«Sujétame el cubata». Así empiezan las decisiones catastróficas, pero tambien muchas historias épicas. La de hoy es ambas cosas. Thomas Fitzpatrick ya había combatido en dos guerras cuando alguien tuvo la pésima idea de desafiarle. Tommy Fitz, como le conocían sus amigos, estaba bebiendo con ellos en un bar de Manhattan cuando alguien afirmó taxativo que era imposible llegar desde Nueva Jersey a la ciudad en menos de quince minutos. Tomy dijo que él sería capaz de hacerlo sin problema. Con los ojos cerrados. Con la chorra fuera, si era necesario. Y uno de sus amigos, el más imprudente de todos, respondió alguna variante local de «no hay huevos». Como Michael J. Fox cuando alguien le llamaba gallina, Thomas Fitzpatrick achinó los ojos, depositó lentamente la enésima cerveza de la noche sobre la mesa y dijo algo así como «esperad y veréis». Era 30 de septiembre de 1956, y Thomas Fitzpatrick se disponía a ganar una apuesta de la forma más espectacular que jamás se haya visto.











