Cuando Phileas Fogg dio la vuelta al mundo en la archifamosa novela de Julio Verne, llegó a Londresun día antes de lo que pensaba, porque había olvidado retrasar el calendario un día al atravesar la línea internacional de cambio de fecha cruzándola de este a oeste. Ciento cincuenta años después cruzar esa línea imaginaria es mucho más común, fácil y barato, y cada día docenas de vuelos lo hacen en ambos sentidos. Y unos pocos lo hacen exactamente la noche en la que hemos decidido que acaba un año y empieza el siguiente. Son los elegidos para celebrar dos nocheviejas consecutivas en dos lugares diferentes.
Cualquiera que se haya subido a un avión en los últimos tres cuartos de siglo sabe que cada aeropuerto se identifica internacionalmente con un código de tres letras, que aparece en los billetes, en las etiquetas del equipaje y en ocasiones en la comunicación y el marketing del propio aeropuerto. Se llaman Códigos IATA, por la Asociación Internacional del Transporte aéreo, fundada en 1947 en La Habana aunque su antecesora directa data nada menos que de 1919. La mayoría de los códigos siguen patrones fácilmente reconocibles, como BCN (Barcelona), AMS (Amsterdam), MEX (Ciudad de México) o JNB (Johannesburgo). Otros son ligeramente más complejos. LAX (Los Ángeles) añadió una letra a las iniciales de la ciudad cuando los códigos de aeropuerto pasaron de dos a tres letras en 1947, mientras DXB (Dubái) también colocó una X porque DUB ya estaba asignado a Dublín.
Una asistente de tierra coloca una etiqueta a mi equipaje, en el verano de 2019. EWR es Newark, en Nueva Jersey, el tercer aeropuerto de Nueva York
La respuesta más honesta que se me ocurre a la pregunta del título es: ¿Cuántos quieres que haya? El número depende mucho de la definición que usemos de «país», y también de qué consideremos, a efectos de contabilidad geográfica, como «existir». ¿Groenlandia es un país? ¿Y Kosovo? ¿Transnistria? ¿Las Islas Canarias? ¿La Antártida? Vamos a contar países, tralalá.
Cuando la segunda de las Torres Gemelas cayó, en el Sur de Manhattan se desató un caos que la ciudad de Nueva York, esencialmente caótica, jamás había llegado siquiera a imaginar. Cientos de miles de personas, trabajadores que habían llegado a la isla desde cualquiera de los demás Boroughs de la ciudad, o desde el vecino estado de Nueva Jersey, se encontraron atrapadas: todos los puentes y túneles de la ciudad habían sido cerrados y no había manera de salir de Manhattan. Y entonces apareció el milagro. Una flotilla irregular compuesta por ferris, guardacostas, remolcadores, cruceros turísticos, golondrinas, pesqueros y hasta yates privados apareció al rescate. Fue el Dunkerque neoyorquino, una historia casi desconocida de las muchas que nos dejó aquel trágico 11 de septiembre de hace hoy 22 años.
Un remolcador de los Guardacostas observa el incendio de las Torres Gemelas en algún momento entre las 9:02 y las 9:58 de la mañana del 11 de septiembre de 2001
En un lugar conocido como «la ciudad de los rascacielos», un edificio de 22 plantas no parece gran cosa, pero el Flatiron tiene su propio espacio en el imaginario neoyorquino, no sólo por ser el rascacielos más antiguo de la ciudad sino por su inconfundible forma y su estética Beaux Arts. Construido en 1902, automáticamente se convirtió en un icono de la ciudad no sólo entre los arquitectos sino para el público en general; durante los siguientes 117 años permaneció como una de las imágenes más reconocibles de la gran manzana, pero los últimos cuatro el edificio ha estado cubierto de andamios por fuera, y completamente vacío por dentro. ¿Por qué? A eso vamos.
El perpetrador de estas líneas, frente al edificio protagonista de hoy, en el verano de 2019, cuando ya estaba vacío. El edificio, digo. Yo estaba más bien rellenito.
El Puente de Londres es una de las atracciones más conocidas de la capital británica. O bueno, en realidad no. Lo que un porcentaje elevadísimo de los turistas que visitan el lugar conocen como Puente de Londres (London Bridge) se llama en realidad Puente de la Torre (de Londres) (Tower Bridge). No se les puede culpar. La cantante Fergie, de los Black Eyed Peas, le dedicó una canción, y también usó el nombre incorrecto. Y hasta Google Imágenes tiene serios problemas para distinguir uno de otro. En realidad el Puente de Londres es una cosa de hormigón visualmente bastante anodina y normalita, 800 metros Támesis arriba del Tower Bridge. Pero el puente actual no es el primero con ese nombre. En el lugar donde se ubica ha habido puentes desde la época romana, una sucesión de estructuras a lo largo de los milenios de la que la actual, abierta al tráfico en 1973, es la última. ¿Y qué se hizo con el puente que ostentaba el nombre de London Bridge hasta entonces? Pues a eso íbamos: hoy en Fronteras, el Puente de Londres que acabó en Arizona.
Corría el año 620 antes de nuestra era cuando en lo que hoy llamamos Península de Anatolia el reino de Lidia acuñó la considerada primera moneda de curso legal de la historia. Hecha de oro blanco y con un peso de cinco gramos, su valor nominal era de un tercio de estatero. Durante los siguientes veintisiete siglos el oro y los metles preciosos fueron la base de las finanzas, hasta que en los años setenta del siglo XX el patrón oro fue abandonado definitivamente en favor del dinero fiduciario. Una moneda de curso legal es una de las características tradicionales de los estados independientes, pero en las últimas décadas muchos países han abandonado sus monedas tradicionales para usar otras de nueva creación, o en ocasiones monedas de otros países. Hoy vamos a ver cuáles son las monedas que más países usan en el mundo.
Dólar de Singapur y Dólar de Brunéi: 2 países (Singapur y Brunéi, obvio)
En 1967 Singapur, Brunéi y Malasia firmaron un acuerdo de intercambiabilidad de sus monedas; al fin y al cabo los tres países venían de usar la misma, el Dólar de Malaya y Borneo. Según el acuerdo las tres monedas eran intercambiables y del mismo valor. En 1973 Malasia se salió de la alianza pero Brunéi y Singapur la han mantenido hasta hoy. Las dos monedas pueden cambiarse en cualquier banco sin coste ni comisión, y la mayoría de establecimientos públicos de Singapur admiten el dólar de Brunéi, mientras que el dólar singapurense es aceptado en todas partes en el sultanato.
Dólares de Brunéi y Singapur conmemorativos del 50 aniversario de la firma del acuerdo de intercambiabilidad
Dólar Australiano: 4 países (Australia, Kiribati, Nauru, Tuvalu)Seguir leyendo →
Lo mejor de este blog son sus lectores, os lo tengo dicho. Hoy es nuestro amigo Santiago Cuadro, desde Montevideo, Uruguay, a quien los lectores con mejor memoria recordarán narrando la historia de un pueblito canadiense devenido en granja de Bitcoins. En esta ocasión nos deleita con una tremenda historia que merece una lectura reposada y con tiempo. Policías Montados, inuits, biblias, hielo, remordimientos y redención, todo en mitad de la II Guerra Mundial. Que la disfrutéis.
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El 12 de marzo de 1941 fue un miércoles particularmente frío. Ernie Riddell, encargado del solitario expendio que la Compañía de la Bahía de Hudson tenía en el archipiélago de las Islas Belcher (y uno de los dos únicos blancos residentes allí junto con su empleado, Lou Bradbury) le pidió a un conocido, un inuit llamado Peter Sala, si se ofrecía a guiarlo a él, su trineo y sus perros a través de una congelada bahía de Hudson hasta Fort George en la costa norte de Quebec, donde debía hacer unas diligencias relativas a su trabajo. Sala aceptó, pero el viaje fue incómodo. Durante el transcurso del mismo un angustiado inuit le repetía constantemente a Riddell: «Soy una mala persona» sin especificar los motivos, mientras soportaban ventiscas perennes de nieve, temperaturas largamente bajo el punto de congelación y atravesaban un medio ambiente tan hostil que no se podía discernir dónde terminaba el hielo, o comenzaba el cielo. Una vez llegados, Sala finalmente se quebró y fue a buscar a su viejo conocido Harold Udgaarten, empleado de larga data de la Compañía de la Bahía de Hudson en Fort George, para hacerle una confesión: había asesinado a tres personas.
Puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson en Fort George, Quebec, en 1888. 53 años más tarde, dentro de estas paredes, la confesión de Peter Sala viajaría de costa a costa a través de Canadá teniendo eco incluso fuera de sus fronteras.
Una vez más el trasero de este incompetente bloguero se ve salvado por la colaboración de uno de sus escasos, pero no por ello menos inmerecidos lectores. En esta ocasión Francisco Bustamante nos deleita con la historia de la Antártica Ecuatoriana, una reclamación bastante bizarra que tuvo un final no menos sorprendente. Que ustedes la disfruten
Las fronteras de la Antártica (o Antártida si lo prefieren) son de por si bastante curiosas, y solo pueden compararse a cortar trozos de un gigantesco pastel blanco que se deshace día a día. Hoy en día los reclamos están congelados por el Tratado Antártico, un legado de la guerra fría que ha permitido que no se haya destruido ni explotado a gran escala el continente blanco. Otra cosa es la historia de las reclamaciones de pedazos de ese pastel helado; algunas pocas quedaron protegidas por el tratado, pero otras, las más, quedaron olvidadas en el anecdotario de la historia. Allí está Nueva Suabia, y por supuesto, la famosa Antártida Ecuatoriana. Ahora bien, Ecuador es un país tropical, tierra de plátanos y tortugas, a mucha honra. ¿Qué tiene que ver con continente antártico?
Pasan los meses tras el estallido de la pandemia y muchas fronteras siguen cerradas por todo el mundo. Una de ellas es la de Estados Unidos y Canadá. Con la epidemia todavía por controlar en gran parte del país el cierre del límite común se prolongará al menos hasta el 21 de diciembre, sumando así casi nueve meses de bloqueo. Los trastornos que este prolongado cierre fronterizo está conllevando son numerosos, y el de hoy, aunque pueda parecer menor, en realidad no lo es tanto.
Nuestra pareja protagonista de hoy saluda a la sección internacional de los invitados a su boda (Q961)