Dos detectives, dos cuerpos de policía, y un solo caso. Cada uno de los detectives sólo tiene accceso a la mitad de las pruebas, y, más aún, a la mitad del escenario del crimen. Una situación perfecta para una novela de Donna Leon o Henning Mankell si el comisario Brunetti o el gran Kurt Wallander vivieran cerca de una frontera. Lamentablemente la situación no está sacada de una novela sino de la pura realidad. Concretamente, de la ciudad holandesa y belga de Baarle, de la que ya se han comentado aquí otras historias.
A finales del pasado mes de febrero se descubrió el cuerpo de una mujer bielorrusa de 26 años en un edificio dividido entre los pueblos de Baarle Nassau y Baarle Hertog. El primer problema, antes de siquiera identificar el cadáver, fue precisar en qué país se encontraba éste. Para ello se requirieron los servicios de un geógrafo que, finalmente, dictaminó que el cuerpo se encontraba íntegramente en los Países Bajos. Pero el escenario del crimen, aún así, seguía dividido entre los dos países, por lo que ambos cuerpos de policía, el belga y el holandés tuvieron que analizar su respectiva mitad del edificio en busca de pruebas, con mucho cuidado de no recoger nada al otro lado de la frontera, pues cualquier prueba obtenida en el otro país podría ser invalidada por defecto de forma (es sabido que las fuerzas de seguridad de un país no pueden penetrar en cualquier otro mientras estén de servicio). Mientras tanto, el principal sospechoso, que no es otro que el marido de la víctima, ya se había dado a la fuga con la hija de cuatro años de ambos.
Durante muchos años fui usuario habitual de la línea de autobús Madrid-Barcelona de la Alsa. A falta de un presupuesto digno de ese nombre, los 42 euros que costaba el billete de ida y vuelta entre las dos ciudades eran lo único que mi economía se podía permitir. El servicio de línea regular oscilaba entre lo surrealista (he visto compañeros de viaje que vosotros no creeríais) y lo espantoso (he olido compañeros de viaje…). Por poner un ejemplo de las rarezas de la ruta, la primera parada técnica (así lo llamaban) solía ser en Esteras de Medinaceli, un pueblo soriano a 140 kilómetros de Madrid. Bueno, concretamente parábamos en un área de servicio que yo llamaba El Supermercado Más Caro De La Tierra, por los inconcebibles precios de la mercancía, que harían palidecer de envidia a los más consumados atracadores aeroportuarios. Otros sobrenombres que recibió el lugar fueron Este Sucio Agujero o La Capital Mundial De La Nada.







