Había semáforos, pero los demás conductores los ignoraban, obligados por un guardia que insistía en que nadie se detuviera en el interior de la inmensa rotonda. El concierto de improperios en árabe, bocinazos y gritos sobrepasaba con creces cualquier cosa que hubiera visto antes. Los coches pasaban a escasos centímetros unos de otros a una velocidad obviamente excesiva, mientras decenas de ciclomotores en progresivos estados de descomposición zigzagueaban en los exiguos huecos entre los automóviles. Y ahí estábamos nosotros, los dos únicos europeos en el tráfico, con un coche minúsculo sin asegurar, preguntándonos en qué momento se nos había ocurrido meter el coche en semejante caos.
Cuando no le tienes miedo a nada y, bueno, quizás deberías
En el Museo del Memorial de la Paz de Hiroshima y sus alrededores hay siempre cientos de estudiantes de colegio e instituto; se les distingue fácilmente por los uniformes escolares con jerséis de colores oscuros o faldas de tablas. Vienen de prácticamente todo Japón a pasar el día a la ciudad y aprender de su historia reciente. Cada año, un millón de personas visitan el mismo museo y el parque que lo rodea. Un parque llamado, también, de la Paz, cuyo icono más conocido es la Cúpula Genbaku, un edificio de hormigón que en 1945 alojaba una oficina de promoción económica, una de las pocas estructuras que permaneció en pie en la ciudad tras la caída de la bomba, y la más cercana al hipocentro. No es la única ruina que es Patrimonio de la Humanidad pero sí la más reciente. Con ocasión de su inclusión en la lista en 1996, la UNESCO definió el edificio como «un poderoso símbolo de la paz mundial alcanzada durante medio siglo tras el desencadenamiento de la fuerza más destructiva jamás creada por la humanidad». Puede que se trate de una traducción discutible, pero es ciertamente peculiar definir los 50 años que van de 1945 a 1995 como «paz mundial»; dejando eso a un lado, es obvio que Hiroshima es un símbolo. ¿Pero de qué?
Una fila de turistas esperamos nuestro turno para fotografiar la cúpula de la bomba enmarcada en un arco en el Parque de la Paz
Orota, nuestra guía, oscureció el gesto mientras nos explicaba las estrictas normas para acceder al túnel. Seria como un cadáver, nos instruyó: nada de móviles ni cámaras, obligatorio llevar casco, no salirse de la fila, obedecer las órdenes y no acceder si se padece de claustrofobia. Dos de los integrantes de la expedición decidieron no arriesgarse y se quedaron fuera. El resto nos dispusimos a descender a las profundidades de la frontera coreana, el último vestigio de la Guerra fría.
Desde la ventanilla del avión la Tierra parece girar más rápido. A doce kilómetros del suelo las ciudades son pequeñas manchas bidimensionales en una infinita superficie monocromática, las cordilleras parecen de juguete y el azul del cielo lo invade todo. En el aire la vida está en pausa: el interior de un avión es el no-lugar por excelencia, un espacio anónimo donde las normas que rigen a ras de suelo han quedado momentáneamente suspendidas. El viajero está yendo del punto A al punto B, pero no está en ninguno de los dos. A es el pasado y B es el futuro, pero durante unas cuantas horas, no hay ninguna de las dos cosas, sólo un cilindro metálico a doce kilómetros del suelo con sus propias reglas, usos y costumbres.
Nuestra casa durante más de un día. Nótese la bandera francesa con la iluminación
Como casi todas las ciudades, Estocolmo son muchas ciudades en una, círculos más o menos concéntricos que como los anillos de un árbol revelan la historia del lugar. Pero en el caso de la capital sueca esa trama urbana incluye al mar: no es que la ciudad mire al mar, es que el mar es parte integral e inseparable de la ciudad, como lo son las calles y los edificios, o como lo es un cementerio. En el caso de Estocolmo, el más bonito del mundo, y el único que es Patrimonio de la Humanidad.
Yo no había escuchado antes ese sonido. Nunca. Los dos móviles que llevaba encima empezaron a emitir de forma simultánea un zumbido aterrador, un tono de alarma desconocido que me puso en tensión de manera instantánea. Asustado, detuve el coche y leí el mensaje en la pantalla de uno de los aparatos. Esperaba encontrar un aviso de ataque nuclear o de impacto inminente de meteorito, pero el texto, en rumano e inglés, era algo más mundano: alertaba de osos en la zona. Aliviado dejé el móvil en el asiento del copiloto y me dispuse a arrancar de nuevo; repentinamente entendí la necesidad del aviso. El escalofrío me bajó por la columna vertebral y me erizó hasta el último pelo del cuerpo. Nunca había visto un oso de cerca en mi vida. Ese día me iba a hartar.
A veces tengo poco tiempo para escribir y aprovecho para que sean los lectores los que me hagan el trabajo sucio. En esta ocasión nada menos que Christian Macías, un tipo que por poco no es más joven que este blog y que lleva acampando por aquí desde que tenía (él, no el blog) doce años. Hace como medio año me envió este texto, pero mis proverbiales vagancia e incapacidad han ido posponiendo su publicación hasta hoy. En mi defensa diré que la longitud original del texto era equiparable a la del propio río Amazonas. En todo caso, cualquier mérito del mismo es de su autor, y cualquier demérito, del editor de las tijeras. ¡Que ustedes lo gocen!
Introducción
Mi nombre es Christian Macías, y al momento de escribir estas líneas mi edad sobrepasa el cuarto de siglo. Soy lector de Fronteras desde 2009 (como les cuenta el dueño de esta disco en una entrada anterior). Probablemente descubrí este espacio en alguna noche veraniega (austral) buscando información sobre algunos de esos fenómenos que bien han sabido ponerle nombre por acá: límite, enclave, metaenclave, territorio en disputa… En definitiva, llegué acá para confirmar que había otra gente a la que le surgían las mismas inquietudes que a mí, lo cual para un nene de doce años era ciertamente sorprendente. A lo largo de más de una década pude leer y aprender sobre todo tipo de lugares, algunos que finalmente visité, como el apasionante caso de la isla caribeña de San Martín, donde uno puede asolearse y meterse arena en lugares impensados luego de sufrir un jetblast en Maho Beach y diez minutos después saltar entre la única frontera entre Francia y los Países Bajos. En definitiva, experiencias que sólo disfrutamos los que tenemos algún tipo de desorden mental. Hasta que un día, allá por el 2021, en plena pandemia y brote de la variante Delta del covicho, armé un viaje a uno de los pocos países europeos que aceptaba turistas vacunados, de cuando ser vacunado todavía era algo inusual, y terminé eligiendo el país y la ciudad donde habita el dueño de esta secta, y no se me ocurrió mejor idea que escribirle. Recuerdo que no sabía muy bien cómo encarar el tema (más fácil me parecía mandarle una carta a Xi Jinping). Fui al grano y me presenté como un lector que quería conocer al autor del blog que había pasado la mitad de su vida (literalmente) leyendo. Una suerte de meet & greet, pero sin sorteo por Instagram. Encima lo mandé vía DM de Twitter. Pese a todo, a los días respondió con un qué alegría leerte (subtexto: qué miedo) y, luego de asesorarse bien con la CIA, me terminó pasando su celular y marcamos para encontrarnos en su restaurante favorito en Barcelona.
Nota de Diego: mi restaurante favorito de Barcelona es La Taberna del Cura, Post no patrocinado
No sé cómo se lo imaginan ustedes al Diego, pero si se ríen leyendo sus ocurrencias, imagínense en persona. Ese no fue el único encuentro de la semana, puesto que un par de días después también le pude escuchar el mismo acento, pero en inglés, que es algo así como escuchar un cover de Sandaru Sathsara. Lo cierto es que pasamos tremendamente bien y quedé en que algún día le regalaría una entrada sobre algún viaje con bastantes tintes fronterizos. Una acción en honor a la amistad, el encuentro y todo lo bueno que me aportó este lugar, De agosto de 2021 a esta parte pasaron muchas cosas, entre ellas la chance de conocer a Coke y al Sr. Mapache (integrantes de oro de este grupo de autoayuda transnacional), y pude realizar un par de viajes más que me dieron el empuje final para completar estas líneas que vienen a continuación. Diego, perdón por irme por las ramas, creo que igual esto ya te lo veías venir. A los demás: que disfruten así como disfruté yo de todo este proceso. Agarren mate y termo que empezamos.Seguir leyendo →
Este blog de ustedes, en sus (casi) 16 años de existencia, ha atraído a multitud de trastornados por la geografía de todo el globo. Uno de los geográficamente más lejanos es Enrique Andrés, españolito residente en Sídney que, pese a la abundancia de opciones no absurdas, decidió pasar la pasada nochevieja en mitad del desierto australiano, y vivió para contarlo. Esta es la historia de la última noche del año en Cameron Corner:
Empezaré la historia de esta aventura asumiendo que los seguidores del blog de Diego pertenecen a esa extraña tribu de personas que no solo encuentran razonable que un ser humano vaya por pura diversión a un lugar perdido en medio del desierto australiano, sino que probablemente lo envidien por ello, y que ni siquiera cuando se enteren de que este viaje se desarrolló en pleno verano austral con temperaturas que llegaron a alcanzar los 46°C se planteen si el autor de este texto tiene seriamente afectadas sus facultades mentales. Resido en Bondi, la playa más icónica de Sídney y probablemente de Australia, y aunque a mi mujer y a mí nos encanta estar cerca del mar, estamos enamorados del Outback, el desierto australiano que ocupa aproximadamente el 80% de esta isla continente. No es fácil explicar a los que no habéis tenido la suerte de visitarlo las sensaciones que produce el lugar, experimentar kilómetros de carreteras sin cruzarse con ningún otro ser humano, paisajes únicos y embriagarse de ese magnetismo que produce la lejanía de la civilización.
Vista aérea del trifinio, con el pueblo de Cameron Corner pegado a la raya de Queensland (Georgie Mann)El mojón fronterizo señalando el trifinio entre las tres provincias australianas (Exploroz)
La última vez que la vi era Nochebuena. Sus hijos y los míos cenaban con sus correspondientes mitades opuestas de la familia. Dejamos de hablarnos muy poco después y nunca he vuelto a saber de ella. Le envié una caja con los restos del naufragio (una taza que le había regalado, un jersey olvidado en mi casa, esa clase de cosas), y esa fue la última vez que me escribió. Al día siguiente me percaté de que había olvidado meter en la caja el bote de espuma para el pelo «con color, para morenas» que tenía para cuando se quedaba a dormir. No supe que hacer con él y lo dejé allí, al fondo del armario del baño. Y ahí sigue. Toda esta serie de recuerdos cruzó por mi cabeza mientras miraba un objeto cualquiera en un minúsculo museo del que nunca había oído hablar hasta esa mañana. Miré a mi alrededor. Me di cuenta de que llevaba varios minutos absorto en mis pensamientos. Decenas de personas leían en un silencio sepulcral las historias detrás de objetos absolutamente anodinos. Algunas de ellas tenían incluso los ojos humedecidos. Sin duda, era el museo más raro en el que había estado. Hoy en Fronteras: Zagreb
Justo a la entrada del Golfo de Botnia, a medio camino entre Suecia y Finlandia hay un archipiélago que pertenece a los segundos pero donde únicamente se habla el idioma de los primeros. A pesar de contar con poco más de 30,000 habitantes, el territorio tiene su propio parlamento, bandera, fiscalidad y leyes, que se aplican sobre las más de 6700 islas que lo componen. Åland es un lugar muy peculiar dentro del orden político europeo e internacional, y lo es debido a su historia y a su geografía, que incluye la frontera más absurda del planeta. Y además allí se vendió el champán más caro (y más antiguo) del mundo. Así que aprovechando una visita a Estocolmo fui allí para ver si seguía en su sitio.