Cuando empecé a viajar regularmente hace unos años, adquirí la costumbre de enviar postales a algunos de mis amigos, generalmente con un chiste o juego de palabras digno de engrosar el código penal del país desde el que la enviaba. Una vez envié postales desde la única oficina de correos bajo tierra del mundo, en las cuevas de Postojna, en Eslovenia. Pero lo que hay en la isla de Mele supera cualquier lugar extraño desde el que yo haya enviado, o incluso recibido una postal. En Vanuatu se encuentra la única oficina de correos del mundo bajo el agua. A tres metros de profundidad, rodeada de aguas cristalinas y de peces de colores. Con sus horarios de apertura y cierre y su trabajador de Vanuatu Post echando horas tras el mostrador.
Una foto que me hizo mi amigo y excepcional fotógrafo Coke González en la presentación de Historiones de la Geografía. Espera, ¿todavía no has comprado MI LIBRO? Vete ahora mismo de aquí
Era una mañana más del mes de octubre de 2005. En el anodinio edificio de oficinas en el que trabajaba como teleoperador un rumor fue creciendo lentamente sobre el sonido de los teléfonos y las voces de los trabajadores, hasta ocultarlo por completo. Era gente levantándose de sus sillas y abandonando sus puestos de trabajo para acudir hacia la ventana más próxima, la escalera de emergencia o directamente la salida del edificio. Lo que sucedía no era ninguna emergencia, es más estaba absolutamente previsto desde mucho, muchísimo antes de que cualquiera de nosotros, nuestros padres o nuestros abuelos hubieran nacido. A las once menos cuarto de la mañana el trabajo quedó suspendido; ni una sola persona permaneció en su puesto. Todos estábamos mirando al cielo. Por toda la ciudad, por toda la región, las escenas eran idénticas. Decenas, cientos de miles de personas detenidas en calles, colegios, aceras, azoteas y parques alzando la mirada hacia el sol. Para casi todos nosotros era el primer eclipse solar que habíamos visto, aunque no fuera total sino sólo anular. Pero ver desaparecer el sol casi completamente nos dejó sin palabras. A eso de las once y cuarto volvimos en tromba a nuestros puestos de trabajo. Antes de conectarme a la inevitable riada de llamadas de clientes insatisfechos, hice una consulta breve en Internet: «¿Cuándo será el próximo eclipse total de sol en España?». La respuesta no se hizo esperar. El eclipse, sin embargo, sí lo haría. Hasta el 12 de agosto de 2026. Quedaban, pues, más de dos décadas. Querido Diego de 26 años de edad: ya estamos aquí. Llegó el Año del Eclipse. El primero de ellos.
Trayectoria de la totalidad del Eclipse de sol del 12 de agosto de 2026 sobre la Península Ibérica y las islas Baleares (Observatorio de Borobia)
Cuando Carl Cox lo hizo en la nochevieja de 1999 los vuelos que cruzaban la línea de cambio de fecha eran pocos, y menos aún los que lo hacían la última noche del año, pero en el cuarto de siglo que ha pasado desde entonces el tráfico aéreo internacional se ha multiplicado por cuatro, y ahora los vuelos que despegan un día para aterrizar el día anterior son una ocurrencia cotidiana. Y en la nochevieja de 2025 tenemos nada menos que dos docenas de vuelos que despegarán el 1 de enero de 2026 y aterrizarán a tiempo de comerse las uvas una segunda vez. Y son estos:
Para los no iniciados, Carl Cox es una leyenda dentro del mundo de la música electrónica. Nacido en Inglaterra en 1962, a finales de los noventa era considerado unánimemente uno de los mejores DJs del mundo, si no el mejor. La revista DJMag le había colocado en lo alto de su famosísimo Top100 en 1996 y en 1997, y en el segundo escalón del podio los dos años siguientes. La nochevieja de 1999 se recordará por muchas cosas, especialmente por la fiebre del milenio y por el pánico al Efecto 2000, pero para Carl Cox fue la interminable noche de en que celebró fin de año dos veces: una en Sídney y otra en Honolulu. La noche de los dos milenios.
El año 2000 marcó el inicio de la popularización de las gafas de fin de año ridículas. La tendencia debió terminar obligatoriamente en 2009 y, en todo caso, vivir un pequeño retorno en 2020 aprovechando los dos ceros, pero contra todo pronóstico han existido gafas tan innecesarias como las de 2017 o 2024 (Michael Fenichel)
Un día te pasas una tarde escribiendo sobre Taiwán y dieciocho años después te encuentras saliendo en el telediario de la televisión pública de tu país. Y, contra lo que cabría esperar en alguien con mis apetencias fronterizas, no en la sección de sucesos ni en la de españoles detenidos por el mundo. Hace un par de meses Ferran Garrido tuvo la ideaza de entrevistarme para hablar de la geografía insólita de España, en un reportaje que incluye algunos de los grandes éxitos históricos de este blog de ustedes, como Rihonor de Castilla, la Isla de los Faisanes, la casa de La Fontañera, El Pertús y, por supuesto, Llivia. Toda mi familia y el 95% de mis amigos ya lo han visto porque se lo he enviado por Whatsapp hasta al tipo que me pintó la casa en 2013, y ahora es el momento de que lo veáis vosotros, así que ahí lo tenéis. Historiones de la Geografía, ahora en las noticias. Y pronto en tu biblioteca, si por lo que sea aún no has corrido aullando hasta la librería más próxima.
La foto es de los compañeros de Un Mundo Inmenso, cuyo canal nunca es suficientemente recomendado
«Sujétame el cubata». Así empiezan las decisiones catastróficas, pero tambien muchas historias épicas. La de hoy es ambas cosas. Thomas Fitzpatrick ya había combatido en dos guerras cuando alguien tuvo la pésima idea de desafiarle. Tommy Fitz, como le conocían sus amigos, estaba bebiendo con ellos en un bar de Manhattan cuando alguien afirmó taxativo que era imposible llegar desde Nueva Jersey a la ciudad en menos de quince minutos. Tomy dijo que él sería capaz de hacerlo sin problema. Con los ojos cerrados. Con la chorra fuera, si era necesario. Y uno de sus amigos, el más imprudente de todos, respondió alguna variante local de «no hay huevos». Como Michael J. Fox cuando alguien le llamaba gallina, Thomas Fitzpatrick achinó los ojos, depositó lentamente la enésima cerveza de la noche sobre la mesa y dijo algo así como «esperad y veréis». Era 30 de septiembre de 1956, y Thomas Fitzpatrick se disponía a ganar una apuesta de la forma más espectacular que jamás se haya visto.
Una avioneta en Washington Heights, al norte de la isla de Manhattan
El día de Navidad es festivo en más de ciento cincuenta países, ya sea en su versión gregoriana (el 25 de diciembre) o juliana (el 7 de enero, en los países de mayoría Ortodoxa donde la iglesia sigue usando el calendario juliano). En muchos de los países donde se celebra la Navidad los cristianos son una minoría, como sucede en Irak, la India, Indonesia, Egipto, Corea del Sur o Kazajistán. En otros lugares no es festivo pero las comunidades cristianas locales lo celebran igualmente tanto en sus casas como en la calle. Y luego están los lugares donde la Navidad está prohibida, países enteros donde hasta El Grinch se escandalizaría por el trato que se le otorga. Los lugares donde la Navidad perdió la batalla.
A orillas del estrecho de Malaca, donde se junta con el breve brazo de mar que separa Malasia de Singapur, se alza una isla artificial. En ella crecen los rascacielos como setas en el bosque después de una tormenta, formando un farallón de cemento de cien metros de altura que se alza de forma casi amenazadora sobre el mar. Una ciudad pensada para alojar tres cuartos de millón de habitantes y que, diez años después de su concepción, permanece casi completamente vacía. Torres, edificios, casas, tiendas, prácticamente todo lo que hay en Forest City son cáscaras huecas a la espera de tiempos mejores. Hoy en Fronteras, la ciudad fantasma más cara del mundo.
El material del que están hechas las pesadillas (Yes Theory)
Julio de 1996. Hassanal Bolkiah cumple cincuenta años y decide darse un homenaje. En el aeropuerto de Bandar Seri Begawán aterriza un jet privado. De él se baja nada menos que Michael Jackson. Esa noche dará un concierto para el sultán, sus amigos, su familia y miles de ciudadanos escogidos cuidadosamente. El concierto es gratuíto, un regalo de cumpleaños del soberano para sus súbditos, pero el rey del pop no actúa precisamente por amor al arte. Su tarifa asciende a diecisiete millones de dólares. ¿Es mucho dinero? Habría que sumarle lo que cuesta construir un recinto con capacidad para miles de personas: el lugar donde se celebró el evento fue levantado específicamente para la ocasión. Es sólo una de las muchas excentricidades del Sultán de Brunéi, uno de los últimos monarcas absolutos del mundo, que dirige uno de los países más raros de la Tierra, y goza de una de las fortunas más grandes de la humanidad.
El nombre completo del país es Negara Brunei Darussalam, y el de su capital Bandar Seri Begawan. La pesadilla de las clases de geografía del instituto (PN)