Europa low cost: Atenas, donde todo empezó

A la hora de referirse a una ciudad hay pocas expresiones más sobadas que «llena de contrastes», sobre todo porque casi todas las ciudades de un tamaño decente lo están. Pero el caso de Atenas es quizás ligeramente diferente. No se trata de un contraste entre tradición y modernidad o entre cultura y ocio nocturno, es algo más personal: la abismal diferencia entre el barrio de nuestro hotel y el resto de la ciudad. O del país. O del continente. Vaya por delante que es culpa mía por no revisar con más atención los lugares donde me alojo, pero  hay una palabra que durante el resto de mi vida hará que los escalofríos recorran mi espalda como si alguien acabara de abrir una ventana y entrara una corriente repentina: Omonia.

Luego os cuento la caminata bajo el sol para hacer esta foto sin fenecer en el intento

Seguir leyendo →

En defensa del turismo (un día en Praga)

Mi avión despegó de Venecia a las seis y veinticinco de la mañana y aterrizó en Praga una hora y veinte minutos más tarde. El mismo avión que me transportó haría cinco vuelos más ese mismo día, el de vuelta a Venecia y otros dos a y desde Varsovia y Londres. En esas mismas 24 horas Wizzair, la compañía propietaria del Airbus A321 que me llevó de Italia a Chequia, operó algo más de 1.400 vuelos que abarcaron 50 países en tres continentes, y que transportaron a unas 200.000 personas. Son cifras espectaculares, pero Wizzair figura en el número 7 de las aerolíneas con más tráfico de Europa. El primer puesto de la lista es desde hace años un cortijo propiedad de Ryanair. Aquel día de julio del año pasado casi seiscientos mil pasajeros se subieron a alguno de sus más de quinientos Boeing 737 para recorrer alguna de sus 1.800 rutas. El récord de mayor número de vuelos en un sólo día en Europa se había batido una semana antes, el 7 de julio de 2023, jornada en la que despegaron 34.000 vuelos transportando más de cinco millones de pasajeros. Y aparentemente todos ellos, absolutamente todos, estaban en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga, conmigo.

Apraga y vámonos

Seguir leyendo →

El señor de los palillos: las dos torres (Crónicas tokiotas, 2)

La imagen más japonesa que existe no es Hello Kitty a lomos de Pikachu perseguidos por Son Goku y Mario (aunque os dejo la idea porque es épica), sino un tren bala pasando por delante del monte Fuji. En el trayecto desde Hiroshima a Tokio viajamos en el Green Car (primera clase), lo que nos daba ciertos derechos como poder pedir comida a la cafetería sin levantarnos del asiento. Uno de esos privilegios era que viniera un empleado de la JR a indicarte cuándo podías ver el monte Fuji por la ventana, lo que da una idea de la importancia simbólica de la montaña en el imaginario japonés. La excursión desde Tokio es obligada, aunque suponga enfrentarse al absolutamente endemoniado sistema de tarifas de la red de trenes japonesa, gestionado por docenas de compañías distintas que operan en las mismas estaciones y a veces en las mismas vías. Después de perdernos varias veces, de pelearnos con taquilleras de dos estaciones y tres compañías distintas y de casi tres horas de viaje conseguimos subirnos a un humilde, incómodo y absolutamente abarrotado tren regional donde permanecimos de pie durante más de una hora mientras recorría renqueante las diecisiete paradas entre la estación de Otsuki y las faldas del monte Fuji. Y, francamente, mereció la pena cada minuto y cada contratiempo del viaje.

Primera visión del monte Fuji desde el tren. Reconozco que pocas visiones me han dejado tan carente de palabras

Seguir leyendo →

7-Eleven, templos, trenes y neón. Cuatro días en Tokio, la ciudad inabarcable

«Japón es todo lo que te imaginas sobre Japón, pero multiplicado por diez». Javi pronunció esa frase nuestra segunda noche en Tokio, mientras paseábamos por Shinjuku rodeados de gente e iluminados por una cantidad aparentemente inagotable de carteles y luces callejeras. Tokio es exactamente igual. Una ciudad infinita, imposible de acabar, donde para el ojo occidental, todo es nuevo, todo es brillante, y todo es asombroso. Cuatro días no dan ni siquiera para empezar a rascar la superficie de la capital japonesa, pero eran los días que teníamos, así que los aprovechamos a fondo.

Tokio la nuit

Seguir leyendo →

Crónicas tunecinas. Capítulo 3: El desierto de las Galaxias

Según avanza la Carretera Transafricana el paisaje va cambiando poco a poco. Los olivares y las ciudades van dejando paso a horizontes cada vez más planos y yermos, hasta que todo lo que abarca la vista desde las ventanillas del coche es una extensión abrumadora de arena tachonada de arbustos y de pilas de neumáticos abandonadas allí por pastores y nómadas como puntos de referencia para encontrar pozos. En el Sur de Túnez hay decenas de kilómetros entre un pueblo y el siguiente, y más vale llevar el tanque de gasolina bien lleno; durante decenas de kilómetros la propia carretera es el único vestigio de civilización.

Peligro: no fumar

Seguir leyendo →

Crónicas tunecinas. Capítulo 2: ¿Cada cuánto tiempo piensas en el Imperio Romano?

En la primavera del año 146 antes de nuestra era, y tras más de dos años de asedio, las tropas romanas, encabezadas por Publio Cornelio Escipión el Africano, consiguieron romper las murallas de Cartago. La batalla fue larga, cruenta y despiadada. Cien mil soldados y civiles armados pelearon por cada casa, cada tejado y cada calle. Pero las tropas romanas eran demasiadas y estaban demasiado bien armadas y dirigidas. Lenta pero inexorablemente la resistencia fue triturada. Cientos de miles de personas murieron a lo largo de los meses que duró la batalla. Los últimos 50.000 supervivientes cartagineses se rindieron, y fueron vendidos como esclavos. Poco después se hizo realidad la frase que Catón el Viejo llevaba pronunciando años: Carthago delenda est. La ciudad, que por entonces era la segunda más poblada de África y del mundo (detrás de Alejandría), fue demolida piedra a piedra hasta que no quedó nada. Lo que había sido Cartago se convirtió en una provincia romana, y hoy en día los vestigios romanos están esparcidos por todo Túnez. Y ya que teníamos un coche, fuimos a verlos.

10 dinares nos cobró el dueño del camello por hacer la foto

Seguir leyendo →

Crónicas tunecinas. Capítulo 1: el caos

Había semáforos, pero los demás conductores los ignoraban, obligados por un guardia que insistía en que nadie se detuviera en el interior de la inmensa rotonda. El concierto de improperios en árabe, bocinazos y gritos sobrepasaba con creces cualquier cosa que hubiera visto antes. Los coches pasaban a escasos centímetros unos de otros a una velocidad obviamente excesiva, mientras decenas de ciclomotores en progresivos estados de descomposición zigzagueaban en los exiguos huecos entre los automóviles. Y ahí estábamos nosotros, los dos únicos europeos en el tráfico, con un coche minúsculo sin asegurar, preguntándonos en qué momento se nos había ocurrido meter el coche en semejante caos.

Cuando no le tienes miedo a nada y, bueno, quizás deberías

Seguir leyendo →

Hiroshima. La bomba y la memoria

En el Museo del Memorial de la Paz de Hiroshima y sus alrededores hay siempre cientos de estudiantes de colegio e instituto; se les distingue fácilmente por los uniformes escolares con jerséis de colores oscuros o faldas de tablas. Vienen de prácticamente todo Japón a pasar el día a la ciudad y aprender de su historia reciente. Cada año, un millón de personas visitan el mismo museo y el parque que lo rodea. Un parque llamado, también, de la Paz, cuyo icono más conocido es la Cúpula Genbaku, un edificio de hormigón que en 1945 alojaba una oficina de promoción económica, una de las pocas estructuras que permaneció en pie en la ciudad tras la caída de la bomba, y la más cercana al hipocentro. No es la única ruina que es Patrimonio de la Humanidad pero sí la más reciente. Con ocasión de su inclusión en la lista en 1996, la UNESCO definió el edificio como «un poderoso símbolo de la paz mundial alcanzada durante medio siglo tras el desencadenamiento de la fuerza más destructiva jamás creada por la humanidad». Puede que se trate de una traducción discutible, pero es ciertamente peculiar definir los 50 años que van de 1945 a 1995 como «paz mundial»; dejando eso a un lado, es obvio que Hiroshima es un símbolo. ¿Pero de qué?

Una fila de turistas esperamos nuestro turno para fotografiar la cúpula de la bomba enmarcada en un arco en el Parque de la Paz

Seguir leyendo →

Túneles, soldados y trampantojos. Viaje a la frontera de Corea del Norte, el último límite de la Guerra Fría

Orota, nuestra guía, oscureció el gesto mientras nos explicaba las estrictas normas para acceder al túnel. Seria como un cadáver, nos instruyó: nada de móviles ni cámaras, obligatorio llevar casco, no salirse de la fila, obedecer las órdenes y no acceder si se padece de claustrofobia. Dos de los integrantes de la expedición decidieron no arriesgarse y se quedaron fuera. El resto nos dispusimos a descender a las profundidades de la frontera coreana, el último vestigio de la Guerra fría.

Aquí, sufriendo

Seguir leyendo →

Veintisiete horas en un avión

Desde la ventanilla del avión la Tierra parece girar más rápido. A doce kilómetros del suelo las ciudades son pequeñas manchas bidimensionales en una infinita superficie monocromática, las cordilleras parecen de juguete y el azul del cielo lo invade todo. En el aire la vida está en pausa: el interior de un avión es el no-lugar por excelencia, un espacio anónimo donde las normas que rigen a ras de suelo han quedado momentáneamente suspendidas. El viajero está yendo del punto A al punto B, pero no está en ninguno de los dos. A es el pasado y B es el futuro, pero durante unas cuantas horas, no hay ninguna de las dos cosas, sólo un cilindro metálico a doce kilómetros del suelo con sus propias reglas, usos y costumbres.

Nuestra casa durante más de un día. Nótese la bandera francesa con la iluminación

Seguir leyendo →