correcta, poética y educada de decir «lo hice así porque me salió de la bolsa escrotal y vosotros no lo entendéis, cazurros». Como las Torres Aillaud, la forma circular de los apartamentos dificulta amueblarlos con piezas que no sean a medida, lo que se contradice con la intención original de los promotores (el ayuntamiento), que era destinarlo a viviendas de protección oficial. Las diez torres se completaron en 1974 después de seis años de construcción, y pese a que pasaron una época de degradación y abandono, como suele pasar, hoy día los edificios están perfectamente conservados, gracias a que fueron declarados «patrimonio del siglo XX» por el Ministerio de Cultura. Una cuarta parte del total de los apartamentos son para estudiantes, el resto están ocupados fundamentalmente por familias, lo que convierte el barrio en un lugar muy animado.



Según nos acercábamos con el coche N. profirió una blasfemia, seguida de la pregunta, «pero, ¿qué es esta aberración?». Prometí que volveríamos a visitar a Ricardo Bofill y aquí estamos. Concretamente en Noisy-le-Grand, otro de esos suburbios parisinos más allá de la periferique con innecesarios guiones entre las palabras. Allí el español alzó su obra magna, una de las más conocidas y fotografiadas de toda Francia. Si Les Arcades du Lac era Versalles para pobres, esto es Fontainebleu para esquizofrénicos. Espaces d’Abraxas es un conjunto monumental en todos los sentidos del término, algo salido de la mente de Albert Speer puesto de farlopa cortada con vidrio machacado. El comoplejo se compone de tres unidades diferentes: el palacio, el arco de triunfo y el teatro. Los tres son descomunales, los tres son neoclásicos, los tres están construidos, al igual que Les Arcades du Lac, con hormigón prefabricado, y los tres han acabado siendo pasto de los maleantes y decorado de películas distópicas. Aparentemente cuando se diseñaron no se pensó que la gente tenía que vivir ahí y no sólo hacerse fotos, y, como en tantas otras ocasiones, sucedió lo inevitable. El mantenimiento de los edificios era carísimo, los habitantes no podían pagarlo, el ayuntamiento no quería hacerse cargo, la zona se degrada, etcétera. Un clásico de la arquitectura, en este caso doblemente.




Junto al engendro bofilliano hay un centro comercial que también se llama Les Arcades, y que en este caso sí hace honor a su nombre, al provocar náuseas incontrolables al visitante. El interior luminoso, con sus Starbucks poblados de hipsters bebiendo matcha spice pumpkin latte de a doce euros y sus marcas conocidas contrasta con el exterior, un yonkódromo indescriptible específicamente diseñado para propagar el sida y el tétanos. Sólo la visión de las rampas del parking, extraídas del peor drama postapocalíptico jamás filmado, provoca ideaciones suicidas y homicidas a partes iguales. Pero un poco más allá, que es a donde íbamos, está otra obra del taller de Ricardo Bofill, en este caso del ya mencionado Núñez Yanowsky, y que nos trae por tercera y última vez al pintor malagueño más universal: Las Arenas de Picasso. O, como las llaman sus habitantes, los camemberts.


Acabados en 1985, estos dos mamotretos circulares deben su existencia a la misma oleada constructiva y creativa que el Versalles para enajenados mentales a un kilómetro de allí. 540 viviendas en dos galletas María de 70 metros cada una, que representan, supuestamente, el amanecer y el atardecer (ambos quesos están orientados en el eje este-oeste). Según sus partidarios, Yanowsky concibió el vecindario como un manifiesto arquitectónico; la plaza central se llama Picasso y no es por casualidad, porque los edifiios que la rodean pretenden ser una representación abstracta y onírica de la vivienda social. Porque hacer casas para que viva la gente es, bueno, vulgar. Como sucede en el Walden 7, el edificio más famoso de Ricardo Bofill, el interior de Les Arenes de Picasso es un laberinto cuyos misterios se aprenden con décadas de experiencia. Y como sucede en casi todos los edificios construidos para que el arquitecto presuma de atributos, a la larga el mantenimiento es increíblemente caro en comparación con, por ejemplo, una torre normalita de esas de extrarradio con sus terracitas para hacer cenas con amigos. Pero claro, se trata de iconos. Queréis tener un monumento histórico artístico poblado por gente de clase baja y no pagar docenas de millones de euros en mantenerlo y las dos cosas no pueden ser.



Al día siguiente era domingo, así que fumos a la iglesia. Concretamente a la Iglesia de Saint André de Bobigny, el último icono brutalista de este viaje. No sólo llegamos tarde a misa sino que descubrimos que éramos a) los únicos blancos y b) los únicos feligreses que no llevaban puestas sus mejores galas. Nuestros vaqueros y camisetas nos hacían parecer pordioseros al lado de los trajes de chaqueta de corte perfecto de ellos y los vestidos dominicales de colores vivos de ellas. Estuvimos a un tris de que nos tiraran un par de euros y nos dijeran que no nos lo gastáramos en drogas. Así que finalmente nos limitamos a ver el edificio por fuera y disfrutar de su aspecto innecesariamente brutalista, que, eso sí, encaja perfectamente con el entorno de edificios de veinte pisos que lo rodea. Así concluyó nuestro viaje lisérgico y hormigonáceo, cementéreo y enloquecido, en busca de los iconos más icónicos del París brutal.


Este viaje, el larguísimo artículo subsiguiente, y buena parte de mi afición por el cementazo, está inspirado por un texto que casi todos los perros viejos de la internet española hemos leído alguna vez, generalmente entre carcajadas: Satán es mi señor, del blog Visicitud y sordidez, absoluto clásico que marcó un antes y un después en la percepción del urbanismo en muchos de nosotros.
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