Granada, agua oculta que llora

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

La cola para entrar a los Palacios Nazaríes de la Alhambra tenía medio kilómetro de largo, mayormente al sol. Eran las cuatro de la tarde de un sábado de agosto así que había el equivalente a un tercio de la población de la ciudad cociéndose en la fila. Debería decir que no estoy orgulloso de cómo nos la saltamos, pero lo cierto es que sí lo estoy. Qué le vamos a hacer. Estaba en aquella hilera tapando por fin el hueco más vergonzoso en mi historial como viajero, harto de que me preguntaran una y otra vez cómo podía haber ido a Kosovo o a Macedonia, que están en el culo del mundo a mano izquierda, y no haber visitado Granada. Intolerable, aparentemente. Ignorar la cola no fue el único desprecio al decoro y las normas de convivencia de aquel viaje. Al día siguiente fotografiamos el interior de la Capilla Real de la catedral granaína pese a la abundancia de carteles y de guardias de seguridad gesticulando furiosos para reforzar la prohibición. Al salir paseamos por la Alcaicería, el zoco de Granada, que tiene un nombre tan bonito que se te llena la boca con él, mientras esquivábamos a las gitanas que nos ofrecían ramitas de romero. Granada, como Venecia, es una ciudad para perderse.

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Cádiz, salada claridad

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Dicen que no nos acordamos de días sino de momentos. Desde luego, aquel fue uno de los mejores momentos de mi vida. Era el primer verano que pasábamos los tres juntos desde que su madre y yo nos separamos medio año antes, y habíamos ido a la costa gaditana a pasar las vacaciones con sus primos y sus tíos. Días de sol y playa, de raquetas y balones, de comer y cenar a deshoras y de languidecer por las tardes esperando que el calor aplastante cediera un poco. Aquella noche cenamos pizza en un bar cualquiera y después nos fuimos a la verbena del pueblo, con sus coches de choque atronando versiones tecno de El Fary y Camela y su tren de la bruja donde dos paisanos azotan con una escoba las cabezas de la chavalada. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí pero sí recuerdo cómo de agotados y eufóricos salieron mis hijos, que por entonces tenían apenas 12 y 9 años. Al salir les compré un helado de chocolate a cada uno, y parte de ellos acabó invariablemente extendido sobre el amarillo chillón de las camisetas truchas del Cádiz FC que les había comprado aquella mañana. Mientras regresábamos al coche entre la multitud ruidosa pensé en la perfección insólita de ese momento en particular, pasada la medianoche, nosotros tres caminando de regreso al apartamento, los niños sudados, cansados, polvorientos y embadurnándose de chocolate como si no lo hubieran probado nunca antes.

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Oradea, Szeged, Subotica: Viaje al triángulo modernista de los Balcanes

En mitad de un anodino prado de Europa del Este se alza un monumento de piedra blanca de dos metros y medio de altura. La parte superior tiene tres caras, y en cada una de ellas se puede ver un escudo y una fecha: 4 de junio de 1920. Ese día en particular y a mil quinientos kilómetros de allí, en París, se firmó el Tratado de Trianon, que tras la I Guerra Mundial dividió el Reino de Hungría en varios pedazos, dos de los cuales fueron entregados a Rumanía y Serbia. Los escudos de los dos países, junto con el de la propia Hungría, son los que adornan el monumento, conocido como Triplex Confinium y que indica el punto exacto donde las tres fronteras se cruzan. Tres milllones de húngaros quedaron fuera de las fronteras del reino de Hungría en 1920, y hoy sus descendientes se extienden por Transilvania en Rumanía y por Vojvodina en Serbia. La huella del Reino de Hungría no sólo permanece en la lengua y la cultura, también en la expresión artística. Cien años después de aquel tratado, tres ciudades en un radio de tres horas de viaje en coche comparten urbanismo y arquitectura, en una unidad separada por la geografía pero cohesionada por el arte. Concretamente, el art-nouveau.

Trifinio entre Hungría, Serbia y Rumanía, visto desde este último país

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Tu moneda me suena (2): las monedas de curso legal que se llaman igual aunque sean diferentes

La moneda que más países utilizan como oficial en el mundo es el Euro: los veinte estados de la Eurozona, más cuatro microestados europeos, a los que se suman Montenegro y Kosovo. Pero Euro sólo hay uno. La segunda moneda utilizada por un mayor número de naciones es el Franco CFA, oficial en 14 países africanos. Francos, sin embargo, hay muchos. Emitidos por países y bancos centrales diferentes, pero que comparten el mismo nombre. Y eso es lo que vamos a ver hoy aquí: Monedas que comparten nombre alrededor del mundo.

Billete de mil francos suizos, uno de los más valiosos del mundo (equivale a más de mil euros)

Hay algunas monedas que se repiten sólo un par de veces, como el Leu (Rumanía y Moldavia), el Manat (Turkmenistán y Azerbaiyán) o el Won (las Coreas). Sorprendentemente, tengo un ejemplar de cada en mi casa. Con tres monedas diferentes llamadas igual están el Rublo (Rusia, Bielorrusia y Transnistria), y el Dirham (Emiratos Árabes, Marruecos y Armenia, donde se llama Dram, pero el origen etimológico de la palabra es el mismo). A partir de aquí las cifras crecen

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El pueblo en el que todos los vecinos viven en la misma calle

Sułoszowa es un pueblo polaco de tres mil quinientos habitantes a poco más de treinta kilómetros de Cracovia. Rodeado de colinas onduladas y tierras de cultivo, no tiene nada de especial. Un par de supermercados, una iglesia, otro par de talleres de reparación de coches, una guardería, dos colegios de primaria, restaurantes, alguna que otra tienda… La peculiaridad del pueblo es que todos ellos, junto con el ayuntamiento, la comisaría y las casas de todos los vecinos del lugar están en la misma calle. La única calle del pueblo, que mide nueve kilómetros de largo.

Como diría Maradona, esto sí que es una raya

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El edificio de oficinas en el que enviar una carta de una sala a otra requiere franqueo internacional

A un lado de la puerta principal del Eurode Business Center hay un buzón amarillo de la Deutsche Post. Al otro lado, a no más de tres metros de distancia, una caja anaranjada de PostNL. Cada uno de los buzones está, claro, en su país. La frontera entre Alemania y los Países Bajos discurre equidistante de ambos, exactamente por el centro de la puerta de entrada al edificio, pero también la rotonda ante él, y toda la calle que lleva hasta allí. A un lado está Herzogenrath, en Renania del Norte, al otro Kerkrade, en Limburgo. Originalmente eran un solo pueblo pero los avatares de la historia lo convirtieron en dos, y con el paso de las décadas y los siglos volvieron a ser una única localidad, aunque en dos países diferentes. Antes de que el tratado de Schengen borrara las fronteras europeas, ellos ya habían hecho lo propio con la que les dividía, y se habían renombrado para un futuro de unión: Eurode, el primer pueblo transnacional de Europa.

Buzones neerlandés y alemán en la puerta del Eurode Business Center (fuente)

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Recorriendo Lanzarote en la camper más vieja de la isla: un 4 Latas

La primera vez que arranqué la furgoneta se me caló. La segunda también. De hecho las diez primeras veces que intenté arrancar se me caló todas y cada una de ellas. Pero luego conseguí que funcionara. Entonces tuve que aprender a conducir. ¿Por qué tendría que aprender a conducir si tengo veinte años de carné y he manejado docenas de coches en otros tantos países? Bueno, he conducido muchos vehículos, pero ninguno tan antiguo. Había encontrado un vuelo insolentemente barato a Lanzarote, pero mi presupuesto no permitía pagar hotel y coche de alquiler, así que pensé en dejar pasar la ocasión… hasta que encontré esto. Una furgoneta Renault 4 de 1983 convertido en una camper. 800 centímetros cúbicos, 34 caballos y cuatro marchas. Me enamoré instantáneamente y me dispuse a recorrer la isla con un coche casi tan viejo como yo. ¿Qué podría salir mal?

Mi vehículo y mi hotel, todo en uno

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Europa Low Cost: Dublín. El día en el que por fin me robaron

Lo noté en seguida. Al fin y al cabo no estoy acostumbrado a contactos indeseados en según qué partes del cuerpo. Llevábamos menos de dos horas en la ciudad y acabábamos de hacerlos las típicas fotos dublinesas en el Temple Bar, el icónico pub símbolo no oficial de la ciudad.  Estábamos cruzando un puente peatonal sobre el río Liffey y noté un brevísimo contacto en el bolsillo trasero del pantalón. En seguida me llevé allí la mano, pero la billetera no estaba. El susto fue tan grande que dije en voz bien alta que me acababan de robar la cartera. Miré a mi alrededor, pero el puente estaba abarrotado. Podía haber sido cualquiera en veinte metros a la redonda. Así que elevé el tono de voz lo más que pude y grité que me habían robado, esta vez en inglés. En la cartera llevaba apenas diez euros, pero también el DNI, el carné de conducir y las tarjetas de crédito. Me quedaba indocumentado y más tieso que el palo de una escoba. Después de casi cincuenta países en cuatro continentes, esta era la primera vez que me robaban.

¿Puede concebirse una nuca más irlandesa? Nunca en toda mi vida he sentido una necesidad tan apremiante de pegarle una colleja a alguien.

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Schengen, contigo empezó todo

Como les sucede a todos los padres del mundo, a veces hablando con mis hijos me preguntan cómo era la vida cuando yo tenía su edad, algo que sucedió en la primera mitad de los noventa. Han pasado muchas cosas en el mundo desde aquella época; para empezar la ONU tiene dos docenas de miembros más. El cambio más obvio de todos es el cacharro con el que estás leyendo estas líneas. A principios de los noventa ya existían tanto Internet como la telefonía móvil, pero ambas tecnologías estaban muy restringidas incluso en el país más avanzado del mundo por entonces, Estados Unidos. La explosión de ambas en los veinte años que siguieron al colapso de la Unión Soviética han tenido un impacto en el mundo que sólo podrá ser valorado por los historiadores de finales del siglo XXI. La otra diferencia obvia en la vida de un europeo treinta años después del suicidio de Kurt Cobain es, claro, Schengen.

Banderas de los 29 países que forman parte del Espacio Schengen, en el pueblo luxemburgués del mismo nombre. En la otra orilla del río, Alemania, y cien metros más a la derecha se encuentra Francia

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Valga y Valka, el pueblo dividido por una letra y una frontera (Crónicas Bálticas, 3)

Capítulo 1 | Capítulo 2

El museo municipal de Valga es un divertidísimo compendio de maniquís con ropa vieja representando la historia del pueblo. Según nos informó el reloj del coche, la temperatura en el exterior oscilaba entre los muchos y los demasiados grados bajo cero, y en los dos pisos del edificio se estaba tan maravillosamente calentito que no teníamos intención de salir pese a lo bizarro de la exposición. Un rato antes habíamos estado triscando por la nieve buscando postes de madera de colores y charlando con un adolescente asomado a la ventana del segundo piso de un commieblock gris como el cielo invernal de Estonia. Todo esto lo hicimos por una razón: la frontera, que parte en dos el pueblo y deja al otro lado la otra mitad, llamada Valka (Letonia). El lema de ambas ciudades es: «Un pueblo, dos países».

Colosal representación de una escena histórica en el Museo Municipal de Valga (Estonia)

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