Ocean Falls, de cómo una colonia industrial de hace un siglo acabó convertida en pueblo fantasma y granja ecológica… de bitcoins

El autor de este blog está moderadamente ocupado debido a sus obligaciones laborales y familiares, pero por suerte para ese individuo que habla de sí mismo en tercera persona, este rincón de la red tiene unos lectores que no se merece. Entre esos lectores está Santiago Cuadro, uruguayo de Montevideo, que acudió allá por el mes de agosto al rescate de la sequía escribidora del dueño del lugar, con esta fantástica historia de papel, presas, salmones y bitcoins y que hoy, tres semanas largas después, ve la luz para el gozo y disfrute generalizado de la exigua pero no por ello menos disfuncional comunidad fronteróloga.

Llamarle “terminal” a la casilla de madera de cinco por tres metros que se yergue sobre una explanada vacía quizá sea hasta pretencioso, pero es lo que es. Es el puesto de avanzada de una civilización que, otra vez más, perdió la pelea contra la exuberante e indómita naturaleza de la costa de la Columbia Británica, en el Pacífico canadiense; y mal que bien, permanece al filo de sus dominios como símbolo de la tozudez del Hombre cuando ve oportunidades de negocios. Como parte de una vastísima tradición de pueblos fantasma donde el diablo perdió el poncho en este grandioso blog, este es mi humilde aporte a Fronteras. Bienvenidos a Ocean Falls, British Columbia.

“Hogar de la gente de la lluvia”

La costa del Pacífico de la Columbia Británica (y por ende del Canadá) es un lugar donde la naturaleza muestra una de sus millones de increíbles facetas. Se encuentra compuesta por miles de fiordos, producto del retroceso de los hielos perpetuos de la última glaciación, y un omnipresente bosque producto de las abundantes precipitaciones que registra esta zona del planeta: 4500 milímetros anuales. No por nada los oriundos de Ocean Falls (¿oceanfallenses?) se autodenominan the rain people, la gente de la lluvia.

Situación de Ocean Falls en la costa del Pacífico de la Columbia Británica. Como referencias, al sur se aprecia la isla de Vancouver y al oeste el archipiélago de Haida Gwaii, antiguamente conocido como Islas de la Reina Carlota.

Ocean Falls en sí se encuentra sobre un fiordo llamado Cousins Inlet, en el centro de la costa de la Columbia Británica, a 500 kilómetros al norte de Vancouver y otro tanto del inicio del Panhandle de Alaska. Para ser un pueblo fantasma es “bastante” accesible: o se alquila un hidroavión (deduzco que a una tarifa poco accesible para los lectores de este blog, excepto para Diego obviamente), o se espera a que el ferry que hace una de las múltiples rutas por la costa y el archipiélago de Haida Gwaii atraque en la “terminal”, entre una y tres veces al mes. O cuatro horas de barco desde el pueblo más cercano, Bella Coola. Ahora, ¿por qué un barco de pasajeros se dirige con tanta frecuencia a un pueblo fantasma? Despacito por las piedras, dijeran por acá. 32. Treinta y dos personas viven permanentemente en la cáscara del que fuera un pujante pueblo que llegó a albergar hasta 3000 almas, donde las provisiones les llegan por una barcaza dos veces a la semana. Luego, el silencio. El inquietante silencio.

Ferry de BC Ferries llegando a Ocean Falls en 2011, con el Martin Inn como protagonista. Ese masivo edificio, abandonado desde fines de los ochenta, albergó en su momento al segundo hotel más grande de toda la provincia. Fotografía de Robert Berdan.

El lugar fue habitado durante centurias por los Heiltsuk, y aún sigue siendo así; la Nación Heiltsuk, compuesta por cinco tribus, permanece en la zona teniendo su punto neurálgico en el pueblo de Bella Bella, a unos kilómetros de Ocean Falls. Hasta los albores del siglo XX frecuentaban la zona cada temporada en busca de salmones, los cuales se dirigían a desovar a una cascada que da nombre al paraje, y que conecta el Lago Link con el Océano Pacífico. Pero en 1903, industriales británicos y estadounidenses admiraron el enorme potencial hidroeléctrico del lugar y la obvia industria resultante de lo que los rodeaba: el procesamiento del papel.

En setiembre de 1906 el vapor Venture atracó con el único fin de despejar el área donde se situaría el pueblo, que en una generación o más no vio más forasteros que las expediciones españolas y británicas en el área, y los posteriores cazadores que se dedicaban a traficar pieles de visón. La aldea Heiltsuk fue trasladada a un lugar más “conveniente”, el río se contuvo construyéndose una modesta represa, el lago Link creció considerablemente alimentando a una también pequeña planta papelera. Con la papelera vinieron los obreros. Y con ellos, el pueblo.

Limpieza de la zona donde se levantaría el pueblo, en 1907. Fotografía del Museo de Ocean Falls.
La planta papelera funcionando a pleno en mayo de 1921. Fotografía del Museo de Ocean Falls.
Panorámica del pueblo en agosto de 1922. Fotografía del Museo de Ocean Falls.
Ampliación de la escuela primaria finalizada en 1923. Fotografía del Ocean Falls Museum.
Ocean Falls en 1941. Fotografía de los Archivos de la Ciudad de Vancouver.
Tienda de ramos generales en Ocean Falls, 1948. Fotografía de los Archivos de la Ciudad de Vancouver.

Durante los siguientes setenta años el típico company town vivió su auge. Se extendieron las clásicas casitas norteamericanas propias del sprawl urbano, se construyó el Martin Inn, en la época el segundo hotel más grande de la Columbia Británica con 600 camas (cuyo enorme y vacío edificio aún domina el paisaje), un hospital, una escuela primaria, y una piscina techada de donde salieron notables campeones en natación, incluyendo un medallista olímpico: Ralph Hutton. Además del dudoso récord de poseer la licorería más rentable per cápita en toda la provincia.

El Saggo’s Saloon es uno de los contados establecimientos aún abiertos. Abre tres veces por semana de 16 a 19, por si a alguien le interesa pasar a tomarse un Quitapenas. Fotografía de la revista Mountain Culture Group.

El pueblo, como la fábrica y la represa, eran propiedad de la industria papelera Crown Zellerbach la cual además de acomodar a la gente, subsidiaba los servicios de la ciudad y volvía atractivo vivir en ese oasis de civilización en el medio de la lluvia, el océano y los osos pardos. Sueldos asumibles por la empresa, bajos costos de infraestructura asimismo y una energía hidroeléctrica en apariencia inagotable (una constante en Canadá, véase el Proyecto de la Bahía de James en Quebec) completaron la ecuación. Sin embargo, los costos laborales y el elevado mantenimiento de la infraestructura (la tecnología utilizada en la fábrica quedó obsoleta y el precio de modernizarla resultó prohibitivo) empezaron a subir. El hecho de estar situados en el quinto pino (nunca mejor dicho) no ayudó a contrarrestar la situación. Y como si eso fuera poco, a las 9:45 del 13 de enero de 1965, una combinación de seis pies de nieve, temperaturas en ascenso y lluvia, como siempre, abundante, dieron como resultado un alud que cobró la vida de seis personas además de destruir el sitio donde se hallaba el periódico local, Ocean Falls Advertiser, y la tienda de reparación de electrodomésticos C&F Radio.

Consecuencias del alud de enero de 1965: la imprenta Buchanan, la Unión Crediticia de Ocean Falls y dos casas unifamiliares resultaron completamente destruidas, entre otras fincas. Foto del Museo de Ocean Falls.

 Tras esto, en el pueblo se decía que la compañía estaba planificando el funeral de la localidad: la misma convenció al gobierno de la Columbia Británica para transferir los derechos sobre la madera circundante, materia prima esencial de la planta papelera, a otra fábrica perteneciente a la firma Crown Zellerbach. Hacia principios de la década de 1970, Crown Zellerbach decidió ponerle punto final a la planta y al manejo del pueblo para marzo de 1973.

“Sólo miembros”. Fotografía de Robert Berdan.

A sabiendas de esto, el gobierno provincial de Columbia Británica decidió comprar el pueblo, la represa y la fábrica por un millón de dólares canadienses de la época, manteniendo operativos ambos ítems hasta 1980; sin embargo para esa época el pueblo ya estaba de capa caída. La población se había reducido de alrededor de 3500 personas en 1950 a 1500, veinte años después. Y la sangría de gente continuaría. El gobierno provincial, tras la compra, se dedicó a demoler los edificios que no resultaban de uso, y los restantes comenzaron a ser reclamados por la humedad y la vegetación sofocantes. Alisos comenzaron a crecer entre los cimientos de las casas y calles ya sin nombre empezaron a verse pobladas no de autos, sino de arbustos de moras. Los pocos residentes aún remanentes, en respuesta, pretendieron dar marcha atrás la demolición y conseguir que la provincia reconociera el estatus histórico fabril del pueblo, sin resultados.

Sin embargo, el motor del pueblo seguía funcionando: la represa hidroeléctrica nunca detuvo su actividad. Al no estar conectada al sistema norteamericano de electricidad tenía un excedente energético que no podía vender, y funcionando a un tercio de su actividad normal abastecía a los pueblos de Ocean Falls, Shearwater y Bella Bella. Este pequeñísimo gran detalle, supone que pesar de la retirada de Crown Zellerbach y los embates del gobierno provincial y la mismísima naturaleza, aquí aún no termina la historia de Ocean Falls.

Lago Link y la represa que inició todo, y que aún continúa dándole algo de sentido a lo que queda. Fotografía de Robert Berdan.

Brent Case, gerente de operaciones de la represa, vio una oportunidad. Y armado de un teléfono celular comenzó a realizar llamadas a misteriosos mineros que, a diferencia de la fiebre del oro del Yukón siglo y medio atrás, no buscaban oro, plata, níquel o carbón. Sino cosas más intangibles, y también más rentables. El Bitcoin es la criptomoneda más famosa del orbe, pero eso no implica conocer su funcionamiento. Fundada en 2009 por Satoshi Nakamoto, es una moneda basada en la cadena de bloques: una tecnología que reemplaza a los bancos como agentes intermediarios que verifican o completan las transacciones entre las personas. Si bien aun no representan una disrupción tajante en la economía global, sobre todo a nivel comercial, el Bitcoin se volvió una forma interesante de inversión para mucha gente. Comprando un Bitcoin con dinero tradicional es la manera más común de invertir en él, pero para aquellos con los recursos a mano, la llamada “minería” del Bitcoin es la manera más rentable de engordar sus billeteras electrónicas.

Kevin Day frente a sus 500 servidores de criptominería, dentro de la antigua planta papelera. Fotografía de la revista Mountain Culture Group.

El proceso de minar Bitcoins es tan simple como confuso. Ordenadores especializados verifican cada transacción realizada en la red global descentralizada y son recompensados con Bitcoins. El otro lado de la moneda es que estas operaciones requieren que los servidores consuman cantidades ingentes de electricidad, haciendo que la rentabilidad de una “mina” esté directamente relacionada con un fácil acceso a una fuente de energía barata. A causa de esto, la criptominería es fuertemente criticada como un agujero negro de energía sin reportar beneficios aparentes, por ende, con un impacto ambiental decididamente negativo. Ocean Falls en apariencia cambiaría la pisada, dado que la fuente de energía barata está a la mano y es relativamente limpia.

Case tenía la vara alta a la hora de elegir mineros interesados en invertir en Ocean Falls. O muy codiciosos o muy incompetentes según su juicio, fue descartando posibles inversores hasta que en 2016 se cruzó con Kevin Day y su plan de negocios. Day, un emprendedor vancouverita respaldado por un grupo de inversores, planteó la posibilidad de además del criptominado, obtener un espacio para investigar posibles aplicaciones para el calor producido por los sistemas de refrigeración de los servidores y otras futuras aplicaciones que utilicen la cadena de bloques. Esto le resultó atractivo para Case, ya que Day no se limitaba a aprovecharse meramente del enorme potencial hidroeléctrico de Ocean Falls (cual una sanguijuela a su presa) sino que pretendía realizar también investigación y desarrollo. Y eso supone trabajar a largo plazo, irónicamente, entre medio de la lluvia, el océano y los osos pardos.

Cuando en julio de 2018 Day conectó los servidores de la Ocean Falls Blockchain (OFB), el valor del Bitcoin rondaba los 10000 CAD por unidad. Bastante por debajo de los 25000 que cotizaba 10 meses antes. Sin embargo, Day se presenta optimista, centrándose no necesariamente en el minado sino en la tecnología de cadena de bloques. “La habilidad de transferir activos digitales entre personas o empresas sin intermediarios, esa tecnología llegó para quedarse” dijo en una entrevista para la revista canadiense Mountain Culture, desde su centro de operaciones en las antiguas y enormes oficinas de la antigua represa.

El imperio del musgo. Fotografía de Robert Berdan.

Evidentemente, el Bitcoin no generó un boom económico y social en Ocean Falls. El pueblo fantasma pareciera continuar su irreductible marcha hacia la ignominia, pero a una velocidad bastante más lenta. Donde antiguamente sólo existían ruinas, actualmente persisten pero algunas se resisten más a los designios de Cronos. El resultado es el contraste que avasalla todo: las decrépitas instalaciones de la antigua papelera ahora albergan cientos de servidores color cromo con sus LEDs parpadeantes, que pugnan por solucionar problemas matemáticos imposibles en fracciones de segundo; a escasos metros de un bosque boreal que amenaza tragar lo que el Ser Humano le arrebató hace poco más de un siglo.

Todo parecido con cualquier nivel de Silent Hill no creo que sea una mera coincidencia. Fotografía de Robert Berdan.

El único encargado del mantenimiento de la represa entera, un antiguo operario llamado Mike Crocker, entiende que de cualquier manera todo suma. “Todo el mundo se fue. Así las cosas, esto del Bitcoin es un bonus”. Day comparte ese sentimiento de que su actividad no ofrezca demasiado a la economía local, pero que, sin embargo “Creo que hay un componente psicológico. La gente está esperando por algo, y ven que algunas cosas están sucediendo”.

La naturaleza tomando de vuelta su lugar. Fotografía de Robert Berdan.

Algo de eso hay. BC Ferries, la compañía naviera encargada del transporte de pasajeros y vehículos por ferry en la costa del Pacífico canadiense, planea invertir 7 millones de dólares canadienses en un nuevo atracadero que deje atrás a la mínima casilla de madera que hoy recibe a los escasos visitantes que llegan a tan remoto lugar. Esos escasos visitantes arribarían al Old Bank Inn, una posada situada donde antes se encontraba el banco de la localidad, regenteada por una inmigrante venezolana y su familia. Y quizá, ellos verían lo mismo que Toni Zigamash, la dueña de la posada, ve por su ventana todo los días: el pueblo tal como está es todo lo que conocieron de él. Y así, es sencillamente hermoso.

Lo que supuestamente sobrevivió al ayer.

Fuentes, fotos, y más info: CBC, Mountain Culture Group, Wikipedia, Ocean Falls Musem, Vancouver.ca, Canadian Nature Photographer.

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8 respuestas a “Ocean Falls, de cómo una colonia industrial de hace un siglo acabó convertida en pueblo fantasma y granja ecológica… de bitcoins

  1. Jose Ramon Garcia 25-septiembre-2020 / 1:10 pm

    Lo he disfrutado mucho. Me encanta el estilo de escritura. Gracias.

  2. Matias 25-septiembre-2020 / 3:54 pm

    Buen relato.
    ¿Quién diría que en medio de la nada, en Canadá habría una granja de Bitcoins?

  3. joseamd 25-septiembre-2020 / 9:35 pm

    Muy interesante, como siempre.

    PD: Dudaste entre “erguida” y “que se yergue”, y al final se quedaron las dos 😁

    • Diego González 27-septiembre-2020 / 7:54 pm

      ¡Bien visto! Culpa del transcriptor, no del autor. Arreglado queda

  4. Cavaliery 29-septiembre-2020 / 1:16 am

    Que buen post!

    “El único encargado del mantenimiento de la represa entera…” me hizo recordar esto:

    https://xkcd.com/2347/

  5. chando 30-septiembre-2020 / 5:23 pm

    “regenteada por una inmigrante venezolana y su familia”

    NO voy a llorar, NO voy a llorar 😀

    Bestial entrada, como siempre.

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