El cementerio de naves espaciales del Océano Pacífico

Por no haber, no hay ni peces, y eso que tiene más océano a su alrededor que cualquier otro punto sobre la superficie del Planeta Tierra. Es un lugar tan remoto e inaccesible que su ubicación real no se conoció hasta hace treinta años, y es probable que lo hayan visitado muchas menos personas que las que han paseado por la superficie de la Luna. Es la definición perfecta y redonda de «en mitad de la nada», un lugar donde nunca pasa nada ni nadie, aunque, eso sí, ocasionalmente se estrella allí una nave espacial. Es, claro, el Punto Nemo.

Nada por aquí, nada por allá. O sea, por nadar no va a ser.

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48 horas en Ucrania (segunda parte)

Primera parte: Fin de semana en un país en guerra

Leópolis toma su nombre del Príncipe Lev, hijo del fundador de la ciudad, Daniel de Galicia. Lev significa León, y el original L’viv se tradujo al latín como Leopolis. Nosotros y los italianos lo adaptamos del latín, mientras que polacos y germanoparlantes denominaron a la ciudad Lwow y Lemberg. Toda esta ensalada de nombres viene a que la historia de la ciudad es, como la de casi todas partes en centroeuropa, una sucesión de reinos, batallas e imperios, que como es lógico han dejado su impronta en la trama urbana. A lo largo de los siglos Leópolis fue polaca, austríaca, ucraniana y soviética. El centro de Leópolis es heredero de la época en la que la ciudad era la capital de Galicia (no esa Galicia, la otra), especialmente la plaza del mercado, que data del siglo XIV, aunque la mayoría de los edificios, incluyendo la torre, son del XIX. Precisamente en la torre del ayuntamiento es donde ondeó por primera vez la bandera de la Ucrania independiente, en 1990, un año y medio antes de la independencia efectiva. Y allí sigue.

«Podremos admirar el original después de la victoria». En la plaza del Ayuntamiento, cuatro estatuas -Neptuno, Diana, Anfitrite y Adonis- custodiaban las cuatro esquinas del edificio. Al iniciarse la guerra, las autoridades las retiraron para evitar daños

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Fin de semana en un país en guerra: 48 horas en Ucrania

La hilera de camiones comenzaba a cinco kilómetros de la aduana. El autobús verde de dos pisos en el que viajaba había adelantado a unos cuatrocientos tráilers para cuando llegamos a la frontera. Después había llegado nuestro turno de tener paciencia. La espera había sido tan larga que una docena de los pasajeros del bus decidieron cruzar a pie y pedir un taxi al otro lado. Pero finalmente, después de lo que había parecido una eternidad, nos devolvieron los pasaportes, nuestro bus se puso en marcha y cruzamos al que sería mi país número 61, y el primero en guerra. Un cartel en cirílico me hizo ser consciente de la realidad: Ласкаво просимо в Україну. O sea: Bienvenidos a Ucrania.

This shit is getting serious…

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