22 de septiembre de 1979. El satélite norteamericano Vela 10 orbita silenciosamente nuestro planeta a más de cien mil kilómetros de la superficie terrestre. No necesita estar cerca para cumplir su función; de hecho, necesita cierta distancia para ser útil. Su misión, en plena guerra fría, es crucial: detectar explosiones nucleares en la superficie o en la atmósfera terrestre. Poco antes de la una de la mañana, hora de Londres, sus sensores se ponen en marcha repentinamente. Algo ha pasado: uno de los sistemas del satélite ha detectado una señal inesperada, una que coincide exactamente con otras cuarenta anteriores: el rastro inequívoco de una explosión nuclear. Empezaba así el Incidente Vela, el ensayo nuclear que nunca existió.

El 7 de octubre de 1963 el presidente John Fitzgerald Kennedy firmó en la Casa Blanca el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares, que prohibía tanto a rusos como a norteamericanos la detonación atmosférica de armas atómicas, permitiéndose a partir de entonces únicamente los ensayos subterráneos. Para monitorizar el cumplimiento del tratado por parte de la Unión Soviética, la NASA desarrolló una serie de satélites capaces de detectar explosiones nucleares en la superficie terrestre desde una distancia de cien mil kilómetros. Eran los satélites Vela, un proyecto que había empezado a funcionar cuatro años antes y cuyo primer aparato fue puesto en órbita apenas dos meses después de la firma del tratado. El instrumento más relevante para esta historia es el Bhángmetro, un radiómetro capaz de detectar una señal que producen todas las explosiones atómicas: el «doble flash», un doble pulso de luz visible característico de las detonaciones nucleares atmosféricas que se produce cuando la atmósfera se opaca montentáneamente por la onda expansiva del estallido y luego vuelve a su estado natural transparente. La madrugada del 21 al 22 de septiembre de 1979 el Bhángmetro del Vela 5B, también llamado Vela 10, detectó de forma indiscutible ese doble flash, la misma señal que se había detectado en cuarenta pruebas autorizadas y conocidas anteriormente.

La estación militar encargada de monitorizar los satélites Vela se encontraba en Florida, donde aún era la tarde del día 21. Cuando recibieron los datos y pudieron interpretarlos, los enviaron inmediatamente a la Casa Blanca; aparentemente se trataba de la primera violación del tratado de 1963. Jimmy Carter, el entonces presidente norteamericano, convocó una reunión de urgencia a primera hora de la mañana del día siguiente. Después de la reunión escribió en su diario: «Aparentemente ha habido una explosión nuclear en el sur de África: o Sudáfrica, o Israel desde un barco, o nada». Y, oficialmente, fue nada. La noticia se filtró al Washington Post a finales de octubre, y la administración Carter aplicó el control de daños que tenían preparado desde la misma semana del incidente por si efectivamente se producía una filtración. Diplomáticamente una violación del tratado era un problema considerable, si encima era a cargo de un aliado tan estrecho como Israel, el problema era de primer orden. Así que Carter hizo lo que cualquier político cuando quiere desactivar un asunto: una comisión.

El grupo de científicos encargado de buscar una explicación a lo sucedido que encajara con los deseos de la Casa Blanca fue conocido como el Panel Ruina, por el líder de la comisión, el profesor del MIT Jack Ruina. La conclusión a la que llegaron fue que era poco probable que el incidente se tratara de una explosión nuclear, alegando que había ciertas discrepancias entre las mediciones de 1979 y las de las cuarenta ocasiones anteriores en las que se había detectado un doble flash, y que dichas discrepancias encajaban mejor con otras hipótesis, como un micrometeoroide impactando contra el satélite (que, recordemos, estaba a aproximadamente un tercio de la distancia entre la Tierra y la Lunca). Pero lo cierto es que la propia administración Carter sabía que estaban torturando a los datos para que dijeran lo que tenían que decir. El propio Carter dejó escrito en sus diarios que tenía la sospecha cada vez más intensa de que Israel había hecho explotar una bomba atómica en el Océano Índico.

Investigaciones y exámenes posteriores de los datos han llegado a conclusiones opuestas a las del Panel Ruina: aquello fue una explosión nuclear. No fue sólo el doble flash. También existen registros hidroacústicos provenientes de una red de micrófonos submarinos de EE.UU. desplegada por el Pacífico para detectar submarinos soviéticos, que coincidían con lo esperable en una detonación nuclear en los alrededores de las Islas del Príncipe Eduardo. Y a esto se le unen las ovejas australianas. ¿Qué tienen que ver los corderitos de Australia en esto? Resulta que las tiroides de los animales que pastan son especialmente buenas acumulando determinados elementos procedentes de explosiones nucleares atmosféricas. En el caso que nos ocupa, el Yodo 131. Durante décadas se habían realizado análisis rutinarios en los mataderos de Sídney y Melbourne para detectar Yodo-131 en los animales sacrificados, y hete aquí que justo la semana posterior al doble flash detectado por el satélite Vela, de repente aparecen picos de ese isótopo en los resultados, exactamente como había pasado la última ocasión en la que alguien (Francia en 1974, en ese caso) había hecho explotar una bomba atómica en la superficie terrestre. Cada uno de los tres indicios por separado sería suficiente para sospechar de una detonación nuclear: los tres a la vez dejan pocos huecos a la imaginación. El Panel Ruina descartó esas dos evidencias como «poco sólidas», pero toda la investigación posterior apunta en sentido contrario.

¿Y por qué Israel y Sudáfrica y no, por ejemplo, Francia, o Australia? Aquí es donde efectivamente hay más especulación, porque sencillamente no hay pruebas directas o una pistola humeante. Pero Israel es el único actor internacional que tenía la capacidad y además tenía motivos para llevar a cabo la prueba de manera secreta. El programa nuclear israelí, que jamás ha sido reconocido de manera oficial pero que extraoficialmente reconoce todo el mundo, data de casi quince años antes del Incidente Vela, y la colaboración con el régimen sudafricano ya era conocida por la CIA en aquella época. De hecho, Pretoria tenía un programa nuclear conocido por todos, y había llegado a preparar una prueba subterránea que fue anulada tras una filtración al espionaje soviético. Así que el escenario más probable, una vez admitida la realidad de una exploslión nuclear, era que el país responsable fuera Israel, con o sin colaboración logística sudafricana (que es el país dueño de las Islas del Príncipe Eduardo). Pero nunca se ha podido probar. La única hipótesis que con los años ha quedado desacreditada ha sido la de la autoría únicamente sudafricana.

Buena parte de los documentos relacionados con el Incidente Vela siguen clasificados casi medio siglo después. Todo lo que sí se ha desclasificado (cartas, informes, etcétera) apunta al mismo sitio: la administración Carter corrió un tupido velo sobre el incidente de manera deliberada para ocultar que uno de sus aliados probablemente había hecho explotar una bomba atómica, violando un tratado del que era firmante. Simultáneamente a la verdad oficial, se estableció internamente que el escenario más probable e incluso lógico era el de la autoría israelí, pero se procuró mantener lejos del público esa información por motivos diplomáticos y políticos. Cuaenta y siete años después, el programa nuclear israelí ni siquiera es reconocido oficialmente por ningún país, y el gobierno de Tel Aviv mantiene una comunicación de ambigüedad estratégica (ni confirma ni desmiente) algo que, en general, es universalmente conocido. Como en el propio incidente Vela, la verdad es conocida por todos, pero todo el mundo actúa como si no supiera nada. Así es como a menudo funcionan las relaciones internacionales.
Fuentes y más info: Foreign Policy, Science and Global Security, Explorers Web, National Security Archive, The Bulletin.
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