Los escoceses que reinaron sobre las Islas Cocos

No hace falta ser un sabueso experimentado para saber por qué las Islas Cocos se llaman así. Ser el amo y señor de una isla desierta es una fantasía recurrente desde hace siglos para muchos varones en la edad adulta, pero para John Cluniess-Ross y sus descendientes hasta la quinta generación, esa fantasía fue su realidad, su vida y su destino. Y todo empezó, claro, por los cocos.

El archipiélago principal de las Cocos (también llamadas Keeling), visto desde el espacio (NASA)

Las Shetland son el archipiélago más al norte de Escocia; tan arriba en el mapa están que se encuentran mucho más cerca de Noruega y de las Islas Feroe que de Edimburgo. En aquel rincón dejado de la mano de Dios vino al mundo en 1786 John Clunies, hijo de un maestro de escuela y un ama de casa. Con apenas trece años se lanzó al mar como grumete en un barco ballenero; para entonces ya había añadido a su nombre el apellido de su madre, que provenía de una de las familias más prestigiosas del archipiélago: la familia Ross. Su hermano pequeño siguió sus pasos poco después. Entrado en la veintena, en seguida ascendió en la jerarquía naval, hasta que con apenas 27 años, estando en la isla de Timor, le ofrecieron capitanear un mercante, y aceptó encantado. En uno de sus muchos viajes alrededor del Índico conoció las Islas Keeling, llamadas así por el británico que las había descubierto dos siglos antes, y a las que también se conocía como Islas Cocos por la abundancia de cocoteros en algunos de sus atolones. El lugar le gustó tanto que decidió establecerse allí. Pero, contra todo pronóstico, no fue el único.

Ubicación de las Islas Cocos a tomar viento a mano derecha de Australia

Alexander Hare ha pasado a la historia no como un colono y político inglés, pese a ser las tres cosas, sino como el poseedor de un harén de docenas de mujeres que le seguían allá donde fuese. Uno de esos lugares fue Banjamarsin, a donde llegó en 1812 tras recibir una concesión de tierras de considerable tamaño de manos del Sultán de Borneo. Pese a tener a su disposición más de tres mil kilómetros cuadrados de territorio, Hare apenas pasaba tiempo en sus posesiones, así que contrató los servicios de un capitán de barco, al que puso a cargo de la descomunal franja de costa, para despejar la tierra, construir defensas y establecer un puesto comercial. Ese capitán de barco era, como el lector habrá podido imaginarse, John Clunies-Ross.

Mapa de las Islas Cocos en 1899 (Wikimedia Commons)

Clunies-Ross descubrió las Keeling en 1825, y poco después decidió regresar a Escocia a por su mujer, sus hijos y otros familiares. Pero en el interín Alexander Hare tomó también la decisión de establecerse en el archipiélago, así que agarró a sus cuarenta «esposas» y a unos cuantos trabajadores malayos «voluntarios» y se los llevó a lo que hoy se conoce como Home Island, donde instaló un secadero para fabricar copra y venderla en el mercado internacional. ¿Quién era el capitán del barco que le llevó allí? Robert Clunies-Ross. Cuando su hermano llegó al archipiélago algo más de un año después se encontró a su antiguo jefe ya instalado y con un negocio en marcha. El escocés pensó, incorrectamente, que podría haber negocio para los dos, y, correctamente, que si no era el caso, él ganaría la batalla por el control de las islas. Así que las dos empresas mantuvieron operaciones desde dos islas diferentes plantando cocoteros y fabricando copra. Pero no sólo se enfrentaban dos negocios, también dos visiones del mundo incompatibles. Por un lado Alexander Hare, hedonista, esclavista y polígamo. En la isla de enfrente, John Clunies-Ross, de estricta moral cristiana, ferviente monógamo y que trataba a sus empleados con paternalismo no exento de firmeza. Poco a poco las mujeres y los trabajadores de Hare fueron desertando hacia los dominios de Clunies-Ross, donde, aunque seguían siendo técnicamente poco más que esclavos, al menos les trataban bien. Finalmente el inglés acabó marchándose de la isla en 1831, apenas cinco años después de haber llegado allí. Clunies-Ross se quedó con todo.

A ver, yo también me querría mudar aquí con la familia

Cuando John Clunies-Ross murió en 1854, las Cocos ya funcionaban a todos los efectos como un país independiente. El patriarca de la familia había negociado con los holandeses y los británicos simultáneamente para garantizar que ninguno de los dos le importunara en su dominio del archipiélago, y lo había conseguido. Tres años después de su muerte el Imperio Británico se anexionó de forma oficial las islas, pero otorgándoles a los Clunies-Ross el monopolio en la explotación y la gestión de la dependencia. Fue entonces cuando el heredero de John, John George, comenzó a autodenominarse «Rey de las Islas Cocos» con el nombre de Ross II, un título que nunca fue reconocido más allá de los atolones, pero que la familia siguió usando de manera informal durante el siguiente siglo y pico.

El aeropuerto de las Islas Cocos, construido en 1945 como pista para el despegue y aterrizaje de bombarderos británicos (Flightism)

En 1887 un naturalista británico descubrió que en la Isla de Navidad existían depósitos de fosfatos, lo que precipitó su anexión al Imperio Británico. Necesitados de barcos, hombres y capacidad logística, el Reino Unido volvió sus ojos hacia los Clunies-Ross, situados a unos respetables mil kilómetros de allí pero con una dilatada experiencia moviéndose por el Índico. Dos de los miembros de la familia fundaron una compañía para explotar las riquezas de la Isla de Navidad, y a cambio obtuvieron el reconocimiento explícito de la monarquía británica: la Reina Victoria les otorgó la concesión del archipiélago a perpetuidad. Así fue como el archipiélago legalizó lo que venía siendo un hecho desde seis décadas atrás: las Islas Cocos serían una dependencia privada de la familia Clunies-Ross para siempre. Aunque en geopolítica «para siempre» suele querer decir «hasta que convenga otra cosa».

Oceanía House, la mansión que Ross III ordenó construir a finales del siglo XIX para la familia, y que hoy es un hotel en el que se puede pernoctar por apenas 180 € la noche (desayuno aparte)

Socialmente las Cocos evolucionaron hacia una dictadura más o menos benigna. Charles Darwin pasó por allí con el Beagle en 1836 y dejó escrito en su diario que aunque los malayos eran técnicamente libres y se les trataba como tales, en la práctica eran prácticamente esclavos. Los Clunies-Ross establecieron una moneda propia (la rupia de las Cocos) que lógicamente sólo servía para comprar en la cantina del asentamiento principal, y establecieron ciertas costumbres, como ser ellos los encargados de ponerle nombre a cada niño que naciera en las islas. Así vinieron al mundo bebés llamados Yes, Dollar, Champagne, Darling o Wedding. A finales de los 1880 y coincidiendo con la concesión a perpetuidad del archipiélago, George Clunies-Ross, también llamado Ross III, ordenó levantar una mansión para la familia en la isla de Home, con vistas a la laguna central del atolón, ocho dormitorios, tres plantas, un gran salón y una escalera en espiral. La familia había prosperado y para el cambio de siglo un viajero británico que pasó por allí definió las Cocos como «una especie de arcadia sin delitos, ni policía, ni huelgas, ni sindicatos».

Rupias de las Cocos hechas en madera y acuñadas en 1913 por Ross IV (fuente)
John Sydney Clunies-Ross, también conocido como Ross IV, rey de las Cocos entre 1910 y 1944 (The Scotsman)

Lo cierto es que por muy benigna que fuera la dictadura de la familia Ross, la pena por marcharse del atolón era la prohibición de regresar, así que casi nadie se iba. Por otro lado, las costumbres y la religión de los malayos, que para la primera década del siglo XX eran millar y medio, se respetaban, y a menudo se hibridaban con las tradiciones escocesas en los ritos y fiestas, como matrimonios y funerales. Vivienda, sanidad y educación eran gratuitas para todos los residentes, y además existía un programa de jubilación que permitía a los malayos retirarse con sesenta años y cobrar la mitad de su salario durante el resto de su vida. Políticamente, las Cocos se convirtieron en un nudo de comunicaciones vital para la red telegráfica imperial, lo que las convirtió en un blanco apetecible durante la Primera Guerra Mundial. Así se produjo la Batalla de las Cocos, en la que un buque alemán bombardeó la estación de comunicaciones de la Isla Direction, justo antes de ser hundido por una patrullera australiana, a las pocas semanas de empezar el conflicto. Durante la Segunda Guerra Mundial los japoneses ocuparon la Isla de Navidad, pero las Cocos quedaron a salvo de la ocupación, pese a que fueron bombardeadas varias veces. Un grupo de esrilanqueses intentó amotinarse para tomar el control de las islas pero fracasaron y fueron consiguientemente fusilados. Al finalizar la guerra, el control del archipiélago volvió a la monarquía de los Clunies-Ross, en esta ocasión a John-Cecil, que había heredado el trono de su padre Sydney, fallecido de un infarto durante un bombardeo japonés. John-Cecil Clunies-Ross, con el nombre de Ross V, sería el quinto y último Rey de las Islas Cocos.

Militares británicos celebran en el aeródromo de las Cocos la noticia de la rendición de Japón
Visita oficial de la Reina Isabel de Inglaterra a las Islas Keeling en 1954

Después de la Segunda Guerra Mundial y en plena descolonización, se comenzó a plantear qué hacer con la dependencia de las Cocos. Para entonces el archipiélago llevaba un siglo y pico bajo control de la familia Clunies-Ross y no tenían la menor intención de abandonarlo. El interés creciente de Australia por el atolón se acabó concretando en 1955 cuando Gran Bretaña traspasó las islas al gobierno de Canberra.La mayoría de los malayos de las Cocos habían salido del territorio por motivos económicos en la década inmediatamente anterior así que la población había bajado desde las 1.700 a las 900 personas, y el éxodo no se detendría hasta una década más tarde. Sin embargo, el control casi absoluto por parte de los Ross todavía duraría un cuarto de siglo más. La incomodidad de tener la soberanía sobre un territorio demasiado parecido a un reino feudal del medievo hizo que los australianos subieran poco a poco la presión sobre la monarquía informal de las Keeling, hasta llegar a la amenaza de la expropiación. Finalmente, en 1978, el monarca Ross V aceptó vender la propiedad de las islas al gobierno australiano por seis millones de dólares de la época (unos cuarenta millones de dólares australianos de hoy, o 25 millones de euros). En 1984 la población malaya que permanecía en la isla, unas 300 personas, votó masivamente por unirse a Australia, y recibieron la nacionalidad de su nuevo país. John Cecil Clunies Ross, el último rey de las Cocos, salió del archipiélago en los años 80. Murió en 2021. 

Bandera de las Islas Cocos, adoptada por los 600 habitantes del archipiélago en 2004

Hoy día las Islas Cocos (Keeling), su nombre oficial con paréntesis incluído, son un minúsculo paraíso tropical. De sus apenas seiscientos habitantes, más de dos terceras partes son descendientes de los malayos que llegaron allí con el primero de los Clunies-Ross. Y allí permanece también John Clunies-Ross, que comparte nombre y apellidos con el fundador de la colonia, pero es el trastaranieto (el hijo del tataranieto). Es el primer varón de su familia que no reina pese a haber nacido como heredero al trono. Pero al menos sigue viviendo en el archipiélago, como las cinco generaciones que le precedieron.

Fuentes, más info y lecturas recomendadas: Cabovolo, Wikipedia (2), Sidney Morning Herald, Oxford Academic, BBC.

Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras

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