Un buzón que es un barril, y cartas que cruzan el mundo sin sello. Bahía de correos, la oficina postal más rara del mundo

En unas semanas se cumplirán dos décadas del fallecimiento de Harriet, la tortuga que, según una leyenda probablemente apócrifa, Charles Darwin se llevó de las Islas Galápagos y que acabó sus días en un zoológico de Brisbane, en Australia. Harriet murió con 175 años, treinta más de los que llevaba publicado en aquella época El origen de las especies, el libro por el que se conoce a su presunto captor. Pero todos ellos, libro, tortuga e incluso Darwin, eran más jóvenes que la oficina postal de las Islas Galápagos, que no sólo es la más vieja del continente, sino la más extraña del mundo, porque no funciona con sellos, sino con esperanza y buena voluntad.

El buzón más peculiar que verás nunca (Serena Tang | Flickr)

Las Galápagos fueron descubiertas por accidente, como casi todas las tierras desconocidas por el hombre. El nombre se lo puso Fray Tomás de Berlanga, a la sazón obispo de Panamá, que acabó allí arrastrado por las corrientes ecuatoriales en un viaje a Perú. Asombrado por el tamaño de las tortugas del archipiélago, las llamó así en una carta al emperador Carlos I. Durante los siguientes siglos, las Galápagos fueron refugio para náufragos, piratas, corsarios y marinos, especialmente balleneros, que encontraban en las islas un lugar donde rellenar las despensas de sus buques. Las tortugas pueden vivir mucho tiempo sin apenas agua o alimento, así que eran una fuente de carne y vitaminas perfecta para acompañar a aquellos navegantes y pescadores en sus larguísimas travesías oceánicas. El caso es que a finales del siglo XVIII se pasó por la isla de Floriana el capitán de la Royal Navy James Colnett. Además de comerse unas cuantas tortugas («la comida más deliciosa que jamás hayamos probado», dejó escrito), los hombres de Colnett también cartografiaron las islas, y encontraron los mejores lugares para echar el ancla, pescar y cazar tortugas, además de encontrar agua dulce. La historia cuenta que sus hombres tuvieron la idea de establecer un sistema de comunicaciones rudimentario, pero global: aprovechando los numerosos barcos británicos que pasaban por la isla, colocaron un poste con una caja donde depositar cartas, con la idea de que pudieran ser recogidas y llevadas a puerto, y con suerte a sus destinatarios, por otros marinos que pasaran por allí posteriormente y que estuvieran de camino a casa. No está claro que fueran ellos quienes instalaran el precario buzón, pero el caso es que la idea funcionó.

El barril-buzón rodeado de chatarra y cubierto de pegatinas, en 2008 (Nigel Hoult | Flickr)
Un par de turistas depositando sus respectivas cartas sin sello, alrededor de 2015 (Daily Mail)

Durante el siguiente siglo la oficina de correos con menos personal del mundo siguió funcionando intermitentemente, también tras la anexión de las islas por parte de Ecuador. Charles Darwin dejó una carta allí para su hermana, pero nunca llegó a su destino. A finales del siglo XIX se sustituyeron los métodos anteriores (una caja, botellas enterradas junto a un árbol) por un barril, que es el sistema que ha llegado a nuestros días. Con la llegada de las comunicaciones modernas a los buques y los puertos, la función de Post Office Bay se fue reduciendo. Hasta que llegaron los turistas, claro. A partir de los años sesenta y setenta el archipiélago se abrió al turismo y con los visitantes se recuperó la tradición de depositar una postal en el barril con la esperanza de que otro viajero posteriormente la lleve, y también de llevarse de allí las postales que estén dirigidas a algún lugar cerca de casa. En un momento dado siempre hay un taco de postales esperando a ser transportadas a algún lugar remoto en el globo, y normalmente los turistas sólo se encargan de entregar algunas que tengan un destinatario muy cerca del domicilio, pero siempre hay quien lleva las cosas a otro nivel.

El barril de Bahía de Correos con la inscripción Post Office en él, en 1935 (Charles McLean Fraser)
Postales y cartas, algunas de ellas hechas polvo por el tiempo y los elementos, extraídas del barril de correos de Galápagos (Silversea)

Jonny Beardmore era ya un viajero experimentado cuando murió su padre después de varios años padeciendo una enfermedad degenerativa. Como forma de procesar el duelo, hizo lo que cualquier lector de este blog haría: comprarse un billete de avión a alguna parte. Ese lugar fueron las Islas Galápagos, donde descubrió la existencia de la Bahía de Correos. Encontró un par de postales que podría entregar en el Reino Unido, donde vivía, y las llevó consigo de vuelta a casa. Una era de un profesor para un alumno, y la otra de una chica a su novio. Ambos recipientes se mostraron entusiasmados y agradecidísimos por la entrega, así que Johnny tuvo una idea: Cincuenta postales, cincuenta semanas, cincuenta países. Pasaría un año entero viajando por el mundo para entregar las postales a sus destinatarios, mientras recaudaba fondos para investigar la enfermedad que se llevó a su padre. Y eso hizo. Durante 2024 y 2025 recorrió todos los continentes habitados, de Qatar a Marruecos y de Nueva Zelanda a México, entregando postales a gente que ni siquiera sabía que se las habían escrito. Como era de esperar, acumuló una buena mochila de anécdotas: en Bergen, Noruega, casi le detienen porque la destinataria de la postal no se creyó la historia y le denunció. En Belice le entregó una carta de su novia a un hombre, que le informó que en el interín habían roto. Pero tres semanas más tarde le escribió de nuevo para contarle que seguían juntos. El recorrido por todo el mundo acabó en marzo del año pasado con una fiesta en Londres a la que acudieron muchos de los amigos que hizo por el camino. Porque al final quien envía una postal, sea desde dónde sea, lo hace por una razón y sólo una. Wish you were here.

Jonny disponiéndose a entregar dos postales en Islandia (Rúv)

Fuentes y más info: Podcast de Atlas Obscura, El Diario, Galapagos Unbound, National Geographic, John Woram. Sobre el Cartero de las Galápagos, Beardmore cuenta su propia historia en el Guardian, y hay un vídeo de 8 minutos de Euronews sobre él. Sus aventuras se pueden seguir en su Instagram: Bigo Adventures

Si te gustó esta historia, tengo más:

La oficina de Correos bajo el mar que es completamente funcional. En Vanuatu
El camino de una postal desde la Antártida hasta mi casa. Enmarcada la tengo

Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras

Y, sí, en HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA también se habla de islas, de gente que hace cosas raras y de historias curiosas y descacharrantes narradas con el mismo tono serio y académico que caracteriza este lugar. Regálaselo a alguien. A tu vecina. A tu compañero de trabajo. A tus hermanos, padres, tíos, primos, sobrinos, hijos, perros, gatos. A quien sea.  A ti mismo, incluso. PERO COMPRA MI LIBRO.


Descubre más desde Fronteras

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.