Una tienda de Prada en mitad de ninguna parte

Marfa es un pueblo en mitad del desierto de Texas. Con sus poco más de dos mil habitantes no tiene pinta de ser un lugar muy animado, pero el caso es que es conocido más allá de lo que sería normal para un poblado de sus características. Marfa es en Texas algo así como Bélmez en España, un sitio donde los magufos afirman que suceden «cosas inquietantes e inexplicables», luces que se aparecen sin que los que las ven puedan dar una explicación, y cosas así. Pero en Marfa no solo hay gente crédula, si no no sería interesante en absoluto. El pueblo se encuentra a unos cien kilómetros de la frontera mexicana, y a una media hora en coche de la localidad más cercana, Valentine, una polvorienta aldea de 187 habitantes. El paisaje alrededor de Marfa es el típico de las llanuras semidesérticas texanas, polvo, arbustos y poco más. Sin embargo, a pocos kilómetros de Valentine, en un lugar desolado por completo, uno de esos sitios donde si te pones en cuclillas eres lo más alto en cinco kilómetros a la redonda, encontramos esto:

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Una tienda de Prada en mitad de ninguna parte

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Google Middle of Nowhere View

Hace unos días el famoso Street View de Google amplió sus servicios, añadiendo a su catálogo un par de ciudades españolas, como Oviedo o Zaragoza, y también otras británicas, como Londres, Edimburgo o Belfast. En los últimos meses, además, las áreas metropolitanas de Barcelona y Madrid también han sido agregadas al servicio, pudiendo uno echarle un ojo a lugares tan alejados de la capital de España como Hoyo de Manzanares o Moralzarzal, a casi 50 kilómetros de la ciudad. En EE.UU. la cobertura no sólo abarca ya las grandes ciudades, sino la mayor parte de las áreas urbanas del país y las principales vías de comunicación, incluyendo muchas zonas rurales y perdidas por la América Profunda. Sin embargo, donde más lejos han llegado los chicos de Google en sus fotografías lejos de la gran ciudad ha sido en Australia.

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Las coberturas del Street View en Dakota del Norte (EE.UU.) y la zona central de Australia.

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En mitad de la nada (I)

Hace unos días veíamos en este blog el mapa de la accesibilidad global. En él se observan las áreas más aisladas de la Tierra, encabezadas por Groenlandia (excluyendo siempre la Antártida), seguida por selvas impenetrables, desiertos y parajes polares. Sin embargo, una de las características más acusadas de los seres humanos, o de la mayoría de ellos, es la adaptación al medio. Prácticamente en todas las regiones del planeta encontramos gente. Desde la Antártida a Siberia y desde el Outback australiano al desierto del Sáhara, hay personas que hacen su vida en lugares extremadamente inhóspitos o aislados, por lo que encontrarse verdaderamente lejos de un lugar habitado es muy raro. Hoy recorreremos la Tierra en busca de los lugares más aislados y solitarios del planeta.

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Nada por aquí, nada por allá. © Krzysztof Pakulski.

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The middle of nowhere

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Mapamundi mostrando el tiempo de viaje necesario para llegar a una ciudad de al menos 50.000 habitantes (click para ampliar). A mayor oscuridad, mayor tiempo de viaje.

El mapa de la accesibilidad global es una representación del tiempo que se tarda en llegar desde cualquier punto del planeta a la ciudad grande (major city) más cercana, entendiendo como grande que tenga más de 50.000 habitantes. Fue realizado para el World Development Report 2009 del Banco Mundial. Echándole un vistazo al mapa en tamaño grande (4.1 megas) se puede observar que toda Europa, la práctica totalidad de los EE.UU. continentales, la mayor parte de la fachada atlántica de África y América, el subcontinente indio y el sudeste asiático se encuentran a menos de seis horas de cualquier ciudad. Para calcular el tiempo de viaje necesario, tuvieron en cuenta tanto el tipo de terreno (selva, pantano, hielo) como las rutas marítimas o fluviales más importantes (el transporte aéreo se deja a un lado). Se estableció una velocidad media para cada tipo de terreno, que oscila desde los 2 minutos por kilómetro recorrido en carretera o ferrocarril hasta los sesenta minutos por kilómetro en plena selva o en los hielos perpetuos de las zonas árticas.

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Apocalipsis de polvo

Lo más fascinante no es la espectacular tormenta de arena, típica en zonas desérticas como el interior de Australia, sino la alegría y la tranquilidad con la que el suicida que conduce se dirige hacia ella. El vídeo fue grabado en los 200 kilómetros que hay entre Broken Hill y Wilcannia, en el estado australiano de Nueva Gales del Sur.

Si te ha gustado, menéalo.

Por las carreteras del mundo (II)

Para leer la primera parte, pincha aquí

Siguiendo con nuestro recorrido por algunas de las carreteras más fascinantes del planeta, hoy nos iremos a América y Asia.

La carretera de la muerte

La ciudad boliviana de La Paz es la capital de un estado a mayor altitud del mundo. A 3.600 metros sobre el nivel del mar, es también una de las pocas ciudades donde los «barrios altos» están a menor altitud que los «barrios bajos», por razones obvias. De La Paz parte el Camino a Los Yungas, también conocido como la carretera de la muerte. Se trata de un camino de unos ochenta kilómetros, sin asfaltar, excavado en la roca viva. En su punto de mayor altitud alcanza los 4.300 metros sobre el nivel del mar. En muchos de los tramos la anchura de la vía es de apenas tres metros. Carece de guardarraíles o cualquier tipo de medida de seguridad, y está bordeado en todo su recorrido por barrancos y precipicios de hasta ochocientos metros de alto. Durante gran parte del año el tiempo es lluvioso, lo que causa desprendimientos y convierte la calzada en una piscina de barro resbaladizo añadiendo más peligro si cabe al recorrido. Para aumentar la emoción, muchos días hay una niebla espesa como el puré de guisantes, cosa lógica teniendo en cuenta la altitud. Con esos datos, es más que lógico el mote que recibe la carretera. En 1995 el Banco Interamericano le otorgó el dudoso honor de ser la carretera más peligrosa del mundo.

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Un tramo relativamente sencillo de la Carretera de los Yungas (click para ampliar). © Jordi Busqué

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Por las carreteras del mundo (I)

(Por razones no completamente ajenas a mi voluntad, he estado una semana sin poder actualizar el blog como es debido. Perdonen las disculpas).

Si bien el road trip nació en Estados Unidos, con los años y la popularización del automóvil como medio de transporte privado los largos viajes por carretera realizados por puro placer han alcanzado todo el planeta. Canadá, Europa, América del Sur o Australia son los escenarios por los que los viajeros se pierden por el puro gusto de alejarse de su vida diaria y de encontrarse a si mismos (suele decirse que el viaje más importante es el interior; es una frase cursi, como de Tagore o de carpeta de instituto, pero también es cierta). Hoy recorreremos algunas de las carreteras más míticas de nuestro planeta. Pónganse cómodos, metan primera y pisen el acelerador. Nos vamos de viaje.

La circunvalación islandesa

En 1940 islandia era uno de los países más pobres de Europa, si no el que más. En el año 2006 la ONU lo declaró como el mejor lugar del mundo para vivir, y un estudio afirmó que sus habitantes eran los más felices de la Tierra. Recientemente su economía ha entrado en una crisis de proporciones cataclísmicas, que ha llevado a la nacionalización de los bancos y al hundimiento de la corona islandesa, una de las monedas más fuertes del mundo hasta hace bien poco. El brutal hundimiento de su economía, sin embargo, podría abrir las puertas al turismo. Y es que en Islandia hay mucho que ver.

Vista satelital de Islandia, ligeramente congelada.

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El Árbol de Teneré

Es una creencia común que el desierto más grande del mundo es el del Sáhara. En realidad el honor le corresponde al Desierto Antártico, que cubre la práctica totalidad del continente, y aventaja en más de tres millones de kilómetros cuadrados al desierto norteafricano. Pese a ello, el desierto del Sáhara es verdaderamente enorme, pues cubre una extensión de más de nueve millones de kilómetros cuadrados, más o menos la superficie de Estados Unidos o China. La palabra Sáhara proviene del árabe صَحراء, que se lee aproximadamente ṣaḥrā, y es el vocablo que designa el desierto. A su vez, la expresión árabe proviene de la palabra Teneré, que en las lenguas Tuareg también significa desierto.

Teneré es también una región desértica africana situada mayoritariamente en Níger, aunque se considera que cubre una extensión de unos 400.000 km² que va desde el sur de Argelia hasta el lago Chad. Otra de las creencias populares erróneas sobre el Sáhara es que básicamente consiste en una infinita extensión de arena y dunas como las de la fotografía. En realidad, tres cuartas partes del desierto están formadas por grava, no por arena. Y ese es el caso de la región nigerina (no confundir con nigeriana) de Teneré.

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Los médicos voladores

Contaba Bill Bryson en un libro de viajes (En las Antípodas) que cruzar Australia de punta a punta es muy sencillo. Uno se pone a moverse desde la costa, en seguida alcanza el Bush, al poco rato entra en el Outback, para después llegar, de nuevo al Bush, y otra vez a la costa. Una cosa sencillísima, en efecto. ¿Qué son unos pocos miles de kilómetros para el viajero experimentado?

Australia tiene una superfcie de, recordemos, cosa de siete millones y medio de kilómetros cuadrados, y algo más de 21 millones de habitantes, que se sitúan de manera masivamente mayoritaria en las costas del país, fundamentalmente en la costa sudeste, donde están Sídney y Melbourne. El resto del país es, en su inmensa mayoría, un formidable desierto absolutamente fascinante. El Outback, que es como se conoce a las zonas interiores y desérticas de Australia, ocupa más o menos el 80% del territorio del país, alrededor de seis millones de kilómetros cuadrados. Doce veces la superficie española, o más del doble de la argentina. En ese descomunal territorio viven menos de doscientas mil personas. O sea, una densidad de población de aproximadamente 0,03 habitantes/km². Necesitamos más de 30 kilómetros cuadrados para encontrar una persona con la que charlar. Sólo Groenlandia tiene una densidad de población menor.

Sigue, valiente, sigue…

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Poniéndole más puertas al campo

Cuando uno sale de viaje al extranjero conviene informarse de qué se puede llevar al país de destino y qué no está permitido. A países como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes no se puede llevar alcohol, como es de sobra conocido. Menos conocida es la prohibición que las autoridades de Singapur han impuesto sobre la importación y consumo de chicle. Y en Australia está terminantemente prohibido entrar alimentos y cualquier tipo de especie vegetal o, sobre todo animal.

Las razones de esta prohibición hay que buscarlas a mediados del siglo XIX. En 1859, Thomas Austin, un granjero inglés afincado en Winchelsea, en el estado de Victoria, se trajo dos docenas de conejos desde su tierra natal para divertirse cazándolos. «Unos pocos conejos no harán mucho daño», dijo. Diez años después los conejos se habían convertido en la peor plaga que había padecido el continente en toda su historia, multiplicando su población hasta extremos insoportables. Cada año se masacraban cientos de miles, sin que fuera apreciable el efecto sobre la población total. Semejante cantidad de conejos devoraba miles de hectáreas de cosechas en los estados de Victoria, Australia Meridional, Queensland y Nueva Gales del Sur. La ganadería también se vio rápidamente afectada, al comerse los conejos los pastos y hierbas que alimentaban al ganado. A finales de los años noventa del siglo XIX la peste había alcanzado también Australia Occidental, pese a la protección que le brindaba el desierto, y la plaga había alcanzado proporciones bíblicas.

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