Viaje a Sarajevo, la capital dividida de un país casi irreconciliable

El canto de los muecines me despertó en plena noche. Miré el reloj del móvil: las cuatro y media de la mañana. No son horas, pensé. Pero aún así salí a la terraza, todavía en pijama, para escuchar la primera llamada al rezo del día. Desde el balcón de mi apartamento se divisaba buena parte de la ciudad, a esas horas todavía sumida en las tinieblas previas al alba. Entre las luces de las colinas destacaban los alminares desde los que me llegaban los versos del corán. Sarajevo tiene un lugar en la memoria colectiva europea, y también en la mía personal, desde que las imágenes del asedio llenaron los telediarios del continente a principios de los años noventa. Han pasado más de treinta años desde entonces, y las heridas no sólo no han cicatrizado; ni siquiera han llegado a cerrarse del todo.

Sarajevo desde lo alto del Teleférico de la ciudad

Seguir leyendo

El faro de la isla más pequeña del mundo

El 29 de septiembre de 1707 una flota de quince barcos partió de Gibraltar con destino a Plymouth. Después de tres semanas de viaje se encontraban a las puertas del Canal de la Mancha; el tiempo empeoró a toda velocidad, convirtiéndose en una sucesión de tempestades con ráfagas de viento impredecibles y una visibilidad prácticamente nula. El 22 de octubre se produjo el desastre. Cuatro barcos de guerra se estrellaron contra los esal sur de las Islas Sorlingas y se hundieron con toda su tripulación. Mil quinientos marinos se ahogaron en el lugar, que se convirtió en el escenario de la segunda peor catástrofe de la marina británica hasta entonces. Para evitar que aquello volviera a suceder, la monarquía decidió que en aquellas rocas inhóspitas, remotas y solitarias tendría que construirse un faro. El faro más aislado del mundo.

Define impasible

Seguir leyendo

Viena y la incineradora de basuras más bonita del mundo

En los años del cambio de siglo Viena era lo que podríamos llamar the place to be, el lugar en el que había que estar para ser alguien en cualquier campo. En la ciudad estuvieron viviendo Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, los compositores Johann Strauss y Gustav Mahler, los pintores Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, y también tres figuras claves en la historia del siglo XX: Hitler, Stalin y Trotski. En medio del florecimiento cultural, filosófico y político que se dio en la capital del Imperio Austrohúngaro en los años anteriores a la primera guerra mundial, no es de extrañar que naciera también un estilo artístico y arquitectónico propio: la Secesión; la variante austríaca del modernismo que conquistó Europa durante la Belle Epoque. Sin embargo, el edificio más bonito de la ciudad no es un palacio, ni la ópera, ni la residencia de algún burgués. Ni siquiera el café donde Franz Sacher inventó la tarta que lleva su nombre. La construcción más singular de la antigua capital de un imperio es de lo más prosaico: una incineradora de basuras.

Prometo que eso es lo que digo que es y no un castillo de Disneylandia

Seguir leyendo

Por qué existe Mónaco

La mayoría de los países caben enteros en una foto desde el satélite, pero Mónaco se puede retratar en toda su integridad desde la colina más próxima con una cámara sin gran angular. Con una superficie total de dos kilómetros cuadrados cabría íntegro en el Central Park neoyorquino, y siete veces en la Casa de Campo de Madrid. Es, además, el país con la renta per cápita más alta del mundo y también el que tiene un coste de la vida más alto, y uno de los pocos con una fuerza laboral muy superior a su propia población. Hay mucho que hablar de Mónaco, pero la primera pregunta de todas es: ¿Por qué demonios existe? ¿Por qué no es un pueblo más de Francia?

Frontera de Mónaco y Francia a vista de Google. Desde el fondo sur del Estadio Luis II hasta el extremo norte del país hay 3 kilómetros. En su punto más estrecho, Mónaco tiene 300 metros de ancho

Seguir leyendo

Y Sevilla

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

El problema de Sevilla es que está en otra categoría. Durante dos años, los que pasé en un internado militar de Ronda por mis excepcionales dotes como estudiante, fui andaluz de adopción. Como malagueño sobrevenido, le agarré tirria a lo sevillano y a los sevillanos. Que malaje que tienen. Va en el pack, es inevitable. No se puede culpar al resto de lo andaluces por detestar Sevilla, si un sevillano universal como Antonio Machado escribió «Sevilla y su verde orilla, sin toreros ni gitanos, Sevilla sin sevillanos, ¡oh maravilla!». Los sevillanos tienen fama de tenérselo subidito, de mirar por encima del hombro, de arrugar la nariz cuando salen de Triana y de la Puerta de Jerez. Pero claro. Es que viven en Sevilla. Y Sevilla compite en otra liga. Sevilla está ahí ahí con Praga y Budapest, puede contemplar con desdén altanero al 80% de las capitales europeas. Es otro rollo. Granada es mágica, Málaga es jacarandosa, Almería es profunda y melancólica, pero Sevilla es Sevilla. Y contra eso no hay nada que hacer. Seguir leyendo

Huelva, la orilla de las tres carabelas

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Cuando uno ve amarradas en el muelle de Palos de la Frontera a la Pinta, la Niña y la Santa María es inevitable hacerse preguntas. Especialmente una: qué clase de desesperación y enajenación mental tenían que sufrir los marinos del siglo XV para meterse en esas chalupas infectas y miserables a cruzar todo un Océano Atlántico. Cómo es posible que no murieran todos todo el rato, no ya de escorbuto o de fiebres, sino simplemente ahogados por la primera ola más grande que el propio buque. Es materialmente imposible exagerar la influencia en la historia universal de esos tres navíos, que con dificultad calificarían para hacer el trayecto de Ibiza a Formentera. Me hace las fotos Javi, nativo de Huelva y que ya estuvo conmigo en Túnez, mientras yo señalo muy fuerte hacia el otro lado del charco desde la proa de una carabela. «Nuestros hermanos españoles de América», así llama él a los herederos de aquellos tipos duros, aguerridos, desvergonzados y sin nada que perder que durante siglos se embarcaron en la aventura no ya de una vida, sino de una civilización.

Seguir leyendo

Plateado Jaén

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

El taxi me llevó hasta el Parador en poco más de quince minutos, en los que el chófer aprovechó para ponerme al día de los esoterismos de la ciudad. No sólo la fortaleza reconvertida en hotel de cinco estrellas tiene dos fantasmas para aterrorizar por las noches a los huéspedes, sino que la catedral de Jaén fue construida en un lugar «especialmente energético», donde antes había una mezquita y todavía antes un templo pagano. «La Iglesia sabe dónde construir sus edificios», aseveró muy serio. En eso tengo que darle la razón. Desde lo alto del Cerro de Santa Catalina la catedral destaca de manera masiva en la ciudad. De hecho, es lo único que destaca de la ciudad. Más aún, es lo único que justifica una visita a la ciudad. Eso, y querer, como yo, completar el álbum de cromos de todas las provincias. Jaén hizo la número 47 de 52 (Ceuta y Melilla cuentan como provincias aparte en mi lista, aunque no lo sean). En el autobús desde Granada lo único que se ve son olivos. Millones de ellos. Según la oficina de turismo, en la provincia hay 66 millones de olivos; tres cuartas partes de su superficie se dedican a la producción de aceite. Desde las alturas, también se ven olivos hasta donde alcanza la vista. Puedo recitar de memoria el poema del alicantino Miguel Hernández que la provincia adoptó como himno: «Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma, quién, quién levantó los olivos»

Seguir leyendo

Almería dorada

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Desde la Alcazaba Almería no es dorada sino del mismo amarillo ceniciento del desierto que la rodea. Sólo mirarla da sed, pero en buena parte es culpa mía, por, una vez más, visitar monumentos en pleno agosto a la una de la tarde. Almería fue la cuarta de seis capitales que visité en un viaje de ocho días el verano del año pasado, destinado a incorporar cinco provincias andaluzas nuevas a mi historial viajero. Decir que pasé calor es como decir que Primo Levi tuvo una mala época en los años 40. Los gatos sesteaban a la sombra de las moreras, mecidos por el ruido del agua corriendo caño abajo, y los turistas nos asábamos como pollos en una brasería. Ahora quién es el animal más inteligente, ¿eh?. Por la tarde visité la catedral, que, como en Córdoba, también tiene nombre compuesto. Catedral-Fortaleza, seguramente la única de España; también es el color de la arenisca, ni siquiera mitigado por las palmeras junto a la portada. Huyendo del calor aterricé en los refugios de la Guerra Civil, cuatro kilómetros de túneles bajo la ciudad que sirvieron como búnker para los civiles durante el conflicto. Cuando callaron las bombas la infraestructura cerró, y permaneció medio siglo oscura y olvidada bajo los adoquines hasta que ya en el siglo XXI unos obreros se la encontraron excavando los cimientos de un edificio. Hoy son una atracción de primer orden en la ciudad, y se necesitan semanas o meses de antelación para encontrar un hueco en los pocos grupos que bajan diariamente durante el verano. Antes de abandonar la ciudad, me agencio un Indalo para la nevera. El Indalo es el símbolo de Almería; un dibujo torpe en una cueva que pasó cincuenta siglos oculto hasta que un arqueólogo lo descubrió a finales del siglo XIX. A partir de mediados del siglo XX se convirtió en el símbolo de la cultura almeriense más intelectual, y después de toda la provincia. La figura, un hombre sosteniendo un arco, o protegiéndose con él, es prácticamente ubicua. Coches, tiendas, casas, bolsas; es el orgullo de Almería.

Seguir leyendo

Málaga, cantaora

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

En realidad mi primer libro no se publicó hace dos meses sino hace un cuarto de siglo. Lo que pasa es que únicamente se imprimió un ejemplar. Fue el regalo por nuestro segundo aniversario a mi novia de entonces. El libro era una compilación de las poesías que había escrito durante los dos o tres años anteriores, unos versos mayormente torpes pero apasionados, inspirados en buena parte por la destinataria del ejemplar. Llegué a Málaga con un diskette que contenía todos mis poemas, y los imprimí y encuaderné en una copistería junto a la estación de autobuses. Luego fui a su casa a cenar. Fue una noche feliz. Imaginaos. Un chaval de 20 años recién cumplidos regalándole un libro con sus poesías a la novia de la que está enamorado hasta el tuétano, y ella dedicando una hora larga a leerlo porque no puede esperar a terminar la cena. No te digo que me lo superes, sólo que me lo iguales.

Seguir leyendo

Romana y mora, Córdoba callada

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Honestamente, lo de «romana y mora» se puede decir de casi todo el país. Entre unos y otros controlaron buena parte de la Península Ibérica durante más de un milenio, y es difícil pegarle una patada a una piedra y que no te salga un acueducto. Pero claro, eso lo pienso desde la Torre de la Calahorra, construida por los musulmanes y que se alza en un extremo del Puente Romano sobre el Guadalquivir, mientras observo desde la distancia la Mezquita. Quiero pensar que Machado concibió su verso precisamente pensando en este punto. Dicho lo cual: el Puente Romano de Córdoba en realidad no es tal cosa. Es medieval. En España a cualquier puente anterior al siglo XVII se le llama romano por defecto. Y la mezquita tampoco es una mezquita sino una catedral. Hemos sido engañados. Pero qué más da. Dos días antes estaba en la Alhambra, así que mantenía un ritmo de un Patrimonio de la Humanidad cada 48 horas.

Seguir leyendo