El road trip de un Gen X español y un Gen Z uruguayo por las carreteras del Cáucaso (Crónicas Caucásicas, 1)

– OK, boomer
– Te repito que no soy boomer. Esos eran mis padres. Soy Generación X. Xennial, concretamente.
– Lo que tu digas, boomer

Cuando Christian nació, yo ya era mayor de edad e iba por mi segunda novia formal. Cuando empecé a escribir este blog a él le quedaban un par de años para abandonar la primaria. Este año Christian cumplirá 28 años, que son los que tenía yo cuando en enero de 2008 publiqué el primer texto de Fronteras. Nos conocimos en persona hace cuatro veranos en su primer Eurotrip. Él mismo contó aquel encuentro en el texto increíblemente largo que escribió para Fronteras relatando su viaje a la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú. Hace unos cuantos meses empezó a organizar su segundo viaje a Europa y me propuso que participara. Nuestra primera idea fue quedar un fin de semana en Malta o Roma, pero luego la cosa se fue un poco más allá. «Me gustaría visitar Armenia», me dijo, como si Armenia fuera Sabadell y no un país asiático a cinco horas y media de vuelo de Barcelona. Lo descarté de inicio pero según iban pasando las semanas los astros se fueron alineando. «Hay un tren nocturno soviético para ir de Georgia a Armenia». No hay una sola versión del multiverso en la que yo pueda ignorar una declaración así, y poco después me vi una madrugada entre semana hablando por Skype con Christian mientras comprábamos billetes de avión al Cáucaso.

Chris y yo en un monasterio armenio

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¿Qué pasa con el dominio geográfico de un país cuando desaparece ese país?

La entrega de las Islas Chagos a Mauricio por parte del Reino Unido conlleva diversas consecuencias en la geopolítica del Índico y mundial, pero también en Internet se van a sentir sus efectos. Las Chagos, pese a estar formalmente deshabitadas (los militares y contratistas externos no cuentan como habitantes sino como trabajadores temporales) disponen de su propio dominio geográfico de Internet, el .io (Indian Ocean). No son ni mucho menos el único territorio deshabitado o bizarro con su propio dominio (están, por ejemplo, la isla Bouvet, la Antártida o las Islas Georgias del Sur), pero sí es uno de los que más éxito había cosechado, contando con decenas de miles de dominios registrados, casi siempre relacionados con el gaming y las compañías tecnológicas, especialmente start-ups. Un dominio geográfico de Internet sólo puede existir si el país al que pertenece existe, y la cesión de la soberanía del Territorio Británico del Océano Índico a Mauricio supone la desaparición de aquel, y por tanto, en teoría, la del dominio asociado. ¿Qué va a pasar ahora con las decenas de miles de empresas que tienen su web alojada en un dominio .io?

La bandera del Territorio Británico del Índico es para echarle de comer aparte, todo ha de ser dicho

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Y el sol se pondrá por fin en el Imperio Británico

Tanto el Imperio Español como el Británico usaron en su momento la frase «el imperio en el que no se pone nunca el sol«, como ejemplo de lo masivos y extensos territorialmente que llegaron a ser. El ocaso, literal y metafórico, del Imperio Español, llegó con la pérdida de Cuba, Filipinas y Guam frente a Estados Unidos en una breve guerra en 1898, y, finalmente, con la venta de las islas Marianas y Carolinas a Alemania un año más tarde. El Imperio Británico, ahora con el nombre de «Territorios Británicos de Ultramar», ha seguido siendo bañado 24/7 por la luz del sol en alguno de los lugares que aún dependen del Reino Unido. Hasta ahora. El pasado mes de octubre se anunció la entrega a Mauricio de las Islas Chagos, lo cual significa que casi dos siglos después, en el Imperio Británico se pondrá el sol.

Ubicación de las Chagos en el Océano Índico

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El señor de los palillos: las dos torres (Crónicas tokiotas, 2)

La imagen más japonesa que existe no es Hello Kitty a lomos de Pikachu perseguidos por Son Goku y Mario (aunque os dejo la idea porque es épica), sino un tren bala pasando por delante del monte Fuji. En el trayecto desde Hiroshima a Tokio viajamos en el Green Car (primera clase), lo que nos daba ciertos derechos como poder pedir comida a la cafetería sin levantarnos del asiento. Uno de esos privilegios era que viniera un empleado de la JR a indicarte cuándo podías ver el monte Fuji por la ventana, lo que da una idea de la importancia simbólica de la montaña en el imaginario japonés. La excursión desde Tokio es obligada, aunque suponga enfrentarse al absolutamente endemoniado sistema de tarifas de la red de trenes japonesa, gestionado por docenas de compañías distintas que operan en las mismas estaciones y a veces en las mismas vías. Después de perdernos varias veces, de pelearnos con taquilleras de dos estaciones y tres compañías distintas y de casi tres horas de viaje conseguimos subirnos a un humilde, incómodo y absolutamente abarrotado tren regional donde permanecimos de pie durante más de una hora mientras recorría renqueante las diecisiete paradas entre la estación de Otsuki y las faldas del monte Fuji. Y, francamente, mereció la pena cada minuto y cada contratiempo del viaje.

Primera visión del monte Fuji desde el tren. Reconozco que pocas visiones me han dejado tan carente de palabras

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7-Eleven, templos, trenes y neón. Cuatro días en Tokio, la ciudad inabarcable

«Japón es todo lo que te imaginas sobre Japón, pero multiplicado por diez». Javi pronunció esa frase nuestra segunda noche en Tokio, mientras paseábamos por Shinjuku rodeados de gente e iluminados por una cantidad aparentemente inagotable de carteles y luces callejeras. Tokio es exactamente igual. Una ciudad infinita, imposible de acabar, donde para el ojo occidental, todo es nuevo, todo es brillante, y todo es asombroso. Cuatro días no dan ni siquiera para empezar a rascar la superficie de la capital japonesa, pero eran los días que teníamos, así que los aprovechamos a fondo.

Tokio la nuit

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En busca del Punto Nemo fronterizo: el anti-Baarle

Un día cualquiera llegué a casa pasada la medianoche y antes de meterme en la cama cometí el terrible error de abrir Tuíter un rato. Allí me encontré un mensaje privado de Fran, una de las cabezas pensantes detrás de ese tesoro de la humanidad llamado Un Mundo Inmenso. «Diego, ¿tú sabes cuál es el punto en la superficie terrestre más alejado de cualquier frontera?». No lo sabía, pero de repente necesitaba saberlo, así que pasé las siguientes dos horas trasteando con mapas en línea, buscando puntos en la más profunda y absoluta de las nadas en los extremos más remotos del globo. Fran también, pero en Argentina era una hora apta para humanos. El resultado de la frenética investigación, obra de Fran, lo podéis leer a continuación: 

No sé si el creador de este blog opina lo mismo, pero si me pidieran que defina a este sitio con una sola ciudad seguramente mi respuesta sería Baarle (nota de Diego: sí. Mucho). Ese lugar que cuenta con decenas de enclaves en unos pocos metros, con hogares que tienen límites internacionales dentro del propio perímetro y con bares con algunas mesas en Países Bajos y otras en Bélgica. Sí, una locura fronteriza por definición. Bueno, qué mejor que proponernos lo contrario. En vez de estar rodeados por límites en cada esquina, encontrar el lugar de la Tierra que está más alejado de cualquier frontera internacional. Algo así como el punto nemo fronterizo ¿Qué tan lejos podemos estar de que nos sellen un pasaporte? ¿Cuál es el anti-Baarle? 

¡Nos vamos de excursión

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Hiroshima. La bomba y la memoria

En el Museo del Memorial de la Paz de Hiroshima y sus alrededores hay siempre cientos de estudiantes de colegio e instituto; se les distingue fácilmente por los uniformes escolares con jerséis de colores oscuros o faldas de tablas. Vienen de prácticamente todo Japón a pasar el día a la ciudad y aprender de su historia reciente. Cada año, un millón de personas visitan el mismo museo y el parque que lo rodea. Un parque llamado, también, de la Paz, cuyo icono más conocido es la Cúpula Genbaku, un edificio de hormigón que en 1945 alojaba una oficina de promoción económica, una de las pocas estructuras que permaneció en pie en la ciudad tras la caída de la bomba, y la más cercana al hipocentro. No es la única ruina que es Patrimonio de la Humanidad pero sí la más reciente. Con ocasión de su inclusión en la lista en 1996, la UNESCO definió el edificio como «un poderoso símbolo de la paz mundial alcanzada durante medio siglo tras el desencadenamiento de la fuerza más destructiva jamás creada por la humanidad». Puede que se trate de una traducción discutible, pero es ciertamente peculiar definir los 50 años que van de 1945 a 1995 como «paz mundial»; dejando eso a un lado, es obvio que Hiroshima es un símbolo. ¿Pero de qué?

Una fila de turistas esperamos nuestro turno para fotografiar la cúpula de la bomba enmarcada en un arco en el Parque de la Paz

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Túneles, soldados y trampantojos. Viaje a la frontera de Corea del Norte, el último límite de la Guerra Fría

Orota, nuestra guía, oscureció el gesto mientras nos explicaba las estrictas normas para acceder al túnel. Seria como un cadáver, nos instruyó: nada de móviles ni cámaras, obligatorio llevar casco, no salirse de la fila, obedecer las órdenes y no acceder si se padece de claustrofobia. Dos de los integrantes de la expedición decidieron no arriesgarse y se quedaron fuera. El resto nos dispusimos a descender a las profundidades de la frontera coreana, el último vestigio de la Guerra fría.

Aquí, sufriendo

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Despegar en 2024, aterrizar en 2023. Los vuelos de Nochevieja que viajarán al año pasado

Cuando Phileas Fogg dio la vuelta al mundo en la archifamosa novela de Julio Verne, llegó a Londres un día antes de lo que pensaba, porque había olvidado retrasar el calendario un día al atravesar la línea internacional de cambio de fecha cruzándola de este a oeste.  Ciento cincuenta años después cruzar esa línea imaginaria es mucho más común, fácil y barato, y cada día docenas de vuelos lo hacen en ambos sentidos. Y unos pocos lo hacen exactamente la noche en la que hemos decidido que acaba un año y empieza el siguiente. Son los elegidos para celebrar dos nocheviejas consecutivas en dos lugares diferentes.

Se viene… y se va

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¿Cuántos países hay en el mundo?

La respuesta más honesta que se me ocurre a la pregunta del título es: ¿Cuántos quieres que haya? El número depende mucho de la definición que usemos de «país», y también de qué consideremos, a efectos de contabilidad geográfica, como «existir». ¿Groenlandia es un país? ¿Y Kosovo? ¿Transnistria? ¿Las Islas Canarias? ¿La Antártida? Vamos a contar países, tralalá.

Un trozo del mural de la estación de Metro de Campo de las Naciones, en Madrid, antes del cambio de nombre

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