El pueblo abandonado justo enfrente de Lisboa

Siete millones de personas visitan cada año la capital portuguesa venidos desde el extranjero. Alfama, Rossio, la Plaza del Comercio, el Monasterio de los Jerónimos… Lisboa está llena de iconos que bien merecen una visita. Ahora bien, hay dos de ellos que no parecen lisboetas sino extraídos de otras ciudades y colocados cuidadosamente junto al tajo: uno es el Puente 25 de Abril, que recuerda poderosamente al Golden Gate de San Francisco, y el otro, justo junto al anterior, es el Cristo Rey de Almada, que parece sacado directamente de Río de Janeiro (pese a que está inspirado por el Cristo del Otero de Palencia, España). Son los dos iconos lisboetas más internacionales, y debajo de ellos, donde nadie mira, a la orilla del Tajo, ahí está el rincón más olvidado y más decadente de todos: el poblado abandonado de Almada.

La bendición la tapó la montaña y claro

Mis hijos y yo llegamos a Lisboa en tren después de cuatro días en un resort con parque acuático en el sur de Portugal, y dedicamos el primer día a los absolutos clásicos. Que si la Plaza del Comercio, que si un tranvía hasta Alfama, esa clase de cosas. Por la tarde nos subimos al típico crucero a lo largo del estuario del Tajo, que va hasta el Monasterio de los Jerónimos y vuelve por la otra orilla del río, y fue cuando nos percatamos de la existencia de lo que desde el río parecía un complejo industrial abandonado, con sus grafitis, sus chorretones de óxido, sus techos hundidos por el tiempo y sus muros cayéndose a pedazos. Y también vimos, porque es difícil no verlo, el ascensor que permite acceder al lugar de manera rápida y sencilla. Así que decidimos que la mañana del día siguiente rendiríamos visita a tan tétrico lugar. No sabíamos lo que nos esperaba.

San Francisco y Río, todo en uno

El ferry nos dejó en la estación portuaria de Almada a eso de las diez de la mañana. Después de esquivar a los conductores de tuk tuks que nos ofrecían llevarnos al Corcovado trucho por el triple de lo que cuesta un taxi, nos dirigimos al ascensor callejeando por los adoquines y escaleras del pueblo. El ascensor es gratuíto y está aceptablemente bien conservado para ser un cacharro sin vigilancia a las afueras de una capital. Es decir, no está cubierto de grafitis sacados de un frenopático, como suele suceder con cualquier cosa sin escolta policial más allá del centro de la ciudad. La alternativa al Elevador da Boca do Vento (qué nombre más bonito y qué bien suena todo en portugués) es una larguísima rampa que zigzaguea por la ladera del monte sobre el que se levanta la ciudad de Almada, un suburbio de 175.000 habitantes.

Boca do vento, visto desde el Tajo
Diego Jr observando con atención el descenso del elevador (o el ascenso, sólo por la foto no puedo saberlo)
El ascensor alzándose sobre las ruinas

El nombre de la zona a la que baja el ascensor es Cais do Ginjal, y son los restos mortales de una antigua zona industrial levantada en la segunda mitad del siglo XIX y que conoció su momento de gloria entre los años treinta y sesenta. Numerosos almacenes, fábricas, enlatadoras y astilleros se instalaron a la orilla del Tajo, a tiro de piedra de la capital, en una época en la que no había ningún puente que cruzara el estuario. Con ellos, aparecieron también las tabernas, los restaurantes y las casas de los trabajadores. La empresa más grande del lugar era la Companhia Portuguesa de Pesca, que ocupó las instalaciones de unos antiguos telares abandonados y llegó a dar trabajo a setecientas personas. El edificio principal de la compañía es perfectamente visible desde el río, y su existencia es la razón por la cual hoy este espacio abandonado sigue, contra todo pronóstico, estando habitado.

Edificio abandonado de la Companhia Portuguesa de Pesca
Entrada a la antigua colonia industrial de la Companhia Portuguesa de Pesca. El edificio de la derecha es la asociación de vecinos del barrio, constituída en 2015 y activa, pese a lo degradado del lugar

Cuando la C.P.P. se instaló en lo que se conoce como Olho de Boi, construyó un pequeño barrio para sus trabajadores. Con una flota de veinticinco barcos, la empresa necesitaba tener a mano a los encargados de reparar y mantener las naves, así que levantó unas cuantas casas para ellos. Hoy unas pocas de esas casas siguen habitadas y sus moradores son los únicos habitantes del barrio. Mis hijos han visto suficiente cine como para reconocer un cliché de película de terror cuando están viviendo uno, así que tenían ciertas reticencias a la hora de meterse en un callejón sin salida degradado y lleno de grafitis, pero aún así accedieron a acompañarme en la visita. De una de las casas brotaban a ciento veinte decibelios los grandes éxitos de Armin Van Buuren, así que sabía que estábamos en un lugar seguro porque como es sabido ningún delincuente escucha trance holandés. El caso es que en esas casas, también en distintos grados de descomposición, todavía residen un par de docenas de personas y un número indeterminado pero elevadísimo de gatos. Son los últimos de Filipinas de un barrio que espera su demolición definitiva.

La resistencia
El Corcovado trucho, visto desde las ruinas de Olho de Boi
Restos mortales de una de las fábricas del Cais do Ginjal

Además de a mi desconocido amigo raver y de un runner muy pagado de sí mismo (valga la redundancia) que nos pasó innecesariamente cerca, los únicos seres humanos que nos encontramos en nuestra visita a esa parte del lugar fueron un puñado de chavales sin camiseta jugando al fútbol en una explanada extraída directamente de las escenas borradas de Trainspotting, otro par de adolescentes tirándose a unas aguas en las que les podría crecer un tercer brazo, y a dos adultos pescando. Hay muchos motivos por los que el lugar se está cayendo a pedazos, pero el primero y principal de todos ellos es perfectamente visible desde cualquier punto: el puente. Cuando en 1966 se inauguró el Puente Salazar (hoy 25 de Abril) la existencia de un puerto secundario para recibir mercancías y llevarlas a Lisboa dejó de tener sentido, lo que provocó, en un corto espacio de tiempo, el cierre y traslado de una parte de las empresas radicadas en el Cais do Ginjal. La degradación continuó imparable durante el siguiente par de décadas hasta que en 1986 cerró la última empresa y el lugar quedó abandonado; los trabajadores de la Companhia Portuguesa de Pesca, nacionalizada en 1976 y extinguida en 1984, se pudieron quedar en sus casas, físicamente aislados del resto del pueblo y de Lisboa, hasta que llegó el ascensor.

Una madre joven y su bebé disfrutan del tiempo veraniego a la sombra de un árbol en el Cais do Ginjal
El puente 25 de abril visto desde la entrada al barrio de los pescadores. La presencia de una furgoneta más o menos coetánea de la inauguración del puente le da un sabor aún más añejo
Una mujer pescando junto a un barco abandonado hace mucho

El Elevador de Boca del Viento se construyó en el año 2000 como primer paso para la reconversión de la antigua zona industrial en una de servicios, con hoteles, restaurantes cuquis y un pequeño puerto deportivo. Fue el primer paso y hasta hoy, el último. La demolición de unos cuantos edificios permitió abrir una explanada y plantar el césped donde los fines de semana parejitas, familias y amigos acuden a hacer picnic o a tomar el sol, con unas vistas impresionantes de Lisboa como telón de fondo. Pero eso fue todo. No mucho después un emprendedor decidió que un muelle abandonado es un lugar perfecto para colocar las mesas de un restaurante, e instaló la cocina en uno de los almacenes abandonados. A ese pionero le siguió otro, y hoy son dos los establecimientos que colocan sus mesas al borde del agua y le dan algo de vidilla a ese tramo de la orilla del Tajo, pero aparte de ellos, nadie se ha mudado allí desde hace medio siglo. El plan para revitalizar y reconstruir el Cais do Ginjal y el vecindario de Olho de Boi sigue en un cajón, porque por ahora nadie se ha animado a poner los 300 millones de euros que se calcula que harían falta, y además el laberinto de multipropietarios de solares, almacenes, ruinas y pecios es complicadísimo. Así que ahí sigue, justo enfrente de Lisboa, uno de los pueblos abandonados más raros y céntricos de cualquier capital europea.

El restaurante del fin del mundo

Si te gustó esta historia, seguramente también disfrutes con estas otras:

Viaje al final de Georgia. Los balnearios abandonados de Tskaltubo
Viaje a Varosha, la ciudad fantasma más grande del mundo

Las fotografías que obligo a hacerme a mis hijos son dignas del World Press Photo

Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras

Y si todavía tienes ganas de más, para eso me encargaron escribir HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA; más de un centenar de historias como esta narradas con el mismo tono serio y académico que caracteriza este lugar. Si eres lector de este blog, estás legalmente obligado a comprar el libro. No me lo invento, es la ley, y la ley se cumple. Estás tardando. COMPRA MI LIBRO. ES UNA ORDEN