América
La Isla Fantasma que le quitó la Antártica al Ecuador
Una vez más el trasero de este incompetente bloguero se ve salvado por la colaboración de uno de sus escasos, pero no por ello menos inmerecidos lectores. En esta ocasión Francisco Bustamante nos deleita con la historia de la Antártica Ecuatoriana, una reclamación bastante bizarra que tuvo un final no menos sorprendente. Que ustedes la disfruten
Las fronteras de la Antártica (o Antártida si lo prefieren) son de por si bastante curiosas, y solo pueden compararse a cortar trozos de un gigantesco pastel blanco que se deshace día a día. Hoy en día los reclamos están congelados por el Tratado Antártico, un legado de la guerra fría que ha permitido que no se haya destruido ni explotado a gran escala el continente blanco. Otra cosa es la historia de las reclamaciones de pedazos de ese pastel helado; algunas pocas quedaron protegidas por el tratado, pero otras, las más, quedaron olvidadas en el anecdotario de la historia. Allí está Nueva Suabia, y por supuesto, la famosa Antártida Ecuatoriana. Ahora bien, Ecuador es un país tropical, tierra de plátanos y tortugas, a mucha honra. ¿Qué tiene que ver con continente antártico?
Coronavirus y Fronteras: las parejas que se casaron junto a un límite internacional para que pudieran acudir invitados de los dos países
Pasan los meses tras el estallido de la pandemia y muchas fronteras siguen cerradas por todo el mundo. Una de ellas es la de Estados Unidos y Canadá. Con la epidemia todavía por controlar en gran parte del país el cierre del límite común se prolongará al menos hasta el 21 de diciembre, sumando así casi nueve meses de bloqueo. Los trastornos que este prolongado cierre fronterizo está conllevando son numerosos, y el de hoy, aunque pueda parecer menor, en realidad no lo es tanto.

Donald Trump y el triángulo de la discordia
Una vez mas se demuestra que lo mejor de este blog son sus lectoras. Francisco Bustamante, desde Quillota, capital de la palta, envía esta magnífica crónica sobre la bizarra disputa fronteriza que mantuvieron, y aún mantienen, Chile y Perú. Que ustedes la disfruten
Chile y el Perú se disputaron el dominio del Pacífico Sudamericano durante buena parte del siglo XIX. El primero era un país más pequeño y pobre, pero más estable que el segundo, país bastante rico gracias al legado del Virreinato. Ambos países se enfrentaron en la Guerra del Pacífico, o del salitre, llamada así porque el territorio disputado contenía el 90% de las reservas naturales de dicho producto. La guerra concluyó con la victoria chilena, pero sin un tratado de paz definitivo que estableciese los límites. Tras 50 años, y por intervención de EE.UU., en 1929 se firma el tratado de límites definitivo entre Perú y Chile.
Entre otras cosas, ese tratado dispuso que la frontera entre Chile y Perú «partirá de un punto de la costa que se llamará «Concordia», diez kilómetros al norte del puente del río Lluta…». Parecía muy simple. Lamentablemente los diplomáticos de ambos países olvidaron que el punto “Concordia”, aquel que marcaba el inicio de la frontera, requería de un monolito o hito que marcase en el terreno el lugar exacto. ¿Acaso es posible hacer un monolito en plena costa del Océano Pacífico, en un arenal de la costa donde la corrosión y las marejadas no han permitido construcción humana alguna? Los topógrafos, bastante más prácticos, acordaron colocar el hito del punto «Concordia» lo más cerca posible del mar, pero a salvo de ser destruido por las aguas del Océano Pacífico. Escogieron un lugar a 180 metros del punto, en línea recta desde el mar, desde el paralelo del punto concordia. Seguir leyendo
Ocean Falls, de cómo una colonia industrial de hace un siglo acabó convertida en pueblo fantasma y granja ecológica… de bitcoins
El autor de este blog está moderadamente ocupado debido a sus obligaciones laborales y familiares, pero por suerte para ese individuo que habla de sí mismo en tercera persona, este rincón de la red tiene unos lectores que no se merece. Entre esos lectores está Santiago Cuadro, uruguayo de Montevideo, que acudió allá por el mes de agosto al rescate de la sequía escribidora del dueño del lugar, con esta fantástica historia de papel, presas, salmones y bitcoins y que hoy, tres semanas largas después, ve la luz para el gozo y disfrute generalizado de la exigua pero no por ello menos disfuncional comunidad fronteróloga.
Llamarle “terminal” a la casilla de madera de cinco por tres metros que se yergue sobre una explanada vacía quizá sea hasta pretencioso, pero es lo que es. Es el puesto de avanzada de una civilización que, otra vez más, perdió la pelea contra la exuberante e indómita naturaleza de la costa de la Columbia Británica, en el Pacífico canadiense; y mal que bien, permanece al filo de sus dominios como símbolo de la tozudez del Hombre cuando ve oportunidades de negocios. Como parte de una vastísima tradición de pueblos fantasma donde el diablo perdió el poncho en este grandioso blog, este es mi humilde aporte a Fronteras. Bienvenidos a Ocean Falls, British Columbia.

Coronavirus y fronteras: cuando tu vida está al otro lado de la raya
No hace ni seis meses que el Coronavirus se convirtió en una pandemia mundial, aunque parezca que hayan pasado años. La primera víctima del virus allá por el mes de marzo fue la movilidad entre países. Una tras otra, la práctica totalidad de las naciones del mundo cerraron sus fronteras para cualquier tráfico no esencial. Verjas y muros se alzaron donde antes sólo había líneas pintadas con desgana en el suelo y carteles azuleando por el tiempo, y parejas y familias quedaron separadas de forma en ocasiones traumática. Y luego está la historia de Ronnie Olynyk, el protagonista de nuestra crónica de hoy, Ronnie, un chaval de 19 años, lleva cinco meses sin ver a su pandilla de amigos, o, para el caso, a cualquier otra persona de su edad, por culpa del virus. Ronnie vive en Hyder, un pueblo de Alaska pegado a la frontera de Canadá. Hay una carretera que une su pueblo al resto del mundo, pero termina justo al otro lado de la raya.
Las reservas indias de Estados Unidos, un Estado dentro del Estado.
Existen una serie de territorios en Estados Unidos que oficialmente son parte de un Estado en concreto pero en la práctica no están obligados a cumplir muchas leyes estatales, y en algunos casos ni siquiera las federales. No son naciones independientes, tampoco estados propiamente dichos, pero sí que tienen una voz distinta a la de los Estados en los que se asientan, y su único interlocutor, en teoría, es el gobierno federal de EE.UU. Son las Reservas Indias, unos entes autónomos semisoberanos bastante sui generis, hijos de la historia de la expansión de Estados Unidos hacia el Oeste.

Vieja Zelanda, Vieja York y otros Viejos de los Nuevos
Hace unos años instalamos un mapamundi con dibujitos en la pared del cuarto de mi hijo mayor. Sobre cada país aparece su bandera y, si cabe, algún monumento típico. La Torre Eiffel, la Sagrada Familia, un guardia montado del Canadá, cosas así. Un buen día Diego Jr. me hizo la pregunta que todo padre teme: «Papá, si hay una Nueva Zelanda, ¿dónde está la vieja?». Y eso es lo que vamos a ver hoy.
Vieja Zelanda
El primer nombre europeo para Nueva Zelanda fue «Staates Land»; se lo puso en 1642 el holandés Abel Tasman, a quién recordarán de otras islas australes como Tasmania, y homenajea al Parlamento Neerlandés. Los cartógrafos que dibujaron los primeros mapas de las islas unos pocos años más tarade, sin embargo, escogieron el nombre de Nueva Zelanda en homenaje a la provincia de Zelanda, una de las doce que hoy componen el país.

Volveremos a volar – Las impresionantes fotos de aviones almacenados alrededor del mundo
El puñetero bicho que tiene a un par de miles de millones de personas confinadas en su casa ha tenido una serie de efectos colaterales que marcarán la década de los veinte hasta extremos que aún no somos capaces de imaginar. Uno de esos efectos es el absoluto desplome del tráfico aéreo en todo el mundo, con compañías gigantes dejando en tierra toda o casi toda su flota. Un día cualquiera de diciembre de 2019 había en cada momento veinte o treinta mil aviones en el aire; la inmensa mayoría de ellos (casi todos los de pasajeros) están ahora abarrotando aeropuertos de todo el mundo, esperando a que escampe, dejándonos imágenes tan espectaculares como inquietantes. Pero nos queda la esperanza: volverán a volar, volveremos a subirnos a un avión, y el mundo volverá a hacerse pequeño.

El pueblo de Texas que México se anexionó gracias a Al Capone
La frontera entre México y Estados Unidos sigue el curso del Río Bravo o Río Grande, según quién se refiera a él, durante varios miles de kilómetros. El tratado de límites de 1884 situó el trazado exacto del límite entre ambos estados en el centro del río, y admitiendo que los cambios en el curso del río también modificarían la frontera, siempre y cuando estas modificaciones fueran obra de la madre naturaleza. Para evitar disputas y líos innecesarios se prohibió cualquier cambio unilateral en el curso de las aguas. Pero hubo una gente al norte de la frontera que decidió que esa parte del tratado no iba con ellos, y al ignorarla, acabaron regalándole un pueblo a México. Esta es la historia de Río Rico.



