La frontera entre Estados Unidos y Canadá se comenzó a trazar en el tratado de París de 1783, que puso fin a la Guerra de Independencia de los EE.UU. Entonces Estados Unidos estaba formado por trece estados, mientras que Canadá era la Norteamérica Británica, una parte del imperio. El tratado de Jay, de 1794, sirvió entre otras cosas para crear una comisión bilateral que trazara la frontera entre los Grandes Lagos y las Montañas Rocosas. En 1818, mediante la Convención de Londres, se acordó que el paralelo 49 norte sería el límite septentrional de EE.UU. y el meridional de la colonia británica.
La expansión hacia el Oeste tanto de los Estados Unidos como de la Provincia de Canadá propició nuevas disputas fronterizas. La disputa fronteriza de 1844 sobre el Territorio de Oregón (del que formaban parte los actuales estados de Oregón y Washington, además de una gran parte de la Columbia Británica) se resolvió finalmente prolongando la frontera a lo largo del paralelo 49 hasta el Pacífico, con la excepción de la isla de Vancouver, que fue íntegramente para Canadá.
Frontera entre Canadá y EE.UU. a lo largo del paralelo 49 (click para ampliar). El tratado fronterizo entre ambos países señala que debe haber una zona libre de vegetación de seis metros de ancho a cada lado de la frontera. Para mantener limpia la zona se destina un presupuesto anual de 14 millones de dólares por país.








Durante muchos años fui usuario habitual de la línea de autobús Madrid-Barcelona de la Alsa. A falta de un presupuesto digno de ese nombre, los 42 euros que costaba el billete de ida y vuelta entre las dos ciudades eran lo único que mi economía se podía permitir. El servicio de línea regular oscilaba entre lo surrealista (he visto compañeros de viaje que vosotros no creeríais) y lo espantoso (he olido compañeros de viaje…). Por poner un ejemplo de las rarezas de la ruta, la primera parada técnica (así lo llamaban) solía ser en Esteras de Medinaceli, un pueblo soriano a 140 kilómetros de Madrid. Bueno, concretamente parábamos en un área de servicio que yo llamaba El Supermercado Más Caro De La Tierra, por los inconcebibles precios de la mercancía, que harían palidecer de envidia a los más consumados atracadores aeroportuarios. Otros sobrenombres que recibió el lugar fueron Este Sucio Agujero o La Capital Mundial De La Nada.
