Fin de semana en un país en guerra: 48 horas en Ucrania

La hilera de camiones comenzaba a cinco kilómetros de la aduana. El autobús verde de dos pisos en el que viajaba había adelantado a unos cuatrocientos tráilers para cuando llegamos a la frontera. Después había llegado nuestro turno de tener paciencia. La espera había sido tan larga que una docena de los pasajeros del bus decidieron cruzar a pie y pedir un taxi al otro lado. Pero finalmente, después de lo que había parecido una eternidad, nos devolvieron los pasaportes, nuestro bus se puso en marcha y cruzamos al que sería mi país número 61, y el primero en guerra. Un cartel en cirílico me hizo ser consciente de la realidad: Ласкаво просимо в Україну. O sea: Bienvenidos a Ucrania.

This shit is getting serious…

El viaje en sí duró poco más de 50 horas, de las que más de la cuarta parte las pasé en las dos fronteras que cruzamos durante el recorrido. Pero la preparación del viaje llevó mucho más tiempo, y aunque viajé solo, impliqué al menos a media docena de personas en mi epopeya. Que por otro lado, de epopeya tuvo más bien poco, pero cuando uno dice en voz alta «este verano voy a visitar Ucrania» después de cuatro años de noticias diarias de bombardeos, muerte y destrucción, en general la reacción que obtiene no suele ser de entusiasmo y sí de una mezcla de pánico y compasión, la clase de expresión facial que pone uno cuando un niño de dos años dice una salvajada racista y uno busca a su madre con la mirada para entender si es una broma que ha entendido mal o hay realmente algún problema en esa cabecita. El caso es que cuando  compré los billetes para Eslovaquia también decidí retornar a casa desde Cracovia, que pilla a unas horas en tren desde Košice. Ahora bien, cómo ir de una ciudad a la otra estaba por decidir, y después de estudiar atentamente el mapa durante unos, creo recordar, doce segundos, supe exactamente cuál iba a ser mi recorrido.

Marcadores fronterizos ucraniano y eslovaco vistos desde el autobús

Úzhorod es una ciudad bastante peculiar dentro de Ucrania. Es la capital del Óblast de Transcarpatia, la región geográficamente más occidental del país; la ciudad está a apenas un par de kilómetros de la frontera con Eslovaquia, y es uno de esos lugares en los que uno podía cambiar de dirección postal y nacionalidad un puñado de veces sin moverse del sitio. Al iniciarse el siglo y hasta el final de la Primera Guerra Mundial perteneció al Imperio Austrohúngaro, a Checoslovaquia en el periodo de entreguerras, a Hungría entre 1941 y 1946, y formó parte de la Unión Soviética desde entonces hasta 1991, cuando Ucrania emergió como uno de los países fundadores de la Comunidad de Estados Independientes. Es una ciudad atípica, donde el legado austrohúngaro es todavía visible en la arquitectura y el urbanismo, pero no fue mi primera escala en Ucrania por ese motivo sino por otro: es la única capital regional del país que no ha sido bombardeada por Rusia en cuatro años y medio de guerra. 

Un par de fotos del puente peatonal de Uzhorod, que cruza sobre el río Uzh. Ahora ya sabéis de dónde viene el nombre de la ciudad

La Flixbus opera una línea directa entre Viena y Kiev que parte de la capital austríaca cada día a las ocho de la tarde y llega a la capital ucraniana 25 ó 26 horas después, o eso dicen los horarios oficiales, que tienden a ser excesivamente optimistas. Yo me subí al autocar en Košice a las cuatro de la madrugada de un sábado; la distancia hasta Uzhorod desde la ciudad eslovaca es de unos cien kilómetros, pero el horario oficial anunciaba un recorrido de cuatro horas y media, que incluían un par de horas largas de previsión para cruzar la aduana. Estuvimos el triple de tiempo. Más de seis horas de espera en total, de las que dos terceras partes las pasamos haciendo cola, y que concluyeron con una exhaustiva revisión de documentación y equipajes, incluyendo la meticulosa inspección de cada recoveco del vehículo, imagino que en busca de contrabando. Algunos de los pasajeros cruzaron a pie, que es mucho más rápido, y pidieron un taxi al otro lado de la frontera. Yo estuve muy tentado de hacerlo, pero era mi primera vez en Ucrania, y también mi primera vez cruzando la frontera de un país en guerra donde casi nadie habla inglés, así que preferí esperar.

La Iglesia de Cristo Salvador de Uzhorod, vista desde el Bolt con el que regresaba a la estación
Soldados del ejército ucranianano en la Plaza Mayor de Uzhorod cantando una melodía tradicional del país para recaudar fondos para las tropas. En los cinco minutos que estuve allí unas veinte personas depositaron algún billete en la urna

Las seis horas de cruce fronterizo me dejaron prácticamente sin tiempo para visitar Uzhorod. Había planificado una visita de cuatro o cinco horas con un paseo desde la estación de autobuses, que tuvo que reducirse a un breve viaje en Bolt hasta el límite del casco antiguo (importe: dos euros y medio) seguido de un paseo de una hora por el centro de la ciudad. No tuve tiempo de nada más, recorrer media docena de calles, la plaza más grande de la ciudad, cruzar un puente y otro Bolt (tres euros, uno de ellos de propina) hasta la estación de trenes. El tren es, de lejos, el medio de transporte más popular en Ucrania. No es sólo porque los aviones no pueden volar desde la invasión rusa, o porque sean espectacularmente baratos y aceptablemente cómodos. Es que son increíblemente fiables. En un trayecto de cinco horas y media con una docena de paradas, ninguna de ellas se produjo con un retraso superior a los treinta segundos sobre la hora prevista. Son niveles de puntualidad que yo sólo he visto en el Shinkanshen japonés, y no esperaba en los ferrocarriles de un país en guerra.

Pasajeros al tren…
Sutilísimas indicaciones en el baño del tren ucraniano

El viaje en sí se pasó rápido. Los trenes nocturnos ucranianos tienen tres clases de vagones: compartimentos dobles, cuádruples, y albergues sobre ruedas (Platzkart, espacios abiertos con literas triples a lo largo de todo el vagón, en los que caben 54 personas tumbadas). Mi idea original era comprar un compartimento doble para mi solo (por unas dos mil Grivnas, al cambio, unos cuarenta euros), pero en verano los billetes de tren vuelan en la web, así que acabé en un compartimento cuádruple compartiendo viaje con tres ucranianas que representaban las tres edades del ser humano. ¿El precio del viaje? Siete euros, incluyendo la ropa de cama y una botella de agua, que se pagan aparte. Como el tren continuaba hasta Kiev en un trayecto de más de doce horas, la mayoría de los viajeros llevaban comida y bebida en abundancia, incluidos unos kits a la venta en todas las estaciones con pan, agua, embutido, dulces y en general todo lo necesario para pasarse medio día en un tren. Ninguna de mis compañeras de viaje hablaba inglés, o simplemente no querían hablar con un extraño. En general los ucranianos, me dio la impresión, no quieren hablar con extranjeros, creo que porque (esto es una suposición mía) los extranjeros sólo queremos preguntar cosas de la guerra, y es un tema tan doloroso como aburrido a estas alturas del conflicto.

La Iglesia de la Dormición de Stavne, vista desde el tren (no sabéis la trabajera con ChatGPT que me ha llevado identificarla sólo a partir de la foto)
Balas de heno en forma cónica esparcidas en los campos de los Cárpatos, vistas desde la ventanilla del tren

La estación de tren de Leópolis está a la altura de lo esperable en una capital imperial, aunque fuese regional. La ciudad, como Uzhorod, perteneció al Imperio Austrohúngaro, y ha heredado la grandiosidad de la planificación urbana y el gusto por los edificios monumentales. Todo el recorrido desde la estación a mi hotel, en tranvía y a pie, pasó por calles que no desentonarían en París o Viena, edificios cuidados pese a haber sido objetivo muchos de ellos de ataques rusos, en la campaña de bombardeos contra civiles que Moscú lleva a cabo regularmente desde hace cuatro años y medio. El último dron ruso sobre la ciudad había impactado en el mes de marzo sobre la Iglesia de San Martín, patrimonio de la humanidad, pero desde entonces hasta mi visita no se habían registrado ataques, así que estaba moderadamente tranquilo. El pasado 30 de julio, sin embargo, Rusia volvió a sembrar de bombas las afueras de la ciudad, dejando veinte heridos. Hasta hoy, el último muerto en la ciudad data finales de 2024, durante la campaña de terror del ejército ruso contra la infraestructura civil ucraniana. Aún así, todos los edificios de la ciudad, como en toda Ucrania, tienen indicado el refugio más próximo por si a Putin le da por cometer uno o dos crímenes de guerra en un momento dado.

Imanes en una tienda de recuerdos de Leópolis. El de la parte superior reza «Gorí, gorí yasno», «Arde, arde fuerte», que es el inicio de una rima infantil rusa conocidísima en todas las repúblicas ex soviéticas. El detalle de poner el Kremlin en llamas, bueno, deja bastante claro el ambiente reinante
Por toda la ciudad, y por toda Ucrania, los generadores de diésel son comunes para que la vida siga durante los bombardeos de Rusia contra las infraestructuras ucranianas

En realidad viajar a Ucrania es extremadamente fácil si uno dispone de un pasaporte occidental. No hay más controles que los de documentación ni más requisitos que tenerla al día. No hacen falta visados de ningún tipo y aunque en teoría se exige tener un seguro médico y dinero suficiente para la estancia, no me exigieron nada de eso. La telefonía móvil ucraniana forma parte de la red de itinerancia europea, así que ni siquiera es necesario contratar una tarjeta local para tener internet en el móvil. Se admite tarjeta de crédito en casi todas partes y los cajeros automáticos son ubicuos. Se recomienda mucho instalar una app que avisa de los bombardeos rusos y que es francamente enervante cuando se pone a funcionar, pero la realidad es que en Leópolis ni siquiera los propios ucranianos le hacen demasiado caso. Salvo por el detalle de las horas muertas en la frontera, viajar por el oeste ucraniano no es demasiado distinto a hacerlo por el resto del continente. Y menos en una ciudad marcadamente cosmopolita como Leópolis.

Edificio principal de la Universidad Ivan Franko de Leópolis
Una cafetería de las cientos que hay en el centro de la ciudad
La Catedral Dominicana de Leópolis, vista desde lo alto del ayuntamiento

El próximo día, la segunda parte.

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Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras

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